Karlos Santamaria eta haren idazlanak

 

II. La negociación nuclear

 

1. Los primeros pasos

 

     George F. Kennan dijo en 1980 que «la bomba atómica es el arma más inútil que se haya inventado jamás». Antes y después de él, esta misma idea ha sido expresada de otras muchas formas, y hoy en día constituye un tópico muy manido.

     Es cierto que la bomba no ha vuelto a ser empleada desde los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki; pero no podría decirse otro tanto respecto de su utilización como medio de presión y de poder político en el mundo.

     Desde este punto de vista habría, quizás, que invertir el sentido de la frase de Kennan, afirmando que ninguna otra arma ha influido tanto, y de modo tan decisivo, sobre la marcha de la Humanidad como lo ha hecho la bomba atómica.

     El general francés Lucien Poirier hace notar, a este respecto, que no hay en el mundo actual ninguna cuestión política, económica o social de verdadera importancia que no se halle afectada por la presencia invisible de la bomba atómica. Viene a ser ésta —según Poirier— algo así como un «tercer sujeto» —el «convidado de piedra», diríamos nosotros— constantemente presente en la mesa de las superpotencias y con el cual tienen éstas que contar —quiéranlo o no— para ajustar sus respectivas posiciones.

     La bomba atómica fue utilizada en 1945 como un arma militar propiamente dicha, aunque la finalidad de la operación realizada por medio de ella fuese fundamentalmente intimidatoria. Su verdadera trascendencia histórica no aparecerá hasta varios años después de terminada la guerra.

     Es obvio que los americanos no podían calcular las consecuencias de todo tipo que el lanzamiento de Hiroshima había de tener en el futuro. Como es sabido, su primera finalidad fue la de obligar a los japoneses a rendirse, con la mayor economía posible de medios y vidas humanas. Este objetivo se logró; pero la historia de la bomba evolucionó después en direcciones absolutamente imprevisibles para sus inventores.

     Parece ser que en el curso de la conferencia de Postdam, en julio de 1945, Truman recibió un informe detallado sobre el éxito de la explosión experimental de Alamogordo. Según este informe, todo estaba preparado para que la bomba fuera lanzada tan pronto lo ordenase el mando.

     En estas condiciones, el presidente americano juzgó conveniente hacer a Stalin alguna comunicación al respecto. Lo hizo de un modo impreciso y despreocupado, sin aludir siquiera al carácter atómico del nuevo invento bélico. Se limitó a decir al jefe ruso que los Estados Unidos habían desarrollado «una nueva arma de una fuerza destructiva inusual» y que estaban dispuestos a utilizarla inmediatamente.

     Stalin —que se hallaba mejor informado sobre las investigaciones atómicas de los americanos de lo que el propio Truman podía suponer en aquel momento— reaccionó también «con la mayor naturalidad» y manifestó «su deseo de que el nuevo artefacto fuera empleado lo más pronto posible contra los japoneses».

     Tras esta especie de acuerdo de principio, quedó abierto el camino para la operación Hiroshima. Ninguno de los dos interlocutores podía, sin embargo, sospechar las tremendas consecuencias que este hecho tendría para el futuro de la Historia.

     Una vez terminada la guerra con la victoria aliada, los americanos tuvieron que volver a plantearse la cuestión: ¿qué hacer con la bomba?

     Pensaron que tenían entre sus manos el «arma absoluta», soñada por los estrategas de todos los tiempos, y que esto les permitiría construir una especie de «pax americana». El mundo entero podría ser conformado a su propia imagen y semejanza.

     Para llevar a cabo esta obra ingente, los americanos se impusieron dos reglas de conducta. La primera de ellas era que en un mundo democrático, como el que iba a nacer después de la guerra, la posesión de la energía atómica por los americanos no debía aparecer como un poder tiránico de los EE.UU. sobre todas las demás naciones del planeta. Toda utilización ulterior de la energía atómica, tanto pacífica como guerrera, tendría que ser controlada por el conjunto de los Estados, de acuerdo con el sistema que se estableciese en el nuevo orden de cosas.

     Pero —segunda regla— a pesar de esta democratización, más aparente que real, de la bomba, los EE.UU. no debían perder en ningún momento el dominio efectivo de la misma. Podrían permitir a las demás naciones que intervinieran en el juego, con tal de que éste no llegase a ser peligroso para Norteamérica; pero ésta debía permanecer alerta ante cualquier intento de captación de la bomba por otros Estados.

     Los políticos americanos creían —y siguen creyendo— que los intereses de la Humanidad coinciden con los de los EE.UU., y que sólo éstos pueden sacarla adelante.

     Pensaron, pues, que había que establecer un sistema de control internacional de la energía atómica, pero con la condición de que este sistema pudiera ser, a su vez, perfectamente controlado por Norteamérica.

     Fruto de esta filosofía fue la propuesta del Plan Baruch, primer intento de organización pacífica de la utilización de la energía nuclear en el mundo.

