Carlos Santamaría y su obra escrita

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La violencia armada en el País Vasco

 

Herria-2000-Eliza, 28. zk., 1980-11

 

      Trato de presentar unos cuantos aspectos de la actual violencia armada en el País Vasco y, más concretamente, de la violencia armada de signo independentista a la que llamaré convencionalmente violencia armada insurreccional.

      En este momento, en Euskadi, nos encontramos en efecto con tres tipos de violencia armada muy diferentes entre sí y que difícilmente, encajarían en un mismo paquete teórico: la violencia de las fuerzas de orden público, que luchan contra la violencia insurreccional; la violencia armada de signo nacionalista español, neofascista o ultra-derechista, que se manifiesta de modo especial en Euskadi, y la violencia armada independentista y revolucionaria a la que hemos llamado violencia insurreccional.

      Mi exposición va a referirse exclusivamente a este tercer tipo de violencia. no se me oculta que, en una situación de violencia como la que actualmente vive el País Vasco, la abstracción, o el análisis por separado de una forma concreta de violencia, presenta el peligro de que se deforme o se ignore el hecho de la violencia en su conjunto. Como se ha dicho ya innumerables veces, la violencia es un todo del que no pueden separarse partes o formas especiales de violencia sin que las mismas pierdan todo sentido o significación. Así la violencia armada insurreccional está completamente unida o amalgamada con el hecho total de la violencia que desde hace muchos años viene imperando en el País Vasco.

      Por eso cuantas consideraciones se hagan aquí deberán ser inmediatamente reintegradas a la situación de violencia generalizada en la que los hechos de violencia armada a que aludimos se producen.

      En el momento actual el País Vasco es, por desgracia, un lugar privilegiado para el análisis de la violencia en todas sus formas.

      El nacionalismo, y sobre todo el nacionalismo revolucionario, es, sin duda, la causa más profunda e importante de esta violencia; pero no la única.

      Existen en Euskadi todas las formas de violencia típicas de una sociedad moderna, una sociedad industrializada con un fondo sumamente conflictivo de lucha de clases. Este mismo carácter conflictivo se refuerza al estar en contacto con un clima de violencia debido a otras causas.

      Es causa importante de violencia el trauma que ha dejado en el País Vasco la represión cultural y política ejercida durante muchos años por la dictadura franquista. Contra esta dictadura luchó encarnizadamente el pueblo vasco desde que se inició el Movimiento. Han quedado muchos restos de esta lucha y de ese largo período de feroz represión. Así, por ejemplo las fuerzas armadas que hoy tienen la misión de mantener el orden en el País Vasco son las mismas que ejercieron esa represión. En la mente de muchas personas son lo mismo y representan lo mismo. Algo análogo puede decirse del aparato administrativo y de los funcionarios. Una gran parte del pueblo vasco sigue viendo en todo el aparato legal un instrumento de opresión y de destrucción de la nacionalidad.

      La crisis de las ideas religiosas no ha dejado de tener importantes consecuencias en las posturas de los jóvenes, dando pie a que la violencia se justifique moralmente, e incluso sea presentada de modo apologético.

      Cada acto de violencia, las noticias que corren en relación con detenciones y torturas, multiplican la tensión y favorecen el desarrollo de la violencia, porque la violencia engendra violencia.

      La violencia armada debe ser vista e interpretada dentro de este contexto.

      ETA nace de un movimiento juvenil dentro del PNV. Jóvenes mucho más radicales que los jefes nacionalistas de tendencia tradicional que habían perdido la guerra y que se encontraban con toda clase de dificultades para mantener la organización del Partido, presentaron a finales de la década de los cincuenta una exigencia de intensificación y de endurecimiento de la resistencia contra el franquismo.

      No fueron oídos, ni siquiera comprendidos. El Partido consideró aquello como una rebelión y así se puso en marcha ETA.

      Los primeros etarras no eran marxistas ni revolucionarios en el sentido marxista-leninista de la palabra. Eran nacionalistas radicales. Su modelo era más bien el modelo irlandés. Siguiendo más o menos esta inspiración, en el años sesenta y uno un grupo de jóvenes etarras producen el descarrilamiento de un tren que conducía a partidarios franquistas a un acto para la conmemoración de los «veinticinco años de paz». Los descarriladores preparan el accidente de modo que no se produjera ninguna víctima ni herida, como en efecto ocurrió. Detenidos, fueron condenados a penas que llegaban hasta los quince años. El último en salir de la cárcel fue un joven ingeniero, al que yo conocía y trataba mucho por haber sido alumno mío, como otros de los iniciadores de ETA. En algún momento algunos de éstos se interesaron por el movimiento de No-Violencia, pero este no debió de convencerles demasiado porque no mucho más tarde ETA emprendía decididamente el camino de la violencia.

