Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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Crisis china

 

El Diario Vasco, 1966-10-09

 

      Creo que los comentarios occidentales no valoran suficientemente el alcance de la nueva ola revolucionaria china. A mi juicio, no se trata de un episodio pasajero, sino de un signo histórico importante.

      Fue Jacobo Burckhardt uno de los primeros, según creo, en revelar el papel de las que él llamaba las «fuerzas de desesperación» en la renovación de la vida histórica y en la «eliminación de lo viejo por lo nuevo y lo verdaderamente vivo».

      Resulta algo escandaloso el tener que afirmar que sólo las «multitudes desesperadas» son capaces de introducir la novedad en el horizonte histórico, mientras que las «multitudes bien abastecidas» son únicamente «consumidoras» de historia.

      En sus comentarios «Sobre las crisis en la historia», publicado en 1870, Burckhardt estudió metódicamente el papel de las «convulsiones» y de las «invasiones» en la vida de la Humanidad.

      En estos procesos históricos, que él denominaba genéricamente «crisis», la Historia adquiere una enorme celeridad. A veces bastan unos meses e incluso unas semanas para que se realicen enormes cambios y alteraciones sociales, que parecían imposibles, y que normalmente hubieran requerido períodos de muchos años de duración.

      La actual crisis china es sin duda una de estas tempestades históricas que no responden en modo alguno a la lógica, porque son de modo primordial gestos desesperados y, por tanto, sordos y ciegos.

      Burckhardt, si hubiera vivido, se hubiera complacido en aplicar a este proceso espectacular su esquema histórico sobre las crisis y esto le hubiera permitido hacer algunas profecías importantes acerca del futuro de la revolución china y de su influencia sobre el porvenir inmediato de la Humanidad.

      Evidentemente una convulsión de esas dimensiones no puede ser confundida con una conspiración de palacio. No se trata, al parecer, de una de esas crisis «aparentes y artificiales» de que también nos hablaba el citado autor, «debidas a la agitación intencionada, a la imitación y a la inoculación artificial».

      Es algo más grave y que probablemente ha de tener repercusiones decisivas en la marcha del género humano hasta más allá del término de nuestro milenio.

      Por grande que fuese la desesperación del pueblo ruso en la época final de los zares, las multitudes de jóvenes agitadores chinos dan ahora muestras mucho más terribles todavía de desbordamiento colectivo.

      En la revolución china está surgiendo la segunda generación. «Todos los que sienten el menor cansancio, todos los que no se hallan a la presión de la nueva ola revolucionaria, van siendo sustituidos con asombrosa rapidez. En un espacio brevísimo de tiempo nace una segunda generación de individuos dinámicos que representan ya la crisis y su fuerza motora específica y esencial».

      Las anteriores palabras del gran filósofo suizo fueron escritas por él hace ya más de un siglo y, sin embargo, pienso que hoy podrían ser aplicadas sin error a la presente convulsión del Extremo Oriente.

      El hecho de que ahora aparezcan esas nuevas masas dispuestas a arrollar todos los obstáculos que se les oponen, muestra la potencia de la revolución china.

      Es algo mucho más significativo que un movimiento dirigido y artificial. Parece que las masas que les han escapado de las manos a los dirigentes chinos y que se están moviendo a impulsos de una energía histórica interna superior a ellas mismas.

      Según todos los síntomas, Mao Tse-tung no tardará en ser devorado y reemplazado por otros dirigentes todavía desconocidos, pero mucho más voraces de revolución que él mismo.

      Si esto ocurre así realmente, Occidente se verá abocado a un conflicto directo con esas masas amarillas de ochocientos millones de seres humanos.

      Y es muy dudoso que el arma «disuasoria» sirva en este caso, porque en realidad sólo puede funcionar entre países más o menos «bon bourgeois».

      Es de temer que la actual crisis china conduzca a ese conflicto directo más rápidamente de lo que algunos suponen.

 

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