     El citado plan, propuesto por los Estados Unidos en junio de 1946 ante la Comisión Mundial de Energía Atómica —recién constituida en la ONU— proponía la creación de un «Organismo internacional» con plena competencia para intervenir en todas las actividades nucleares peligrosas para la seguridad mundial.

     Según las previsiones del plan, una vez que el nuevo organismo empezara a funcionar, la bomba sería prohibida. Los Estados Unidos procederían a destruir los arsenales de armas atómicas, así como los planos y medios de fabricación de éstas. Se establecería un severo control internacional, de modo que queda totalmente garantizado el desarme nuclear mundial.

     Ahora bien, los soviéticos tenían sobrados motivos para considerarse perjudicados por estas medidas. En efecto, en caso de aceptarlas, no podrían continuar sus propias experiencias dirigidas a la producción de su propia bomba atómica. Se vendría abajo el proyecto de Stalin de constituir una industria nuclear rusa y de dar alcance a los armeros americanos en la fabricación de la bomba atómica. Aceptar el plan equivalía, para los soviéticos, a congelar una situación de inferioridad, que en modo alguno podía convenirles.

     Tan pronto se empezó a discutir en Ginebra el plan en cuestión, la representación rusa —dirigida por Andrei Gromiko— presentó, pues, una contrapropuesta que alteraba por completo los términos de la negociación.

     En primer lugar, la contrapropuesta exigía que la prohibición y destrucción de las bombas atómicas fuese llevada a cabo de modo inmediato, es decir, sin aguardar a la puesta en marcha del organismo de control previsto por el plan. Los americanos debían comprometerse a destruir sus bombas en el plazo de tres meses y dar al mundo pruebas evidentes de la ejecución efectiva de esta medida.

     Los rusos rechazaban, asimismo, cualquier género de inspección o control en materia sobre su propio territorio.

     Finalmente, se negaron a aceptar el sistema de votación en el seno del nuevo organismo, tal como lo planteaba el plan. Este preveía, en efecto, que dentro del citado organismo, los cinco Grandes renunciasen al derecho de veto de que disfrutaban —y disfrutan— en el Consejo de Seguridad, y que las votaciones se hicieran por simple mayoría de los países participantes. Los soviéticos, en cambio, exigían que el derecho de veto fuese mantenido en la nueva organización que se pretendía establecer para el control del átomo.

     La exigencia rusa tenía mucha más importancia de lo que pueda parecer a primera vista. Mientras que por el sistema de mayorías los americanos podían mantener por tiempo indefinido el control de la bomba, el sistema de veto permitiría a los soviéticos interferirlo siempre que lo deseasen. La segunda regla de conducta que los americanos se habían trazado como norma de su política nuclear venía, pues, a fallarles por completo, si aceptaban la contrapropuesta rusa al Plan Baruch.

     El desacuerdo entre los dos planteamientos era, pues, total, y el intento de negociación no podía menos de fracasar, como ocurrió en realidad. Aunque el plan llegó a ser aprobado por gran mayoría de los Estados componentes de la Asamblea de la ONU, los soviéticos lo vetaron en el Consejo de Seguridad, con lo cual quedó definitivamente inutilizado. Puede decirse que, para el año 50, ya nadie se acordaba de él.

     Hay que hacer notar que, cuando los EE.UU. presentaron el Plan Baruch, tenían el monopolio indiscutible de la nueva arma, y que los rusos se hallaban, a este respecto, en una situación de inferioridad manifiesta. En tales condiciones, no podían negociar eficazmente, y no les quedaba otra salida que la de bloquear el diálogo, como lo hicieron, presentando unas propuestas por completo inaceptables para los americanos.

     Circunstancias análogas a la que hemos expuesto se han producido bastantes veces en la historia de las negociaciones nucleares. La observación de este hecho permite afirmar que, para que una determinada negociación de desarme pueda prosperar, hace falta que exista cierta paridad entre las fuerzas de las dos partes negociadoras. Una excesiva ventaja de una de ellas sobre la otra impide el éxito de la negociación, ya que la desconfianza del más débil, en materia tan peligrosa e imprevisible como lo es la de las armas nucleares, obliga al mismo a esquivar cualquier trato que se le proponga.

     Este principio se ha visto confirmado repetidas veces en el transcurso de los años. Si muchas negociaciones de desarme han fracasado, ha sido precisamente porque se partía en ellas de situaciones de evidente superioridad de una parte sobre la otra.

     Hasta que no se produjo una relativa paridad entre las dos superpotencias —es decir, hasta el año 63— no llegó a culminar ninguna negociación importante. Pese a las ilusiones que en algunos casos se pusieron, la mayor parte de los intentos iniciados a lo largo de la primera guerra fría fracasaron.

     Así, por ejemplo, en 1959 las visitas de Nixon a Moscú y de Khruschev a Washington hicieron concebir grandes esperanzas en todo el mundo. Ambos jefes de Estado llegaron a la conclusión de que era necesario convocar una conferencia cumbre en la que habían de debatirse los problemas del desarme en toda su extensión. Se inició esta conferencia, en París, al año siguiente, con la participación de diez potencias y bajo los mejores auspicios.

