Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Notas para el diálogo

 

Espiritualidad Seglar, 35 zk., 1956-03

 

Crítica de la crítica

 

      Intentemos —para empezar— el abordaje de un tema candente: el problema de la crítica en la Iglesia y de la crítica de la Iglesia. Abordaje pacífico —bien entendido— que ni evoca ni encubre intenciones corsarias.

      Crítica en la Iglesia. Crítica de la Iglesia. Estas expresiones parecen a primera vista escandalosas y es preciso ante todo explicar acerca de ellas. La Iglesia es divina: ¿cómo puede ser, entonces, criticada? Parece que el creyente debe rechazar esas expresiones, como blasfematorias: sólo es criticable lo que es perfectible.

      Admitir la legitimidad de una crítica de la Iglesia o de una crítica en la Iglesia, sería tanto como privar a ésta de su carácter divino. Equivaldría a considerar a la Espasa de Cristo como una institución humana cualquiera.

      Pero no hay que olvidar que, en virtud de su misma naturaleza divino-humana la Iglesia posee también un elemento humano esencial.

      Desde sus primeros días la Iglesia no ha cesado y no cesa de recibir aportaciones de hombres, las cuales han ido y van siempre incorporándose a ese árbol secular de espesa y variada fronda. Este elemento humano es por naturaleza mudable y perfectible y por lo tanto criticable.

      Ahora bien, en la Iglesia lo natural y lo sobrenatural no están en mera relación de contigüidad como podrían estarlo en una concepción pagana. Hay aquí algo más que una mera asimilación: hay una invasión sustancial. En la Iglesia el misterio no está al lado, ni enfrente, ni «junto a», sino que está siempre dentro, un dentro sustancial que, sin duda, no reconoce par en el mundo ontológico. Al atacar pues los posibles defectos del elemento humano de la Iglesia puede ponerse en peligro la posesión de los valores divinos en ella atesorados. Esta es la razón de la prudencia de la Iglesia en todo lo que se refiere a la expresión, al lenguaje, a la forma exterior, al modo y a las circunstancias en que se han de tratar las cosas, aún humanas, que tocan a lo divino.

      La Iglesia no rechaza la crítica: crítica histórica y crítica científica, crítica de los hechos y crítica de las personas, incluso eclesiásticas, que intervienen o han intervenido en ellos. Ahí están abiertos, los archivos vaticanos. Pero la Iglesia impone condiciones y, sin duda, muchas y difíciles, a la crítica, para que, lejos de ser obstáculo y piedra de escándalo, constituya un instrumento de progreso y de perfeccionamiento.

      A las cosas de la Iglesia el creyente ha de aproximarse siempre con amor y temblor. Todo en ella está embebido de un sentido reverencial de lo eterno y de lo sagrado que no admite ninguna suerte de frivolidad o de snobismo.

      Hay, en principio, dos clases de crítica. Esto se explica etimológicamente: la raíz griega KRINO significa juzgar, pero también significa combatir. Hay una crítica combativa, que es ataque frontal y despiadado. No busca la perfección de la cosa sino su defección o su «desfacimiento», en suma, su destrucción. No pretende acabar la cosa sino acabar con la cosa.

      De esta crítica, no hablemos: siempre la desplegaron y siempre la desplegarán los detractores y no plantea problema ni sugiere duda en este momento.

      Luego hay la crítica interior de los que se declaran amigos e hijos infieles de la Iglesia y quieren reformarla y perfeccionarla en lo que ella tiene de perfeccionable y reformable.

      Esta segunda forma de crítica sí plantea problemas, porque no siempre es fácil discernir lo que hay en ella de bueno y e malo, ni si el espíritu que le anima proviene de la genuina Inspiración o es tiento solapado del Gran separador.

      Así se ha visto muchas veces en el curso de la historia de la Iglesia que esta crítica interna, pretendidamente reformadora, ha degenerado en franca herejía o en cisma descubierto.

      El católico no está, a este respecto, abandonado a la confusión: cree y se apoya en la infalibilidad de la Iglesia y sabe dónde se encuentra el órgano de expresión de su supremo magisterio. Pero, mientras no llegan las cosas a esa fase definitoria —lo cual suele tardar, generalmente, en acontecer— puede darse el equívoco y un extraño fluir y refluir de ideas que a muchos desconcierta.

      Poco más o menos a partir de 1950 la Iglesia española ha conocido cierta proliferación de esta crítica interior.

      Â¿Motivo de preocupación? Sin duda. Y también de alegría porque esto es signo de vida, de desarrollo y de crecimiento.

