Conciliando teledocencia y solidaridad en tiempo de COVID-19

Cuatro profesoras nos cuentan sus experiencias de compromiso social durante el Estado de Alarma

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Fecha de primera publicación: 27/05/2020

Arriba, de izquierda a derecha: Izaskun Álvarez, Ione Sagasti; abajo: Itxaso Fdez. Astobiza y Rocío Barrena

Izaskun, Ione, Itxaso y Rocío son cuatro profesoras de la UPV/EHU que, en el confinamiento, además de adaptarse a la docencia virtual, han escrito historias de solidaridad animando a personas mayores, obteniendo pruebas de COVID o acogiendo en su casa a personas migrantes durante una pandemia que no ha tratado a todo el mundo por igual.

Hace semanas Izaskun Álvarez (Departamento de Dibujo, Facultad de Bellas Artes) puso en marcha una iniciativa junto a su compañera de departamento, Ione Sagasti, para ayudar a que las personas mayores de la residencia Igurko Unbe (IMQ) se sintieran menos solas durante el confinamiento.

La idea se la propuso Nahia Zaramillo, terapeuta de la residencia, «nos pidió que enviáramos a las y los ‘abuelos’ mensajes que los animaran en estas semanas en que no pueden recibir visitas», explica Izaskun.

«Hicimos una octavilla y le dimos difusión para que la gente se animara a enviarles algo que los distrajera: poemas, dibujos, canciones, vídeos, historias... El proyecto todavía está abierto a quien quiera participar», advierte la profesora de Bellas Artes.

La relación que tiene su alumnado con las personas de esta residencia viene de atrás. En 2018 estas dos profesoras estaban «preocupadas por que las clases no fueran tan teóricas» y buscaron fórmulas que les «permitieran trabajar la asignatura sobre proyectos reales, porque, si no, todo es utopía», concluye. La idea encajaba perfectamente con la tesis que estaba realizando Ione que analiza los afectos en las relaciones pedagógicas en la enseñanza del arte.  

«Hicimos una octavilla y le dimos difusión para que la gente se animara a enviarles algo que los distrajera: poemas, dibujos, canciones, vídeos, historias... El proyecto todavía está abierto

Como recuerda Izaskun, «nos pusimos en contacto con la residencia ‘Igurko Unbe’ y se lo propusimos a sus responsables, que aceptaron encantadas. La experiencia fue brutal: ver a estudiantes y ‘abuelos’ colaborando y dibujando; luego subieron al taller para hacer diferentes trabajos juntos y publicamos un fanzine. Verlos en clase, con sus taca-tacas, sillas de ruedas… Imagínate la escena… ¡fue increíble!», recuerda emocionada.  

Al igual que ellas, sus estudiantes también quieren seguir trabajando otros proyectos con la residencia. «Una alumna, por ejemplo, hizo para su Trabajo Fin de Grado una baraja de cartas con imágenes de objetos antiguos, para ayudarles a ejercitar la memoria a personas con Alzheimer; hay muchas ideas», explica Izaskun.

Esta profesora anuncia que han puesto en marcha un ’blackboard’ «para que quien quiera pueda conectar virtualmente con las y los ‘abuelos’ que viven ahí y charlar o hacer cualquier cosa que se les ocurra. Yo animo a todo el mundo a hacerlo, porque, además son gente muy interesante y agradecida», asegura.

 

La ‘pensión de Tichla’

Son las cinco de la tarde, Itxaso Fdez. Astobiza ha finalizado ya sus clases y nuestra llamada le coge en su dormitorio, revisando ejercicios. Ahí es donde ha puesto su centro de operaciones para dar las clases, atender ‘online’ a su alumnado y el resto de tareas que debe hacer ahora desde su casa. La elección del sitio no es un capricho, no tenía muchas opciones: lleva todo el confinamiento acompañada de cuatro saharauis (tres mayores y una niña).

Profesora del Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad, en la Facultad de CC. Sociales y de la Comunicación, Itxaso asegura que no tiene un piso grande; «hemos montado nuestra propia ‘jaima’, en casa», dice entre carcajadas.

Hace mucho Itxaso acogía a Ahmed, un niño saharaui de los campamentos de Tinduf, para que estuviera los veranos en Euskadi. Pasaron los años y la relación se mantuvo.

Itxaso: «por mi casa habrán pasado de treinta a cuarenta saharauis en el tiempo que ellos llevan aquí».

En 2016 Itxaso visitó a Ahmed en el Campamento de Auserd. «Las condiciones allí son terribles», asegura. «Un día le dije: si algún día decides abandonar esto, no te quedes tirado, ven a mi casa», recuerda esta militante de Ongi Etorri Errefuxiatuak.

«La vida en los campamentos es un auténtico desastre, aquí estamos viviendo con el confinamiento lo que allí viven de continuo», añade. Itxaso recuerda cómo Ahmed le explicaba entonces su vida en Tinduf. «Un día me dijo: yo salgo de casa hoy, voy a la ‘jaima’ de un amigo a tomar té y sé dónde va a estar sentado, cómo va a estar vestido, quiénes vamos a estar, dónde nos vamos a sentar, de qué vamos a hablar y qué vamos a decir cada uno. Luego, me voy a volver a mi ‘jaima’ y el día siguiente será igual y el otro y el otro…».

Así las cosas, cuando unos meses después Ahmed le anunció que aceptaba su invitación, a Itxaso no le extrañó en absoluto. Llevan ya más de tres años conviviendo en Euskadi.

