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La misión de los seglares en la Iglesia

 

Documentos, 13 zk., 1953

 

      El tema de este Cuaderno de DOCUMENTOS, «La misión de los seglares en la Iglesia», tema cuya actualidad no se oculta a nadie, plantea diversas cuestiones importantes y delicadas a la vez. No es sólo el problema del apostolado de los laicos, con sus múltiples matices, el que aquí se trata, sino otro, mucho más general, y en el que aquel está implicado: el problema de la participación de los seglares, como tales, en los distintos aspectos de la actividad eclesial, es decir, en la vida misma de la Iglesia.

      Se trata, en último extremo, de saber, en qué medida y de qué manera la triple dignidad de Cristo, su triple carácter de Doctor, Rey y Sacerdote, debe realizarse en cada uno de nosotros, simples fieles, que no hemos recibido orden, ni poder eclesiástico alguno. Cuál es nuestra parte, la parte de los seglares, en la misión de la Iglesia, la que nosotros hemos escogido y que nadie pretende quitarnos.

      Esta cuestión, que debe ser el punto de partida de una reflexión metódica sobre nuestro tema, no está exenta de dificultades. Presenta incluso escollos y encrucijadas, en los que los cristianos de otros siglos han naufragado o se han perdido muchas veces en el curso de la Historia.

      El sacerdocio universal de los fieles, las relaciones entre el pueblo y la Jerarquía, el doble carácter, divino-humano, temporal-eternal, visible-invisible, de la Iglesia, son cuestiones que han originado innumerables herejías y que se prestan a muchos equívocos.

      Felizmente tenemos una enseñanza tan rica como precisa sobre esta materia en las Encíclicas, cartas y discursos del Papa actual, el cual no ha escatimado esfuerzos para estimular la conciencia del laicado católico. El ha querido así continuar y ensanchar el camino iniciado por su ilustre predecesor Pío XI, el Papa de la Acción Católica.

      La base de estas doctrinas Pontificias se encuentra tal vez en una idea que el Papa ha subrayado en diferentes ocasiones: la participación del seglar en la Iglesia no tiene un carácter secundario, marginal o accesorio; el seglar no es, pues, un cristiano de segunda, pertenece en plenitud a la Iglesia y es llamado a la santidad tanto como el sacerdote o el religioso. Aunque sus funciones sean diferentes de las de éstos, tiene siempre una tarea en todos los órdenes de la vida de la Iglesia y ésta no podría renunciar a su colaboración porque Ella es sobre todo y ante todo un pueblo en marcha.

      El Papa quiere que los laicos adquieran conciencia cada vez más clara, no sólo de su pertenencia al Iglesia, sino del hecho de ser, ellos mismos, Iglesia.

      En su discurso a los nuevos Cardenales en 20 de febrero 1946, Su Santidad Pío XII dijo, por ejemplo, que «los fieles y más precisamente los seglares se encuentran en las primeras líneas de la vida de la Iglesia y que por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Ellos, por consiguiente, ellos sobre todo —prosigue el Papa— deben tener una conciencia cada vez más clara no sólo del hecho de pertenecer a la Iglesia, sino del de ser Iglesia, es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la dirección de su Jefe común, el Papa y de los Obispos en comunión con él».

      Los seglares son, pues, Iglesia. Y esta pertenencia plenaria debe manifestarse, al mismo tiempo que en el dominio de la vida espiritual, en el de la vida litúrgica, en las relaciones interiores de la Iglesia y en sus contactos con el mundo para la acción apostólica y la transformación de la vida humana.

      En lo que concierne a la vida de la gracia no hay lugar a una distinción esencial entre el seglar y el monje o el sacerdote.

      Pío XII ha subrayado esta idea en su discurso al Movimiento obrero cristiano de Bélgica, en 11 de septiembre de 1944, afirmando que «en lo que se refiere al crecimiento interior de la fe y de la vida sobrenatural, en la pureza del corazón, en el amor de Dios y en la semejanza divina que la gracia opera en el secreto de las almas, todo cristiano, sacerdote o seglar, cualquiera que sea su condición, goza sin distinción de los mismos derechos y de los mismos privilegios.

