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La undécima capacidad. Carta abierta a Jorge Riechmann

En el seminario Luciérnaga IV con Jorge, Isaías y Javiera

Querido Jorge:

Tengo junto a mí el libro que me diste en Tabakalera, el Informe a la Subcomisión de Cuaternario, y escribo estas líneas a un mes de nuestro próximo encuentro (ay, virtual) en Arantzazu. Estamos en el segundo año de lo que la ONU ha bautizado como la “Década de la acción”. Es necesario, nos dicen, acelerar la transición para mantener la esperanza de poder alcanzar en 2030 los 17 objetivos de desarrollo sostenible. Al mismo tiempo, el Acuerdo de París (2015) nos compromete a adoptar las medidas necesarias para limitar el aumento de la temperatura media global en este siglo a 2º por encima de los niveles preindustriales. Alcanzar este objetivo no impediría que el cambio climático tenga lugar; como bien sabes tú que llevas advirtiéndonos desde hace tiempo, ya es demasiado tarde para eso. Sólo evitaría sus efectos más destructivos e irreversibles, pero hay mucha incertidumbre sobre el cumplimiento de ese Acuerdo. La pandemia nos ha mostrado que es posible acelerar algunos procesos, pero podría ser ya demasiado tarde. Esperemos que no.

En tu libro explicas que no es sólo cuestión de velocidad o tiempo, porque lo ecológicamente necesario para la transición, que por lo demás es técnicamente viable, requiere cambios profundos que lo hacen cultural y políticamente muy difícil, por no decir imposible. No hay transición sostenible sin transformación radical. Aunque la ONU nos dice que “tenemos que actuar ahora”, sostienes que (como sociedad, al margen de heroísmos individuales) no lo haremos porque “eso exigiría cambiarlo todo –economía, política, geopolítica, cultura, modos de vida– en tiempo record, triunfando contra inercias e intereses creados poderosísimos, y a partir de recursos ético-políticos que no poseemos” (326).

Como el que haya más o menos tiempo depende también de esos recursos, y cómo práctica para esa esperanza activa a la que estamos condenados, quisiera pensar contigo cómo podríamos dotarnos de esos recursos culturales, cómo cultivar lascapacidades o condiciones ético-políticas que necesitamos para la transición que se avecina.

Si te he entendido bien, no nos faltan recursos a nivel micro o de proximidad. Tenemos cierta idea de lo que es una vida humana digna o una sociedad mínimamente justa. Podríamos remontarnos por lo menos hasta Aristóteles, por ceñirnos a nuestro entorno cultural, pero en términos contemporáneos prefiero traer aquí el trabajo de Martha Nussbaum, que liga esos ideales de dignidad y justicia con con la protección hasta un nivel de umbral apropiado de un conjunto de oportunidades humanas esenciales, o “capacidades”. Son oportunidades para funcionar plenamente y según Nussbaum cada una de estas capacidades plurales tiene valor intrínseco más allá de los otros bienes que pueda producir. Como ya sabes (ambos hemos escuchado a Carmen Madorrán, que ha elaborado un marco común para integrar el enfoque de Nussbaum con el de otros autores), estas son las 10 capacidades centrales:

  1. Vida.
  2. Salud.
  3. Integridad física.
  4. Sentidos, imaginación y pensamiento.
  5. Emociones.
  6. Razón práctica.
  7. Afiliación, tanto para comprometerse con otros como para protegerse de la discriminación.
  8. Relación con la naturaleza y otras especies.
  9. Juego.
  10. Control del propio entorno, tanto política como materialmente.

Puede parecer un programa de mínimos, pero, en efecto, requiere una ética de máximos. El problema es que ese control de la 10ª capacidad se nos ha ido de las manos y, convertido en dominación desatada, está actuando en detrimento de las demás capacidades. Esto es inaceptable hasta para Nussbaum, pues una sociedad no puede intercambiar las capacidades entre sí de modo justo, si esto significa llevar a unos ciudadanos por debajo del umbral de cualquiera de ellas. Además, aunque las capacidades están separadas, también se apoyan mutuamente, pero no terminamos de ver esa interconexión de todo con todo. Por eso, como bien dices, el verdadero reto es la “moral de larga distancia” (332). Sentimos simpatía y compasión por nuestra mascota, pero no por el millón de especies en peligro de extinción. Nos sacrificamos por nuestros familiares o vecinos, pero no por quienes viven lejos de aquí. Actuamos de manera egoísta pero también en contra de nuestros propios intereses en el futuro. En pocas palabras, somos nuestros peores enemigos.

Supongo que es por eso que, en otro fragmento de tu libro (146), propones entender el poder (power) también como una capacidad (power) de asumir límites y, mediante un “desarrollo armónico de las capacidades humanas”, moderar o gobernar las otras formas que adopta el poder, como el aumento constante del uso de la energía (power) y de la dominación a escala planetaria.

Así entendido, ese desarrollo armónico sería una metapoder, la capacidad transformadora o autorreguladora, que podríamos añadir a las 10 propuestas por Nussbaum, y que se podrían entender también como el “suelo ético” de los 17 ODS. Creo que sin esa “undécima capacidad” no hay manera de transitar de lo micro a lo macro, ni siquiera dentro del enfoque de Nussbaum, que tiene sus dificultades con el cosmopolitismo. La formulo en términos individuales porque es así como lo hace Nussbaum con las demás:

  1. Transformación. Ser capaz de transitar del presente actual al mejor futuro posible en términos de las 10 capacidades centrales.

Esta es una capacidad especialmente humana: somos el animal más adaptable, el más capaz de transformarse a sí mismo (ya sea mediante la cultura o la tecnología, que a veces son inseparables; no entraré aquí en el debate del transhumanismo). Por eso no podemos pedir a un tejón que sea otra cosa que un tejón, pero sí se puede pedir a un humano que sea algo mejor de lo que es (330).

