Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Indiferentismo político

 

El Diario Vasco, 1966-07-24

 

      Se ha comentado en algunos periódicos la indiferencia, real o aparente, de la opinión pública frente a los problemas políticos o ideológicos del momento actual.

      Â«Lo que a la gente le importa es saber cuántas horas de trabajo se necesitan, para llegar a poseer un frigorífico, un coche, unas vacaciones, unos estudios superiores para los hijos, un piso confortable, una vejez asegurada» —escribía recientemente un colaborador de «La Voz de Galicia» en un artículo titulado «No me hable usted de política».

      Julián Marías hace un planteamiento más severo en sus recientes «Meditaciones sobre la sociedad española», en «El Noticiero Universal» de Barcelona. «Podríamos decir —escribe Marías— que en la España de 1965 hay multitudes apolíticas y también grupos impregnados de agudo politicismo, precisamente porque lo que no hay es política».

      Cabe preguntarse si esta despolitización multitudinaria, a la que alude marías, es una ventaja o un perjuicio para la sociedad. para mí, la respuesta no ofrece duda; pero no faltan quienes piensen que el fenómeno del indiferentismo político es un signo de progreso y de estabilidad social. «Estamos así muy bien sin política y cada uno a su trabajo».

      Un conocido pensador, amigo mío y que, según creo, es de derechas —aunque en esto no se puede estar nunca seguro— ha escrito, por ejemplo, que «las ideologías son productos decimonónicos» y que «en los países adelantados deben ser relegadas a las prenderías, puesto que el desarrollo económico las obliga a refugiarse en el suburbio».

      Según eso, la despreocupación por los temas políticos, que hoy se extienden a la mayoría de la gente, sería una consecuencia lógica y deseable del progreso económico. Todo este modo de razonar me parece inquietante.

      Considero grave el hecho de que se quiera sustituir la política de ideas por una política de intereses.

      Me parece deplorable que el dinero y los «bienes terrenales» sean el móvil primordial, el incentivo máximo y prácticamente exclusivo de muchísima gente, tanto ricos como pobres.

      Semejante filosofía de la vida nos sitúa justamente en el polo opuesto de lo que el escritor francés Paupert llama en un libro reciente al margen de todo clericalismo, una «política evangélica».

      La desconfianza evangélica hacia la riqueza, hacia el dinero, radica principalmente en el poder que tienen estas cosas para hacernos olvidar todo concepto noble de la vida.

      Bien interpretaba Juan XXIII el fondo de esta «política», cuando decía en la «Mater et Magistra»: «Aunque un sistema económico produzca un nivel elevado de riqueza y aun suponiendo que estas riquezas sean bien repartidas, de acuerdo con las reglas de la justicia y de la equidad, si las estructuras y el funcionamiento del mismo comprometen la dignidad humana de los que se mueven dentro de él, si constituyen un obstáculo para la expresión de la dignidad personal, si embotan el sentido de la responsabilidad en los asuntos públicos, semejante sistema debe ser considerado como injusto».

      Â¿En nuestra sociedad de mañana el incentivo económico seguirá siendo el móvil principal y casi exclusivo de la mayoría de la gente? ¿O, por el contrario, la opinión habrá llegado a interesarse por una problemática más profunda?

      Esta sociedad debe quedar estructurada de modo que los valores humanos, la dignidad, la libertad de pensamiento y de expresión, el respeto de la personalidad de hombres y pueblos, la tolerancia religiosa, la diversidad de lenguas culturas y tradiciones populares, la apertura al mundo y a la cultura universal, la igualdad efectiva de oportunidades culturales entre todos los ciudadanos, la superación de las clases sociales, la promoción del proletariado y otras muchas cosas de análoga naturaleza, ocupen un lugar primordial en las aspiraciones y en las preocupaciones de la gente.

      Aunque estemos lejos de haber llegado a ese monstruo que algunos han llamado «la sociedad opulenta», conviene afirmar desde ahora que el progreso económico no debe traer, en ningún caso, una despolitización de la opinión pública, sino una mayor y más razonable politización.

      La sociedad de mañana habrá de caracterizarse sin duda por una mayor y más libre participación de los ciudadanos en la cosa pública y a este efecto será necesario crear centros de interés en torno a las cuestiones humanas que son la verdadera sustancia y el meollo del quehacer político.

      Â¿Habrá en nuestro pueblo hombres capaces de interesarse por esas cuestiones o, por el contrario, nuestro signo futuro deberá ser el apoliticismo tecnocrático? He aquí una pregunta para hacer pensar.

 

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