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Aitor Aritzeta

Pandémica Navidad

Doctor en Psicología

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 22/12/2020

Aitor Aritzeta. Foto del autor. UPV/EHU

Desde las Teorías Cognitivas de la Emoción se argumenta que lo que sentimos depende, fundamentalmente, de la evaluación o la interpretación que hacemos de lo que acontece. Ciertamente, existen acontecimientos que generan respuestas afectivas prototípicas como, por ejemplo, la tristeza ante la muerte de un ser querido. Sin embargo, el significado, por ejemplo, de la navidad depende de la evaluación que hagamos y el significado que construyamos de ella. Así, siguiendo a Berger y Luckmann (1986) y siendo construccionistas radicales podríamos defender la existencia de tantas navidades como personas hay en el mundo, pero, con ánimo de organizar la realidad (lo hacemos inconscientemente y por economía mental) me permito la licencia de ser reduccionista y proponer tres categorías o grupos de personas.

Están las personas que asocian la navidad, fundamentalmente, a la celebración, la ilusión y el reencuentro; bien por motivos religiosos o por motivos tradicionales no religiosos. Luego, están las que ven y sienten la navidad como un periodo de ansiedad, soledad y sufrimiento. Y, finalmente, están aquellas personas que simplemente la observan como un tiempo de excesos, hipocresía y contradicciones. Si el lector/a se identifica con una de tales personas me toca felicitara, cómo no, por navidad. Probablemente, no habrá otro momento en la historia reciente más propicio para reforzar esta posición y asentar el argumento de que la navidad no son más que tres días señalados en el calendario del consumismo galopante y el capitalismo desalmado. A partir de este año, no tengo dudas, esta interpretación ganará adeptos de forma significativa (decida cada uno/a si esta es una de esas consecuencias positivas de la pandemia).

Ahora bien, y asumiendo que las categorías mencionadas no son estancas y que una persona puede sentir la ilusión de la navidad y, a su vez, estar físicamente y sentirse emocionalmente sola, podemos encontrarnos a personas en situaciones realmente deprimentes y depresivas. Sabemos que entorno a un 20% de las jubiladas/os se sienten solas en fechas navideñas y cerca de un 40% de estas, asocian la navidad al estrés. Para un número importante de personas dependientes o residentes en centros para mayores, las navidades constituyen una oportunidad de sentir, física y afectivamente, más cerca a sus familias. Si han estado esperando a la navidad en una residencia (donde quizás haya muerto alguno, sino varios, de sus convivientes y, a veces, amigos/as) para reencontrarse con su familia y finalmente no van a poder hacer, fácilmente entenderemos, desde una visión ética, que las normas deben ser interpretadas teniendo en cuenta cada circunstancia. No invito a trasgredir la norma. Invito a filtrarla por la emoción, la empatía y la ética y siempre, eso sí, cuidando de la salud y seguridad de las personas más vulnerables. Las personas mayores y la infancia. No me olvido de las mujeres desempleadas que viven solas a cargo de sus hijos/as, ni de las personas dependientes o con enfermedades, ni de las personas sin trabajo y sin ingresos que están conociendo y conviviendo con la pobreza, ni de todas aquellas que están sufriendo en silencio las dificultades que acompañan a esta Pandemia.