      Frente a este movimiento crítico —muy amplio, diverso y complejo— que ahora no trato de enjuiciar, se manifiestan tres actitudes, la de los apologistas, la de los anticríticos y, la de los constructivos. Ninguna de ellas me parece buena, las tres pecan, aunque de distinta manera.

      El apologista rechaza de plano la crítica. Cierra los ojos y ensalza. Puesto que el otro no quiere ver más que deficiencias, vacíos y carencias, yo no veré más que eficiencias, plenitudes y abundancias. «¿Cuándo estuvimos mejor? ¿Quién más firme, quién más puro, quién más fiel que nosotros a la verdad y a la justicia?». Este tipo de apologista peca de apasionado o de ciego. ¿No podría acaso descender de su higuera maldita y pisar el suelo de una vez?

      El anti-crítico es la contrafigura del crítico. En esencia es tan crítico como él, pero se emplea en criticar a los que critican. Sin entrar en el fondo de los asuntos discutidos, el anti-crítico se va derechamente al bulto de su adversario.

      No vitupero aquí, naturalmente, a aquellos que ejercen la noble misión de poner de manifiesto los errores que circulan por nuestro mundo, destilando siempre que se pueda, las esencias de verdad y de bien que las tales opiniones erróneas puedan encerrar, sino a aquellos otros, mil veces más temibles y audaces que, sin profundidad ni sentido de la justicia, adoptan como único objetivo el desbaratar sea como sea al adversario y en no dejar títere con cabeza en la acera de enfrente.

      El anti-crítico practica con entusiasmo deportivo la crítica de la crítica, doble negación y doble destrucción, que casi nunca afirma nada ni construye nada.

      Queda aún un tercer tipo: el constructivo. El constructivo es más positivo, sin duda, que los anteriores pero tal vez más ingenuo que ellos. Acoge benévolamente la crítica: toma de ella los elementos que le parecen verdaderos y justos y luego se plantea la necesidad de «hacer algo». «No perdamos más tiempo —se dice— pongámonos a la acción y remediemos estos males lo más pronto posible».

      Esta posición no es mala. Me parece, al contrario, excelente, por lo menos en cuanto al aspecto subjetivo, pero peca quizá de ligera y de superficial. No reconoce la profundidad de los males que quiere corregir. No busca las raíces: se contenta con arrancar las hojas del rábano social. Su consecuencia es la improvisación: la medicación por parches y por paños calientes. Remedios pequeños para grandes males.

      Frente a estas tres actitudes que yo he exagerado, sin duda, y hasta, si se quiere, he caricaturizado intencionadamente, creo que hay que defender un constructivismo lúcido y profundo, que no pretenda anticiparse, «brûler les étapes», como dicen los franceses; que no intente simplificar los problemas a costa de la realidad; que tenga inteligencia y equilibrio suficientes para leer en derredor, despacio y hondo, las verdades sociológicas, a veces amargas, y la humildad necesaria para no tratar de levantar grandes catedrales cuando es tiempo de abrir agujeros para sus cimientos. Esta es la hora de ahondar. De evitar los remolinos superficiales y de bucear en aguas profundas.

      El constructivismo de baratija no resuelve nada.

 

¿Qué es un laico?

 

      En el número de Enero de la «Nouvelle Revue Theologique» el P. Karl Rahner hace una nueva y notable aportación al problema del laicado.

      Aunque parezca mentira, aún no se ha llegado a una definición completamente satisfactoria del seglar. Existe, claro está, una definición negativa que considera al laico como un simple cristiano indiferenciado, que no ha recibido en la Iglesia potestad alguna de orden ni jurisdicción.

      Esta indefinición tiene muchos inconvenientes, hoy, sobre todo que los seglares van adquiriendo conciencia de su pertenencia vital a la Iglesia y se muestran deseosos de participar activamente en su desarrollo y expansión. Tal falta de especificación dificulta la configuración de una espiritualidad y de una vocación seglares.

      Hace unos años el P. Congar en su obra «Teología del laicado» se había planteado esta misma cuestión, «¿qué es un laico?», tratando de descubrir algunos elementos positivos en el estado laical. El P. Rahner vuelve ahora sobre el mismo tema, en este trabajo que merece la pena de ser leído y estudiado.

