Carlos Santamaría y su obra escrita

 

A propósito de Caín

 

El Diario Vasco, 1981-03-08

 

      Caín es nuestro hombre del día.

      Alguien ha dicho que para hacer historia hay que matar, porque la historia no la hacen nunca los abeles sino los caínes. Este dicho encierra un profundo y trágico error, porque la historia la hacemos todos los hombres, cada uno a nuestra manera, y está siempre regida por la misteriosa dialéctica del trigo y la cizaña.

      «No arranquéis la cizaña. Dejadla que crezca junto al trigo hasta la siega final».

      Cierta derecha presuntamente cristiana nunca ha entendido esta norma evangélica. Siempre ha querido hacer la limpieza por su cuenta.

      — «Yo el bueno, tu el malo. Yo el trigo, tu la cizaña. Yo Abel, tu Caín». Y de esta suerte océanos de sangre han sido derramados en el curso de la historia por los pretendidos seguidores de Abel el bueno.

      Hay a mi juicio una relación bastante estrecha entre la parábola del trigo y la cizaña y el capítulo cuarto del Génesis en el que se narra el episodio de Caín y Abel. Este pasaje bíblico encierra —en efecto— dos enseñanzas fundamentales. La primera de ellas es la condenación del criminal. La segunda, el respeto a la persona del criminal. Es esta segunda la que se suele echar casi siempre en olvido.

      Creo que se equivoca mi buen amigo don Pío Montoya en un reciente artículo suyo al decir que la conversación entre Dios y Caín se acaba con la condena de este: «Maldito será de la tierra... etcétera».

      En realidad el diálogo entre ambos interlocutores continúa en los siguientes versículos del Génesis. Caín se queja a Dios de la dureza del castigo y le dice que obligarle a salir de la tierra fértil equivale a condenarle a muerte, ya que cualquiera que le encuentre por ahí, en medio del páramo, le matará. Dios da entonces garantías y seguridad a Caín: «No ocurrirá tal cosa —dice Dios— si alguien mata a Caín éste será vengado siete veces». Y procede acto seguido a imprimir una señal en el cuerpo de Caín para que nadie que le encuentre pueda atentar contra él sin incurrir en la ira divina.

      Relato simple, ingenuo, casi infantil, y lleno de primitivismo, pero de una gran importancia. El respeto a la persona del delincuente aparece así inscrito en uno de los más antiguos y venerables textos de la civilización judeo-cristiana.

      Este respeto a la persona del criminal —y con mayor motivo a la del presunto criminal— ha informado las leyes procesales y penales de todos los pueblos civilizados. Pero quizás sólo teóricamente. Aún hoy, cuando se dice que hemos llegado a un grado superior de civilización, el hombre maltratado, humillado, torturado por los aparatos represivos, procesales, policiales y carcelarios sigue siendo un caso relativamente corriente en muchas partes.

      Demos un ejemplo muy actual. El teniente coronel señor Tejero tiene en estos momentos la seguridad absoluta de que no será maltratado, de que su conciencia será respetada y de que no se le forzará en ningún momento por medio de torturas físicas o morales a revelar cosas que él mismo se considera en el deber de conservar en secreto. Esto es absolutamente justo y así será sin ninguna duda.

      Ahora bien ¿existen análogas garantías en la práctica actual para cualquier detenido común o político? En particular ¿los detenidos como sospechosos de terrorismo gozarán de análoga protección?

      Ahora que estamos casi todos en plan de reflexión y de examen de conciencia creo, con toda honradez, que la Ley de Seguridad del Estado debe ser sujeta a revisión, al menos bajo este aspecto.

      Esta es la lección que yo me permito deducir de la segunda parte —tan olvidada— del capítulo cuarto del Génesis.

 

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