Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Lo absurdo

 

El Diario Vasco, 1981-02-01

 

      En el lenguaje ordinario se llama absurdo a lo contradictorio, a lo inconcebible o imposible.

      Lo que «no se tiene». Lo que no puede ser y —a pesar de todo, de un modo o de otro— es.

      Ser fantasmático; ser no siendo; ser-para-el-no-ser. Eso es el absurdo.

      Cuando un hombre llega al convencimiento íntimo y total de que la vida no le lleva absolutamente a ninguna parte, cabe prensar que la existencia de ese hombre se haya hecho invivible, porque se niega a sí misma. Y, si a pesar de esta contradicción interna, ese hombre decide o acepta el seguir viviendo, esto es lo que llamaremos vida absurda, vida en el absurdo.

      Hay gente que en esta situación lo pasa bien —«pasotismo»— y hasta se divierte, como el personaje central de «El proceso», la novela inacabada de Kafka. Pero eso no impide que esa vida deba ser considerada como absurda desde un punto de vista lógico.

      El vivir absurdo plantea una serie de cuestiones características. Como todo el mundo sabe, el existencialismo de hace unos años puso de moda algunas de estas cuestiones; pero el existencialismo ha pasado y ahora estamos en otro momento, quizás más serio que el de entonces.

      Sin embargo, en lo que tienen de permanentes, dichas cuestiones siempre se plantean, de una u otra manera, y no pertenecen a ninguna escuela o doctrina filosófica concreta.

      En realidad hay dos tipos de absurdo: el que podemos determinar o separar de nosotros mismos —determinar es separar el ser y el no ser de las cosas— precisamente porque está fuera de nosotros, y aquel otro, que es el verdadero absurdo, del que no nos podemos separar porque está en nosotros.

      Uno quisiera situarse en un paraje de claridad, de racionalidad y de lucidez del que estuviesen excluidos el mal y el absurdo en sus innumerables formas. Quisiera contemplar el absurdo desde fuera del absurdo, y el dolor, desde fuera del dolor; pero esto no es posible, entre otras razones porque, si pudiéramos separar el dolor de nosotros mismos, ya no nos dolería. Y algo parecido podría decirse del absurdo.

      El primer tipo de absurdo, el determinable o separable, no tiene nada de seriamente preocupante. Decir, por ejemplo, que un cuadrado redondo es absurdo o que un buey alado es absurdo —aunque las razones de la absurdez sean diferentes en uno y otro caso— no es, naturalmente cosa que pueda inquietarnos en demasía.

      Pero admitir que podamos ser «una procesión de fantasmas que van de la nada a la nada» —como decía Unamuno— sí es cosa que deba preocuparnos.

      ¿Qué actitud lógica puede tomarse ante el absurdo total?

      Los matemáticos emplean un método que llaman de «reducción al absurdo»: cuando a partir de una afirmación «X» se llega a una contradicción, hay que retroceder hasta el principio y decir: «no X», porque ahí está, con toda certeza, la verdad.

      ¿Podemos nosotros retroceder hasta el principio? Aquí está la cuestión, toda la cuestión.

      «Admitir que Dios existe es rechazar el absurdo —escribió Jean Lacroix—. Filosofar es suponer que el mundo tiene un sentido y, a partir de ahí, considerarlo como un texto que hay que descifrar».

      Ahora bien, plantear la cuestión de esta manera es ya pasar al dominio creencial. A algo como lo que Bloch llama utopía y que —en un sentido mucho más inmediato y denso— llamaremos aquí misterio.

 

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