Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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¿Una nueva derecha?

 

El Diario Vasco, 1983-09-18

 

      El acceso de la extrema derecha F.N. («Front National»), a la municipalidad de la pequeña ciudad de Dreux, de la mano de la derecha democrática —giscardianos y chiracquianos— no tiene, al parecer, mayor importancia política; pero es un hecho significativo que denota cierto estado de opinión cada vez más extendido en la sociedad francesa y al que algunos llaman ya «neo-racismo».

      La oposición conservadora ha tratado de quitar importancia al asunto. La presunta alianza entre la derecha institucional y las nuevas corrientes fascistoides —dicen los defensores de la candidatura coaligada— es pura fantasía. «No hay derecho a manejar los espectros del racismo, del fascismo y del nazismo como lo han venido haciendo socialistas y comunistas en su desaforada campaña electoral de Dreux».

      Estos, en cambio, echan los pies por alto frente al «racismo renaciente» en un documento escrito por Mauriac-hijo y leído públicamente por un famoso actor de teatro: «La reaparición espectacular de la extrema derecha racista, ya por sí misma inquietante —afirma el documento aludido— se agrava por la traición de una derecha tradicional, no fascista, que —para poder triunfar— no ha tenido inconveniente en aceptar, contra toda honestidad intelectual y moral, los votos de la ultraderecha y el compromiso de compartir con ésta la administración de la ciudad».

      Muchos observadores se interrogan sobre la verosimilitud de estas acusaciones. ¿Está haciendo, en realidad, en la Francia actual, un tipo de racismo comparable con el de Hitler de los años treinta?

      El fondo de la cuestión consiste quizás en el malestar que a muchos franceses les produce en este momento la presencia en un país de una enorme masa de inmigrantes.

      Francia era, o quería ser, la nación abierta por excelencia, según el modelo que Renan definió en su famosa conferencia del 11 de marzo de 1882. Una nación fundada, no en el recuerdo de pasadas glorias, ni en los orígenes comunes de sus habitantes, sino en la manifiesta decisión de éstos de vivir y de construir juntos el futuro de la colectividad.

      Por paradójico que esto parezca, en este tipo de nación no se le pregunta a nadie dónde ha nacido, cuáles son sus orígenes, de qué raza o color es, quiénes son sus padres. Nación abierta a la Humanidad podríamos decir exagerando un poco.

      Sin llegar a tanto —claro está— la Francia moderna se ha inspirado casi siempre en estos principios. Pero a muchos franceses tales teorías se les están haciendo ahora insoportables.

      Culpan a los inmigrantes extranjeros de una gran parte de las dificultades políticas y económicas por las que ahora atraviesa el país. Y no sólo a los inmigrantes, «que vienen a quitarles el pan a los franceses», sino también a los agitadores de todo tipo, los cuales arriban a Francia huyendo de las tempestades de sus propios países, no para vivir en paz —ciertamente— sino para continuar dentro de ella sus tremendas batallas, al amparo de la liberalidad y la hospitalidad francesas.

      Más quizás que cualquier otra ciudad de Europa, París se ha convertido hoy en el cuartel general y el campo, de Agramante de todos los irredentos del mundo. Palestinos, judíos, anti-semitas, drusos, turcos, armenios, antinegros, etc., etc., se enfrentan a golpe de cotidiano, ante los ojos atónitos de los «genuinos» parisienses. (¡Vaya usted a saber quién es genuino!).

      Esto explica, hasta cierto punto determinadas reacciones populares de carácter xenofóbico. Se producen también, —todo hay que decirlo— atentados racistas del más detestable estilo hitleriano.

      De todo esto se aprovecha la ultraderecha clásica. Pero al mismo tiempo está surgiendo una nueva derecha, que arranca también del 68, una especie de sincretismo «exterminista» —véase Thompson— que tiene algo de común con la nueva izquierda de la que hablábamos hace poco en esta misma columna. Y mucho de común —por supuesto— con el viejo fascismo.

      La cosa es complicada e importante. Convendrá tal vez que volvamos en otra ocasión sobre ella.

 

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