Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Funesta manía

 

El Diario Vasco, 1958-09-21

 

      Un doble peligro amenaza hoy a la ortodoxia, o, mejor dicho, a la ortopraxis comunista. Por un lado el «dogmatismo» de los duros, de los intransigentes; por otro, el «revisionismo» de los laxos, de los adaptacionistas.

      Los primeros quieren, a toda costa, mantenerse en la línea de sus «santos padres»: Marx y Lenin. Los segundos se muestran dispuestos a olvidar, al menos en parte, los «libros sagrados» y a pactar con los regímenes capitalistas.

      Los revisionistas ponen en peligro la unidad monopólica y monolítica del Partido, el llamado «centralismo democrático», admitiendo la multiplicidad de partidos marxistas no sometidos a una única obediencia, con lo que favorecen las maniobras contrarrevolucionarias.

      El marxismo profesa un dogma fundamental, que es el de que «fuera del marxismo no hay salvación». Los revisionistas incurren ahora en una especie de indiferentismo al suponer que, en algunos países, otras organizaciones no estrictamente marxistas y ajenas a la disciplina moscovita, puedan también realizar una acción proletaria de signo auténticamente revolucionario.

      Lo que está ahora aconteciendo revela que la empresa marxista se encuentra, ella también, sometida a las duras leyes del tiempo y de la Historia. Una Historia que no es conducida, sino que conduce. Son las leyes del envejecimiento y de la deterioración que afectan a todas las empresas humanas.

      Pienso que en cualquier revolución podrían distinguirse con relativa facilidad tres tiempos característicos: un tiempo profético, un tiempo místico y un tiempo crítico.

      En el primero de ellos proliferan los románticos y los demagógicos; es el tiempo de los profetas que anuncian el derrumbamiento de las murallas de Jericó y la proximidad de la tierra prometida.

      Luego viene el tiempo místico, en el que las multitudes, poseídas realmente por una especie de mística revolucionaria, se lanzan a la acción violenta con fuerza irrefrenable, sin que nadie —y menos aún sus propios dirigentes— pueda oponerse a ellas. Como decía el gran Collot d'Herbois, uno de los miembros del primer Comité de Salvación Pública, que luego murió guillotinado con Robespierre y Saint-Just: «En revolución, todo el que se para es aplastado». (Por cierto que este Collot d'Herbois es autor de otra frase no menos histórica y genial: Como quiera que un buen día, al irse a ejecutar a un grupo de aristócratas, se encontrarán con que sobraba uno —con que había un sujeto más de los que figuraban en la lista, sin que pudiera saberse con exactitud quién era el «excedente de cupo»—, el convencional dispuso que se les guillotinase a todos, exclamando: «¡Qué más da! Sea quien sea, si muere hoy no tendrá que morir mañana»).

      Finalmente le llega a toda revolución su tiempo crítico, la fase del envejecimiento y de la deterioración, en la que se someten a examen los dogmas revolucionarios, no desde dentro, sino desde fuera de la revolución.

      Los doctrinarios marxistas han afirmado muchas veces que el marxismo no está subordinado a ningún proceso de este género, que nada tiene que ver con las revoluciones del pasado, porque es la primera y única revolución auténticamente social y científica.

      Â¿Los marxistas de hoy siguen profesando esta misma fe? No lo creo. También al marxismo le llega su tiempo crítico, hoy que todo va tan de prisa; pronto los fieles dogmáticos se verán derrotados por los ágiles revisionistas, sin que esto quiera decir que éstos les saquen las castañas del fuego a los reaccionarios, porque el tiempo avanza para todos.

      En resumen, en el seno del marxismo ha aparecido una enfermedad terrible que es la misma que ha dado y dará siempre al traste con todas las tiranías: la funesta manía de pensar por cuenta propia.

 

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