      Hay que rechazar, en primer término, la concepción laicista del seglar, según la cual el laico es un «profano», un hombre ajeno a lo religioso, que no se interesa por la Iglesia ni por las cuestiones religiosas, que carece de conocimientos y de experiencias en este orden y tiene, que remitirse a la dirección de los especialistas. Es inadmisible que al hablar del laico se quiera oponer el dominio profano al dominio sagrado. «El laico es un hombre que ocupa un lugar determinado en el interior del único espacio consagrado, que es la Iglesia». Esta afirmación sale al paso de todas aquellas que quieren hacer del apóstol seglar una especie de anfibio, un puente equívoco, a través del cual haya necesariamente de hacerse el doble impacto de la Iglesia sobre el mundo y del mundo sobre la Iglesia.

      San Pío X condenó ya la idea —que por cierto, aún circula por ahí—, de que el papel de los laicos consistiría en estimular el progreso y la adaptación histórica de la Iglesia, mientras que la acción de la Jerarquía consistiría fundamentalmente en moderar ese mismo movimiento. Los laicos «más impuestos en las corrientes de la historia» serían, pues, el motor, mientras los prelados y los eclesiásticos «menos sensibles a las necesidades del mundo», constituirían el freno. Esta falsa dialéctica fue, como digo, condenada por San Pío X. Además aparece en franca contradicción con los hechos. Es cierto que, en algunos casos, magníficas iniciativas de renovación y de revitalización de la Iglesia han partido de la base y han sido luego bendecidas y adoptadas por las autoridades eclesiásticas. Pero no lo es menos que, en otros muchos casos, la Jerarquía se ve obligada a luchar contra la rutina, la pereza, el egoísmo, la falta de sentido de progreso y de perfeccionamiento de grandes zonas de ese pueblo fiel al cual se quiere atribuir el papel de motor.

      Leyendo y escuchando ciertos discursos de Su Santidad Pío XII, al mismo tiempo que se consideran las opiniones y las actitudes más corrientes de los católicos, se diría muchas veces que el Papa es más «avanzado» y más «progresivo» y sin duda, mucho más universal que las gentes, atornilladas en sus egoísmos, sus equívocos y sus prejuicios localistas. La verdadera dialéctica motriz de la Iglesia no hay, pues, que buscarla en el par de fuerzas autoridad —pueblo o Jerarquía— seglares, que no tiene sentido en este caso, sino en otro mucho más profundo y real: el par gracia-naturaleza o santidad-pecado.

      Lo importante es afirmar que el laico no se halla, por el hecho de serlo, en relación más estrecha con el componente feble de este último doblete, es decir, que la existencia del seglar no se inclina necesariamente del lado de la naturaleza y del pecado más que del lado de la santidad.

      Inconscientemente muchos se forman, sin embargo, esta idea. El religioso sería, en principio, un hombre más perfecto, más santo. El seglar un hombre más abandonado en materia espiritual, menos religioso, menos justo, menos santo. La vida de la Iglesia se ajustaría, pues, a la primera dinámica que habíamos considerado como rechazable, sólo que al revés: los eclesiásticos serían el motor y los seglares el freno, o más bien una masa pasiva al remolque de aquellos. Este modo de ver sería también un error: el único motor, como hemos dicho, es la santidad. Son los santos (legos o religiosos, monjes o seglares, prelados o simples fieles) los que tiran a remolque de los pecadores: la gracia la que actúa sobre la naturaleza. Es el propio Cristo quien va trabajando al hombre en la vida sacramental. He aquí la verdadera dialéctica de la Iglesia.

      Pero —volviendo a las ideas del P. Rahner— «el laico es el cristiano que permanece en el mundo». «Ser laico no significa ser un cristiano que no tiene casi nada que decir en la Iglesia, simple objeto pasivo del celo pastoral de la misma y que, como consecuencia de ello, sólo tuviera que ocuparse de asuntos terrestres y profanos, desprovistos de significación religiosa, exactamente lo mismo que si no fuese cristiano». «El laico es un miembro del Cuerpo místico que ejerce su función eclesial en el lugar en que se encuentra, es decir, en el mundo». «Porque el mundo no es solamente el mundo pecador, refractario a Dios» sino también es «la creación de Dios, una realidad que hay que comprar y santificar, en tanto que tal, y convertir en reino de Dios».

      En este mundo el laico tiene un lugar determinado, que corresponde a su situación histórica, a su pueblo, a su familia, a su profesión, a sus posibilidades abiertas por sus propias cualidades. «Lo tiene independientemente de su cristianismo». Pero cristianizando esta situación original extra-cristiana, que es la fuente misma de su ser laico, cristianiza y eclesializa, por decirlo así, este mismo ser. El laico es cristiano precisamente conservando su ser y su modo de inserción en el mundo.