     En ella iban a estar presentes Eisenhower, Khruschev, De Gaulle y Macmillan. Pero, a mediados de año, los soviéticos se retiraron airadamente de la misma. El motivo aducido para ello fue el incidente que se produjo por un avión espía americano que, habiendo penetrado en el espacio aéreo de la URSS, fue abatido por los cañones antiaéreos soviéticos.

     Esto no era evidentemente más que una excusa diplomática. Algunos historiadores convienen en que la verdadera causa de la retirada rusa de la conferencia fue la «actitud dominante» que los negociadores americanos —convencidos de su total superioridad— adoptaron desde el principio de la misma. Esta superioridad era real, ya que en 1959 el armamento atómico ruso se hallaba aún muy poco desarrollado en comparación con el potencial americano.

     De acuerdo con lo que hemos señalado antes, esta desigualdad patente impedía que en aquel momento EE.UU. y la URSS pudieran negociar eficazmente. Los soviéticos habían concurrido a la conferencia sin el menor espíritu negociador, únicamente con el propósito de ganar tiempo para su propio desarrollo armamentístico.

     Notemos que las negociaciones nucleares presentan otras muchas dificultades, aparte de la que hemos indicado. Una de ellas es, por ejemplo, el carácter altamente técnico de las mismas.

     Las armas atómicas han llegado a alcanzar una extraordinaria complejidad. La aplicación de montajes informáticos cada vez más afinados, la constante modernización de los modelos y la proliferación aparentemente inagotable de los mismos, hacen que las discusiones en torno al equilibrio armamentístico resulten cada vez más complicadas.

     Desde Clausewitz, la estrategia había sido considerada como una ciencia básicamente humana, por razón de su subordinación a la política. Pero los nuevos saberes científicos han llegado a convertir la guerra en una lucha de máquinas contra máquinas que se desarrolla, en cierto modo, al margen de toda voluntad humana.

     No sólo la auténtica concepción estratégica va quedando relegada por las ciencias, sino que se desliga ella misma de la política. En las conversaciones sobre desarme se tiende a olvidar cada vez más la naturaleza «humana» de los problemas.

     La necesidad de que las negociaciones nucleares recuperen su carácter político se siente cada vez más vivamente en los medios internacionales.

     Â«No se puede continuar así. No se debe intentar llegar a acuerdos arma por arma. Lo que nos hace falta ahora es la creación de un marco político dentro del cual el desarme nuclear pueda ser planteado en su pleno sentido, como una necesidad actual de la Humanidad». Esta era la manera de expresarse de uno de los más destacados participantes en la reunión de la Alianza Atlántica a fines del año 84.

     El miedo a las sorpresas tecnológicas —el cual existe tanto en una parte como en la otra— es una de las principales dificultades para lograr ese «marco político».

     Â«La dinámica de las innovaciones en materia de tecnología militar nuclear no evoluciona de una manera simplemente lineal, sino que sigue una curva exponencial y se desarrolla, además, por saltos sucesivos... Esta última particularidad, sobre todo, supone un constante peligro de guerra nuclear. Va a ser cada vez más difícil prever y estimar la evolución tecnológica de los misiles nucleares. La posibilidad de una inversión de la relación de fuerzas se hace ahora permanentemente». Así escribe Dieter S. Lutz[5] uno de los expertos alemanes que mejor dominan el tema.

     La conclusión de todo esto es que, si no hay una voluntad política que esté por encima de todo género de sospechas técnicas, será imposible que el esfuerzo negociador conduzca a resultados positivos.

 

2. El período negociador 1963-1979

 

     A partir de 1963 se inicia un período negociador que se extenderá hasta los últimos años 70.

     En efecto, apenas transcurridos unos meses de la crisis de los cohetes de Cuba, y tras el pánico producido en todo el mundo por el inminente peligro de guerra nuclear que aquella implicó, las dos superpotencias empezaron a dar prueba de una voluntad de arreglo que hasta entonces no había existido. Tanto la URSS como los EE.UU. habían aprendido aquella lección de la Historia.

     Por otra parte, para 1963 los soviéticos habían alcanzado ya una cierta paridad nuclear y esto les constaba perfectamente a los americanos. Había, pues, que empezar a negociar en serio.

     Por de pronto, el 21 de mayo de 1963 se firmó un acuerdo entre las dos superpotencias para la utilización pacífica del átomo, acuerdo que si bien no tenía incidencia directa sobre la cuestión de la bomba atómica, constituía, al menos, un signo de buena voluntad por ambas partes.

     El 20 de junio se firmó el convenio sobre la instalación del teletipo rojo, de evidente utilidad práctica para hacer frente a situaciones de emergencia.

     Poco después, el 5 de agosto del mismo año, se produjo un gran acontecimiento: la firma en Moscú del «Tratado sobre prohibición de pruebas nucleares en tierra, mar y aire», el cual tuvo amplia resonancia y fue acogido con inmensa satisfacción en todo el mundo.

