Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Circuncidadores

 

El Diario Vasco, 1960-10-09

 

      La formación de grupos, sectas o iglesias, dentro de la iglesia, es un fenómeno histórico bien conocido. Desde los primeros siglos han existido cismáticos interiores, que han sembrado la división entre los fieles, aislándose y rehuyendo el contacto con los demás —considerados como tibios— con la pretensión de practicar una moral más pura (puritanismo) o con la de profesar una ortodoxia más rígida, mediante la adscripción a la fe de dogmas suplementarios (integrismo religioso).

      Esta última denominación no es, por cierto, muy indicada, pues el deseo de defender la «integridad» de la fe contra las posibles desviaciones y deformaciones es un deseo legítimo, noble y digno de alabanza, sobre todo cuando se manifiesta en personas que tienen a su cargo la dirección intelectual y espiritual de otras. Lo que sí es reprobable es la tendencia a acusar a los demás de herejes, viendo heterodoxos y rebeldes por todas partes, o fabricándolos, si a mano viene, mediante particulares excomuniones; a coartar la libertad de los otros y limitarles su campo de pensamiento y de acción en nombre de una pretendida prudencia, allí donde la misma jerarquía de la iglesia no lo haya hecho, como debe y sabe hacerlo siempre que lo estima necesario.

      El cardenal Newman, que tanto tuvo que sufrir a este respecto, decía, refiriéndose a tal género de opositores: «Eligen una iglesia dentro de la Iglesia..., convirtiendo en dogma sus puntos de vista particulares. Yo no me defiendo contra esas opiniones, sino contra lo que debo llamar su espíritu cismático».

      Nunca han faltado circuncidadores en la Iglesia, como aquellos de que nos habla San Pablo: «Falsos hermanos que secretamente se entrometían para coaccionar la libertad que tenemos en Cristo y que querían reducirnos a servidumbre».

      En España, uno de los hombres que más ha defendido la legítima libertad de opinión, o de pensamiento, ha sido precisamente Menéndez Pelayo: «La libertad —dice él— que tengo y deseo conservar íntegra en todas las materias opinables de ciencia y arte, al modo de aquellos españoles de otros tiempos, cuyas huellas, aunque de lejos y «longo intervallo» procuro seguir, no cautivando mi entendimiento sino en las cosas que son de fe».

      Excelente es el ejemplo que él da en su comentario sobre Galdós cuando, recordando una página escrita en su juventud y poco benévola para el autor de los Episodios Nacionales, puntualiza su posición de la siguiente manera: «A nadie es lícito, sin nota de temerario y otra más grave, penetrar en la conciencia ajena, ni menos formular anatemas que pueden dilacerar impíamente las fibras más delicadas del alma».

      Y en su polémica con el Padre Fonseca protesta porque éste pretende taparle la boca con la Encíclica sobre el tomismo, extendiéndola a una cuestión sobre «la que no ha recaído ni es de esperar recaiga —dice— definición dogmática alguna, dando a entender al vulgo ignorante que anda a dos pasos de la herejía el que se permite diferir de tal o cual opinión peripatética».

      Este espíritu de libertad, esta mutua tolerancia, este saber respetarse unos a otros, pese a la diversidad de pareceres y de ideologías que forzosamente debe existir en las cuestiones opinables, es algo muy conveniente y que no se puede menos de echar en falta en la sociedad que nos rodea.

 

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