      Unos años más tarde el movimiento se marxistizaba. La mayor parte de los fundadores quedan desgajados de él. El modelo irlandés pierde toda vigencia y es sustituido por el modelo marxista-leninista de la guerra revolucionaria.

      Es cierto que cada situación de violencia, cada guerra, cada revolución, es especie única y no puede ser tratada de un modo genérico sin grave deformación. Pero para poner un poco de orden en nuestras ideas sobre ETA conviene que tratemos de situar la violencia armada desatada por ésta, en el amplio cuadro de las formas, tipos y ramas de la violencia.

      Entre estas formas está en primer lugar la guerra, manifestación suprema de la violencia armada en la que convergen otras muchas formas de violencia.

      Para mí está claro que la violencia de ETA debe ser clasificada como una guerra no convencional. Entendemos por guerra convencional aquella que se hace, «conforme a derecho», entre estados soberanos o poderes constituidos que hacen las veces de éstos en determinados territorios; por ejércitos regulares sometidos a la autoridad de sus gobiernos y mediante armas convencionales, es decir, dentro del respeto a las convenciones y usos internacionales sobre la guerra.

      Desde mi punto de vista las guerras carlistas fueron guerras convencionales salvo en determinados aspectos, como, por ejemplo, las guerrillas tipo cura Santa Cruz, etc. Fueron asimismo guerras civiles, por producirse en el interior de un estado que nadie discutía (Notemos de paso que las guerras civiles han sido muy poco estudiadas por los polemólogos a pesar de ser tan guerras como las internacionales y, a veces, más duras y sangrientas que éstas).

      Una guerra puede ser no-convencional por las armas que se empleen en ella. Así, por ejemplo, casi todo el mundo está de acuerdo hoy en considerar la guerra nuclear como guerra no convencional (bomba de Hiroshima, etc.). También puede ser no-convencional una guerra por la irregularidad de sus fuerzas armadas —caso de la guerrilla contra los franceses en la resistencia española contra Napoleón o de la resistencia francesa contra Hitler, etc.

      La guerra revolucionaria moderna es, por supuesto, una guerra no-convencional pero no deja de ser una guerra.

      Los activistas de ETA se consideran a sí mismo como combatientes. La palabra «gudari» que ya fue usada con profusión en la guerra del treinta y seis sin distinción de ideologías, desde la extrema izquierda hasta los nacionalistas «jelkides», significa etimológicamente «combatiente» de «guda», combate —y no «soldado», voz esta última que recuerda más bien al soldado profesional o regular.

      En un artículo publicado en la segunda quincena de Agosto por Telesforo Monzón en defensa de ETA en el periódico EGIN se lee: «Los gudaris de hoy son los hijos de los gudaris de ayer. Pero ciertamente no son los mismos. Ya no hacen la política ni la guerra de la misma manera».

      ¿De qué nueva manera hacen, pues, la guerra los gudaris de hoy? A mi modesto juicio —y como ya he dicho antes— esta nueva guerra responde bastante bien o quiere responder, al modelo marxista-leninista de la guerra revolucionaria.

      La guerra revolucionaria utiliza como método la acción subversiva y terrorista, destinada a destruir la moral y la organización de las instituciones que gobiernan un país para lograr la toma del poder o la independencia del mismo. Este tipo de guerra ha funcionado en China, en Cuba, en Vietnam, en Argelia y en otros muchos países de África y América. Su doctrina táctica y estratégica ha sido cuidadosamente estudiada por especialistas soviéticos y maoístas. Nada de esto es un secreto para nadie.

      La moderna guerra revolucionaria no es, sin embargo, una innovación absoluta porque hay bastantes precedentes históricos de la misma.

