null

Joseba Agirreazkuenaga

Una incursión por las ciencias históricas en tiempos del relativismo negacionista

Catedrático del Departamento de Historia Contemporánea

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 11/09/2020

Joseba Agirreazkuenaga. Foto: Mikel Mtz. de Trespuentes. UPV/EHU.

 Son estos, al parecer, tiempos de “postverdad”, en los que, relativismo en mano, se pretende negar el conocimiento científico. Y, desde 1990 las fronteras entre los diversos entornos y realidades se han ido diluyendo. ¿Resulta más difícil sostener los conocimientos científicos en la era digital? Los falsarios no son cosa de hoy y al respecto nada nuevo bajo el sol.

En la concepción del mundo como espacio sagrado, las “verdades” se expresaban, y para un sector de la población continúan, en las creencias contenidas en los libros sagrados, por ejemplo, la Biblia. Sin embargo, quienes practicamos las ciencias históricas profanamos las verdades y creencias del mundo sagrado. El historiador griego Heródoto emprendió la contradicción de sus  mitos y creencias sagradas para cultivar la interpretación histórica en un eje temporal de tiempos pasados y futuros. Nuestro fundamento cultural y científico se asienta en Grecia, aunque la perspectiva lineal del tiempo proceda de la Biblia. Después de Platón y Aristóteles, Pirrón de Elis cuestionó en el siglo III a. C. la posibilidad de aprehender conocimientos verdaderos. En la Grecia clásica, la skepsis era una actitud para emprender el proceso de conocimiento. En la época romana el conocimiento genuino se obtenía de la evidentia, lo que en griego se llamaba enargeia.

El reto del escepticismo se extendió con fuerza en Europa del siglo XVI. Francesco Robortello escribió su Ars storica, donde defendía las aportaciones realizadas por los anticuarios al método histórico en tanto que sus artefactos alumbran la realidad con elementos materiales de la economía y la vida cotidiana.  En el siglo XVII, se inició una nueva historiografía que arrancaba de una crítica rigurosa de las fuentes documentales en orden a garantizar su veracidad. En el País Vasco, Arnaud Oihenart aplicó dicho método para elaborar una historia, Notitia Utriusque Vasconiae (1638). Gottfried Wilhelm Leibniz presentó su propuesta para la formulación de certidumbres probabilísticas en un proceso de aproximación a la verdad  e Isaac Newton promovió el método científico basado en evidencias. 

En el campo de la historiografía investigamos la historia de la historia, profundizamos en el proceso evidencial de los hechos, haciendo una crítica rigurosa de las fuentes de toda clase y naturaleza, a fin de plantear nuevas soluciones sobre los problemas y dudas históricas. Nos aproximamos a la verdad, y detectamos los sesgos, prejuicios, parcialidades y perspectivas subyacentes. Lo importante, sin duda, es la permanente actitud de búsqueda e investigación que contribuye a la generación de la cultura científica. El progreso consiste en esa pasión nunca satisfecha de permanente cuestionamiento y planteamiento de problemas con temas y retos nuevos.

Mediante la historiografía cobramos conciencia de que el conocimiento del pasado como tal nunca está inmóvil ni definitivo. Las aportaciones de las ciencias históricas deben responder a las inquietudes de cada momento, de cada generación.

En 1948 la Organización de las Naciones Unidas aprobó la “Declaración universal de los derechos humanos”. Esto, naturalmente, tuvo una incidencia directa también en la historiografía.  En los últimos tiempos por ejemplo se han creado “Comisiones de la verdad” en 26 Estados miembros de las Naciones Unidas. Estas comisiones no se han constituido solamente en países que han transitado desde dictaduras totalitarias hacia sistemas democráticos o como resultado de un conflicto armado o de segregación poblacional. Así, por ejemplo, en Estados Unidos de América, Canadá o Australia, se han creado “comisiones de la verdad” para investigar las acciones violentas y masacres perpetradas contra las poblaciones indígenas, con el fin de garantizar sus “derechos históricos” y dar visibilidad a nuevas verdades, en pro de los derechos de los pueblos nativos oprimidos y de las gentes marginadas. El estudio del tráfico de personas negras y las ganancias obtenidas con la esclavitud clama por su visibiidad y reparación.

En el Reino de España, los parlamentos aún no han constituido “comisiones de la verdad “ para investigar las violaciones de los derechos humanos cometidas durante la dictadura de Franco. El negacionismo de Franco sobre su responsabilidad en el bombardeo de Gernika se ha convertido en un caso de estudio a nivel internacional.

Las comisiones de la verdad recaban datos y testimonios de manera sistemática, con un preciso método y protocolo acordado, con el objeto de documentar y hacer visibles las violaciones de los derechos humanos, con las personas concretas como objeto central de investigación.

De este modo, se generan forzosamente nuevos relatos e historias, procesos de reparación y una nueva convivencia y construcción social. Los testimonios y documentos sobre el holocausto o las experiencias de las poblaciones indígenas, las masacres esclarecidas por las “comisiones de la verdad”, no son versiones de una realidad, sino aportaciones para la obtención de verdades contrastadas. No se pueden reducir  los hechos a “versiones”; esa postura en el fondo solo persigue entorpecer o detener el empeño por aproximarse a la verdad. Un suceso no finaliza en el instante que acontece sino que persiste, incorporado en la experiencia de la gente, y de esa profundidad invisibilizada surgen nuevas verdades. Sin embargo, para su aprehensión y memoria  es indispensable la generación de un cuadro social y académico que posibilite su reconocimiento. Por ello, la equidistancia supuestamente objetiva puede contribuir al fomento de la verdad falseada en lugar de la verdad contrastada. Se habla de relativismo, pero a menudo no es sino la excusa para postular el negacionismo. Hoy en día,  vivimos en entornos múltiples y el relativismo adquiere si cabe mayor énfasis  en el entorno digital.

En 1984 la Organización de las Naciones Unidas creó la “Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo” y desde entonces el fenómeno del cambio climático se puede verificar mediante métodos precisos, pero aún hoy, algunos Estados (incluidos los Estados Unidos de Trump) se niegan a reconocerlo.  

Todo conocimiento científico se expresa mediante una interpretación, que siempre es provisional, como corresponde al método científico. De ahí su hipotética y aparente debilidad. La cientificidad de las investigaciones históricas, si estas se llevan a cabo de conformidad a los parámetros científicos, no queda invalidada por la subjetividad de sus autores o autoras. La actitud investigadora es la que debe prevalecer y también es necesario convertir en objeto de estudio  los datos referentes a las creencias y la cultura inmaterial. Los relatos literarios y las obras de arte, en cambio, son objetos acabados, sólidos y de mayor permanencia y en consecuencia entran en el terreno de lo sagrado.

No obstante, unos y otros no deben contraponerse. Lo importante es que la sociedad relate sus experiencias y las personas tengan la oportunidad de interactuar para quebrar el aislamiento individualizado  de modo que el conjunto de sus experiencias pueda transformarse en contribución al conocimiento científico e histórico. Pero para ello es preciso constituir marcos sociales y académicos adecuados con el propósito de fomentar el fortalecimiento de la cultura científica sobre los retos y problemas cotidianos.