Todas ellas son parte de la sociedad, del sistema social. Si observo a la sociedad desde una visión sistémica, podría asemejarla a un cuerpo humano regido, entre otros, por el principio de Isomorfía que proviene del griego (iso-morfos: Igual Forma). Desde la matemática, el isomorfismo trata de capturar la idea de “misma estructura” que el psicólogo Kurt Lewin (1935) asentó como un principio fundamental de la Teoría de la Gestalt (en alemán, forma o contorno). Posteriormente, Ludwig von Bertalanffy (1968) desarrolló y aplicó en su Teoría General de Sistemas. Dicha teoría subraya que los sistemas, además de estar conectados entre sí, poseen una estructura dinámica y se organizan en niveles jerarquizados cada vez más complejos. El isomorfismo se refleja en que, partiendo del nivel más bajo (por ejemplo, la célula) hasta llegar a los niveles más altos y complejos de la sociedad, todos los sistemas ostentan las mismas estructuras y comparten funciones con principios y procesos organizativos similares. Así, vemos la sociedad como un cuerpo donde todas las partes están relacionadas entre sí y son necesarias para su correcto funcionamiento, simplificando mucho, nuestros ancianos/as podrían representar la cabeza de dicho cuerpo. Y yo me pregunto, ¿a donde va una sociedad sin cabeza? ¿Sin memoria histórica? En esta pandemia, nuestros mayores se mueren y han muerto solos, en cuestión de días (¡“morfinable”! se escuchaba en los pasillos de algunas residencias). Y muchos siguen solos, deseando ser acompañados en navidad, si, y después de navidad TAMBIÉN; queriendo celebrar el reencuentro con sus seres queridos. Si finalmente hay reencuentro, sabemos que en muchos casos lo habrá, estoy seguro de que se producirá con mucha precaución.

Otro de los sistemas vulnerables que también está padeciendo, en relativo silencio, esta Pandemia es la infancia. Simplificando, una vez más, y siguiendo con la metáfora de la sociedad y el cuerpo humano, quizás la infancia y adolescencia dada su energía y permanente inquietud y movimiento, puedan asociarse a las piernas. Quiero recordar aquí que uno de los principios reguladores de la teoría centrada en los sistemas es que los distintos sistemas objeto de análisis están relacionados, es decir, “la persona, el grupo y la sociedad son similares en estructura, función y principios dinámicos de operatividad. El hecho de modificar las dinámicas incluidas en cualquiera de los sistemas tiene como consecuencia la transformación de todos los sistemas” (Agazarian y Yanoff, 1996, p. 48). La situación actual ha supuesto un cambio importante en el sistema educativo; conceptos alejados de nuestra realidad hace pocos meses son ahora parte de nuestro día a día (docencia online, bimodal, BBC, Zoom, Meet…). El uso de las mascarillas en el aula, no poder relacionarse con normalidad con los demás, seguir las clases online, etc. han incrementado mucho el estrés escolar. El confinamiento, los toques de queda, las restricciones, los conflictos intrafamiliares y la fatiga pandémica también han generado mucho sufrimiento en la infancia. El contacto físico, la decodificación de la expresión emocional en el rostro o la propia idea de compartir (un bolígrafo, por ejemplo), han sufrido tales limitaciones que muchos niños/as que ya tenían una situación familiar y personal delicada, han visto agravada su situación incrementando el riesgo de exclusión social.

Si recordamos cómo vivimos la navidad en nuestra infancia, es muy posible que el lector/a tenga sus recuerdos, al menos en una parte de ellos, asociados a la familia, la ilusión y los regalos. Y si además tiene hijos/as y/o sobrinos/as en edad de recibir regalos acompañados de magia e ilusión, es posible que caigamos en la tentación de compensar parte de la frustración pandémica con un buen montón de regalos. Sabemos que hay una relación negativa entre el número de regalos y el uso de los mismos y es que los niños/as se saturan rápidamente. Toca pues, nuevamente, a las madres y padres “todopoderosos” resistirse al mensaje publicitario de “compra para ser feliz” y regalar más contacto físico que nunca, más abrazos que nunca, más caricias y masajes que nunca, porque los y las niñas/as son, aunque no lo expresen con claridad, los que más están sufriendo el déficit de contacto social existente.