«Unos meses después de que llegara, apareció Mohamed, uno de sus hermanos -recuerda con sorprendente naturalidad-; venía de Francia, porque no se encontraba a gusto y… acabó quedándose… también».

«Nos íbamos arreglando -continúa Itxaso-; marcharon unos meses, luego volvieron... Estaban ya planteándose independizarse, porque tienen ya cerca de treinta años y quieren hacer su vida. De hecho, Ahmed fue a Francia antes de que comenzara el confinamiento, porque tenía posibilidades de encontrar trabajo, pero volvió para arreglar unos papeles, estalló la pandemia y nos obligó a quedarnos en casa», explica.

«Peeeeeero -añade entre risas- poco antes de que comenzara el confinamiento apareció una amiga suya, con su hija de dos años: venía para quedarse un par de semanas, mientras arreglaba unos papeles y encontraba una habitación donde alojarse… Y aquí sigue, porque el Estado de Alarma también le pilló en casa».

Como ella misma explica, «es un pueblo nómada y tienen una costumbre diferente a la nuestra de viajar. Por mi casa -calcula- habrán pasado de treinta a cuarenta saharauis en el tiempo que ellos llevan aquí. Vienen, duermen, desaparecen a la mañana siguiente, otros se quedan unos pocos días… es… otra manera de vivirlo», reflexiona con empatía.

Yo les suelo decir, en broma, que mi casa es la “pensión de Tichla”, su barrio en el Campamento de Auser.

A pesar de todo Itxaso asegura que «la vida es muy fácil con ellos; a mí me cuidan mucho: no me falta la comida en la mesa cuando voy a terminar mis clases, comemos todos juntos, bueno… ahora con el Ramadán tenemos un desfase horario terrible...» bromea.

Itxaso lamenta la situación en la que muchos migrantes han tenido que pasar el confinamiento: «generalmente se emplean en los trabajos más precarizados, que son los que, en este tiempo, han desaparecido o sufrido ERTEs. Manteros, que viven de lo que ganan en el día, sin poder salir; empleadas del hogar que se han visto obligadas a trabajar sin descanso por no poder salir de la casa de su empleador,… Y el futuro no va a ser mejor para ellas y ellos», augura apesadumbrada.

 

Vigilancia sanitaria a los arrantzales

El colectivo sanitario ha sido una de las puntas de lanza contra el coronavirus. No solo en los centros hospitalarios; en la Universidad también ha mostrado su capacidad para aportar soluciones y su grano de arena en la contención de la COVID-19.

Rocío Barrena (Departamento de Enfermería, Facultad de Medicina y Enfermería) es, junto con un equipo de compañeras y compañeros del centro, otra muestra de las muchas muestras del compromiso universitario durante este Estado de Alarma.

Este grupo de docentes de la salud colabora con la DYA desde hace semanas realizando test para la detección del coronavirus a arrantzales de la flota vizcaína.

Rocio: «Un amigo de la DYA me dijo que necesitaban personal voluntario y cualificado para hacer pruebas de COVID-19 a los arrantzales»

Junto a Rocío, colaboran Ana Belén Fraile, Irati Ayesta, Irrintzi Fernández, Saloa Unanue y Silvia Caballero, del Departamento de Enfermería, e Iñaki Irastorza, de Pediatría.

La iniciativa partió del Departamento de Agricultura, Pesca y Política Alimentaria del Gobierno Vasco, que, junto con Osakidetza y la DYA, querían organizar un dispositivo para monitorizar este colectivo.

«Un amigo de la DYA me dijo que necesitaban personal voluntario y cualificado para hacer pruebas de COVID-19 a los arrantzales», explica Rocío.

El de los pescadores es un grupo con un alto riesgo de contagio. «Permanecen juntos mucho tiempo en un espacio reducido, por lo que, si alguien embarca con un positivo, hay muchas probabilidades de que acaben todos infectados, quizá a miles de kilómetros de casa», aclara Rocío.

«Hacemos pruebas a arrantzales de altura y de bajura -explica-. La DYA nos avisa cuando llega un barco y nos pide un equipo para ir a Ondarroa, Bermeo o Santurtzi a realizar los test». Una vez extraídas las muestras, son trasladas a un hospital de Osakidetza para su posterior análisis.

«Los equipos y puertos varían según cuántos barcos sean y en qué puertos amarren», explica Rocío. Hasta la fecha han realizado pruebas a más de 350 arrantzales.

De la experiencia destaca la cercanía que se ha creado con compañeras y compañeros fuera del entorno laboral, «nos está permitiendo conocernos más fuera del ámbito laboral», afirma.

Rocío, al igual que Saloa y Ana Belén, siguen con otros proyectos: como decenas de profesionales de la Universidad, también se han inscrito para colaborar como voluntarias en el proyecto COVID-19 de la UPV/EHU. «Ya nos han avisado para comenzar a recoger pruebas en un centro de salud», adelanta.

Tres historias anónimas las de Itxaso, Izaskun y Rocío que, al igual que otras tantas protagonizadas por compañeras y compañeros de esta Universidad, han ayudado a muchas personas a llevar esta crisis de manera más soportable.

 
Este reportaje pertenece a una serie de artículos publicados en Campusa, en los que hemos tratado de reconocer la tarea solidaria de todas las personas de esta comunidad universitaria que durante el estado de alarma han mostrado su compromiso social.