Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Distribución de los bienes

 

El Diario Vasco, 1958-04-20

 

      El diez por ciento de la población humana dispone del ochenta por ciento de la renta mundial. Esta enorme desigualdad económica trae como consecuencia diferencias muy acusadas en el nivel de vida y de civilización, es decir, en las condiciones sanitarias y culturales en que se desarrolla la existencia del hombre sobre la tierra.

      Baste citar un solo dato, escogido arbitrariamente entre otros muchos que podrían traerse aquí con oportunidad.

      Un niño nace. Las compañías de seguros calculan con las estadísticas en la mano, su «esperanza matemática de vida» de un modo genérico, es decir, sin tener para nada en cuenta las condiciones particulares de endeblez física que puedan caracterizar a su organismo. El resultado dependerá fundamentalmente del país y del medio social en que el niño haya venido al mundo. En unos casos la vida probable de ese recién nacido será de 68 años; en otros, ni siquiera alcanzará los 30. En el momento mismo de venir a la tierra empiezan, pues, a pesar fuertemente sobre el ser humano los condicionamientos económico-sociales.

      Se me dirá que la esencia de la vida humana no consiste en la comodidad, en el confort, ni siquiera en la salud física o en la longevidad; que hay otra vida y que cada uno debe resignarse a las condiciones en que Dios le haya puesto en ésta.

      Â«Si los pobres y los habitantes de los países más retrasados no pueden disfrutar de ciertos bienes terrestres, tal aparente desventaja no les impide ganar méritos para el cielo y hasta puede servirles de ayuda para ello».

      Desde el punto de vista ascético, este modo de razonar puede ser perfecto, pero en términos sociológicos resulta sofistico y constituye una verdadera falsificación de la concepción religiosa de la vida. La resignación es esencial para la santificación, pero no debe ser enarbolada como bandera social.

      El hecho de que la Iglesia defienda la propiedad individual como uno de los derechos inalienables y de las garantías de independencia y de dignidad de la persona frente a la presión de la colectividad, que en todo momento amenaza aplastarle, no quiere decir que acepte como bueno un modo de concebir la propiedad que haga de ésta un valor absoluto y su obstáculo insuperable para la justa distribución de bienes entre los hombres.

      La misma teología católica nos obliga a considerar el problema de la distribución de bienes con la mayor atención e interés.

      En la última entrega de la revista «Economie et Humanisme», un religioso francés, el P. Couesnongle, director de estudios en el colegio teológico de la Tourette, recuerda con evidente oportunidad y acierto la doctrina tomista del derecho humano a los bienes terrestres. También en España se ha publicado recientemente un libro del más alto interés sobre la «comunicación cristiana de bienes».

      Por desgracia no puedo entrar aquí en detalles. En pocas palabras: la doctrina del destino universal de los bienes terrestres de «derecho natural primero», mientras que la apropiación —su posesión particular por esta o aquella persona— es de «derecho natural segundo». Es decir, que la propiedad privada no es un absoluto, sino que depende en gran medida de la situación y del servicio del bien común general.

      Porque se ha olvidado y se olvida esto con demasiada frecuencia, se ha llegado a formar en muchas personas la falsa conciencia de que el poseyente tiene derecho a gozar de su bien independientemente de la situación de los demás hombres. A lo sumo podrá hacer, si quiere, algunos gestos de caridad, pero nada más.

      Contra esta actitud hay que decir que tal modo de pensar y de obrar es objetivamente inmoral. Ante las enormes desigualdades que existen entre los hombres la conciencia cristiana genuina se subleva, se encoleriza con ira santa y exige a todos los hombres honrados que se entreguen con ardor a remediar este lamentable estado de cosas, a hacer que la distribución de los bienes terrestres entre los hombres sea realizada de un modo más perfecto y equitativo.

      En otros tiempos no existía ni conocimiento exacto de la situación ni medios técnicos para realizarla. En el estado a que ha llegado la Humanidad no existe ya disculpa.

      Si Occidente no tiene sensibilidad suficiente para captar este problema ni generosidad para atacarlo a fondo, su estructura social no podrá resistir los próximos embates históricos.

 

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