Miren Basaras

La lucha contra la enfermedad COVID-19, un reto para la Salud Pública

Profesora titular de Microbiología

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 05/03/2020

Miren Basaras
Miren Basaras. Foto: Mikel Mtz. de Trespuentes. UPV/EHU.

Llevamos un par de meses oyendo varias veces al día el nombre de una enfermedad (COVID-19) que causa un nuevo coronavirus (de nombre SARS-CoV2). Se sabe con exactitud que se trata de una zoonosis, es decir, de un virus procedente de animales y capaz de afectar al ser humano, aunque no está claro de qué animal y cómo se ha transmitido a los humanos. Las enfermedades zoonóticas no son raras y se conocen desde hace siglos. Las nuevas infecciones se denominan infecciones emergentes.

En este mundo sobrepoblado en el que vivimos (actualmente 7800 millones de habitantes), la combinación de varios factores favorece que los virus que afectan a animales amenacen a los humanos. Algunos de ellos son, por ejemplo, los cambios ambientales, como el aumento de la temperatura; la relación cercana entre los seres humanos, animales y ecosistemas en diferentes territorios del mundo o los inadecuados mecanismos sanitarios públicos mundiales. En los últimos 50 años se ha detectado que más del 70% de las infecciones emergentes son zoonosis.

Esta última amenaza para la salud mundial se ha materializado como brote duradero de casos de la enfermedad respiratoria. Ha sido posible identificar y secuenciar el virus más rápido que nunca y, con ello, realizar pruebas rápidas de diagnóstico. Gracias a todo ello, se ha agilizado la puesta en marcha de medidas de control, entre ellas, decretar la cuarentena para millones de personas en Asia. Este virus, originado en China, se está extendiendo a países de todo el mundo. Se ha visto que en el siglo XXI las epidemias se extienden con mayor rapidez y a lugares más remotos, sobre todo por la globalización y los viajes aéreos.

Sin embargo, el grado de contagio de este virus no es muy alto: una persona infectada suele contagiar a otras dos o tres. En el caso de otros microorganismos, como el virus del sarampión, una persona infectada es capaz de contagiar a otras 14-18. Además, desde el punto de vista clínico, este nuevo coronavirus es en la mayoría de los casos asintomático o produce síntomas leves, solo produce síntomas más graves (neumonías, insuficiencia respiratoria…) en unos pocos casos (14%), y su tasa de mortalidad no es muy alta (2-3%).

Por lo tanto, ¿por qué tanta preocupación? Debemos ser cautos ante todo lo desconocido. Las infecciones emergentes suponen siempre una amenaza para la salud humana y animal, además de para la estabilidad social y la economía mundial. Según la previsión de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el producto interior bruto (PIB)  mundial se disminuirá considerablemente, incluso a la mitad, respecto a las previsiones. Por otra parte, el genoma de este virus es del tipo ARN y se ha observado que este tipo de virus animal puede variar más de un 1% en pocos días.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la Emergencia de Salud Pública Internacional ante la propagación de la enfermedad a finales de enero. Para ello, se basa en una serie de criterios: que las consecuencias para la salud pública sean graves, que sea una enfermedad inesperada y que exista el riesgo de expansión internacional y de restricciones en los viajes o el comercio internacionales. La OMS solo ha declarado esta emergencia en seis ocasiones.

Se prevén diversos escenarios en cuanto a esta enfermedad. Actualmente nos encontramos en el primer escenario, en el de las medidas de contención, en que aparecen casos esporádicos importados y no se prevé una transmisión local estable. En caso de superar dicho escenario, entraríamos en el segundo, si se detectasen varios casos en la población de transmisiones cuyo origen fuese desconocido. Esto implicaría una restricción en los movimientos de la población. En un tercer escenario, la transmisión sería generalizada y se contagiaría la mayoría de la población. Es probable que el virus desaparezca tras esta crisis, como ocurrió hace 17 años con otro coronavirus similar (el SARS-CoV). Otra opción sería que el virus se instalara entre nosotros con un patrón estacional y un comportamiento similar al de otros coronavirus, causando daño en otoño e invierno y quedando inactiva en el resto de las estaciones.

Este brote de COVID-19 supone un recordatorio del reto continuo que nos plantean los patógenos infecciosos nuevos y emergentes, además de la necesidad de una vigilancia continua, un diagnóstico rápido y una investigación constante para desarrollar medidas eficaces y comprender la biología básica de los nuevos microorganismos y nuestras susceptibilidades hacia ellos. No debemos olvidar que las medidas de higiene más simples como el lavado de manos son básicas para evitar la transmisión.

En estos dos últimos meses, las redes sociales nos han ofrecido cantidad de información, además de la falta de ella. Esto ha propiciado la aparición de comportamientos xenófobos, como si existiese una maldición en los lugares de origen. Tal vez, la llegada de la enfermedad a Europa haya cambiado esa visión de la situación, dado que los virus y, en general, los microorganismos no pertenecen a ningún territorio en concreto. Los microorganismos no saben de fronteras geográficas y los problemas sanitarios se extienden fácilmente entre países, puesto que la salud es un asunto que concierne a todos los países del mundo.