Noé Cornago

La crisis de Gaza, Hamas, Netanyahu y el presidente Trump

Profesor Titular de Relaciones Internacionales

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 27/05/2021

Noé Cornago
Noé Cornago. Foto: Mitxi. UPV/EHU.

Hay un aspecto que no ha sido suficientemente destacado en el tratamiento informativo del intenso intercambio de violencia entre Israel y Hamas en mayo de 2021. Se trata del primer estallido de violencia tras la firma de los Acuerdos de Abraham, conocidos en el mundo árabe como Acuerdos de Ibrahim, impulsados por el presidente Trump. Su singular personalidad y un cierto empeño en caricaturizar su forma de gobernar, han impedido valorar en toda su importancia el logro que supone ese conjunto de acuerdos. La negociación sucesiva y con éxito, al final de su mandato, de sendos acuerdos de normalización diplomática entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Sudán y Marruecos modifican por completo las expectativas del pueblo palestino, y muy especialmente las de aquellos que sufren las condiciones extremas de vida en Gaza y bajo ocupación israelí. Medio siglo después del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Israel y Egipto, y casi tres décadas desde que Jordania hiciera lo propio, puede afirmarse que esta serie de acuerdos diluyen la causa palestina -e igualmente la saharaui- en una nueva geopolítica de la región.

Estos acuerdos redefinen las relaciones entre Israel y el mundo árabe, pues ya no se negocia sobre lo que les dividió desde 1948, sino sobre aquello en lo que coinciden: la necesidad de enfrentarse conjuntamente a la creciente influencia en la región de Turquía y, sobre todo, de Irán. Ello supone un desplazamiento de la cuestión palestina del centro de la negociación a sus márgenes, que empeora radicalmente las expectativas palestinas. Hoy más que nunca, al igual que sucede al pueblo saharaui tras el acuerdo de EEUU con Marruecos, el pueblo palestino es consciente de su soledad. El grueso del mundo árabe les da la espalda en el momento de su mayor debilidad. Pueden esperar un apoyo ocasional y sin grandes costos, como ha sido el ofrecido por Egipto en esta crisis, al actuar como mediador de un alto el fuego entre Israel y Hamas, pero no hay perspectivas de un mayor compromiso, ya sea económico o militar.

Es importante recordar que, en 2020, cuando se fueron haciendo públicas esas negociaciones, se especuló sobre la posibilidad de que Israel, como gesto de buena voluntad, aplicara su propia ley civil a los territorios ocupados, e incluso aceptara la retirada, siquiera temporal, de Cisjordania. Ello haría más presentable el acuerdo a sus contrapartes árabes. La cuestión no prosperó por las presiones internas que limitaban el margen de maniobra de Netanyahu, pero lo cierto es que ello no impidió la firma de los acuerdos.

Este cambio se produce además en un momento en que la élite palestina, acomodada en el poder que representa Fatah, es vista con creciente desconfianza por el pueblo palestino. Desde la retirada de Israel de la franja de Gaza en 2005, y ante la incapacidad y la corrupción de la Autoridad Palestina, el pueblo ha puesto en Hamas sus últimas esperanzas de liberación. Pero la aparente fortaleza que muestra Hamas es el resultado del apoyo económico, logístico, militar y de inteligencia que le ofrece esa otra potencia regional, ajena al mundo árabe, que representa la República Islámica de Irán. Un apoyo por el que el pueblo palestino paga igualmente un alto precio, pues no solo le aleja de sus aliados naturales en el mundo árabe, sino que además subordina su destino a los objetivos estratégicos de Irán en la región.

Es en ese contexto en el que hay que entender la reciente ofensiva de Hamas. El lanzamiento en apenas once días de cerca de cuatro mil cohetes de fabricación iraní –de un arsenal que se estima en varias decenas de miles– es un intento por recuperar protagonismo como principal valedor de la causa palestina, frente a la incapacidad de la Autoridad Palestina, en manos de Fatah, para salir del estancamiento actual. En segundo lugar, supone también la expresión del rechazo de Hamas, y por supuesto de Irán, a los Acuerdos de Abraham. La reacción inmediata de Israel, movilizando por tierra, mar y aire sus capacidades tecnológicas y militares, fue tan agresiva como cabía esperar. Igualmente, la respuesta del grupo árabe dispuesto a entenderse con Israel, tal y como muestra el papel de Egipto como facilitador o mediador del alto el fuego, fue la esperada, al situarse en una tercera posición, ajena al conflicto.

Aunque está claro quién se ha llevado la peor parte, tanto Israel como Hamas se presentan como vencedoras de la disputa, pero lo cierto es que la situación no ha cambiado en los sustancial. La población de Gaza ha sufrido de nuevo el terror de la guerra y la de Israel refuerza su desconfianza sobre la posibilidad de negociar con quienes hoy representan al pueblo palestino. Pero lo cierto es que ambas partes han firmado un alto el fuego sin condiciones, pues el verdadero rendimiento opera en su respectivo ámbito interno. En otras palabras, Hamas se reafirma en su disputa con Fatah, y Netanyahu por su parte, pese a su cuestionamiento interno, se muestra una vez más como el líder implacable y resolutivo que durante tanto tiempo le ha mantenido en el poder.

Respecto a Israel, hay que señalar que cuatro elecciones consecutivas en menos de dos años no han garantizado a Netanyahu apoyo suficiente para gobernar en mayoría. Su permanencia como primer ministro depende más que nunca de su compromiso con diversas fuerzas políticas con tendencias muy dispares, que limitan su margen de maniobra. En ese contexto, la combinación de una respuesta feroz a los ataques de Hamas y la disposición simultánea a negociar y firmar, en once días, un alto el fuego le permite salvar la cara ante los diversos sectores que sostienen su gobierno.

En cuanto a la situación interna en Palestina, hay que recordar que el presidente Abás suspendió las elecciones que estaban previstas para el pasado 22 de mayo, temeroso de que Hamas se hiciera con el gobierno palestino. Estas elecciones hubieran sido las primeras en quince años. Desde 2007, cuando Hamás se hizo con el control de la Franja de Gaza, Fatah y Hamás se han mantenido enfrentados. La rapidez con que, tras aquellas elecciones, Hamas fue calificada como grupo terrorista por la Unión Europea y Estados Unidos dificultó a su vez la unidad con Fatah, impulsando incluso la división de esta última en tres facciones. El temor de Fatah a perder las elecciones ante el creciente apoyo del pueblo palestino a Hamas explica la negativa israelí a que los comicios pudieran celebrarse también en Jerusalén. Ello brindó a Hamas, no solo la oportunidad de denunciar ese gesto como una nueva traición al pueblo palestino, y con ello una justificación añadida para reforzar su nuevo liderazgo, con un nuevo ataque a Israel.

Esa es la realidad de lo ocurrido. El recurso a la violencia, con tan concentrada y espectacular intensidad en apenas unos días, estaba condenado a agotarse en sí mismo. La relación de fuerzas y la complicada geometría política de la región impiden al pueblo palestino modificar drásticamente la situación. Toda esa violenta puesta en escena, observada con indiferencia por el resto del mundo, obedecía a razones estrictamente internas, y más allá del dolor que ha producido a la población y la destrucción de infraestructuras críticas en Gaza, ha producido, tristemente, los rendimientos inmediatos que ambas partes en el conflicto esperaban obtener. Todo ello a la espera de que se sientan plenamente, para bien y para mal, los efectos de la era Trump.