Karlos Santamaria eta haren idazlanak

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El cambio de clima

 

El Diario Vasco, 1990-04-20

 

      En pleno verano, el 24 de julio de 1675, Mme. de Sévigné escribía en una de sus famosas epístolas: «Aquí en París hace un frío horrible. Desde hace más de un mes todo ha cambiado: el Sol y las estaciones están completamente trastornados».

      Comentarios de este género se han hecho siempre y en todas partes para mostrar la extrañeza de la gente ante reales o supuestas alteraciones climáticas. También aquí y ahora muchos piensan que el clima de Euskadi está «trastornado», que ya no hace el tiempo que solía hacer antes.

      Â¿Qué hay de cierto en todo esto?

      Comencemos por advertir que los climatólogos profesionales suelen ser en general muy escépticos sobre esta clase de comparaciones, basadas exclusivamente en las impresiones o recuerdos personales. La memoria humana —dicen— sólo retiene los hechos más marcados, aquellos que por una u otra razón causan mayor efecto en el ánimo de las personas.

      Es así precisamente cómo se forma la imagen popular del clima de un lugar. En ella cuentan notablemente los períodos de tiempo excepcional, favorable o desfavorable, pero fuera de lo normal, mientras que el resto pasa fácilmente al olvido.

      En cambio la observación científica del tiempo lo retiene todo, todo lo tiene en cuenta, hasta los detalles que parecen más insignificantes. El clima se define así como el valor medio durante un largo período —habitualmente treinta años— de un conjunto muy completo de datos meteorológicos, como, por ejemplo, la temperatura del aire, la velocidad y dirección de los vientos, la nubosidad, las precipitaciones, la humedad y la evaporación.

      Cuatro veces al día, es decir cada seis horas, y con una simultaneidad perfecta en todo el mundo, los observatorios realizan éstas y otras mediciones y las comunican inmediatamente a la Red internacional para su difusión.

      De esta manera, los climatólogos modernos disponen de un enorme número de observaciones distribuidas por todo el planeta, lo que les permite estudiar el clima terrestre como una totalidad coherente, algo que nunca había sido posible hasta ahora.

      Ahora bien, al presentar el clima de un modo meramente estadístico, es decir, al querer subsumir una realidad tan diversa y compleja como lo es el tiempo meteorológico en un pequeño número de valores medios, se corre el peligro de ignorar esa misma realidad en todo lo que tiene de interesante y vivo para el hombre.

      Se ha dicho alguna vez que las estadísticas son la manera más sutil de mentir o de engañarnos a nosotros mismos y puede que en este dicho haya una buena parte de verdad.

      Así, por ejemplo, si tras una temporada de frío insoportable se produjera otra de calor achicharrante, un presunto científico que se limitase a calcular el promedio de las observaciones térmicas registradas durante todo ese período llegaría a la absurda conclusión de que a lo largo del mismo había hecho una temperatura excelente.

      Por otra parte, el valor medio de una estadística no debe ser interpretado de un modo demasiado significativo ya que los valores reales pueden distanciarse mucho de él. Esta posibilidad de alejamiento entre uno y otros se mide técnicamente por un determinado parámetro —entre otros— denominado «varianza». Cuando la varianza es pequeña los valores observados se aproximan mucho a la media; se amontonan en torno a ella, por así decirlo. En cambio, cuando la varianza es grande, los valores concretos se desparraman diferenciándose notablemente de la media.

      Pues bien, algo de esto es precisamente lo que ocurre con el tiempo en Euskadi, región natural en la que la varianza de los datos climáticos es elevada. Así puede suceder en este país, y sucede con relativa frecuencia, que en una época determinada llueva mucho más o mucho menos, o haga mucho más frío o más calor de lo acostumbrado, pero esto no significa en modo alguno que el clima haya cambiado sino que se encuentra en una de esas situaciones marginales a las que acabamos de aludir. Esto es, sin duda alguna, lo que ha pasado aquí estos meses y que tanto ha dado que hablar entre nosotros.

      Refiriéndose a este tema los destacados físicos franceses J.C. Duplessy y P. Morel afirman de modo categórico en su reciente libro: «Gros temps sur le planète» que en los últimos cien años no han cambiado ni las medias ni las varianzas de los datos meteorológicos y que por tanto, no se puede hablar con fundamento de alteraciones sustanciales en la marcha del tiempo.

      La memoria popular ha fallado, una vez más, al juzgar el tiempo extraordinariamente bonancible de que habíamos venido disfrutando hasta ahora: no ha cambiado el clima.

      Otra cosa es lo que pueda ocurrir en un futuro más o menos lejano. Existe actualmente, en efecto, un nuevo y poderoso agente distorsionador del clima, que hasta el presente nunca había funcionado de manera importante, y que no es otro que el hombre, supuestamente civilizado, de nuestros días.

      La gigantesca intensificación de la actividad industrial y la utilización indiscriminada de combustibles polucionantes está dando lugar a un aumento perfectamente comprobado de anhídrido carbónico en la atmósfera. Esta creciente carbonización atmosférica impide la salida de una parte importante de las radiaciones infrarrojas que normalmente emite la Tierra y con las que se compensa —o se compensaba hasta ahora— la gran cantidad de calor que ésta recibe del Sol.

      En resumen, la Tierra está empezando a calentarse más de lo debido por falta de ventilación térmica, fenómeno al que se suele llamar el «efecto invernadero» y del que se está tratando precisamente estos días en Bruselas ante la necesidad de adoptar medidas urgentes para evitarlo.

      Algunos afirman que si se sigue por el mismo camino que hasta ahora la temperatura de nuestro planeta habrá aumentado en cinco o seis grados dentro de cincuenta años y que como consecuencia de ello se producirá una importante fusión de los glaciales polares con la consiguiente elevación del nivel oceánico: gran peligro para las regiones costeras como la nuestra.

      Todo esto es probablemente exagerado: la cosa no va a ir tan rápidamente como eso. Pero de cualquier manera no hay tiempo que perder. Esperemos pues atentamente las decisiones que en este momento se apresta a tomar la Comunidad Europea para impedir ese indeseable pero posible cambio de clima.

 

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