En los jóvenes la situación pandémica ha creado una olla a presión que ha explotado, en ocasiones y en parte de ellos/as, mediante comportamientos incívicos. No podemos olvidar que niños y jóvenes tienen dificultades en el control de sus impulsos y que tal déficit está neuro-evolutivamente justificados (el cerebro no alcanza su plena madurez hasta, aproximadamente, los 25 años), tienen necesidad de autoafirmación y de reafirmación por parte de los iguales y muestran sentimientos de invulnerabilidad que reducen su percepción de riesgo. Para muchos jóvenes, la navidad serán esas fiestas donde poder, nuevamente, como ocurrió en verano, descargar la frustración acumulada. Seguro que se darán conductas inapropiadas (predecibles por otro lado) y es entonces cuando tendremos que recordar que ellos/as están buscando su lugar en el mundo, que se sienten muchas veces perdidos/as e incomprendidos/as y que, como parte de este sistema, sus comportamientos son el reflejo, más o menos distorsionado, del funcionamiento de otras partes del sistema. Para entender cómo se comportan nuestros jóvenes el resto de la sociedad debemos mirarnos al espejo.

Quizás, en estas navidades haya reencuentros éticamente comprensibles que se llevarán a cabo con mucha precaución. Quizás haya, deseo que no, conductas incívicas que responderán a valores sociales líquidos, egoístas y hedonistas (que no eudemonistas) cultivados, desgraciadamente, durante demasiados años. Quizás muchos/as, la mayoría probablemente, hagan y hayan hecho un esfuerzo responsable por cumplir las normas y renunciar a juntarse con sus seres queridos (vaya mi abrazo para todos/as ellos/as). Si es así, si finalmente no hay reencuentro, y se desea celebrar estas fechas, centremos la atención en aquello que sí podemos hacer como, por ejemplo decorar, comer, regalar, crear ilusión y generar nuevos significados y nuevos rituales. Antropológicamente hablando, las personas y las sociedades necesitamos de rituales y de las emociones asociados a ellos para sentirnos parte de un colectivo. Quizás sea un buen momento para emplear nuestra creatividad y construir nuevas formas de sentirnos cerca, aunque no podamos estar juntos/as. Escribir cartas a nuestros abuelos y abuelas, a nuestros padres y madres, incluso, a nuestros hijos e hijas ¿Has escrito alguna vez una carta a tu hijo/a que empiece diciendo, por ejemplo, “querido hijo/a te quiero porque…”? Quizás sea el momento de hacer regalos que impliquen invertir más tiempo y menos dinero, que genere un recuerdo y le dé un nuevo significado a la idea de “regalo”, “ilusión”, “familia”, “estar juntos/as” y, como no, a la propia “navidad”. Porque como decía Boris Pasternak “La vida jamás es un material…Si les interesa saberlo, la vida es el principio de la autorregulación, se renueva constantemente y se rehace y se modifica y se transfigura, y se halla infinitamente más allá de las teorías que ustedes conciben, o que yo concibo acerca de ella” (Boris Pasternak, citado en Dawe, op. cit., p. 472). A lo largo de la historia de la humanidad hemos superado pandemias, crisis y guerras, renovándonos, rehaciéndonos, aprendiendo y adaptándonos. Así que te invito a crear y construir una navidad, mejor dicho, una vida, que te permita crear un significado constructivo, positivo y saludable de ella, que te permita volver a celebrarla y nos ofrezca, el año que viene, y como dice Izaro en su canción “Oso Blanco”, un “maravillo y esplendido recuerdo del pasado”.

Referencias en el texto

Agazarian Y. M. y Yanoff, S. J. (1996). Teoría de sistemas y grupos pequeños. En H. I. Kaplan y B. J. Sadock (Eds.), Terapia de grupo (pp.36-49). Madrid: Panamericana.

Berger, P. L. y Luckmann, T. (1986). La construcción social de la realidad. Buenos Aires: Amorrortu.

Dawe, A. (1998). Las teorías de la acción social. En B. Ore Y R. Nisbet (Comps.), Historias del análisis sociológico (pp. 412-476). Buenos Aires: Amorrortu Eds.

Lewin, K. (1935). Dynamic Theory of personality. Nueva York: McGraw-Hill.

Von Bertalanffy, L. (1968). General System Theory: Formulations, developments and applications. Londres: Brazilier.