Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Pascua de Resurrección

 

El Diario Vasco, 1960-04-17

 

«¿A qué buscáis al vivo entre los muertos?» (San Lucas, 24).

 

      Me bastaría con que mi amigo materialista reconociese que el tema religioso no puede ser abordado con las categorías científicas y racionalistas que él suele manejar de ordinario en nuestras largas veladas, más o menos petersburguesas, para que pudiésemos iniciar dentro del marco conveniente un fecundo diálogo sobre la Resurrección de Cristo.

      Por desgracia, mi amigo, por mucho que sea su afán de complacerme, no está dispuesto a tal reconocimiento. Mejor dicho no es que no esté dispuesto, sino que, en realidad, no puede, no le es posible hacer tal cosa. En vista de ella, los dos permanecemos perplejos y sin atrevernos a entrar en materia.

      Claro está que yo podría endilgarle un discurso lleno de erudición —lo que no me sería difícil, pues para eso dispongo del Filion, del Ricioti y de otra porción de libros por el estilo—. Eso es, le endilgaría un discursito con toda clase de razones históricas y documentales y hasta puede que terminase espetándole unas cuantas barbaridades por no querer inclinarse a mis razonamientos, como suelen hacer algunos apologistas.

      Pero como yo no estoy persuadido de que mi imaginario amigo sea tonto ni malo y, por otra parte, dudo de que semejante catilinaria nos sirviera a ninguno de los dos para nada, me quedo mirándole vaga y tristemente.

      Digámoslo de una vez: para enfrentarse con el misterio religioso hay que adoptar una postura adecuada, la cual compromete la totalidad del ser del hombre tanto exterior como interiormente.

      En realidad, quien se pone a buscar el misterio está ya poseído de antemano por el misterio.

      El abordaje en cuestión sólo adquiere sentido dentro de un determinado cuadro de actitudes espirituales y morales. Esto es algo mucho más importante que una simple «mise en scène». Se trata de un clima interior que raras veces se da en el hombre de hoy y en las circunstancias habituales de la vida moderna. Fuera de ello se puede caer en lo cómico, en lo ridículo y disparatado; convertirlo en pura fantasmagoría.

      Llevado el misterio a la tertulia del café manoseado, desvirtuado, caricaturizado, todo el mundo puede burlarse de él.

      Y, sin embargo, Alguien lo ha puesto ante nosotros para que vivamos de sus sustancia.

      La Resurrección de Cristo es la primicia y el gaje de nuestra propia resurrección.

      Resucitarán los cuerpos, no en «carne aérea», sino en esta en que vivimos y subsistimos. El mundo todo resucitará en cierto modo y recobrará pleno sentido todo lo bello, lo digno y lo noble que ahora entre tinieblas presentimos apenas.

      No morirá nada de lo que merece vivir eternamente. Después de la gran tribulación todo quedará definitivamente purificado.

      La Pascua de Resurrección es la gran Pascua de todas la cosas llamadas a renacer de sus cenizas.

 

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