Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

La entrada en la OTAN

 

El Diario Vasco, 1982-06-13

 

      Ahora que el Gobierno «ha echado por la calle de en medio» en el asunto de la OTAN —«ir uno directamente y con resolución a donde pretende», según el diccionario de la lengua castellana— podemos opinar con mayor independencia respecto a esta cuestión problemática.

      Yo soy —debo decirlo— una de esas personas que aspiran a pensar con independencia, aunque sin faltar a mis «fidelidades» esenciales; esas fidelidades que, según se suele decir, van grabadas en el fondo del alma.

      Pero independencia no es término que se haya de referir exclusivamente a los demás. Uno no debe ser solamente independiente de los otros, sino que ha de serlo también, y en primer lugar, de sí mismo.

      Esto significa que el verdadero independiente no debe someterse de modo constante a unas posturas previas, establecidas de una vez para siempre en algún momento anterior de su existencia, sino que ha de conservar en todo momento la cantidad de libertad suficiente para poder disentir de sí mismo; para poder juzgar de las cosas con objetividad, aunque esto le obligue alguna que otra vez a opinar en contra de sus propias ideas.

      Creo que es algo de esto lo que me ocurre ahora, al intentar abordar el tema de la OTAN. Contra mis propias opiniones pacifistas de toda la vida yo me atrevo a pensar —en efecto— que la entrada en la OTAN es un acierto histórico.

      Esto no obsta —claro está— para que pueda ser al mismo tiempo un error político para los propios hombres que han promocionado la idea y la han llevado a término.

      Lo político y lo histórico no trabajan siempre en la misma onda. Onda larga de la historia y onda corta de la política a menudo se interfieren y se contradicen. Por llevar a sus pueblos por el camino histórico que realmente convenía muchos hombres políticos cayeron en el ostracismo. La historia está llena de hechos de este género que todo el mundo conoce.

      En las próximas campañas, la oposición va sin duda a cargar las tintas en la crítica anti-OTAN. Va a presentar el asunto bajo un punto de vista intimidatorio y un tanto populachero. Obtendrán de esta manera una buena rentabilidad electoral. Y aquí puede estar el error político antes aludido de los gubernamentales.

      El Estado español ha permanecido durante demasiado tiempo en una actitud de neutralidad o —más bien— de soledad internacional. Puede decirse que desde hace ochenta y cuatro años —desde la paz de París— el Ejército español no ha intervenido en ninguna guerra propiamente dicha. Ha realizado —eso sí— campañas bélicas de tipo colonial, como la guerra del Rif contra Abd-el-Krim, o guerras civiles, como la del 36. Pero estas acciones no pueden ser consideradas como verdaderas guerras.

      Un Ejército no puede permanecer indefinidamente fuera del escenario internacional. El hecho de que ahora los militares españoles recuperen un contacto con su quehacer internacional desde larguísimo tiempo interrumpido, puede contribuir a situarles de nuevo en su verdadero contexto. A mi modo de ver todo eso que se llama el golpismo no es en gran parte sino una consecuencia de la falta de verdaderos objetivos exteriores.

      Durante la guerra del 14 hubo muchas discusiones. La derecha era germanófila; la izquierda aliadófila. Pero la idea de la neutralidad se impuso. ¿Qué hubiera ocurrido en caso contrario? ¡Ah! Esto nadie puede saberlo. Pero nos baila en la cabeza la absurda idea de que, a la larga, la postura participativa no hubiera sido tan perjudicial como a primera vista parece. Un fenómeno análogo se produjo el 39. El aislacionismo se impuso y ahora estamos quizás pagando sus consecuencias.

      Â«Los que van a morir te saludan»: un partido y un Gobierno que parece que están a punto de fenecer se han permitido el lujo de darle un golpe al timón de la historia. El presidente Calvo Sotelo tiene razón al decir que se trata de un acontecimiento histórico sin precedentes desde hace muchísimo años.

      Las cosas son como son y hay que tener el valor de reconocerlo así, aún a trueque de contradecirse con la propia ideología. Porque —ciertamente— uno no es ni ha sido nunca belicista.

 

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