Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Dificultad y necesidad de diálogo entre intelectuales y obreros

 

Ya, 1954-01-27

 

      Una crónica especialmente interesante, de Oda Schaefer, en la revista «Süddeutsche Zeitung», nos informa de que en Alemania se está operando una transformación social muy significativa: mientras el obrero se aburguesa, el escritor, el intelectual, el hombre de profesión «liberal», va proletarizándose cada vez más. «El obrero se ha vengado del burgués, introduciéndose dentro de su piel». No sólo disfruta de un bienestar material creciente, que le permite disponer, en la mayor parte de los casos, de una buena casa y de medios de locomoción propios, practicar los deportes y realizar largos viajes de vacaciones con su familia, sino que, por la participación en los beneficios, se siente cada vez más independiente y más dueño de su propio trabajo. El «slogan», que ahora se repite en los medios industriales alemanes, es éste: «Antes, el trabajo buscaba al capital. Ahora, el capital busca al trabajo». Y puede que haya mucho de cierto en esta afirmación.

      En cuanto a los intelectuales, las cosas evolucionaron de modo muy distinto para ellos. Después de las dos grandes guerras del siglo, las gentes han adquirido un sentido muy agudo de lo concreto y de lo útil. Ya no se tiene ninguna fe en las especulaciones teóricas ni, menos aún, en la bella literatura y en los grandes discursos con que los oradores de otros tiempos encandilaban a las masas. Se desconfía, además, de los principios demasiado generales, porque se ha descubierto que, planeando sobre ellos, raras veces se llega a aterrizar en la realidad.

 

Mayor atención a los saberes prácticos y utilitarios

 

      Los intelectuales se encuentran, pues, obligados a dedicar una mayor atención a los saberes prácticos y utilitarios, y tienden a convertirse en técnicos. Su trabajo se cotiza en baja: necesitan comercializarlo para facilitar la colocación de sus «productos». Esta inversión de valores no puede pasar inapercibida para nosotros, porque constituye un fenómeno profundo, característico de nuestra crisis histórica.

      Al maniqueísmo espiritualista que durante siglos, más o menos veladamente, ha trabajado e inspirado por dentro la civilización occidental, se opone actualmente un maniqueísmo materialista, más fuerte que ninguno de los anteriores. Si la materia había sido, hasta ahora, el principio del mal —afirmación que, naturalmente, el verdadero cristianismo no aceptó nunca—, el enemigo será, en adelante, el espíritu. La evasión intelectual, que los marxistas nos echan tanto en cara, es condenada, como toda forma de mística o de religión que pretenda trascender el mundo de los valores materiales. A la idea de la contemplación se opone la de la actividad constructiva creadora. Nos encontramos, por tanto, en el extremo opuesto.

      Como es sabido, para Platón el calificativo de ingeniero («mecanoioton») era un vocablo injurioso. «Por nada del mundo darías tu hija en matrimonio a un «mecanoioton», dice, poco más o menos, uno de los interlocutores del Gorgias. Los tiempos han cambiado. Tal y como están las cosas, cualquier padre se siente hoy feliz si logra casar a su hija con un «mecanoioton».

 

El problema de la técnica, ¿no es más bien un pseudo-problema?

 

      Ahora bien, yo pienso que todo esto no sería demasiado lamentable a condición que la Humanidad lograse recobrar el equilibrio después de este doble y arriesgado balanceo. Hacía falta que algo repusiese en su justo punto la cotización de los valores materiales, tal vez demasiado depreciados por un secreto angelismo. Pero, ahora, corremos el riesgo de caer en el extremo opuesto.

      Â«El progreso técnico viene de Dios y debe ir a Dios», ha dicho el Santo Padre en su último mensaje de Navidad. El peligro está en que la «mentalidad técnica» pretenda imponerse como absoluta y reemplazar a la mentalidad religiosa. El tema de la técnica está, pues, en la raíz de nuestras actuales preocupaciones.

      Pero ocurre —y éste es también un hecho muy sintomático— que las discusiones y las polémicas sobre el valor de la técnica son mantenidas casi exclusivamente entre intelectuales y que los verdaderos técnicos están generalmente ausentes de ellas. ¿No será, acaso, porque el problema de la técnica, tal como se plantea habitualmente hoy, sea un pseudo-problema o un «truco» o una falacia intelectualista más?

      Cuando hace seis años se reunieron en la «Rencontre internationale» de Ginebra pensadores de primera línea, como Berdiaeff, Mounier, Eugenio d'Ors, Spoerri y Siddheswarananda, para hablar sobre el «Progreso técnico y progreso moral», yo me preguntaba el efecto que hubiera hecho en la docta sala, honrada por la presencia de tantos trabajadores del espíritu, la presencia de unos cuantos trabajadores de la materia, unos cuantos mineros, por ejemplo, negros de sudor y de polvo, arrastrando sus pico y, a poder ser, sus máquinas excavadoras, para decir también ellos, a su manera y en su particular lenguaje, su opinión sobre la técnica.

      Seguramente, el diálogo se hubiera hecho imposible, hubiese sido algo sin sentido alguno, eso que los franceses llaman un «diálogo de sordos». Esas dos clases de hombres no hablan siquiera el mismo idioma.

 

Necesidad absoluta de un diálogo entre intelectuales y trabajadores

 

      Este es el hecho, que yo quería subrayar en estas líneas. «La enorme dificultad y la necesidad absoluta» de un diálogo entre intelectuales y trabajadores, sin «paternalismos» ni «escapismos». Las nuevas circunstancias, a las que me refería al comienzo, favorecerán este urgente y extraño diálogo. No es, pues, malo del todo que el intelectual además de «pensar» la miseria social tenga que vivirla un poco. Porque el equilibrio de nuestra civilización no será restablecido, a mi ver, hasta que el diálogo se produzca.

      Y, hoy tenemos que luchar simultáneamente en dos frentes contra dos clases de maniqueísmos, negadoras ambas del genuino mensaje de Cristo, que es, ante todo, «mensaje de encarnación».

 

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