Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

La guerra de las galaxias quedó en el aire

 

El Diario Vasco, 1985-11-24

 

      La gran cumbre que acaba de celebrarse y que es, sin duda alguna, la más realizada de todas las que han tenido lugar el presente, va a ser motivo de una infinidad de comentarios y especulaciones que irán apareciendo a partir de ahora.

      Uno de los grandes temas que quedan balbuciendo después de esta cumbre es el de la famosa «guerra de las galaxias» —por su verdadero nombre: IDS, iniciativa de defensa estratégica— proyecto armamentístico tan querido y mimado por la actual Administración usamericana Reagan se han mantenido firme: la IDS irá adelante porque —según él— es un arma de paz y no de guerra.

      Fue el propio presidente Reagan quien, en marzo de 1983, hizo público este proyecto sensacional, sobre el que tanto se había de hablar y discutir después, en el transcurso de los últimos años.

      Pero, ¿qué es, en definitiva, la iniciativa de defensa estratégica?

      Más de un lector se lo habrá preguntado quizás y pienso que un breve comentario al respecto no estaría de más en el presente espacio periodístico.

      A mi juicio lo más importante para establecer un poco de claridad en dicho asunto debe consistir en fijar las diferencias entre el nuevo sistema antimisil, que ahora empieza a anunciarse y los que ya existían anteriormente todos ellos de más que dudosa eficacia, por cierto.

      Conviene señalar, al menos, los dos puntos que parecen de mayor importancia desde este punto de vista.

      En primer lugar debemos hacer notar que en los antimisiles actuales la destrucción del artefacto atacante se realiza a baja altura, es decir cuando el mismo está a punto de llegar al suelo y por medio de disparos efectuados desde tierra, todo lo cual disminuye mucho la eficacia de la defensa y presenta además otros múltiples inconvenientes. En cambio en la IDS esta destrucción se realiza durante la etapa central del viaje del misil, cuando éste se encuentra a cuarenta o cincuenta kilómetros de altura y por medio de lanzamientos realizados, no desde el suelo, sino desde bases espaciales, situadas a más de quince kilómetros de la superficie de la tierra, las cuales pueden ser plataformas espaciales o simples aviones estratosféricos autodirigidos.

      Esto justifica, hasta cierto punto, la denominación de «defensa espacial» que suele darse a la IDS.

      La otra diferencia importante a la que queremos aludir consiste en el hecho de que la nueva estrategia defensiva no se realizará ya a base de armas nucleares sino por medio de otras que nos permitiríamos llamar «posnucleares» y que se deben distinguir netamente de aquellas.

      El arma atómica se caracterizó por lo gigantesco de sus efectos y el enorme poder mortífero de que estaba dotada. Era fundamentalmente un arma aterrorizante. Las posnucleares, en cambio, no van acompañadas de este efecto espectacular. Sin necesidad de esto y sin producir grandes destrucciones de bienes y de vidas humanas, van derechamente al punto más sensible del objetivo buscado.

      Así, por ejemplo, desbaratar el sistema ordenador de un misil adversario sólo requiere un toque electrónico. El láser —onda luminosa no diversificada en colores o frecuencias diversas, sino concentrada en una sola longitud de onda, lo que le da un enorme poder energético— es un buen medio para lograr esta operación infinitesimal. Por otra parte actualmente existe —o se presume que existe— la posibilidad de utilizar proyectiles ultramicroscópicos, que no son sino partículas subatómicas, es decir electrones y protones separados de sus núcleos respectivos.

      Las armas posnucleares podrían dar a las guerras futuras un carácter más humano, al ser excluida la necesidad de grandes matanzas para conseguir los objetivos estratégicamente esenciales. Lo cual no quiere decir que los partidarios de la paz tengamos que admitir esas nuevas guerras, porque la imposición por la fuerza de un pueblo sobre otro siempre será un horror para la conciencia humana, dicho sea entre paréntesis.

      Pero todo esto está por ver. Por el momento es puro proyecto y simple imaginación científica.

      El problema principal consiste en saber cuáles serían las consecuencias de un desarrollo a fondo de la iniciativa de defensa estratégica, para el cual los americanos tienen ya votado un presupuesto de 40 billones de pesetas a fin de cubrir los gastos del asunto hasta el año 89.

      Es aquí donde se complica la cosa y se producen las mayores discusiones. Reagan sostiene —como ya hemos dicho— que la IDS es pacificadora y que su consecuencia inmediata no será la guerra, sino la paz de las estrellas.

      Pero en contra de la iniciativa se esgrimen poderosos argumentos.

      Su aplicación va a constituir el inicio de una nueva carrera de armamentos, que originará tremendos dispendios y una intensificación de la amenaza de guerra nuclear.

      Analizaremos en un próximo artículo un poco más en detalle el valor de estos argumentos que van a ser barajados en el nuevo período de distensión que empieza ahora como resultado principal de la reciente cumbre.

 

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