Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Crisis de honradez

 

La Voz de España, 1949-08-13

 

      El reverendo O'Brady, párroco anglicano de un distrito de Edimburgo, dedicaba hace unas semanas un sermón dominical al tema «La crisis de la honradez». Sus palabras nos demuestran que el sentido del humor no está reñido con la enseñanza de la moral: «Antes de la guerra —dijo el reverendo— el producto de la cuestación de los domingos se componía por término medio de tres cuartas partes de botones de las clases más variadas. Actualmente he observado que no se encuentra ningún botón en el cepillo. Esto me permitiría regocijarme y felicitaros por esta creciente honradez que, al parecer, va ganando los corazones. Pero me he informado detenidamente y resulta que hoy no existe en las tiendas ningún botón, por barato que sea, que valga menos de un penique...».

      He aquí una manera elegante y original de plantear un problema serio e importante. sin embargo, la crisis de la honradez es algo demasiado serio e importante para que puedan realizarse juegos de ingenio a costa de ella.

      En el siglo XIX el hombre colectivo, el hombre «a la moda», había dejado de someter su intimidad pensante a un código moral; pero, acaso por conveniencia, o, tal vez, por rutina, conservaba aún las formas exteriores, el «buen parecer». El librepensador presumía de ser un ciudadano honrado; las palabras Civismo, Justicia, Honor, Virtud, Integridad, etc., tenían todavía una imponente resonancia parlamentaria y social.

      Hoy las cosas han cambiado mucho. Giovanni Hoyois, destacado político católico belga, ha estudiado el fenómeno, utilizando para ello ciertos hechos significativos y, aunque su investigación se ha limitado a Bélgica, y más concretamente a la Bélgica de habla francesa —menos de la mitad de la población— sus observaciones son aplicables a cualquier otra parte del mundo y tienen un valor universal que nadie se atreverá a desmentir. «Actualmente —dice Hoyois— se desnaturalizan los productos, se falsea su origen y se engaña en el peso o en la medida. El artesano descuida su trabajo, seguro de que el objeto que fabrica se venderá de todas maneras. El obrero malgasta el material y no vacila, cuando puede, en llenarse los bolsillos con lo que roba. Por su parte, el abogado improvisa sus informes sin enterarse a fondo de los asuntos, el médico diagnostica y receta a la ligera, el funcionario se deja querer por el amigo interesado y acepta sin escrúpulo las recompensas con que se premia su parcialidad».

      Â«Â¿Será preciso —añade el político belga— evocar el escándalo de los precios? La mercancía no tiene ya un valor propio, no representa una suma de trabajos para el vendedor y una suma de satisfacciones para el comprador. Reina sólo la impasible soberanía de la oferta y de la demanda: desde el momento en que existe un comprador a tal o cual precio, la operación se efectúa y el vendedor recoge satisfecho un fajo de billetes y no duda en sostener con su cliente una agradable conversación sobre la «dureza de los tiempos». No vayamos más lejos: no tratemos de saber si las leyes son obedecidas, si las declaraciones juradas son verdaderas, si los permisos sirven efectivamente para su propio objeto... ¡Lamentable revista que podría prolongarse hasta el infinito!».

      Â¿Qué podríamos añadir nosotros a una descripción tan expresiva?

      Lo más grave del caso es que en una situación de este género, cada cual pretende justificar su conducta como una acción defensiva: «Puesto que yo soy víctima —dice— del engaño o de la injusticia de otros, o de la mala organización de la Sociedad, no me queda más remedio que proceder como lo hago para no resultar perjudicado».

      Se trata, por tanto, de un verdadero círculo infernal. Y es que la manoseada ley económica de Gresham, «la moneda mala expulsa a la buena», puede también aplicarse en el dominio de las relaciones sociales, parodiándola en la siguiente forma: «El granuja expulsa al hombre honrado». No es, pues, que hoy no existan hombres honrados, sino que se hace preciso proceder como si no existiesen, para no exponerse a ser engañado o robado. Por ejemplo, nadie puede proyectar un negocio sin calcular los fraudes de que será víctima por parte de sus clientes, de sus proveedores o de sus empleados. El mismo Estado es el primero que organiza su sistema fiscal teniendo en cuenta, de un modo sistemático, la detracción de la inmensa mayoría por parte de los contribuyentes. Así resulta que el cliente y el ciudadano íntegros son, en cierto modo, robados por anticipado, y todos los palos van a dar sobre sus espaldas.

      En este caos moral la norma de conducta parece ser, pues, la siguiente: «Defraudar para no ser defraudado, robar para no ser robado, engañar para no ser engañado».

      Â¿Cómo saldrá la Humanidad de esta crisis de honradez? Desde luego, todas las soluciones simplistas y expeditivas deben ser rechazadas por inauténticas. Desde la del que propone la instauración del Tribunal de la Sangre, hasta la del arbitrista que cree poseer una fórmula mágica —el libre mercado, por ejemplo— capaz de arreglarlo todo en un dos por tres.

      Podrán adoptarse —y acaso será preciso hacerlo— medidas punitivas y coactivas, acumular reglamentos y disposiciones defensivas, extender el régimen de control de todas las actividades privadas, contrastar hasta el último céntimo el movimiento del dinero... Nada de eso llegará, sin embargo, a suplir la falta del sentido ético ni a restablecer un clima de honradez y de confianza mutua que era el fruto de muchos siglos de cristianismo y de armónica convivencia.

      La solución ha de ser lenta. Requerirá tal vez muchos años, acaso siglos. Y no podrá consistir en otra cosa que en una paciente y metódica reconstitución de las conciencias.

 

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