 

Renunciamiento en el mundo

 

      El precepto universal de la renunciación alcanza a todos los que quieren seguir a Cristo sea cual sea su condición o estado. Su palabra: «El que no renuncia a cuanto posee no puede ser mi discípulo» afecta a todos los cristianos; pero no todos han de cumplirla de la misma manera ni en el mismo grado.

      En cualquier caso Dios nos quiere vacíos y desnudos de nosotros mismos para llenarnos de sí. Sin desnudez no hay amor y sin amor no hay verdadera vida del espíritu. El cristiano, tanto si es seglar como si es religioso, debe entender cuán libre y vacío le quiere Dios de todas las cosas.

      Vaciar el alma, desnudarla y purificarla de todo apetito, he aquí el quehacer ascético por excelencia del cristiano: del lego, del sacerdote, del monje, del seglar. Ninguno puede creerse dispensado de este empeño pero cada cual ha de tratar de llevarlo a cabo de acuerdo con su propia situación en la existencia y con su propia vocación.

      Hay muchas formas de practicar la renunciación. La que conviene a unos disconviene a otros. La elección depende del estado y de mil diversas circunstancias; pero todas esas formas se reducen a una sola en esencia que es, como dice el doctor místico, «saberse negar de veras, dándose al padecer por Cristo y aniquilarse en todo».

      El problema de la renunciación admite un planteamiento más claro para el monje que para el seglar. El cumplimiento fiel de la regla, la práctica de la obediencia, la sumisión interna a la voluntad del superior, marcan la pauta, aunque también en esto cabe engaño y afición, aunque sea a cosa pequeña, «libro o celda», que enturbie la intención.

      Nada digamos del seglar y más aún si ha de ocupar puestos de importancia en la vida social. Su vocación «mundana» no le pide que abandone las cosas del mundo. Para darle cumplimiento ha de vivir al contrario, muchas veces en media de ellas, pero siempre con desarrimo interior.

      Cuán difícil sea esto no hace falta encomiarlo. Santo Tomás Moro, que tenía mucha experiencia de la vida cortesana decía que «tan difícil es para un hombre rico y colmado de honores el evitar las humanas ambiciones como para un pedazo de estopa expuesto al fuego el no inflamarse».

      Es fácil hacerse ilusiones a este respecto. Uno puede enamorarse de sus muebles o de sus perros, el otro de sus libro, el otro... de su obra apostólica.

      Hasta el propósito de buscar el bien común, si no lo remitimos a su verdadero fin, puede, en efecto, interponerse entre Dios y nosotros.

      Es esto de la renunciación en el mundo cosa de mucha importancia y de no fácil realización. Quien vive en el mundo y aún, en cierto sentido, para el mundo, ha de hacerse en muchas cosas, al menos exteriormente, a sus usos y maneras, pero no dejándose llevar por ellos, sino manteniendo siempre el espíritu desasido de todo lo temporal. Ha de realizar pues un perfecto equilibrio entre las exigencias de la actividad exterior y el espíritu de renunciamiento interior que el Maestro impone.

      Â«Pensáis que es menester poco para tratar con el mundo y vivir y tratar negocios del mundo y hacer frente a la conversación del mundo y ser en lo interior extraños al mundo y enemigos del mundo y estar como quien está en destierro, y, en fin, no ser hombres sino ángeles?». Dice Santa Teresa, en el Camino de Perfección.

      Hace falta, pues, que el seglar tenga sobre todo esto ideas claras y metas bien definidas.

      Subordinado su bien particular al bien común, no sólo en la medida en que lo exige la justicia social sino en la que lo pide la caridad, el seglar puede practicar una forma de renunciamiento que puede llegar a ser altamente ejemplar y que en todo caso ofrece amplios horizontes de auténtica santidad.

      El cristiano, que vive en el mundo, como el buen mayordomo, nada debe querer tener para sí de los bienes que administra. No busca el prestigio, el poder, las relaciones sociales, la riqueza o la influencia política para gozarse en ellos, ni siquiera los desea sino en la medida en que Dios quiera concedérselos como instrumento de trabajo, para mejor servir a la sociedad.

      Su mayor perfección consiste en usar con igualdad de ánimo de tales cosas en beneficio de los demás y de la sociedad en su conjunto, haciendo que los bienes que él recibe de Dios se refundan de esta suerte en Aquel que sólo puede gloriarse.

 

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