Carlos Santamaría y su obra escrita

 

«Sputnik» a tierra

 

El Diario Vasco, 1958-01-12

 

      Nuestro mundo necesita una idea, o, más bien, un quehacer radical que le entusiasme, porque ha caído en la desilusión.

      A nuestro hombre «aburguesado» le reclaman multitud de ideas, multitud de quehaceres le entretienen; pero, en el fondo, ninguno logra interesarle vitalmente, apoderarse de él y levantarlo en vilo, arrastrarlo fuera y lejos de ese espíritu viscoso de la comodidad que se ha adueñado de él y le posee.

      Si alguien se atreviese a decir que hay que amar la incomodidad, le tomaríamos por loco. Y sin embargo la incomodidad fue siempre la gran Minerva del hombre, la que le condujo a sus más altas empresas, la que mantiene su ser en tensión, como una ballesta, a punto siempre de lanzar la afilada flecha hasta el lejano infinito.

      Marx se coloca en la línea de los ascetas cristianos, cuando descubre en los hambrientos y en los necesitados, en los que viven una existencia infrahumana, la fuerza impulsora de la Historia. Son éstos y no los cómodos, los hartos, los que gozan de su seguridad, quienes de verdad harán caminar la Historia hacia su culminación escatológica. El que viva cómodo ha de ponerse incómodo y, haciendo suyo el fardo de su hermano, cargarlo también sobre sus espaldas como propio. Esto exige el mandato del amor. (Fácil resulta decirlo, pero muy difícil el hacerlo).

      Pero el «sputnik» de Marx no llega a desprenderse de la gravedad terrestre; su órbita no se separa de este mundo, incide de nuevo en él. Su honda chasquea fuerte, pero la piedra vuelve a caer en la tierra.

      La verdadera incomodidad no aspira a la comodidad, sino a algo que trasciende a toda comodidad.

      Si la meta que señalásemos al hombre incómodo fuera una comodidad futura, una forma social de bienestar colectivo en la que ya no resultaría incómodo el vivir, ¿no habríamos matado de una sola puñalada a la Historia y todo lo que ella significa como incompletitud del ser contingente?

      Existe, reconozcámoslo, un falso cristianismo consolante. el «credo quia consolans», creo porque consuela, que Unamuno execra con razón, ¿no es acaso el máximo engaño y la más artera invención del Maligno?

      Yo enderezaría el desconsuelo unamuniano en términos impetratorios: no me des, Señor, consuelo, para que pueda vivir sin Ti, sino desconsuelo, para que necesite buscarte a Ti.

      Si el paraíso marxista es la mayor utopía, la más grande de las utopías que se haya inventado —y el tiempo lo demostrará, aunque nosotros probablemente no lo veremos, porque ha de llegar el día en que las masas se sientan ahítas de progreso técnico y de materialismo dialéctico—, estoy por decir que cierta forma de paraíso cristiano, donde tampoco se está mal del todo, resulta un engaño aún mayor.

      Â«Â¿Para qué buscar nuevos paraísos si nosotros tenemos ya uno que, con algunos pequeños arreglos y parches, se halla tan a la medida de nuestros deseos y de nuestras aspiraciones?» —se dicen algunos cristianos.

      El falso «sputnik» cristiano no sólo no puede volar, liberarse de la gravitación terrestre, sino que ni siquiera es capaz de despegar del viejo planeta. Es un «sputnik» de museo; el «sputnik» de la inmovilidad.

 

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