     Respondía este tratado al clamor universal levantado contra la realización de pruebas nucleares para el «perfeccionamiento» de la bomba. Realmente estas experiencias tenían aterrada a la población de diversos territorios. Contra ellas se habían manifestado innumerables protestas en todo el mundo.

     Entre los años 48 y 55 los americanos habían hecho numerosas experiencias en Nevada y en el Océano Pacífico. La más sensacional de ellas fue la explosión de una bomba termonuclear en Bikini, el 1 de marzo de 1954, la cual alcanzó con sus efectos radiactivos a pescadores japoneses que faenaban en la isla Fuku Ryu Maru a cientos de millas de distancia, hecho que fue objeto de una reprobación universal. También los británicos llevaron a cabo explosiones experimentales en Australia. En marzo de 1957 lograron su primer lanzamiento nuclear en la isla Christmas.

     Por su parte, a lo largo de todo este tiempo, los soviéticos hicieron también numerosas pruebas, manteniendo la mayor parte de ellas en secreto, si bien los servicios occidentales de información pudieron detectarlas sin mayores dificultades.

     Se ha dicho que este conjunto de explosiones atómicas llegó a producir un record de la polución radiactiva en la atmósfera terrestre. Sea de ello lo que fuere, la opinión pública mundial no podía ya tolerar aquel estado de cosas. A partir de 1958 las pruebas fueron suspendidas por un acuerdo de buena voluntad entre la URSS, los EE.UU. y la Gran Bretaña. Pero, desgraciadamente, este acuerdo se rompió en 1961 y las tres grandes potencias citadas anunciaron, poco tiempo después, la reanudación de sus respectivas experiencias atómicas. Cerca de 400 pruebas fueron llevadas a cabo solamente durante el año 1962, la mayor parte de ellas a cargo de los americanos.

     El objeto de estos nuevos experimentos era análogo al de los anteriores: mejorar la fiabilidad de los proyectiles, aumentar la potencia destructiva de los mismos, adaptar las bombas a objetivos tácticos, etc.

     Volvió a extenderse la protesta por todo el mundo y cundió la inquietud por los peligros reales que tales experiencias entrañaban para la Humanidad.

     Todo esto explica la satisfacción general con que fue recibido el Tratado de Moscú de 1963, al que acabamos de aludir.

     Hay que reconocer, sin embargo, que la efectividad de este tratado resultó mucho más limitada que lo que se había esperado de él en un principio.

     En primer lugar, el Tratado de Moscú no prohibía las experiencias subterráneas. Evitaba, ciertamente, la contaminación atmosférica; pero al dejar abierta la puerta a pruebas bajo tierra, permitiendo que éstas continuasen con toda libertad, dejaba sin solución el problema más importante, que era el de impedir que las armas atómicas continuasen perfeccionándose indefinidamente.

     Por otra parte, y aunque el tratado fue suscrito por más de cien Estados, algunos de los más importantes  —como Francia y China— se negaron a aceptarlo. Esto era grave, ya que los científicos de estos dos países tenían ya muy adelantadas sus investigaciones para lograr sus respectivas bombas atómicas y sólo necesitaban realizar algunas pruebas más para conseguirlas.

     De hecho, Francia y China continuaron con sus experiencias. Francia lo hizo —como sigue haciéndolo ahora— en el islote polinesio de Mururua y tardó muy poco tiempo en conseguir que su «force de frappe» nuclear se convirtiese en realidad. También la República Popular China siguió experimentando, en sus zonas desérticas. En 1964 obtuvo una bomba de fisión de 15 kilotones y el 17 de junio de 1967 su primera bomba termonuclear.

     La India accedería más tarde a la posesión del arma nuclear gracias a la explosión lograda por sus científicos en 1974, si bien sus pruebas no serían continuadas en los años siguientes.

     El fracaso relativo del Tratado de Moscú no desanimó por completo a los espíritus negociadores. En la Asamblea de la ONU de 1966 se pidió el establecimiento de un nuevo acuerdo de prohibición de pruebas que supliera las deficiencias del anterior. Ocho años más tarde, la URSS y los EE.UU. suscribieron un nuevo Tratado, el TTBT («Threshold Test Ban Treatry»), que limitaba las pruebas subterráneas a un máximo de 150 kilómetros.

     Entre los años 63 y 67 las Naciones Unidas se esfuerzan en adoptar decisiones contra los armamentos nucleares, aunque puramente recomendatorias. En su Asamblea de 1965 aprueban una teórica desnuclearización del continente africano y un proyecto de Conferencia mundial del desarme. En 1966, además de la propuesta antes citada, la Asamblea pidió a las potencias nucleares garantías de no agresión contra los otros Estados e instó a todos los Estados no participantes en el Tratado de Moscú de 1963 a que se adhiriesen al mismo renunciando a continuar sus propias experiencias. En la misma sesión, la ONU condenó las armas de destrucción masiva de efectos no discriminados, como las químicas y biológicas, y también, por supuesto, las armas atómicas, de acuerdo todo ello con el protocolo de la antigua Sociedad de Naciones.