      La idea clave de la guerra revolucionaria es la del pueblo en armas. Puede decirse que este tipo de guerra aparece ya en el siglo XVIII entre los insurrectos americanos contra la metrópoli inglesa. Estos insurrectos son pueblo, no son soldados. Poco más tarde surgen en Francia, en la Revolución francesa, el ejército popular, el pueblo en armas, contra las tropas de las potencias invasoras. En la España en lucha contra Napoleón es en gran parte casi la misma cosa.

      En muchos casos la guerra revolucionaria moderna une a sus propios fines específicos —que son la lucha de clases y la revolución en sentido leninista otros fines, fines nacionales o de liberación nacional, los cuales pueden pasar incluso a ocupar el primer lugar en la atención de los combatientes.

      Al tratar de aplicar estos esquemas al caso de ETA —y conste que no hay en ello ningún despropósito, aspectos cuantitativos aparte— no estamos evidentemente en condiciones de apreciar cuál de las dos motivaciones primera hoy en el seno de este movimiento, la motivación revolucionaria o la motivación nacionalista.

      Todo parece indicar que en estos últimos tiempos se ha reforzado mucho la postura independentista o autodeterminacionista. Telesforo Monzón, en su artículo antes citado, ni siquiera hace mención de la finalidad revolucionaria. Pero esto es seguramente una postura particular que no todos los seguidores de ETA deben de compartir en este momento.

      Hemos dicho que la guerra revolucionaria incorpora a sus métodos con carácter preferente los métodos terroristas. La denominación de terrorista puede ser sin duda aplicada a todo el que utilice la acción terrorista. Pero hay una diferencia fundamental entre el terrorismo irracionalista y ultra-individualista de los nihilistas de los años sesenta del siglo pasado, movidos únicamente por la pasión de la destrucción —que Bakunin consideraba como la máxima pasión creadora— y el frío y calculado terrorismo racionalista que se incorpora a la doctrina marxista-leninista de la guerra revolucionaria.

      Aunque empleen sistemáticamente los métodos terroristas, los activistas de ETA no son pues terroristas en el sentido nihilista de la palabra, antes apuntado. No son irracionalistas. en lucha contra todo el orden social, sino racionalistas exaltados que persiguen por medios violentos unos fines nacionales, políticos y sociales, para ellos bastantes bien definidos.

      Hablando de la guerra de Argelia un coronel francés llamado Trinquier, escribe lo siguiente: «el terrorista no es un paria, un bandido o un tipo despreciable, sino un nuevo tipo de guerrero, el combatiente de base de esa nueva guerra moderna que se rige por nuevos principios estratégicos y militares».

      Resumiendo las anteriores ideas, dirigidas a tratar de encajar la violencia armada de ETA en el gran catálogo de la violencia en el mundo actual, me permito aventurar la siguiente clasificación provisional que puede tal vez servir como hipótesis de trabajo para la discusión: la acción armada de ETA es un caso de guerra revolucionaria con una fuerte carga de guerra de liberación nacional; guerra terrorista por sus métodos y guerra subversiva por las finalidades inmediatas que persigue en este momento, de desestabilización y desorganización del aparato estatal en Euskadi.

      Creo que no corresponde a esta primera Comisión de nuestro Foro el formular un juicio moral sobre la violencia armada de ETA o sobre cualquier otra forma de violencia. Lo que nos interesa aquí en este momento es sobre todo la realidad de los hechos. Pero no podemos privarnos de formular ciertas valoraciones prácticas para no caminar en la más completa obscuridad.

      Me veo, por de pronto, en la necesidad de hacer alusión a mi propia postura personal ante el problema, para que tenga algún sentido el conjunto de mi exposición, y para sacar luego otras consecuencias de valor más universal.

      Debe decir que soy completamente contrario a la actual violencia armada en el País Vasco. Lo soy ante todo por motivos religiosos y éticos, y también, en segundo lugar, por motivos políticos que no trataré aquí. Pero no sólo a la violencia armada en el País Vasco, sino en cualquier otra parte del mundo y no sólo contra la violencia armada insurreccional, sino también contra la violencia armada institucional: es decir, que repugnan a mi conciencia las guerras, la preparación de las guerras, los ejércitos, el servicio militar obligatorio, los armamentos y todo ese horrible aparato sobre el que se apoya la violencia armada.

      Ahora bien no dejo de ser lo suficientemente realista para reconocer que en el mundo actual las ideas puras de rechazo total de la violencia armada y de la guerra no son inmediatamente aplicables, ni lo serán acaso hasta dentro de cientos de años, o quizás nunca.

