Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Los monologantes

 

El Diario Vasco, 1965-08-01

 

      La dificultad principal del diálogo consiste en englobar en éste a los partidarios acérrimos del monólogo.

      Aceptar la participación en el diálogo supone ya, aunque no lo parezca, una idea o concesión previa: la renuncia al monólogo.

      La mayor parte de los hombres no están, en realidad, dispuestos a esta renuncia, porque el monólogo es una postura habitual y natural del hombre.

      El hombre, todo hombre, monologa casi constantemente, tanto despierto como dormido. Durante el noventa y nueve por ciento de nuestra existencia, cada uno de nosotros sólo habla consigo mismo, aunque, en el curso de esta conversación, se repita innumerables veces el eco de voces y palabras ajenas. Incluso cuando parece que estamos dialogando, los hombres no hacemos a menudo sino monologar en alta voz.

      Hay muchas personas que presumen de «dialogantes» y de profesar ideas abiertas y en el fondo son unos «monologantes» terribles. Tenemos motivos muy serios para desconfiar de la tolerancia de ciertos tolerantes y del sentido de la libertad de ciertos liberales.

      Pero, dejando aparte a esta fauna anfibia, que merecería un especial estudio, quiero referirme ahora a los defensores teóricos, conscientes y sistemáticos del monólogo: los «monologantes» que pudiéramos llamar «puros» y «absolutos». Existen tanto en el campo cristiano, como en el campo marxista, y en todos los campos. La grandeza de estos tipos humanos es indiscutible, aunque en la práctica resulte difícil, e incluso incómodo, el relacionarse con ellos.

      Hay que vencer muchas dificultades para convocar a estos hombres a un diálogo, por la sencilla razón de que la idea misma del diálogo es, para ellos, algo lleno de equívocos, ambigüedades y contrasentidos.

      Su forma de razonar está clara y no puede ser tachada, ni mucho menos, de absurdo o de irracional. Estos señores vienen a argumentar del modo siguiente:

      — «Si mi verdad existe, y existe, y si yo estoy en posesión de ella, y lo estoy, no tiene sentido el ponerme a dialogar acerca de esta misma verdad. Lo único que debo hacer es enseñarla, comunicarla y, sobre todo, «actuarla». Nadie admite un diálogo sobre si dos y dos son cuatro. En el fondo sólo la verdad tiene derecho a hablar en este mundo y la verdad no puede hacer otra cosa que dialogar consigo misma, es decir, monologar. ¡Monólogo, señores, monólogo, que todo lo demás es andarse por las ramas!».

      Yo no digo, claro está, que este razonamiento sea verdadero —creo, al contrario, que es falso— pero sí afirmo que el mismo tiene un contenido de autenticidad y cierta apariencia de cohesión y de solidez que, para determinada clase de espíritus, puede ser de una trascendencia y eficacia temibles. Sin embargo, una geometría del espíritu que no conoce más que la línea recta es forzosamente una geometría falsa e irreal y no puede conducir sino a la llamada «dialéctica de los puños y de las pistolas», que es también, en cierto sentido, una manera de dialogar como otra cualquiera. Cuando las razones no convencen, se imponen a cañonazos y asunto concluido.

      Pero la solución de este problema no puede tampoco consistir en condenar pura y simplemente a los monologantes, sin querer comprender sus razones. El «antimonólogo» no es un verdadero diálogo, sino otra forma de monólogo tan peligrosa como la primera.

      Todas las actitudes psicológicas de «anti» («antimarxismo», «antiprogresismo», «anti-integrismo», «anti-racismo», etc.), sean del color que sean, resultan inaceptables, porque son pura negación y la pura negación no es nunca camino auténtico para la verdad.

      Por desgracia, la enfermedad «anti» está extendidísima. Todos tenemos algún «anti» y somos el «anti» de alguien. La condición animal humana segrega «antis» como el hígado segrega bilis.

      Pero el diálogo no se produce por el simple hecho de condenar el monólogo y todo lo que éste representa.

      Para el verdadero dialogante toda la cuestión consiste, al contrario, en buscar una forma de diálogo que pueda superar el «a priori» de los monologantes.

      Y este es el gran problema de hoy. Porque si en el diálogo no van a participar los monologantes, que son la mayoría, entonces ¿para qué sirve el diálogo?

 

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