No creo que esto se separe mucho de tu apuesta por construir las instituciones necesarias para la “autocontención colectiva igualitaria” (333), pero como adviertes que estamos fracasando estrepitosamente en esa tarea, me pregunto si pudiera haber alguna otra vía. En lugar de fiarlo todo a las instituciones podríamos empezar, como sugieres en nota, “por grupos reducidos de practicantes” (436) y luego intentar escalar su influencia.  Pero, ¿cómo?

La undécima capacidad no es meramente individual. No se puede desarrollar fuera de un contexto colectivamente propicio. Como bien dices (285), las mismas personas, bajo reglas de juego diferentes (instituciones mejores o peores), adoptan decisiones distintas; por eso es preciso un abordaje sistémico en el que la inteligencia colectiva sea un resultado de la co-creación ético-política.

Nada nuevo: Platón y Aristóteles ya sabían que no es posible crear ciudadanos justos en una ciudad injusta. El desarrollo de la capacidad transformadora depende, entre otras, de cómo el entramado institucional ayude al desarrollo de la 6ª capacidad (razón práctica: tener una concepción del bien y de comprometerse en una reflexión crítica acerca del planeamiento de la propia vida) y la 7ª (afiliación: capacidad de asociarse y actuar colectivamente). Lo que Platón y Aristóteles no podían ver es que también importa la 8ª capacidad (relación con el ecosistema, incluyendo otras especies).

Ese tránsito del presente actual al mejor futuro posible en términos de las 10 capacidades centrales se realiza saltando o superando las tres brechas: la individual (intrapersonal), la social (interpersonal) y la ecológica (transpersonal).

Pero ¿cómo? La transformación necesaria no es un mero cambio de forma, sino un cambio de mentalidad o, dicho en griego, metanoia. Una conversión en toda regla, no necesariamente religiosa, pero casi. Y urgente. Como indican las compañeras que han realizado la adaptación de mi universidad a la Agenda 2030:

Las relaciones que los seres humanos entablamos entre nosotros mismos y con la naturaleza necesitan ser reconsideradas y redirigidas para paliar el fuerte sufrimiento humano y ecológico que producimos con nuestros modos de vida actuales. Estas serias contradicciones, con las que vivimos cada día, necesitan respuestas comprometidas y corresponsables, y la Universidad debe participar de forma directa en su análisis y resolución.

Las personas que enseñan, investigan, aprenden y trabajan día a día en la Universidad abordan e intentan dar soluciones a estos problemas en sus clases, en sus laboratorios, en sus lugares de prácticas y en sus puestos de gestión. La comunidad universitaria no se mantiene ajena a estas contradicciones. Sin embargo, ahora sabemos que estos esfuerzos particulares y locales son necesarios, pero insuficientes. Las agendas internacionales han ido dando cuenta, en las últimas dos décadas, de la urgencia de un compromiso conjunto y unánime para solucionar los grandes problemas a los que se enfrenta la humanidad. En el año 2015 Naciones Unidas establece la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible que incluye 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), los grandes nudos problemáticos que, hipotéticamente, asegurarán un futuro real a la misma. (UPV/EHU 2019: 4)

Esta conversión supone un “darle la vuelta” a muchas cosas y requiere nada menos que una nueva ética (una ética “gaiana”, como dices) que necesariamente nos va a resultar incómoda, perturbadora o —como se dice ahora— disruptiva:

[en la universidad] es necesario emprender procesos de cambio estratégico a medio-largo plazo y con la participación y apoyo de diferentes grupos e intereses. La dificultad en nuestro caso es “naturalizar” o normalizar estos cambios para que la comunidad universitaria asuma que la Agenda 2030 de la ONU y los ODS no son una moda temporal, sino una nueva ética para nuestro planeta y nuestra sociedad. Se trata de una “disrupción” ideológica que se ha visto agravada por la aparición de la pandemia COVID-19 desde marzo de 2020. Cambiar la cultura de funcionamiento y la misión de las instituciones de educación superior poniéndolas al servicio de los desafíos globales comunes implica cambios desde el nivel micro al macro, y desestabilizar muchas zonas de confort. (Sáez de Cámara, Fernández y Castillo-Eguskitza 15)

Necesitamos transformarnos a nosotros mismos y a nuestras sociedades. Pero, ¿podremos hacerlo, si no conseguimos antes transformar la universidad? Tu libro contiene alguna anécdota sobre las dificultades que conlleva plantearlo. Las universidades son microcosmos de la sociedad, con todas sus contradicciones: son motores de innovación con un enorme potencial, pero también grandes inercias. Han sido agentes transmisores de dominación además de emancipación. Pero si han durado siglos es porque han sabido cambiar, adaptarse y también liderar.

La undécima capacidad tiene que ver con el “qué”, con la redefinición del suelo ético sobre el que asentar esta reorientación del sistema universitario; pues son todas las que tienen que adaptarse, no solamente la tuya o la mía. Aquí he argumentado que esa capacidad transformadora es lo que las universidades deben esforzarse por socializar y democratizar, dejando el funcionamiento y la protección de las otras 10 capacidades a las restantes instituciones de la vida social: el Estado, el mercado, las organizaciones de la sociedad civil…

El “cómo” es a lo que dedicaremos el seminario de Arantzazu, pero adelanto que tiene que ver con la creación de espacios intermedios donde “unir los puntos” (no sólo a nivel intelectual, sino también mediante el sentimiento y la acción) y así conectar lo micro y lo macro. Ahí nos vemos.

Mientras tanto, un abrazo.

Antonio

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