Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Teoría del catastrofismo

 

La Voz de España, 1948-06-25

 

      Hay en el hombre una multitud de recursos, o «dimensiones de repuesto», para escapar de la realidad cuando ésta presenta demasiados obstáculos. Ante una gran dificultad, ante un choque muy fuerte, se puede reaccionar de diversas maneras: la fuga idealista es una de ellas. Algunos se repliegan sobre sí mismos, se encierran en el castillo de sus recuerdos, se reconcentran en el ámbito, siempre acogedor, de lo ya vivido, retroceden hacia una época pretérita de la propia existencia, acaso hasta la infancia. Es el fenómeno que los psicoanalistas llaman «regresión». Extendida al ámbito social, la regresión, es como un retorno colectivo al pasado histórico. Sin embargo, aunque lo pasado pueda aleccionarnos, nunca resucita. Para el vivir hay una única dirección: se vive siempre hacia el futuro...

      Otro tipo de reacción es el derrotismo catastrófico, la pretensión oculta e inconfesada de que todo se hunda conmigo. Todos hemos conocido hombres fracasados que llevan dentro de sí ese pesimismo elástico, destructivo. Cuando el sentimiento de catástrofe se extiende al ámbito social, cuando llega a constituir un mal colectivo, se origina el fenómeno que yo me atrevería a denominar, a pesar de la escasa eufonía del término, «catastrofismos».

      Las dificultades del actual momento histórico son extraordinarias. nadie puede negarlas. Los dos tipos de reacción, la regresión y el catastrofismo, se hallan hoy muy generalizados. El del «bon vieux temps», la añoranza y el espejismo del tiempo caduco (regresión) y el de «la civilización se hunde, el mundo va a la catástrofe» (catastrofismo).

      El catastrofismo no es un hecho nuevo: lo vemos también en otras épocas de la Historia manifestarse en forma de terrores apocalípticos, extendiéndose por el Mundo como una ola negra de desesperanza. Acompaña a las grandes crisis, produciéndose invariablemente en los momentos difíciles de la Humanidad.

      Es como un pesimismo de grandes dimensiones pero nunca se concreta en hechos determinados. Su misma imprecisión es lo que le hace más temible. Frente a lo concreto se puede razonar: cuando de problemas precisos se trata cabe el dar soluciones y proponer remedios. Pero el catastrofismo es eminentemente difuso: se anuncian males, se preven desgracias, pero nunca se sabe con exactitud de qué se trata, ni cómo ni por dónde ha de venirnos el desastre. Y eso es lo que hoy se vive en todos los rincones del Mundo, porque el catastrofismo es un hecho geográficamente universal en nuestro tiempo.

      Evidentemente los acontecimientos contribuyen a dar pábulo a las tesis calamitosas. Ayer, la bomba atómica, la amenaza de guerra inminente. Hoy, la reconstrucción del Estado de Israel, hecho de apariencias apocalípticas muy del gusto de los «catastrofistas». Todo parece darles la razón: nunca faltan las noticias que hábilmente subrayadas por ellos, permiten mantener el clima sensacional adecuado.

      Pero el catastrofismo es además un truco, un recurso para justificar la propia ineptitud. Nada mejor para encubrir el desastre personal que un buen cataclismo: es el caso de los cantantes malos que requieren de una orquesta estruendosa para disimular sus inarmónicas pifias.

      También los perezosos, los vagos, encuentran un buen argumento en el catastrofismo. «¿Para qué trabajar si el Mundo se termina? ¿Para qué construir nada, para qué tener hijos, para qué ahorrar si la sociedad se desploma?». El catastrofismo constituye pues un elegante modo de substraerse a la propia responsabilidad...

      Contra el catastrofismo, que no es un producto de la razón ni un resultado lógico de los datos históricos, no puede reaccionarse con palabras, sino con posturas de vida. Cada ciudadano ecuánime es un foco de resistencia, es un bastión contra el catastrofismo.

      El hombre sereno se halla en condiciones de observar que el Mundo evoluciona constantemente, que un conjunto de transformaciones profundas y salvadoras se imponen a la sociedad actual y que tales transformaciones no se producirán sin el esfuerzo, sin el sacrificio de todos. Pero tiene un sentido providencialista de la evolución y cree que la marcha hacia adelante de la Humanidad no se quebrará en medio de esta tormenta.

      Aquellas divinas palabras, «Hombres de poca fe, ¿por qué teméis?», parecen pronunciadas precisamente para nosotros. hacen falta muchos hombres en cuyos oídos resuenen con valor de actualidad, hombres que sepan vivir serenamente frente a este encrespado mar de Tiberíades. Hacen falta gentes con Fe y con Esperanza que, con su propia vida, constituyan una auténtica afirmación contra todas las tesis catastróficas.

 

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