      Estimo por esta razón sin renunciar por eso a mi fe pacifista que no se puede negar a los Estados y a los pueblos el derecho a tomar las armas cuando se ven aplastados o amenazados. Aunque la verdadera doctrina de Cristo es la de la No-Violencia, la iglesia católica no ha condenado radicalmente y formalmente el empleo de las armas. Se ha colocado siempre en una postura muy realista, manteniendo una doctrina de tolerancia histórica y práctica, por la necesidad de vivir en el mundo.

      Es evidente que esta tolerancia —en los tiempos que corremos— no debe ser solamente aplicada a los ejército regulares y a los poderes constituidos sino también a los pueblos en armas, que hoy proliferan por todas partes.

      Mi interpretación de «no matarás» no me permite favorecer ni animar ningún género de violencia armada; pero, en conciencia, tampoco puedo juzgar ni menos aún condenar, a los que eligen el camino de la violencia. Me someto pues al deber de la tolerancia y aplico el «no juzguéis».

      Pero, a pesar de esto, pienso y afirmo que quienes en este momento, de un modo u otro, por activa o por pasiva, se dedican a atizar el conflicto, echan sobre sus espaldas una enorme responsabilidad.

      Hecha esta aclaración que me parecía indispensable me queda aún una consideración que se relaciona con la moral pero que no es estrictamente ética.

      Las condenaciones morales de la violencia armada no nos llevarán a ninguna parte si los que la practican se apoyan sobre otra moral distinta de la nuestra; por ejemplo, sobre una «moral marxista» (dando por válida esta expresión discutible).

      Sin embargo creo que hay un terreno en el que podríamos entablar diálogo unos y otros. Me refiero a la moral de la eficacia que es una moral utilitaria, todo lo rudimentaria que se quiera; pero que todo el mundo admite por mínima que sea su racionalidad.

      Muchos partidarios de ETA profesan a fondo y quieren llevar a la práctica las ideas marxista-leninistas. Ahora bien, la ética marxista se aproxima mucho a una moral de la eficacia, siempre dentro del proceso dialéctico materialista. Para ella la eficacia es condición necesaria y suficiente para la validez o «bondad» del acto.

      Pero no debemos olvidar que, también para los teólogos católicos de la guerra, la eficacia tiene una importancia decisiva. la eficacia es aquí condición necesaria aunque no suficiente para la legitimidad de la GUERRA. La legitimidad de una guerra, lo mismo que la de una insurrección, está ligada al hecho de que aparezca como sumamente probable la consecución del fin, es decir, de que se tenga la convicción de que dicha acción remediará el mal y no producirá males mayores. El éxito debe estar asegurado por anticipado con grandes probabilidades. La guerra que se pierde es siempre una guerra injusta, porque ha sometido al pueblo a grandes sufrimientos sin sacar ningún beneficio de ello.

      La eficacia es pues condición necesaria para cualquier clase de legitimidad de una acción armada.

      No se puede hacer cargar a un pueblo con una lucha sangrienta y todas las consecuencias de esta, si no se tiene la casi plena seguridad de que esta lucha será eficaz para resolver la situación contra la que se combate.

      La cuestión que nos preocupa en este momento se vería así trasladada a otro terreno: el terreno de la posible, probable, improbable o imposible eficacia de la acción armada insurreccional. Terreno muy difícil, lo reconozco, pero en el que una discusión racional sería posible.

      La violencia armada insurreccional ¿tiene trazas de ser eficaz? ¿Tiene probabilidad de triunfar a corto o a largo plazo? En el momento actual ¿puede lograr al pueblo vasco, por medio de la guerra, la autodeterminación y el autogobierno? «That is the question».

      Hasta el propio Lenin, para el cual la primera nota de la estrategia revolucionaria era la de la oportunidad —la situación prerevolucionaria— se plantearía estas cuestiones en un caso como éste.

      Es en este terreno —repito— donde los pacifistas podríamos tal vez dialogar con los partidarios de ETA. Es también en ese mismo terreno donde aparecerían algunas de las grandes responsabilidades y la ineficacia del régimen político actual al no haber valorado a tiempo la gravedad y profundidad del problema, y al haber aplicado al mismo tácticas dilatorias que no han servido más que para acrecentar y enconar la violencia.

 

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