     Conviene hacer notar que, en las reuniones aludidas, la ONU se interesó ya por la «guerra de las galaxias», adelantándose a su tiempo, ya que la militarización de los espacios, que ahora se teme, se hallaba aún muy lejana. La Asamblea pidió a los EE.UU. que renunciasen a poner en órbita armas de cualquier clase, o a extender los armamentos a la luna o a los planetas.

     El primer Tratado sobre guerra espacial fue firmado el 14 de diciembre de 1966. En el mismo se condenaba la utilización del espacio exterior para fines militares y se prohibía, de modo absoluto, la realización de pruebas. Quedaban excluidos toda clase de objetos atómicos situados en órbitas circunterrestres o estacionados en posiciones interplanetarias. La luna y otros cuerpos celestes sólo podrían ser utilizados para fines pacíficos.

     Es evidente que tampoco este tratado tuvo una auténtica eficacia práctica. Los acuerdos de la ONU se reducían, como ocurre también ahora en la generalidad de los casos, a declaraciones de intenciones o proclamas de buena voluntad apoyadas con sus votos por la mayoría de los países miembros, pero carentes de operatividad sobre los auténticos responsables, es decir, sobre las potencias armadas atómicamente.

     Un resultado de los años sesenta fue el Tratado de Tlatelolco, cuyo objetivo era la desnuclearización de América Latina. En el mismo se prohibía la experimentación, fabricación, importación, instalación, posesión y utilización de cualquier tipo de armas nucleares en Latinoamérica. El tratado debía ser suscrito no sólo por los países soberanos del continentes sudamericano, sino también por las superpotencias y por los Estados exteriores al continente que tuvieran intereses en el mismo. Las superpotencias se comprometían especialmente a no emplear armas nucleares contra los Estados latino-americanos y a no ejercer coacción sobre éstos por medio de tales armamentos.

     Desgraciadamente, los soviéticos se negaron a firmar el Tratado de Tlatelolco por estimar que el mismo era insuficiente. Exigían que se prohibiesen también las explosiones pacíficas, alegando la dificultad que entraña una diferenciación claro entre éstas y las realizadas con fines militares, cosa que es cierta. Por otra parte, interesada la URSS en impedir la utilización bélica del canal de Panamá por los EE.UU., exigió, además, que el tratado prohibiera la circulación de armas atómicas por aquellos territorios.

     Importantes Estados latinoamericanos, como Brasil y Argentina, se mostraron reacios a la ratificación del tratado, por estimar que éste impedía o entorpecía sus políticas de desarrollo militar y económico. El Tratado de Tlatelolco constituyó, pues, un fracaso diplomático para los EE.UU., que eran sus verdaderos promotores.

     Sin embargo, no fue un esfuerzo totalmente inútil: sentó un precedente y presentó un modelo de lo que podía ser un plan de desnuclearización de extensos territorios. Sirvió, asimismo, de experiencia para mostrar las dificultades que una acción negociadora de este género presenta en la realidad.

     Mucho más efectivo que los anteriores fue el «Tratado sobre la No Proliferación de armas nucleares» del 68. Aunque conteniendo todavía graves imperfecciones, este Tratado sirvió —y continúa sirviendo— para frenar parcialmente la expansión del arma atómica y la extensión de la misma a todos los ejércitos mundiales.

     El proyecto del tratado fue sometido a la consideración de las Naciones Unidas en enero de 1968 por la URSS y los EE.UU. y aprobado en junio del mismo año por la Asamblea.

     Una vez logrado un número suficiente de adhesiones al tratado, éste fue firmado simultáneamente en las tres capitales: Washington, Moscú y Londres. Lo suscribieron 62 estados y el número de adhesiones fue creciendo en los siguientes años, hasta alcanzar la cifra actual de 102 firmantes.

     El artículo primero del tratado obliga a los estados poseedores de armas nucleares a no traspasar armas o explosivos nucleares, ni medios de manejo de los mismos. Asimismo, dichos estados se comprometen «a no ayudar, alentar o inducir» a ningún estado no nuclear a fabricar o adquirir tales armas y montajes nucleares.

     Correlativamente, el artículo 2º del tratado prohíbe a los estados no nucleares adheridos al tratado, la recepción de «ningún traspaso de armas nucleares u otros dispositivos nucleares explosivos y a no recabar ni recibir ayuda alguna para la fabricación» de tales artefactos.