      Con ocasión del Congreso del apostolado de los laicos, el Papa ha insistido todavía sobre la misma idea en estos términos: «Los laicos no son menores, no son niños. En el reino de la gracia todos son mirados como adultos».

      Nosotros, los laicos, debemos, pues, ser considerados como adultos. Esto quiere decir, no solamente que tenemos derecho a exigir que se nos trate como tales, sino también que llevamos la plena responsabilidad de nuestras conductas y que no debemos pretender liberarnos de nuestros propios deberes eclesiales, dejando caer sobre las espaldas de nuestros directores de conciencia o de nuestros pastores, el peso de aquella responsabilidad. Todo lo cual implica consecuencias importantes respecto a la vida espiritual de los seglares.

      Nuestra plenitud cristiana y el sacerdocio universal de los fieles, encuentran, de esta manera, un primer estadio de legítimas realizaciones, porque cada uno de nosotros es, ante todo, el sacerdote de su propio templo interior y ningún cristiano puede prescindir del ejercicio de esta íntima función sagrada, supuesto fundamental de toda su actividad religiosa.

      Si pasamos del dominio de la vida interior al de la vida litúrgica volveremos a encontrar las mismas ideas, aunque con ciertas restricciones, indispensables para evitar cualquier confusión peligrosa.

      En la Encíclica Mediator Dei el Papa Pío XII a la vez que afirma, por ejemplo, que la colaboración al sacrificio eucarístico es un deber principal y un honor supremo de los fieles, rechaza el error de los que pretenden que el pueblo goza de un verdadero poder sacerdotal, que el sacerdote obra solamente como un funcionario delegado por la comunidad y que la Misa es, en su sentido propio, una concelebración con el pueblo presente. «Del hecho de que los cristianos participen en el sacrificio eucarístico no se sigue que gocen igualmente del poder sacerdotal». Pero, una vez hecha esta observación, el Papa muestra hasta qué punto la colaboración de los fieles a la liturgia eucarística es importante, y no debe ser considerada como un papel puramente pasivo. Se trata de una participación activa que encuentra su justa expresión en los ritos y en las fórmulas tradicionales. Los fieles —dice Su Santidad Pío XII— ofrecen también la divina víctima, aunque de una manera diferente a la del sacerdote. Los ritos y las oraciones de la Iglesia expresan, de una manera clara, que la oblación es hecha al mismo tiempo por el sacerdote que por el pueblo. Ahora bien, agrega, «no es extraño que los cristianos sean elevados a esta dignidad», porque «por el baño del bautismo se convierten, a título común, en miembros del Cuerpo de Cristo sacerdote y, por el carácter que de alguna manera queda así grabado en su alma, son delegados al culto divino: tienen pues, parte, según su condición, en el sacerdocio del propio Cristo». Estas palabras del Papa muestran la transcendencia que el papel de los laicos tiene en los misterios más sublimes de la vida de la Iglesia.

      La significación de este papel se hace todavía más evidente en el campo de la acción apostólica. El Papa Pío XI había ya subrayado la importancia primordial del laicado a este respecto y había llegado a decir, por ejemplo, en la carta al Episcopado filipino, que, en el dominio del apostolado, la misión de los seglares es, en cierto sentido, la misma que la de los obispos, la misión del propio Cristo.

      La colaboración de los laicos al apostolado jerárquico es evidentemente una necesidad de nuestro tiempo, los cuales se parecen, en muchas partes, a los primeros siglos de la Iglesia, como lo afirma Pío XI en la Encíclica «Firmissiman constantiam». Esta necesidad, el Papa actual y su predecesor la ven bajo varios aspectos, tales como la falta de sacerdotes y la resistencia que ciertos medios oponen a la penetración de los eclesiásticos. Pero no debe creerse que tal colaboración sea el resultado de una fórmula provisional o, más bien, improvisada, de un expediente para sortear las dificultades presentes. Al contrario, ella está enraizada en la condición misma del cristiano y en los deberes impuestos y los derechos conferidos por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.

