Carlos Santamaría y su obra escrita

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El imperio de la casualidad

 

El Diario Vasco, 1988-04-20

 

      La sociedad de consumo se basa, entre otras cosas, en el poder y la seguridad que proporciona el dinero. Desde el punto de vista consumista sólo éste puede aportar al hombre la felicidad y el disfrute de la vida.

      La educación neo-capitalista insiste con gran fuerza en este punto. Nunca estuvo tan presente como ahora la idea de que todo o casi todo se pueda comprar, a condición de pagar por ello un precio suficientemente elevado.

      Por otra parte, en este tipo de sociedad, el dinero no sólo es «omnipotente» sino también «omnipresente». Penetra los ámbitos más recónditos; invade todos los campos de la actividad humana y hace sentir su peso en los lugares más inverosímiles. (Así, por ejemplo, hasta en la misma iglesia romana se habla estos días con insistencia de la necesidad de controlar el movimiento de los dineros de San Pedro).

      Todo esto trae consigo la gran batalla crematística por el logro del dinero. Rico o pobre, el hombre de la sociedad capitalista se ve constantemente envuelto en ella sin poder evitarlo.

      Por desgracia esta lucha no responde en general a una racionalidad fundada en el verdadero valor de las cosas y en su carácter de bienes intercambiables. Reina más bien en esa contienda una concepción mágico-económica en la que el agio y la causalidad juegan el papel principal.

      Desde el gran especulador hasta el pequeño quinielista muchas personas parecen esperarlo todo de una oportunidad afortunada que las convierta de pronto en super-millonarias.

      En estas condiciones la lotería y los juegos de azar, único recurso del individuo económicamente débil para satisfacer sus sueños de riqueza, proliferan hoy de un modo increíble.

      A la lotería tradicional y el juego de los casinos se unen ahora la loto, el bonoloto, las quinielas de diversos tipos, las máquinas de juego tragaperras, los cupones de la ONCE, los concursos publicitarios acompañados de sorteos en la Prensa, la radio y la televisión, etc., etc.

      Esta proliferación no es, evidentemente exclusiva de la sociedad española. Aparece asimismo en otros países occidentales. Así, en Francia hace furor —entre otros— el loto deportivo, el tiercé, el quarté, el Tic-O-Tac, el Tapiz verde y el Telemago.

      Ahora bien, el imperio del azar no afecta sólo al juego y a los negocios. El fenómeno al que aludimos es mucho más extenso: influye notablemente sobre la cultura y la vida del hombre contemporáneo.

      Hasta la misma ciencia, siempre tan rigurosa, de entrada hoy a concesiones de carácter aleatorio.

      Los científicos de principios de siglo eran netamente deterministas. Admitían que el cosmos está regido por leyes físicas inmutables y tiene fijados sus destinos por estas mismas leyes. En cualquier parcela del Universo una situación viene inexorablemente determinada por la situación anterior: las rígidas relaciones de causa a efecto impiden cualquier «devaneo» de la naturaleza física. Así se pensaba entonces en el campo de la ciencia.

      En cambio, a partir del segundo tercio del siglo XX, los científicos empezaron a pasarse al indeterminismo, atribuyendo a la simple casualidad un papel decisivo en la marcha del mundo.

      Así, por ejemplo, en 1927 el físico alemán Heisenberg enunció su famoso «principio de indeterminación», según el cual la situación y el movimiento de un electrón no obedecen a ley alguna, sino que son, en cada caso, absolutamente fortuitos.

      Algo un poco parecido pasa en el campo de la genética: el encuentro de los gametos masculino y femenino es también un hecho enteramente casual. El ser que nace no es el resultado de un proceso determinante sino el producto de una lotería.

      Actualmente, y como consecuencia de estas ideas, la vieja teoría de que el mundo es conducido por el azar vuelve a estar de moda en ciertas zonas del ateísmo contemporáneo.

      Ilustres científicos intentan «explicarnos» hoy la marcha del Universo como una gigantesca partida de dados en la que se jugaría permanentemente la suerte de todo lo que existe.

      No hay para ellos un plan creador ni nada parecido.

      ¿Para qué Dios? ¡La casualidad basta!

      Con acierto escribía recientemente Ignacio Ramonet en «Le Monde Diplomatique» que en nuestros días «el azar ocupa el lugar de lo sagrado».

      Esto es, en efecto, la forma capital de la idolatría posmoderna en la que todos corremos el peligro de vernos envueltos.

      Pero sustituir a Dios por la casualidad es una interpretación caótica de la realidad que la razón humana no podría realizar sin destruirse a sí misma.

 

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