     La transmisión de medios nucleares para fines pacíficos está permitida por el tratado, siempre que los países que se beneficien de ella se sometan a la inspección y supervisión de la AIEA («Agencia internacional de la energía atómica»), instalada en Viena. Más aún, en el artículo 5º del tratado se garantiza esta misma transmisión: los estados nucleares firmantes se obligan a facilitar, a los restantes países, explosivos nucleares destinados a fines pacíficos, sin preferencias comerciales y a un costo reducido. Para los países menos desarrollados industrialmente éste es, sin duda, uno de los principales alicientes del tratado. Otra cláusula invita a los países miembros a emprender negociaciones en favor del desarme nuclear mundial. Esta importante recomendación, aunque no tenga carácter obligatorio, trata de situar al propio tratado en un plan amplio y ambicioso, cuyo desarrollo progresivo debía haberse realizado en años ulteriores, aunque —de hecho— sólo lo fue muy parcialmente.

     El tratado reconocía a los países suscribientes el derecho a retirarse del mismo, previo aviso anticipado de tres meses, y fijaba su puesta en vigor para el momento en que lo hubiesen ratificado, al menos, cuarenta países no nucleares. Esta cifra fue rápidamente superada y el tratado de no-proliferación entró en vigor el 5 de marzo de 1970.

     Este tratado, que todavía está en funcionamiento y se reactualiza por medio de sesiones quinquenales entre los países suscribientes del mismo —la próxima de ellas debe tener lugar en 1985— ha sido objeto de muchas críticas, algunas de ellas relativamente infundadas y otras, en cambio, de cierto peso e importancia desde el punto de vista de la eficacia del tratado.

     Se objeta, por ejemplo, que el tratado es desigual, que favorece a las potencias nucleares sobre las no nucleares y que congela las diferencias existentes entre unas y otras, perpetuando ventajas técnicas, armamentísticas y comerciales que no debieran existir.

     Ha de convenirse en que estas desigualdades son, en cierto modo, inevitables en el contexto actual. Pretender que sean suprimidas sería demasiado exigir a un simple tratado, cuya finalidad no era otra que la de impedir la extensión de los armamentos nucleares. La supresión de las desigualdades entre los Estados constituye un problema de fondo que muy difícilmente podrá verse resuelto dentro de nuestro horizonte histórico.

     Más válida que la crítica anterior es la que se hace cuando se objeta al tratado de dejar una puerta abierta a la comercialización del átomo pacífico, en condiciones tales que se favorece indirectamente la proliferación del arma atómica.

     En efecto, como hemos visto antes, el tratado ordena que las naciones nucleares presten ayuda a las no nucleares incorporadas al mismo, con objeto de que puedan obtener su propia energía nuclear para fines pacíficos. Pero, para evitar que esta ayuda sea empleada con fines militares, las naciones beneficiarias de la misma se someten a una permanente y rigurosa inspección internacional. Se impide así cualquier utilización bélica de los materiales y medios nucleares suministrados.

     Ahora bien, el tratado no prohíbe que los países nucleares proporcionen una ayuda análoga a los países no nucleares no pertenecientes al tratado, los cuales no están, evidentemente, sometidos a ningún género de inspección.

     Como quiera que no existen diferencias fácilmente comprobables entre el «átomo pacífico» y el «átomo bélico» —de hecho se puede pasar muy fácilmente del uno al otro— nada impide que una potencia no nuclear, ajena al tratado, desvíe los elementos recibidos de una potencia nuclear, incorporada a éste, hacia fines militares.

     Es así cómo la India, país no incluido en el tratado de no-proliferación, logró obtener su bomba atómica en 1974, gracias a la asistencia recibida de Canadá, sin que pudiera acusarse a este estado de haber infringido las cláusulas del tratado.

     Queda, pues, dentro de la zona de países no nucleares, exteriores del tratado, un campo de operaciones comerciales donde las potencias nucleares pueden realizar buenos negocios y fomentar su propia influencia política, a costa de favorecer el armamento atómico de sus países clientes.

     De esta suerte, se ha visto a potencias de las más adelantadas en la investigación nuclear, como EE.UU., Canadá y la R.F.A., proporcionar tecnologías y medios nucleares a países no adheridos al tratado, como el Brasil o la India. Estas no se hallan sujetas a ningún género de inspección nuclear y pueden, por tanto, si lo desean, hacer una utilización militar de las informaciones, materiales y dispositivos atómicos recibidos de países adheridos al tratado.

     Pero, además, queda otro portillo abierto que permite también burlar el espíritu del tratado, sin infringir la letra del mismo. Un país adherido a éste y que haya recibido asistencia nuclear de carácter pacífico, tiene derecho a retirarse del tratado en el momento en que lo juzgue conveniente, liberándose así de la inspección internacional exigida por aquél. Podrá, así, aplicar los medios y materiales nucleares recibidos a la fabricación de armas atómicas.

     La existencia de países dotados de armamento atómico pero que no han suscrito el tratado, y que, por tanto, están en condiciones de exportar armas nucleares constituye asimismo una dificultad seria para la eficacia del tratado de no-proliferación.

     Como resultado de todo esto, son muchos los analistas que consideran más ventajosa la no pertenencia al tratado que la incorporación al mismo. El derecho a recibir suministros e informaciones no parece compensar las restricciones que se imponen a los miembros no-nucleares, tales como la inspección internacional y la renuncia a la posesión del arma atómica. Los estados no nucleares que suscriben el tratado quedan, en cierto modo, relegados a una situación internacional de segundo o tercer plano. Esta es, al parecer, la principal razón por la cual España nunca ha querido suscribir el tratado.

