Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Los partidos sucursalistas

 

El Diario Vasco, 1983-05-22

 

      Al principio de la actual democracia fueron los catalanes —según creo— los que empezaron a utilizar la palabra «sucursalista» para designar a los partidos de ámbito estatal en oposición a los catalanistas o regionalistas. Fuera de todo ánimo agresivo, quisiéramos atenernos aquí a una interpretación objetiva del término en cuestión.

      En definitiva ¿qué hemos de entender por partido sucursalista? Con relación a una nacionalidad autónoma lo será todo aquel partido que tenga su cabeza o su dirección superior fuera de la misma. Partiendo de esta definición creo que se puede afirmar que la autonomía de una nacionalidad gobernada por un partido sucursalista se convertiría en algo muy problemático y contradictorio. La verdadera autonomía presupone autogobierno. Pero ¿qué clase de autogobierno podría existir allí donde el partido gobernante, a la hora de tomar posturas importantes, dependiese de las decisiones de unos órganos centrales exteriores y ajenos por completo a la propia comunidad?

      Algo de esto se ha visto en el caso de la Ley de Normalización del euskera, aprobada aquí por unanimidad, con el consenso del PSE, e impugnada en Madrid por el PSOE. Y otro tanto podría decirse acerca de las recientes manifestaciones y conversaciones de los dirigentes estatales de AP y PSOE sobre lo que deba ser, o no ser, la política de alianzas con vistas al funcionamiento de nuestros municipios.

      ¿Los partidos estatales deciden pues desde Madrid la política de sus sucursales vascas? ¿Sería esto una verdadera autonomía de la nacionalidad euskadiana?

      En un Estado de autonomías, en el que además se reconoce la existencia de nacionalidades, los partidos estatales tendrían que «federalizarse» por dentro, de modo auténtico, sin trampa ni cartón.

      El sucursalismo es malo para todos y en el caso del País Vasco podría llevarnos a algo peor, como sería un enfrentamiento entre comunidades, dentro de nuestro pueblo. Personalmente me sumo a la opinión de los que piensan que la bipolarización entre «españolistas» y «abertzales» constituiría un desastre para Euskadi.

      Lo mejor sería que los partidos sucursalistas en este país se vasquizasen desde sus propias bases culturales. Pero esto es, sin duda, muy difícil en la situación actual.

      En las últimas elecciones municipales la propaganda del PSOE jugó bastante claramente la carta lerrouxista tratando de fomentar el voto inmigrante, que es por fuerza un voto inseguro y coyuntural.

      Una familia inmigrante acaba en general por integrarse en su nueva tierra. Esto es lo natural y lo deseable. En la segunda o tercera generación los miembros de esa familia se convierten en vascos plenos, es decir, sin diferencias culturales ni sociológicas con los demás. Utilizar los medios inmigrantes como caldo de cultivo político, prolongando artificialmente la ruptura, no parece legítimo ni —a la larga— eficaz.

      Suele haber en los seguidores de los partidos sucursalistas una gran alergia hacia todo lo sustancialmente vasco, como puede serlo por ejemplo la lengua, y así lo ha demostrado el PSE en su última campaña electoral. Si repasásemos los nombres de los actuales cultivadores del euskera creo que no encontraríamos el de un solo afiliado o simpatizante de este partido. Bajo mi personal punto de vista, este es un hecho lamentable y harto significativo de lo que pudiera llamarse «sucursalismo cultural».

      En este momento parece necesario que surja en España un movimiento federalista que no sería —naturalmente— un nuevo partido, sino una amplia organización capaz de asumir en forma pluripartidista las ideas autonómicas en toda su extensión y profundidad.

      Desde la primera república, el federalismo tiene mala prensa entre la mayor parte de la gente, tanto a la derecha como a la izquierda. Pero quizás haya llegado el momento de reactualizarlo bajo nuevas formas y nuevas ideas, muy distantes —claro está— de las de aquella época turbulenta.

 

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