Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Preocupación y Navidad

 

El Diario Vasco, 1956-12-23

 

      En 1948 escribió Dale Carnegie un libro titulado «How to stoop worroing and star living» («Como suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida»). Esta obra es hoy universalmente conocida, gracias a sus numerosas ediciones que la han difundido en todas las lenguas importantes y por millones de ejemplares. escrita en un estilo pintoresco y desenfadado, se aportan en ella testimonios de toda clase de gentes: granjeros de Missouri, hombres de negocios de la Quinta Avenida y artistas de circo ambulante; esposas olvidadas, viudas solitarias, muchachas histéricas... cada cual aporta el relato de «su pequeño caso» y explica de qué modo logró liberarse de la tenaza de la preocupación.

      Los consejos de higiene mental y psico-somática de Carnegie son de lo más abigarrado y a veces hasta le resultan a uno algo cómicos y codornicescos: «deje su cuerpo tan blando como un calcetín viejo»; «cuando el destino le entregue a usted un limón, trate de hacer una limonada»; «no disponga que el importe de su seguro de vida sea pagado a su viuda de una sola vez...».

      El éxito de este libro prueba, sin embargo, que en nuestro mundo hay un gran número de personas preocupadas. Gentes incapaces de descubrir la causa de su propia tristeza, que llevan un peso oscuro e incierto en su corazón y se hallan poseídas de una profunda desgana de vivir.

      Notemos de paso que el éxito comercial se da siempre como respuesta hábil a una fuerte demanda. Si un libro se vende y se difunde aunque sea vulgar y carezca de valor literario —lo cual no es, exactamente, el caso del libro de Dale Carnegie—, es porque responde a la curiosidad, a la inquietud y a los deseos más o menos confesados de mucha gente. Descubrir las apetencias del público y ponerse en condiciones de satisfacerlas, he ahí el secreto del buen comerciante, ya que no del buen literato. «Vox populi, vox dei».

      Así se explica, por ejemplo, el elevado número de específicos que en la Prensa se anuncian contra la calvicie y la canicie, prueba de que hay muchas personas que no quieren aceptar tales síntomas de vejez y que en su incipiente senilidad añoran todavía la espesa y juvenil cabellera de sus años mozos. Otro tanto podría decirse de la multitud de hombres y mujeres que arrastran el complejo de su pequeñez física, a los cuales suelen ofrecérseles tratamientos o ejercicios gimnásticos apropiados para ganar algunos centímetros de estatura. Mejor que brindarles inoperantes remedios, sería mostrarles la radical banalidad y nonada de sus preocupaciones y recordarles —nunca vendrían más a punto— las frases evangélicas de que «nadie puede volver blanco o negro un solo pelo de su cabeza» o «añadir un codo a su propia estatua» y que «hasta los cabellos de cada hombre están contados».

      La fascinación de la bagatela es, en efecto, la raíz de muchas de nuestras preocupaciones.

      La civilización no ha hecho al hombre feliz. No le ha traído la paz, sino la agitación. El hombre de hoy no sólo se halla sumergido en preocupaciones, sino que vive en un «estado de preocupación». La preocupación es, en efecto, el estado de espíritu habitual del hombre moderno.

      La vieja e inspirada sabiduría bíblica enseñaba que «todo tiene su tiempo y su hora». Pero el hombre actual es un «Prometeo», es decir, un «anticipador», que acucia al tiempo y quiere adelantarse a él. «A cada día le basta su pena», dice el Evangelio. El hombre contemporáneo, que dispone de medios de información enteramente inimaginables en otros siglos, «se inquieta —en cambio— y se agita por muchas cosas».

      Los días de Navidad son todavía una tregua en este atormentado vivir. Conservan aún un sello de paz y de niñez espiritual que las fiestas del resto del año han perdido casi completamente.

      Las gentes sonríen menos artificialmente, se sienten liberadas de sus afanes, parece como si el corazón les pesase menos y el alma se les aligerara un poco de avidades de toda suerte.

      Esto revela que el «gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad» tiene aún una relativa vigencia en las almas de muchas gentes desesperadas. A todos ellos les brinda «Aspectos» el gozo —no carnal, sino espiritual— de estos días.

 

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