Carlos Santamaría y su obra escrita

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A favor de la autoderminación

 

El Diario Vasco, 1991-10-16

 

      El Parlamento catalán ha aprobado recientemente por amplia mayoría el derecho de autodeterminación de Cataluña. En la misma declaración se afirma expresamente que este acuerdo es un primer paso hacia la plena realización nacional de Cataluña dentro de la futura Europa de los pueblos.

      En esta afirmación radica precisamente la importancia del acuerdo en cuestión. Cataluña empieza a avanzar en el proceso de desarrollo de su nacionalidad, pero no hacia un Estado independiente sino más bien hacia su integración con ilusión: la Europa de los pueblos.

      Creo que la actitud catalana es un ejemplo a imitar por nuestra parte. Aquí en Euskadi, donde las divisiones entre los partidos nacionalistas llegan al colmo, debiera intentarse un gesto parecido. Sería muy positivo que esos partidos fueran capaces de coincidir al menos en una declaración conjunta en favor de la autodeterminación del pueblo vasco, punto sobre el cual, y a pesar de sus diferencias politiqueras, parecen estar todos ellos de acuerdo. ¿Por qué no manifestarlo pues conjuntamente y con toda claridad? Un acto de este género contribuiría a clarificar un poco la gran confusión ideológica en que nos encontramos actualmente.

      El conocido luchador nacionalista José Luis Álvarez Emparanza, «Txillardegi», afirmaba hace unas semanas en un artículo escrito en euskera, que de todos los problemas que Euskadi tiene hoy, el más importante es el de la autodeterminación. «En este momento todo lo que no sea autodeterminación debe ser situado en un segundo plano». Yo mismo escribía en 1987: «negar sistemáticamente el derecho de autodeterminación, sosteniendo por ejemplo que los destinos políticos del pueblo vasco deben estar supeditados a la voluntad del pueblo español o del pueblo francés, sería puro colonialismo».

      Se nos preguntará, ¿pero qué entienden ustedes por autodeterminación? Para mí la autodeterminación es ante todo y sobre todo un «derecho natural», si así puede decirse, que nadie puede desconocer en un mundo civilizado como el actual: todo pueblo, todo verdadero pueblo, tiene derecho a decidir sus propias formas políticas en función de su misma realidad y de la voluntad de sus ciudadanos.

      Hay quien confunde autodeterminación con independentismo, lo que a mi modesto juicio es un error de conceptos. Es cierto que la autodeterminación podría llevar al País Vasco a la separación del Estado; pero no sería nada raro que un referéndum «autodeterminacionista» auténticamente democrático condujese a unas estructuras autonómicas plenamente satisfactorias para la nacionalidad vasca y aceptables también para los restantes pueblos peninsulares. La autodeterminación por si misma no implica ruptura ni violencia. Es más bien una postura posibilista que permite abrir pacíficamente caminos nuevos y efectivos para el verdadero orden internacional.

      A pesar de esto mucha gente no quiere no oír hablar de autodeterminación. Ven en ello una actitud separatista solapada, sin comprender que esta misma intransigencia centralista produce efectos contraproducentes para su propio punto de vista antivasco ya que no hace sino consolidar y acrementar la opinión nacionalista frente al unitarismo forzado del Estado.

      Durante muchos años las ideas nacionalistas han sido perseguidas en España como un crimen, sobre todo en la época franquista, y muchas personas podrían dar testimonio de las atrocidades cometidas contra vascos y catalanes a lo lardo de aquellos años. Lo único de que se permitía hablar por aquel entonces era de «un sano regionalismo», expresión ridícula que sólo servía para encubrir el verdadero fondo del problema de las nacionalidades.

      El argumento clásico contra las minorías era éste: «no nos vengan ustedes con esta clase de asuntos. Por diversas razones y especialmente a causa de los avances de las técnicas de comunicación, el mundo actual avanza hacia la unidad. Hoy no se trata de construir pequeñas naciones sino grandes estados de dimensión continental». Todo operaba pues en contra de las naciones sin Estado cuyas lenguas y culturas parecerían condenadas a una desaparición definitiva.

      Hoy las cosas han cambiado radicalmente. Las etnias han proliferado de un modo increíble en gran parte de Europa y el tema de su defensa y conservación han pasado a ocupar un lugar importante en la atención pública. No es solamente el caso de Yugoslavia, con sus enormes complicaciones.

      El caso es que esas etnias no se ajustan a las fronteras de los Estados. Cabalgan o se cruzan sobre ellas y en muchos casos conviven, no sin problemas, en unos mismos territorios. Todo esto hace que el problema a que aludimos sea de difícil solución. El principio, que algunos autodeterministas propugnan, «una etnia, un Estado», convertiría a Europa en un rompecabezas absolutamente incomprensible.

      Hay sin embargo, una cosa que está clara. El famoso jacobismo del Estado-Nación que bastantes políticos —sobre todo franceses— siguen defendiendo con empeño, no encaja ya con la problemática actual. Quiérase o no, tendrá que ser reemplazado por una Europa de un nuevo tipo dentro de la cual las actuales fronteras dejarán de ser el principio de los pueblos.

      Es muy difícil, o más bien imposible, prever desde ahora de qué forma se operará semejante transformación hacia la nueva Europa y en qué llegará a consistir ésta bajo el signo de esa autodeterminación.

      Todo ello se irá viendo y será sin duda una de las grandes tareas que ocuparán a los europeos en esta final de milenio que acaba de comenzar.

 

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