Carlos Santamaría y su obra escrita

 

«Inteligencia sentiente» (y III)

 

El Diario Vasco, 1981-03-15

 

      «Ya estoy en el tercero, y aún sospecho que estoy los trece versos acabando» sin haber podido todavía explicar —siquiera sea en forma por completo elemental y rudimentaria— lo que en sentido zubiriano significa eso de «inteligencia sentiente».

      ¿Puede el hombre captar o aprender lo real, es decir, aquello que no es meramente concebido, pensando o soñado por él mismo, en el interior de su propia mente, sino que es realmente que es de suyo? El realismo ingenuo o vulgar ¿puede ser criticado y superado sin que se desvanezca por completo nuestra «fe» en el conocimiento de lo real?

      Estas preguntas podrán parecer insensatas a más de uno de mis lectores, bien anclado en sus propias seguridades. Y sin embargo en ellas se encierra en cierto modo la cuestión capital que ha mantenido en vilo a toda la filosofía desde el siglo XVIII a esta parte. (Marx, Engels y, sobre todo, Lenin, se encolerizan por esta trampa que ha tenido al hombre la filosofía burguesa de la Ilustración).

      Zubiri ha sostenido siempre, y ahora reafirma, la posibilidad y la necesidad de arrancar a lo real algo de su intrínseca inteligibilidad, «aunque no sean sino algunas pobres esquirlas». Pero se trata en él de un realismo nuevo, mucho más minuciosamente construido, al parecer, que ningún otro anterior. Frente al océano sin orillas en que nos quiere encerrar el idealismo, Zubiri nos invita a volver a la raíz, a la interpretación del sentir y del inteligir.

      Sentir e inteligir son, en efecto, los dos caminos por los que el hombre se ve encaminado o se encamina a lo real. Desde antiguo se ha visto en el sentir y en el inteligir actos distintos y separados e incluso se los ha visto como producto de facultades diferentes. Más aún: entre estas facultades se ha establecido una relación de anterioridad y posterioridad y una oposición jerárquica, de suerte que los datos aportados por el sentir han sido considerados como meros materiales para el conocimiento. Sólo cuando la inteligencia los conceptúa y juzga comienza el verdadero conocimiento.

      En cambio para Zubiri la inteligencia y el sentir del hombre constituyen estructuralmente una sola y única facultad: la inteligencia sentiente.

      No se trata solamente de que yo intelija lo que siento ni de que sienta lo que intelijo. Es algo mucho más penetrante y esencial que esto. Para Zubiri «el sentir humano y la intelección son dos momentos de un sólo acto de aprehensión sentiente de lo real». Así «inteligir es un modo de sentir, y sentir —para el hombre— es un modo de inteligir».

      Zubiri es completamente moderno y actual al colocarse frente al «intelectivismo» o sobrevaloración de lo intelectivo respecto al sentir. A mi modesto juicio su modo de ver puede tener muchas consecuencias, no sólo en el plano filosófico sino también en lo social.

      Piénsese por ejemplo en lo que ha significado durante siglos el menosprecio de la actividad manual respecto a la intelectual. Parece que sólo ahora empezamos a salir de este error.

      Recuerdo que hace unos años Denys de Rougemont escribió un libro que se titulaba «Pensar con las manos». Esta idea de las manos del hombre como «manos pensantes», «manos inteligentes» vino a confirmar en mí la impresión que antes me había producido una especie de «Elogio de la mano», escrito por —no sé cual— de los dos hermanos Arabio-Torre y que tuve la fortuna de leer en mi juventud.

      Pero muchísimo antes que todo esto el viejo Anaxágoras había dicho: «El hombre piensa porque tiene manos». Cuanto más he reflexionado sobre esta frase más me he ido confirmando en la verdad profunda que la misma encierra.

      Confieso que la obra de Zubiri ha sido ahora para mí una comprobación rigurosa de esta idea vaga.

 

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