Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

"text-align:center">"font-size:16pt">Intelectuales y pobreza</p>

 

"text-align:right">El Diario Vasco</i>, 1957-12-08

 

      En algunos países nórdicos técnicamente muy adelantados se está operando desde hace unos años un fenómeno sociológico muy interesante. Mientras el obrero se «aburguesa», el hombre de la clase media va proletarizándose cada vez más y el intelectual casi se muere de hambre. «El obrero se ha vengado del burgués, introduciéndose dentro de su piel». No sólo disfruta de un bienestar material creciente, que le permite disponer, en la mayor parte de los casos, de una buena casa y de medios de locomoción propios, practicar los deportes y realizar largos viajes de vacaciones con su familia, sino que, por la participación en los beneficios, se siente cada vez más independiente y más dueño de su propio trabajo. El «slogan», que ahora se repite en los medios industriales alemanes, es éste: «Antes, el trabajo buscaba al capital. Ahora, el capital busca al trabajo». Y puede que haya mucho de cierto en esta afirmación.

      En cambio, para los «intelectuales», las cosas evolucionaron de modo muy distinto. Después de las dos grandes guerras del siglo, las gentes han adquirido un sentido muy agudo de lo concreto y de lo útil. Ya no se tiene ninguna fe en las especulaciones teóricas, ni, menos aún, en la sabiduría humanística.

      El trabajo intelectual puro está mal retribuido y la mayor parte de los profesores universitarios viven con estrechez. Esto explica el que muchos jóvenes renuncien a las altas empresas del saber especulativo y aspiren a convertirse en técnicos.

      Al maniqueismo espiritualista que durante siglos,¡s o menos veladamente, ha trabajado e inspirado por dentro la civilización occidental, se opone actualmente un maniqueismo materialista,¡s fuerte que ninguno de los anteriores. Si la materia había sido, hasta ahora, el principio del mal —afirmación que, naturalmente, el verdadero cristiano no aceptó nunca—, el enemigo será, en adelante, el espíritu.

      Como es sabido, para Platón el calificativo de ingeniero «mecanoioton») era un vocablo injurioso. «Por nada del mundo darías tu hija en matrimonio a un mecanoioton», dice, por más o menos, uno de los interlocutores del Gorgias. Los tiempos han cambiado. Tal y como están las cosas, cualquier padre se siente hoy feliz si logra casar a su hija con un «mecanoioton».

      El tema de la técnica está, pues, en la raíz de nuestras actuales preocupaciones.

      Pero ocurre que las discusiones y las polémicas sobre el valor del trabajo y de la técnica son mantenidas casi exclusivamente entre «intelectuales» y que los verdaderos trabajadores están generalmente ausentes de ellas.

      Cuando hace unos años se reunieron en la «Rencontre internationale» de Ginebra pensadores de primera línea, como Berdiaeff, Mounier, Eugenio d'Ors, Spoerri y Siddheswarananda, para hablar sobre el «progreso técnico y el progreso moral», yo me preguntaba el efecto que hubiera hecho en la docta sala, honrada por la presencia de tantos trabajadores del espíritu, la presencia de unos cuantos trabajadores de la materia, unos cuantos mineros, por ejemplo, negros de sudor y de polvo, arrastrando sus picos y, a poder ser, sus máquinas excavadoras, para decir también ellos, a su manera y en su particular lenguaje, su opinión sobre la técnica.

      Seguramente, el diálogo se hubiera hecho imposible. Esas dos clases de hombres no hablan siquiera el mismo idioma.

      Este es el hecho que yo quería subrayar en estas líneas. «La enorme dificultad y la necesidad absoluta» de un diálogo entre intelectuales y trabajadores, sin «paternalismos» ni «escapismos». Las nuevas circunstancias, a las que me refería al comienzo, favorecerán este urgente y extraño diálogo. No es, pues, malo del todo que el intelectual, además de «pensar» la miseria social, tenga que vivirla un poco. Porque el equilibrio de nuestra civilización no será restablecido, a mi ver, hasta que este diálogo se produzca.

 

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