      Si es verdad, pues, que la colaboración de los simples fieles es deseable, hoy más que nunca, hay que decir también que constituye una obligación permanente de los laicos y, por tanto, un derecho que ellos han ejercido siempre según el espíritu de cada época.

      En la Encíclica «Evangelii praecones», Pío XII hace un resumen de lo que la acción apostólica de los seglares ha sido en el curso de los siglos, subrayando que su concurso no ha faltado nunca desde los orígenes de la Iglesia. Recuerda los nombres de aquellos seglares cristianos que, como Apolo, Lidia, Aquila, Priscila y Filemón, figuran entre los colaboradores del Apóstol Pablo y de tantos otros, como Justino, Minucio Félix, el Cónsul Acilio Glabrio, el patricio Flavio, Clemente, San Tarsicio, los cuales aparecen entre los pioneros y precursores de la Acción Católica. A ellos habría que agregar las figuras medioevales de Genoveva, Clotilde, Radagunda, y las de los reyes y reinas cristianos, como Teodolinda en Lombardía, Recaredo en España, Clotilde en Francia, Berta en Inglaterra y, más tarde, Santa Isabel en Hungría, San Fernando en Castilla y San Luis en Francia. Así hasta llegar a los tiempos modernos. «El apostolado de los seglares no ha estado nunca ausente de la historia de la Iglesia», repite todavía el Santo Padre en su discurso al Congreso de 1951.

      Â«Los que dicen que durante los cuatro últimos siglos la Iglesia ha sido exclusivamente clerical por reacción contra la crisis del siglo XVI están lejos de la realidad porque precisamente a partir del Santo Concilio de Trento, el laicado ocupó un lugar y progresó en la actividad apostólica». Recuerda a este respecto dos hechos históricos patentes entre otros muchos: «las congregaciones de hombres, que han ejercido activamente el apostolado de los laicos en todos los dominios, y la introducción progresiva de la mujer en el apostolado moderno».

      Â«Vuestra conducta —dice a los obreros belgas, abundando en la misma idea— debe ser una categórica respuesta a las calumnias de los adversarios que acusan a la Iglesia de tener encadenados a los laicos sin permitirles ninguna actividad personal, sin asignarles una tarea propia de su dominio». «Si en Bélgica se han podido alcanzar tan excelentes resultados, mejorar, consolidar y perfeccionar las posiciones católicas para el mayor bien del país —prosigue el Santo Padre— ¿no se debe esto en gran parte al papel activo desempeñado por los seglares católicos?»

      En cuanto al campo de acción apostólico de los laicos fue descrito en esta ocasión por el Papa en los términos siguientes:

      Â«Trátese de cuestiones familiares, escolares, o sociales, de ciencia o de arte, de literatura o de prensa, de radio o de cine; trátese de campañas políticas para la elección de los cuerpos legislativos o para la determinación de sus poderes y de sus atribuciones constitucionales, los laicos encuentran en todo ello ante sí un vasto y fértil campo de acción».

      He aquí el inmenso dominio de la vida humana, la esfera propia del seglar. No tendría pues, ningún sentido el querer convertir a éste en un monje o en un falso clérigo, impidiéndole que entrase en contacto con lo que debe ser el territorio de su acción. La misión de la Iglesia en el mundo no es sólo, en efecto, la de atraer las almas a Cristo, sino también la de dignificar y vivificar sobrenaturalmente la vida humana y esto según el orden y la jerarquía de las cosas humanas y divinas.

