Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Sobre los nacionalismos

 

El Diario Vasco, 1982-08-22

 

      Una de las principales críticas que se suelen formular contra los movimientos nacionalistas es la de su anacronismo.

      Resulta incomprensible y absolutamente insensato —se dice— que, a estas alturas, en un momento de la historia en el que la civilización avanza de modo inexorable hacia el universalismo, estos señores se empeñen en multiplicar fronteras, en reavivar localismos trasnochados y en resucitar viejas culturas y lenguas virtualmente extinguidas. Está claro —se añade— que los nacionalismos están condenados al fracaso, por la simple razón de que los mismos van contra el sentido de la historia.

      Este modo de razonar, aunque a mi juicio tenga un fallo importante, no está exento de valor: el avance hacia la planetarización es, sin duda, un hecho básico de nuestra civilización y no creo que ningún hombre culto, por muy fuertes que sean sus arraigos patrióticos, pueda hoy renunciar a la dimensión universal de su cultura.

      Ahora bien se da el hecho —aparentemente contradictorio con lo que veníamos diciendo— de que hoy proliferan con gran fuerza los más diversos movimientos autonomistas y nacionalistas. Muchos pueblos están actualmente afectados por problemas de este tipo. Baste citar —aparte de nuestro propio caso vasco— a catalanes, corsos, palestinos, irlandeses del Ulster, armenios, kurdos, canadienses franceses, eritreos, sardos, caledonios, gallegos y bretones, por no referirnos más que a algunos de los casos más sonados. Más aún: en casi todo el mundo puede hoy constatarse un interés generalizado hacia los hechos diferenciales y la defensa de los caracteres propios de cada pueblo.

      Â¿Por qué este surgir y resurgir de los nacionalismos y regionalismos? ¿Por qué esta atención hacia las lenguas y culturas minoritarias, este afán de independencia y de conservación de la identidad de cada pueblo?

      El «quid» de la cuestión se encuentra quizá en ese famoso «sentido de la historia» a que antes me he referido.

      Hace cuarenta o cincuenta años los marxistas insistían mucho en la idea de que sólo el comunismo actúa en el sentido de la historia, entendido éste como materialismo histórico, lucha del proletariado y avance hacia una sociedad sin clases.

      Hoy ya no se habla tanto de esta interpretación pretendidamente científica del sentido de la historia. Al contrario, los acontecimientos parecen dar más la razón a los que piensan que la historia no avanza en un sólo sentido sino en sentidos mutuamente contradictorios. Es decir que no progresa linealmente sino explosivamente, valga la expresión.

      Aplicada esta idea al problema que nos ocupa en este artículo yo diría que el mundo de hoy avanza hacia el universalismo; pero que, al mismo tiempo, y en sentido opuesto al universalismo, avanza también hacia el multiversalismo, hacia la diferenciación, hacia la diversidad, hacia los particularismos. Bajo este segundo aspecto algo ha cambiado profundamente en el mundo de hoy.

      Yo no vacilaría en admitir que cuando Cánovas suprimió los fueros vascos actuó de acuerdo con el sentido de la historia. En efecto, el industrialismo en expansión y el proceso ideológico que el mismo comportaba exigían en aquel momento la creación de grandes espacios políticos. Una Europa cruzada de fronteras locales y dividida en mil pequeños cotos semi-soberanos no servía ya para este proceso.

      Ahora bien, han pasado muchos años y estamos ante otro momento de la historia. En el mundo de hoy el poder de los estados ha crecido enormemente al mismo tiempo que sus armamentos y su poder opresivo. Las comunidades naturales se ven aplastadas por ellos. Por su parte las nuevas técnicas presentan también aspectos auténticamente amenazadores para el hombre. Sin renunciar a la universalidad, éste vuelve pues su mirada a los pequeños espacios, a la defensa del medio inmediato, no sólo en el aspecto físico sino también en el cultural y en el político.

      No estamos ya en la época en que Unamuno clamaba contra el vascuence desde las páginas del semanario socialista «La lucha de clases». A quienes —socialistas o no— no hayan comprendido este cambio de sentido de la historia les aguardan muchas sorpresas, como la que ahora han recibido en Córcega los políticos estatalistas franceses.

 

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