Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El ateismo contemporáneo

 

Ya

 

      La Semana de los Intelectuales Católicos Franceses ha vuelto este año a la orilla izquierda del Sena, junto al corazón del viejo París universitario, del colegio de Navarra, de la Sorbona y el barrio latino. En la topografía espiritual de estos contornos este es, sin duda, su emplazamiento más adecuado.

      El interés que han despertado las tres primeras sesiones celebradas responde plenamente al intento y a las esperanzas de los organizadores.

      Hablar de Dios a un mundo tan resabiado como el actual no es, sin embargo tarea fácil.

      En ciertos medios el intelectualismo ha llegado a constituir una enfermedad colectiva que complica todos los problemas.

      La hipersensibilidad del hombre contemporáneo y la soberbia que aquélla lleva consigo impiden a muchos encontrar los pequeños senderos, recoletos e ingenuos, que conducen a Dios. Cuando se le ha enredado a uno el alma no es fácil desatar sus nudos.

      La verdad es que estamos en un mundo demasiado lúcido, demasiado consciente de sus propias palpitaciones, al mismo tiempo que harto viejo, en el que las ideas de suyo más simples e ingrávidas se nos presentan cargadas de historia, mancilladas tal vez con la sangre y el sudor de nuestros antepasados. Haría falta restituir al hombre un poco de su perdida simplicidad primigenia para que pudiese buscar por sí mismo esas frescas verdades con las que necesita, a toda costa, apacentarse.

      Étienne Borne y Daniel-Rops nos mostraron en su intervención del primer día el carácter eminentemente paradójico de esta situación. Jamás estuvo el creyente más asistido, desde el punto de vista de la razón, por las ciencias religiosas, hoy espléndidamente desarrolladas. Nunca tuvo la Iglesia una organización comparable a la actual, ni acaso floreció en ella un movimiento tan extenso y tan profundo de renovación espiritual como el que hoy presenciamos. Pero tampoco el escepticismo alcanzó en el pasado una consistencia tan dura e impenetrable, ni se mostró tan tenazmente sistemático, tan resistente a la creencia religiosa como ahora.

      Jamás se observó un intento tan audaz de edificar la vida humana a espaldas de Dios. Pero nunca tampoco se sintió como se siente hoy su vacío: la necesidad, la angustia de Dios.

      Me impresionó, cuando la leí, esta frase de Jean Rostand: «Los que creen en Dios ¿piensan acaso en El tan apasionadamente como nosotros —los que no creemos en El— pensamos en su ausencia?». Su recuerdo vuelve a mí, con motivo de esta Semana: Jean Lacroix, Olivier Lacombe y el padre Henry, bajo la presidencia de Jean Guitton, han descrito en la segunda sesión las formas del ateísmo contemporáneo, desde el ateísmo técnico y racionalista hasta el mágico y supersticioso.

      Yo creo que hay otra más temible que ellos no mentaron: el «ateísmo cristiano». O mejor dicho —apresurémonos a rectificar esta horrible expresión—, el ateísmo práctico de muchos cristianos, que aunque llevan con frecuencia el nombre de Dios a su boca, nunca piensan de verdad en El o, si alguna vez lo hacen, lo hacen fríamente, «administrativamente», es decir, sin amor ni temblor.

      Quizás resulte paradójico y hasta algo escandaloso, pero a veces envidio un poco a esos locos y apasionados ateos como Rostand, el fuego, el hambre y la sed con que ellos dicen vivir su vacío de Dios y que los creyentes debiéramos poner en nuestra fe. Aunque, en definitiva, la autenticidad de ciertos fervores humanísticos haya de ser puesta seriamente en duda.

      En cualquier caso, las intervenciones de esta Semana prueban, sobre todo, que el problema del ateísmo sigue en pie y que sería peligroso dejarse engañar por ciertas tendencias difusamente religiosas del mundo moderno, que en el fondo se inspiran en un vago deísmo o en un panteísmo evolucionista y que nada tienen de común con el mensaje cristiano.

 

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