Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

Humillados y ofendidos

 

El Diario Vasco, 1957-12-15

 

      No es raro el caso de comunicantes que nos informan de su situación de hombres escandalizados. Son, por lo general, hombres honrados, que antes creían en la bondad y en el bien, pero que, de pronto, han sido objeto de alguna injusticia terrible y, como consecuencia de ello, han sufrido una fuerte conmoción moral de la que no pueden ya reponerse.

      Obsesionados con su «caso», no encontrando quien quiera escucharles ni comprenderles, rodeados de gentes demasiado ocupadas y de corazón harto duro para prestarles oído, estos «humillados y ofendidos» se vuelven contra la sociedad, la condenan y la maldicen como a nido de víboras.

      Cuando la ofensa ha partido de personas que la sociedad honra o distingue, especialmente de gentes de iglesia, lo cual, por desgracia, suele ser relativamente frecuente, el escándalo llega al colmo, no perdona nada ni comprende nada. Se repliega sobre sí mismo y se alimenta de su propia amargura, precisamente porque lo que ellos creían más sagrado se ha derrumbado ante sus ojos y los celajes más íntimos del alma han sido levantados, quedando ésta a la intemperie.

      Algunas de estas personas se habían formado de antemano la idea, de sabor típicamente iluminista, de que la iglesia es una sociedad de santos y no de pecadores. Esa iglesia de ángeles y de predestinados que ellos habían forjado en sus mentes, no existe en la realidad, ni en el pasado, ni en el presente, ni existirá en el futuro, mientras no se opere la epifanía de la justicia universal, que la fe cristiana afirma, y la esperanza cristiana espera contra viento y marea.

      Ellos no habían reparado en que, en la iglesia, ni siquiera el Papa que la gobierna, está exento de decir el «mea culpa» y el «perdónanos nuestras deudas».

      Sin contar con que las bienaventuranzas de Cristo serán siempre un escándalo para el hombre sensual, pesado, que todos tenemos que acarrear penosamente. Frente a ellas se levantan poderosas, inexpugnables casi, como irreductibles verdades colectivas, las bienaventuranzas del mundo, las bienaventuranzas al envés, expresión del sentido práctico de este animal que somos, que lucha por la existencia con uñas y dientes.

      Â«Bienaventurados los ricos; los pobres no cuentan para nada importante. Felices los duros porque triunfan. Ay de los mansos y de los humildes que hacen el ridículo y a quienes todos pisan. Dichosos los que ríen. De los que lloran, huyamos; procuremos que no nos den la lata. Felices los poderosos e influyentes, rodeados de amigos. De los que tienen hambre y sed de justicia, escapemos, porque nos fastidiarán con sus lamentos. De los misericordiosos, desconfiemos, porque terminarán pidiéndonos dinero. Desdichados los puros, porque llevan una vida de perros. Bienaventurados los hombres de presa, porque ellos se saldrán con la suya; infelices los pacíficos, pobrecitos, ignoran en qué mundo viven. Y de los perseguidos por la justicia, en fin, lo único que cabe decir es que son tontos, porque no han sabido cambiar de camisa a tiempo».

 

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