     Pero, aparte de las objeciones anteriormente expuestas, hay otra de mayor fondo y de más difícil explicación. La cuestión que se plantea es la siguiente: la política de no proliferación, consistente en reducir a un mínimo el número de estados poseedores del arma nuclear, ¿es realmente útil para la paz o constituye, por el contrario, una causa de desestabilización?

     La estrategia de disuasión —se dice— sólo tiene sentido si el número de poseedores del arma atómica es muy reducido. Una disuasión «à trois» es ya difícilmente realizable. El ideal sería pues que sólo existiesen dos potencias nucleares. Únicamente de esta manera la mutua disuasión constituiría un sistema de seguridad eficaz que disminuyera efectivamente el riesgo de una sorpresa o de una guerra nuclear por error.

     Ahora bien, nadie puede evitar ya el hecho consumado de que, además de los EE.UU. y la URSS, otros países como la Gran Bretaña, Francia, China o la India, dispongan también de armas nucleares. Al no ser, pues, posible el simple duopolio de potencias nucleares, no queda otra solución razonable que la de congelar el oligopolio en su situación actual, evitando que continúe la proliferación de las armas atómicas. La conclusión de este razonamiento es, pues, favorable al mantenimiento y constante reactualización del tratado de no-proliferación.

     En cambio, desde el punto de vista contrario a éste, se hace notar que la existencia de un grupo de países privilegiados, poseedores del arma nuclear en plan oligopólico, no hace sino incitar a los demás estados a proveerse de la misma y que, por tanto, la pretendida no-proliferación constituye, en realidad, un hecho desestabilizador.

     En efecto, ¿qué harán las demás potencias? ¿Cómo se impedirá que muchas otras naciones, alentadas por el mal ejemplo de Francia, India o China, se lancen ahora a una carrera de armamentos por la posesión de su propia arma nuclear?

     Al parecer, son bastantes los países que están decididos a hacerse con un armamento atómico y que, incluso, se hallan cerca de lograrlo.

     Argentina y Brasil tienen reservas de uranio y reactores nucleares para la investigación. Aunque es miembro del tratado, Libia mantiene acuerdos de cooperación nuclear con la URSS, Pakistán y Argentina, y podría dar un salto en cualquier momento. Lo mismo puede decirse de Irak, Israel y África del Sur. Por su parte, Pakistán es uno de los países más interesados en adquirir la bomba atómica precisamente para hacer frente en este terreno a su vecino hindú.

     Se dice que, para el año dos mil, habrá veintiún países en condiciones de fabricar armamento nuclear.

     La aplicación de sanciones contra los estados que pretendan armarse nuclearmente, ¿puede tener éxito a la larga? La verdad es que la política de no-proliferación está por completo en el aire, tal vez porque ha sido asentada sobre bases demasiado irreales. Haría falta, pues, que un nuevo tratado viniera a reemplazar al anterior, a fin de evitar que la actual situación degenere en un caos de estados nucleares.

 

3. Las negociaciones «SALT»

 

     Como hemos visto anteriormente, el artículo 6º del tratado de no-proliferación de 1968 había previsto un compromiso general de negociación con vistas al desarme nuclear mundial. El tratado establece la necesidad de negociar constructivamente para lograr este desarme de un modo gradual.

     Rusos y americanos partieron de este compromiso para iniciar nuevas negociaciones; pero lo hicieron de un modo exclusivamente bilateral. En los tratados anteriores habían participado otros países, tanto nucleares como no nucleares. En cambio, a partir de 1969, la URSS y los EE.UU. asumirán la mayor parte de esta responsabilidad en solitario, es decir, sin dar acceso a las conversaciones ni siquiera a las potencias poseedoras de armas atómicas. Este hecho aumentará su distancia respecto del resto de las potencias mundiales y reforzará el duopolio ruso-americano.

     Anteriormente se había negociado sobre prohibición de pruebas nucleares y sobre la manera de evitar la proliferación de las armas atómicas. Se había repetido constantemente que estas negociaciones debían formar parte de un cuadro mucho más general, que no era otro que el del desarme nuclear.

     En lo sucesivo se irá más a lo concreto. Se negociará, pues, sobre congelación, reducción, limitación y control de armas nucleares.

     Conviene hacer notar aquí que entre estos conceptos existen grandes diferencias. Congelar no equivale a desarmar, ni siquiera a reducir los armamentos. La palabra «congelación» expresa más bien una idea contradictoria a la de reducción. Kissinger, en un artículo publicado en octubre de 1984, no sólo hace notar esta diferencia, sino que afirma que ambos conceptos responden a doctrinas o escuelas opuestas sobre el desarme.