      El Papa Pío XII ha insistido mucho sobre la idea de que la Iglesia tiene una misión temporal y de que no puede permanecer encerrada en los templos, porque, según las propias palabras del Pontífice al consistorio de 1946, Ella es la «sociedad de los que bajo la influencia sobrenatural de la gracia, en la perfección de su dignidad personal de hijos de Dios y en el desarrollo armonioso de todas las inclinaciones y energías, edifican la potente armadura de la comunidad humana».

      Pero, no será desconociendo la realidad de los valores profanos y la acción de las causas segundas, como se llegará a hacer vivir los valores divinos y la acción de la causa primera en la Historia. He aquí dónde se inserta lógicamente la acción apostólica de los seglares, como algo verdaderamente esencial a la misión de la Iglesia.

      Esta cuestión se halla en la raíz de la libertad del apóstol seglar, uno de los problemas más interesantes que es tratado en este Cuaderno.

      Â«El fiel debe ser un instrumento dócil entre las manos de la jerarquía», había dicho el Santo Padre en el Congreso de los seglares. Pero, ¿de qué manera esta instrumentalidad debe ser entendida y hasta qué punto debe dejar lugar a la iniciativa y a la libertad de acción de los laicos en su dominio propio?

      Pío XII ha establecido las bases de un justo equilibrio, explicando de qué modo interpretar aquélla expresión: «Los superiores eclesiásticos —dice— usan del seglar a la manera que el Creador y Señor de las criaturas razonables, como instrumento, como causas segundas». Esta frase deja un margen inmenso y sería preciso desarrollarla ampliamente para llegar a las reglas prácticas de acción que necesitamos.

      La Iglesia acoge de buen grado las iniciativas de los laicos. La frase del Santo Padre «en las batallas decisivas es del frente de donde, a veces, parten las más felices iniciativas» es muy expresiva a este respecto.

      El Papa nos estimula, pues a proseguir nuestro trabajo de seglares y aconseja a los sacerdotes que nos dejen actuar en los límites de una justa libertad. Así, en su discurso a los Párrocos y predicadores de Cuaresma de Roma, en febrero de 1951 declaró: «De todo corazón alabamos estos trabajos apostólicos de los seglares y os exhortamos a prestarles una buena acogida, a estimularles y sobre todo a dejarles desarrollarse libremente, sea que éstos grupos permanezcan en los límites de la parroquia o que se extiendan al exterior de ella, que estén o no unidos a la Acción Católica organizada».

      Las frases del discurso al Congreso del apostolado seglar en 1951 se han hecho ya clásicas a este respecto: «Lejos de nosotros la idea de menospreciar la organización o de subestimar su valor como factor de apostolado. Nosotros la apreciamos al contrario, y mucho, sobre todo en un mundo en que los adversarios de la Iglesia cargan contra ella con la masa compacta de sus organizaciones. pero la organización no debe conducirnos a un exclusivismo mezquino, a lo que el apóstol llamaba 'explorare libertatem', espiar la libertad (Gal. II, 4). En el cuadro de vuestras organizaciones dejad a cada uno gran amplitud para desplegar sus cualidades y dones personales, en todo lo que pueda servir al bien y a la edificación, 'in bonum et aedificationem' (Rom. XV, 2) y regocijaos cuando fuera de vuestras filas, veis a otros 'conducidos por el espíritu de Dios' (Gal. V, 18), ganar a sus hermanos para Cristo».

      Pero si el Papa ama la libertad legítima de acción del apóstol laico, no hay que creer que el espíritu de rebeldía, que a veces parece apoderarse de los mejores, sea aceptable. El Santo Padre no quiere que se hable de «la emancipación de los laicos». En este mismo sentido dijo a la Acción Católica italiana que «si es cierto que deseamos más que nadie que el laicado salga de un cierto estado de menor edad, hoy menos merecido que nunca, es por otra parte, evidente, la necesidad de una obediencia pronta y filial cuando la Iglesia habla para instruir a los fieles y para dirigir sus actividades.

      He aquí algunas de las ideas fundamentales de nuestro Santo Padre Pío XII con relación al tema que se trata en este Cuaderno.

 

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