Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

El tratado de no proliferación

 

El Diario Vasco, 1987-04-19

 

      El Gobierno acaba de aprobar la adhesión de España al «Tratado de no proliferación de armas nucleares».

      Se trata sin duda de una decisión tardía que se ha hecho esperar quizás durante demasiado tiempo, pero cuya conveniencia parece incuestionable en el cuadro de la actual política extranjera del Estado español.

      Recordemos que este famoso tratado, que ha tenido una importancia decisiva en la contención del proceso del arma nuclear fue inicialmente concertado en 1968 entre los dos grandes, Rusia y Estados Unidos, y propuesto por estos a la ONU. Un gran número de estados que pasa actualmente del centenar lo suscribieron en los años sucesivos y quinquenalmente se celebra una reunión entre todos ellos para la reactualización del tratado.

      Desgraciadamente no todas las potencias nucleares se han adherido al TNP. Francia, China y la India permanecen al margen de éste por motivos difícilmente justificables.

      El tratado prohíbe a los estados nucleares miembros (EE.UU., URSS y la Gran Bretaña) el traspaso de armas nucleares, o de medios para producirlas, a otros estados. Asimismo los países nucleares citados se comprometen a no «ayudar alentar o inducir» a ningún Estado no nuclear a fabricar tales armas y montajes nucleares.

      A los estados no-nucleares que lo suscriben el tratado impone la obligación de renunciar formalmente a solicitar o recibir tales ayudas y a la posesión de cualquier tipo de armas nucleares.

      Es cierto que el tratado reconoce a los países miembros el derecho a retirarse del mismo con un preaviso de tres meses. Si algún día el Estado español decidiera convertirse en una potencia nuclear podría teóricamente hacerlo. Pero esta hipótesis carece de toda verosimilitud por lo cual la firma del tratado por el Estado español implica prácticamente una renuncia definitiva a la posesión de estas armas ultramortíferas.

      Ahora bien, si la cosa está tan clara como esto, no se explica uno a primera vista por qué el partido socialista ha titubeado tanto antes de lanzarse por este camino.

      En el programa electoral para las elecciones de 1982 el PSOE anunció que estudiaría «favorablemente» la oportunidad de la ratificación del TNP. Esta expresión auguraba una solución positiva, pero, Felipe González se mostró algo más reticente en el discurso de investidura, alegando que en todo caso habría que asegurarse de que esa firma no se utilice contra el necesario suministro de materiales nucleares para España. Además aludió a la posibilidad de utilizar la firma del TNP como un instrumento para la negociación.

      La actitud critica del presidente del Gobierno se manifestó explícitamente en unas declaraciones que hizo en enero del 85. En ellas afirmó paladinamente que el TNP «es una de las mayores hipocresías del mundo, un tratado que imponen los países que tienen armas nucleares a los que no las tienen». «Yo no tengo intención de fabricar armas nucleares pero tampoco acepto que me humillen».

      Han trascurrido poco más de dos años desde que el presidente se manifestase de modo tan expresivo en contra del tratado, y ahora nos encontramos con la feliz noticia de que su Gobierno está dispuesto a suscribirlo.

      A mi modesto juicio esto no tiene nada de extraño ni de contradictorio. Cuando Felipe González condenaba la «hipocresía» del tratado no tenía todavía muy claro cual había de ser la línea de su política extranjera. Mantenía aún quizás la ilusión de una política quijotesca de la mano con terceros países frente al gran duopolio ruso-americano que domina al mundo actual.

      Ahora las cosas han cambiado mucho. España está en el mercado común. Su pertenencia a la OTAN se ha visto confirmada y fortalecida. La cosa es mucho más seria, digámoslo así, y ya no se puede especular con pacifismos demagógicos. El pacifismo de los gobiernos se ve obligado a pasar por fórmulas tan discutibles y ambiguas como lo es el TNP.

      En realidad, y pese a todas las críticas que se le hacen, este tratado ha sido una de las pocas realizaciones efectivas producidas en el campo de la negociación internacional en torno a la amenaza de guerra nuclear. Claro está que por sí mismo no basta para resolver el problema. Las armas nucleares no sólo deben ser contenidas, evitándose su extensión a otros países. Ahora que son ya un monopolio de un grupo muy reducido de estados hace falta que estos carguen con la responsabilidad de destruirlas.

      Debo confesar que soy de los que ven las propuestas Gorbachov con un cierto optimismo. Soy quizás demasiado cándido, pero creo que las armas atómicas desaparecerán del planeta antes de que haya llegado a producirse la gran catástrofe.

 

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