Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Marxistas y cristianos

 

El Diario Vasco, 1966-06-12

 

      El filósofo marxista Henri Lefebvre ha escrito recientemente: «El diálogo entre católicos y marxistas sólo puede ser establecido a partir de la teoría de la alienación».

      Es muy probable que Lefebvre tenga razón. Está comprobado, en efecto, que en las discusiones difíciles las palabras anfibológicas suelen ser un excelente recurso para lograr acuerdos sustanciosos, ya que no sustanciales.

      La noción de «alienación» es lo suficientemente equívoca para que, a partir de ella, cristianos y marxistas puedan llegar a un terreno de diálogo práctico, sin dejar de mantener fieles a sus respectivas interpretaciones del mundo y de la historia.

      Esto nos recuerda aquel incidente que cuenta Jacques Maritain sobre la elaboración de la Tabla Universal de los Derechos del Hombre. Alguien se mostraba extrañado de que la comisión encargada del trabajo hubiese podido llegar a un acuerdo satisfactorio para todos, a pesar de estar constituida por personas de ideologías tan dispares.

      Â«Sí, estamos de acuerdo —contestó uno de los miembros de la Comisión— pero no nos pregunten ustedes por qué. Porque con los «por qués» comienzan precisamente nuestras grandes dificultades».

      También en este caso podría decirse: «Católicos y marxistas coincidimos en admitir que el hombre está alienado. Pero no nos pregunten ustedes demasiado acerca del sentido de esta afirmación, porque entonces sí que no nos entenderíamos».

      Si admitimos como definición provisional de la alienación «la desposesión de sí mismo», los cristianos, portadores del misterioso dogma del pecado original, no deben tener inconveniente en admitir que el hombre se encuentra sumergido en una situación de alienación radical.

      Es cierto que la fórmula cristiana de desalienación o salvación del hombre sólo se realiza plenamente en su dimensión ultramundana; pero esto no significa, en modo alguno, que debe renunciar a luchar contra las formas concretas de alienación que encadenan a la especie humana en el tiempo y en el espacio. Y entre ellas primordialmente la alienación económica que para el marxista puro es la forma esencial de la alienación. («En la sociedad burguesa poseyentes y desposeídos se encuentran igualmente privados de su condición de hombres»).

      No existen, pues, inconvenientes insuperables para que ambas castas de luchadores cristianos y marxistas puedan colaborar de alguna manera en la batalla contra las alienaciones. Pero para eso será necesario un proceso de revisión por ambas partes.

      Revisionismo cristiano y revisionismo marxista constituyen el gran hecho histórico de los diez últimos años. Y es por este doble revisionismo por donde la Historia tendrá que encontrar su salida en este momento aporético: el «poros», la vida, el conducto, el paso.

      Durante uno de esos coloquios entre marxistas y cristianos que ahora empiezan otra vez a proliferar, un cristiano interroga a su interlocutor marxista.

      Â«En una sociedad comunista liberada ya de la alienación fundamental, que según ustedes es la explotación del hombre por el hombre, ¿seguiría existiendo, por ejemplo, la envidia?».

      Tras unos momentos de titubeo el marxista concede que sí:

      Â«Debemos reconocer que la envidia seguirá existiendo siempre; también en una sociedad sin clases».

      (La envidia no es aquí, naturalmente, más que un ejemplo. Lo que el marxista concede en este caso es la existencia de alienaciones irreductibles para el proceso marxista, y esto es lo mismo que admitir que la sociedad humana no podrá nunca hacerse transparente, que el hombre nunca llegará a reconciliarse consigo mismo).

      La anécdota es de Igor Caruso, director del «Círculo vienés de trabajo sobre la psicología profunda». Y su narrador —o inventor— añade el siguiente comentario humorístico: «Yo me pregunto si este marxista sincero no era un malvado revisionista».

      El revisionista marxista está atacando ahora las nociones mismas de alienación y de desalienación. Hay quien quiere eliminarla del todo como un producto de la primera época, el período «feuerbachiano» del pensamiento de Marx.

      Pero el verdadero diálogo y la desmitización definitiva de la alienación consistirán en ponerse a luchar contra ella sin demorarse tanto en definirla.

      Â«Cuando se empieza a definir es cuando surgen las disputas».

 

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