Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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El «no» a las centrales nucleares

 

El Diario Vasco, 1986-09-27

 

      El accidente de Chernobyl reforzó notablemente el movimiento de oposición a las centrales nucleares en todo el mundo.

      Así, uno de estos últimos días el Partido Socialista Italiano, siguiendo el ejemplo de los social-demócratas alemanes, ha exigido el cierre de varias centrales —entre ellas la de Latina, a sesenta kilómetros de Roma— y la suspensión definitiva de cualquier nuevo proyecto de instalaciones nucleares. Todo lo cual plantea un problema político serio a la coalición gobernante.

      Â«Ni una sola central más en este país» —ha dicho el secretario general del PSI, Claudio Martelli.

      Por su parte los ecologistas italianos llevan ya recogido casi un millón de firmas pidiendo un referéndum para la derogación de las leyes favorables a la producción de energía nuclear, cifra inusitada que obligará al Gobierno a tomar en consideración esta propuesta.

      Â¿Quién tiene razón en esta gran polémica mundial? ¿Los partidarios del economismo, que anteponen las razones de tipo económico a todas las demás, o los «humanistas», de diversas tendencias, centrados sobre todo en la defensa del hombre y del verdadero progreso de la especie humana?

      La argumentación de los economicistas gira más o menos en torno a las siguientes razones.

      Todo progreso humano tiene su precio en vidas humanas y este precio hay que pagarlo, si no se quiere que la actual civilización retroceda o se derrumbe.

      La humanidad se beneficia hoy, de muchos inventos heredados del pasado que han costado y siguen costando grandes sacrificios y un sin fin de muertes, sin que nadie piense por ello que haya que renunciar a tales medios.

      Ahí esta, por ejemplo, el automóvil. Este poderoso medio de locomoción produce anualmente un enorme número de víctimas mortales en todo el mundo. Pero ¿será esto un motivo para que se prohíba la fabricación y utilización de los automóviles?

      Pero además —añaden— para continuar su desarrollo la humanidad necesita ampliar sus recursos energéticos en gran escala. La energía nuclear se convierte hoy en una necesidad absoluta si no se quiere que la totalidad del proceso quede colapsada.

      No obstante, estas afirmaciones tienen un valor muy relativo habida cuenta de la gran cantidad de energía que actualmente se dilapida en las sociedades opulentas, tanto para fines militares como civiles, y el hecho de que se dejen de lado importantes fuentes energéticas, inexplotadas o mal explotadas, mediante las cuales podrían ser atendidas las necesidades reales del género humano.

      La mayor falsedad de la aludida argumentación se encuentra en el paralelismo que en ella se establece entre los daños originados por las tecnologías recibidas del pasado y el que pueden causar a toda la especie humana los novísimos campos de invención, como la desintegración nuclear o la ingeniería genética.

      Los efectos de ambas tecnologías son absolutamente imprevisibles y, de continuar las cosas como hasta ahora, alcanzarán no sólo a un determinado número, mayor o menor, de individuos, sino al destino conjunto del género humano, en grado extremadamente peligroso para las generaciones futuras.

      Hace falta que los investigadores y promotores de las centrales nucleares se den cuenta de su inmensa responsabilidad y se decidan a suspender sus trabajos como lo ha hecho recientemente uno de los primeros y más brillantes pioneros de la genética artificial, el profesor Jacques Testart. «No más saltos hacia el vacío».

      Los resultados de la última reunión de la «AIEA», la «Agencia Internacional de la Energía Atómica», cuyos componentes son, todos ellos, decididos partidarios de las centrales nucleares, resultan, en el fondo, altamente pesimistas.

      Los expertos reunidos en Viena se han visto obligados a reconocer que las consecuencias sanitarias de la explosión de Chernobyl no pueden ser todavía conocidas y que hará falta esperar treinta o cuarenta años para llegar a medir la magnitud de la catástrofe desde este punto de vista.

      Por otra parte, pese a las recomendaciones formuladas por esta conferencia, no existe ninguna garantía de que tales accidentes no vuelvan a repetirse. Aunque la probabilidad de que una determinada central falle en un momento determinado sea sumamente pequeña, el famoso teorema de las «pruebas repetidas» demuestra que la probabilidad de un accidente crecerá fatalmente con la multiplicación de las centrales y el transcurso de los años frente a la idea de una seguridad absoluta se abre paso, pues, la idea contraria: es casi cierto que en el futuro se producirán nuevos accidentes, más graves incluso que los ocurridos hasta ahora.

      Si continúa desarrollándose la energía nuclear el mundo estará condenado a vivir en la inseguridad permanente.

      Como todos sabemos, en un radio de 30 Kms. en torno a Chernobyl la población ha tenido que ser expulsada, las casas y las tierras de cultivo abandonadas, las aldeas vaciadas, etc., sin que nadie esté en condiciones de prever un plazo razonable para el retorno a la normalidad. Lo más probable —se dice— es que esta penosa situación se prolongue durante varias décadas o que, tal vez, no tenga término dentro de la actual generación.

      Â¿Puede alguien imaginarse la tremenda amenaza y la permanente zozobra que este ejemplo supone para los millones de personas que viven en el mundo en el contorno de una central nuclear, por muchas que sean las seguridades que los promotores de la misma quieran darles?

      Yo me permitiría invitar al lector a que trazase sobre el mapa una circunferencia de radio equivalente a 30 Kms. centrada en Lemóniz y a deducir de esta pequeña prueba lo que significaría para Euskadi la evacuación del territorio contenido dentro de dicho círculo. Un accidente en la Central de Lemóniz en el caso —que esperamos no llegue nunca a producirse— de que fuera puesta en marcha alguna vez, supondría prácticamente la aniquilación de la mitad de la sociedad vasca tal como ahora la conocemos.

      Esta clase de asuntos no se presta a comentarios hechos a la ligera, con evidente irresponsabilidad como los que publicó a finales de agosto pasado un periódico madrileño.

      Al mismo tiempo que afirmaba que esas son cosas que ocurren en la URSS, pero que no pueden suceder aquí, el periódico en cuestión atribuía la hostilidad a las centrales nucleares a «posiciones políticas claramente identificadas» y a «interesadas utopías ecologistas».

      Dejando a salvo todas las opiniones, favorables o contrarias a las centrales, yo quisiera decir que semejante modo de plantear el problema no es, en absoluto, aceptable.

 

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