Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Los cristianos no estamos a la altura del Mensaje evangélico

 

Ya

 

      La Universidad Menéndez Pelayo de Santander, ha dedicado uno de sus interesantes ciclos decenales a los problemas del catolicismo español contemporáneo. El simple hecho de que se intente someter a análisis ciertos aspectos de nuestro catolicismo, tales como el sentido individualista, la intolerancia y la eficacia social, parece un signo de vitalidad, una demostración de sana inquietud.

      El «noscete ipsum» no tiene sólo empleo en los individuos; hay que aplicarlo también a las colectividades, porque la acción social sólo será eficaz cuando para llevarla a cabo se parta de un conocimiento auténtico del estado sociológico, de las corrientes de opinión, de los vicios y de las virtudes de la sociedad en que se viva. Claro está que, si nos refiriésemos a la Iglesia, no podríamos hablar de vicios ni de pecados, porque las culpas de los cristianos no son nunca imputables a la esposa de Cristo, que es, por su misma naturaleza, impecable.

      El mayor problema del catolicismo español, y también del catolicismo universal, es, seguramente —aunque resulte paradójico el decirlo—, la falta de catolicismo de los católicos. Nuestro gran problema y el gran dolor de la Iglesia consiste principalmente, como es sabido, en que los cristianos no estamos nunca a la altura del Mensaje evangélico.

      El pretendido fracaso temporal del cristianismo —la incapacidad que algunos le atribuyen para resolver los problemas actuales de la Humanidad— no proviene ciertamente del propio cristianismo, sino de las carencias de cristianismo que el mundo actual padece. Así, por ejemplo, es relativamente frecuente el caso de visitantes venidos al Occidente europeo desde lejanos países orientales con el fin de conocer la civilización cristiana —es decir, los reflejos del cristianismo en la vida de los pueblos— y que resultan escandalizados al comprobar que en las ciudades y en los campos de la vieja Europa la conducta de las gentes no responde apenas a la idea que ellos se habían formado de la moral predicada por Jesús. Que el genuino mensaje de Cristo es hoy casi tan desconocido en algunos de estos lugares como en las propias riberas del Ganges.

      En las proximidades de París funciona desde hace unos años una especie de pequeña universidad, llamada «L'eau vive», destinada, entre otras cosas, a dar a conocer a estudiantes y pensadores orientales el auténtico rostro del cristianismo. Seguidores de Confucio y adoradores de Buda, de Brahma y de Alá, pueden así, sin temor de engaño, entrar en contacto vital con la genuina sabiduría cristiana.

      Es triste tener que reconocer, sin embargo, que para realizar esa experiencia haya que recurrir a ensayos de invernadero, realizados con reducidos grupos de intelectuales.

      Pueblos en régimen de cristiandad coherente van quedando ya cada vez menos en Europa, y aun en los países de mayor religiosidad el descreimiento va ganando las masas, como lo muestra el excelente sondaje llevado a cabo en la diócesis de Bilbao.

      No hay que pensar que el fenómeno sea nuevo, ni siquiera en España. Ya Menéndez Pelayo hacia notar que, en contraposición a la fe, y al fervor, y a la concepción teológica de otros siglos, nos encontramos hay frente a «un ateísmo práctico, que alcanza a muchos que alardean de creyentes; un mero pensar relativo, con el cual se vive constantemente fuera de Dios, aunque se le confiese con los labios y se profane para fines mundanos la inocencia de su santo nombre».

      Baste citar, como ejemplo, el caso de la actual literatura española, en la que tanto se echan de menos los temas religiosos y teológicos, sin duda porque no interesan al pueblo, o quizá porque los autores no sientan a este respecto demasiada inspiración ni excesivas inquietudes. Un pueblo cristiano no podría menos de producir literatura cristiana; pero, desgraciadamente, de la mayor parte de nuestra producción actual puede decirse lo que decía Menéndez Pelayo de la poesía de Quintana, que es atea, «no porque niegue a Dios, sino porque Dios está ausente de ella».

      Sería, pues, necio practicar la táctica del avestruz negándose a conocer la realidad, y hace muy bien el Curso de Estudios Contemporáneos en atraer la atención de los católicos hacia la situación real de nuestro catolicismo, con sus luces y sombras. A pesar de todo el pesimismo sistemático, el negativismo catastrofista no está justificado ni sirve para nada. Hoy más que nunca, frente al ambiente, la acción apostólica debe multiplicarse, hacerse toda a todos, superar el ingenio de los hijos de las sombras, ganar en modernidad y en eficacia.

 

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