Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Los movimientos de lenta deriva en la historia

 

Ya

 

      En la apertura del curso del Instituto Católico de Toulouse, el rector, monseñor Bruno de Solages, ha esbozado un tema altamente sugestivo: «Los movimientos de lenta deriva en la Historia».

      Trátase de uno de esos temas germinales que son como surtidores de ideas y cuyo simple enunciado parece poner en fermentación la inteligencia.

      Los movimientos históricos de mayor «fuerza viva» no son siempre los más veloces ni los más espectaculares, sino otros que escapan a la observación de la gente y aún a los métodos ordinarios de investigación. La noción puesta en juego por monseñor de Solages es justamente la idea opuesta al concepto de crisis, introducido en un sentido preciso y científico por Burckhardt.

      Burckhardt analizó por primera vez los «procesos acelerados» o «tormentas históricas», momentos en los cuales el proceso de la historia universal alcanza una velocidad enorme, «realizándose en meses o en semanas transformaciones que de ordinario necesitarían siglos»: revoluciones, guerras, bruscos derrumbamientos de estructuras sociales, etc.

      Características esenciales de esos fenómenos son la subitaneidad y la profundidad, es decir, la propiedad que tienen de conmover súbitamente estratos muy profundos de la vida humana. Esta segunda nota es necesaria: sólo aquellos movimientos que llegan a alterar los fundamentos políticos y sociales merecen para Burckhardt el nombre de crisis, y él mismo cita como ejemplo de guerra no crítica la guerra de las dos rosas.

      El hombre civilizado ha tenido siempre, seguramente, plena conciencia de tales súbitas transformaciones, y su conciencia histórica ha debido empezar a formarse por ahí. Pero es indudable que hoy a adquirido un grado de sensibilidad mucho mayor, al mismo tiempo que se han multiplicado y afinado enormemente sus posibilidades de observación.

      El hecho de que ahora pueda hablarse con rigor técnico de los movimientos de lenta deriva, especie de elementos diferenciales de la Historia, es ya por sí mismo muy significativo.

      Sólo cuando se ha llegado a disponer de métodos estadísticos de encuesta y sondeo capaces de penetrar en la espesa realidad social se ha podido pensar en tomar el pulso a la Historia, tratando de «detectar» sus casi imperceptibles latidos.

 

Influye la prolongación de la vida

 

      Pero hay, además, otra razón para que una idea de esa naturaleza haya podido ser puesta en circulación con probabilidad de éxito, y es el hecho, de todos conocido, de la prolongación de la vida media del hombre sobre la tierra. En épocas relativamente cercanas, la vida media en algunas comarcas europeas no pasaba de los dieciocho años, mientras que hoy en esas mismas comarcas rebasa los cincuenta y siete.

      Como resultado de esa longevidad reforzada, se ha hecho posible el contacto entre generaciones sucesivas de una manera más real y efectiva que en otros tiempos. En una misma familia suelen converger, en plena actividad vital, abuelos, padres e hijos. Y esa convergencia de generaciones vivas es, a mi juicio, uno de los hechos más característicos de nuestros tiempos en relación con el pasado.

      Ella nos permite adquirir clara conciencia de algunos de esos movimientos de lenta deriva, que el rector de Toulouse está ahora tratando de estudiar.

      El análisis diferencial puede ser aplicado a dominios muy diferentes de la vida humana, y es sobre todo interesante cuando se pone en relación con la evolución del clima mental en que vive el hombre civilizado.

      Puede observarse, por ejemplo, que, a través de un largo y lento proceso, el hombre tiende a liberarse de las servidumbres materiales y sociales que limitan, casi físicamente, su actividad. Esta transformación de la mentalidad en un sentido bien determinado tiene, probablemente, más efectividad que las grandes revoluciones.

      Piénsese, por ejemplo, en la desaparición gradual del servicio doméstico, última fórmula de servidumbre personal. El hombre de hoy acepta la necesidad de ponerse al servicio de una idea o de una colectividad, pero no se resigna a someterse al servicio personal de otro hombre. Este hecho se acusa cada vez más claramente, de generación en generación, y no puede ser discutido. Podrá tener sus inconvenientes, especialmente para aquellos que se encuentran en situación de ser servidos; pero es una realidad que se revela en multitud de detalles de la vida ordinaria y con la cual hay que contar necesariamente para cualquier género de acción social.

      Otros muchos ejemplos relativos a la lenta variación económica, ideológica y geopolítica del mundo podrían ser citados, y en todos ellos las investigaciones de monseñor de Solages, tratando en cada caso de descubrir e integrar las diferenciales históricas, se presenta como una actividad llena de promesas.

 

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