     Para Kissinger, la congelación no resuelve nada. Contribuye, por el contrario, a perpetuar la inseguridad, ya que, en el supuesto de una congelación que admita una renovación de los armamentos envejecidos, nunca se sabe bien cuáles son los límites entre la modernización y la prohibición de nuevas armas. La primera permite burlar las medidas congelatorias aumentando la potencia destructiva de las armas, sin modificar su número ni su estructura exterior.

     Tampoco reducción y limitación son conceptos identificables. Reducir armamentos es una medida positiva que puede repercutir en lo inmediato y en lo concreto. Limitar —en cambio— sólo entraña una previsión hacia el futuro, destinada a evitar que los armamentos sigan aumentando o perfeccionándose peligrosamente.

     La limitación de armamentos puede ser útil, y de hecho lo ha sido ya en la década de los setenta. Pero las limitaciones pueden producir efectos contraproducentes, incitando a los armeros a producir modelos nuevos con el fin de burlarlas. Así, la invención de los nuevos MX para saltarse ciertas limitaciones impuestas por SALT-2. Además, limitaciones establecidas en los acuerdos han sido, a veces, demasiado elevadas y no han tenido ninguna efectividad al estar muy por encima de las cifras reales.

     Todo esto se refiere al desarme, ciertamente; pero sólo de un modo relativo. El desarme nuclear total, la supresión de las armas atómicas, sigue apareciendo como una meta lejana y prácticamente inaccesible.

     En cuanto al concepto de control es, sin duda, más sutil que los anteriores y conviene analizarlo un poco más minuciosamente.

     El concepto de control de armamentos es anterior a todo esto, pero adquiere mayor importancia cuando se empieza a negociar sobre armamentos nucleares.

     Dada la diversidad creciente de las armas nucleares y su progreso acelerado, no tardó en verse que era imposible hablar de equilibrio. No existía una medida común o un término de referencia entre los sistemas de armas de una y otra parte que permitiera compararlos. Querer fijar las condiciones de un equilibrio era mucho más difícil de lo que se había creído en un principio: en realidad, era imposible. Lo único que se podía hacer era adquirir un conocimiento de esta diversidad, constatarla, y tratar después de armonizar el conjunto de los sistemas de armas de las dos partes, de modo que el resultado fuera lo menos peligroso posible para la estabilidad.

     El control exige que los estados se pongan de acuerdo para conjugar sus medidas armamentísticas de modo que se haga muy difícil —o casi imposible— el estallido de una guerra atómica. Esto es lo esencial del control de armas nucleares, lo que los anglo-americanos llaman el «Arma Control».

     En alemán, Lutz emplea una expresión lingüísticamente mucho más pesada, pero también más expresiva que aquélla: «Kooperative Rüstungssteuerung» (literalmente «dominio de las armas por medio de la cooperación»). Los franceses simplifican este término, guardando solamente uno de sus significados y, en lugar de «control» hablan de «maîtrise», lo cual tiene la ventaja de eludir los equívocos inducidos por la palabra «control».

     Alain Joxe define el control de armas como «una concepción político-militar en la cual los estatutos o las alianzas intentan armonizar sus potencias militares, sus estrategias, el volumen, la estructura y el despliegue de sus fuerzas, e incluso sus modalidades a nivel táctico, de acuerdo con sus intereses recíprocos en función del concepto de seguridad».

     A finales de los sesenta el control había llegado a ser un complemento esencial de la doctrina de la disuasión. Esta se había fundado, desde un principio, en la amenaza de una represalia atómica que resultase catastrófica para el presunto agresor. La amenaza era mutua y gracias a ella se mantenía esa especie de paz ficticia a la que se llamaba el equilibrio de la disuasión o el «equilibrio del terror».

     Pero sin represalia no había ya disuasión posible. Desde el punto de vista de esta doctrina —que podría ser todo lo discutible que se quiera, pero que «está ahí»— la puesta en duda de la represalia equivalía al hundimiento del mecanismo disuasorio.

     Esto es precisamente lo que ocurría al término de los años sesenta. La invasión de los misiles anti-misiles empezaba a hacer posible una defensa contra una represalia nuclear y ésta resultaba, en definitiva, mucho menos temible que al principio. Por otra parte, es decir, vistas las cosas exactamente desde el lado contrario, el enorme progreso de los medios ofensivos justificaba la hipótesis de un «primer golpe» tumbativo, el cual podría destruir incluso las reservas destinadas a la represalia disuasoria del adversario.

     La consecuencia de todo esto era que la teoría de la represalia se hundía casi por completo y que la famosa disuasión apenas valía para nada.

     Había, pues, que negociar para restablecer garantías mínimas de seguridad fundadas en la cooperación. ¿Negociar sobre qué? El mayor peligro estaba en el enorme poder adquirido por las armas estratégicas, las cuales podían obtener resultados definitivos, tanto en la hipótesis ofensiva como en la defensiva.

     Es así como nació en 1970 el proyecto de las SALT («Strategic Arms Limitation Talks»). Como indica Claude Delmas[6], para lograr el deseado control era necesario negociar, tanto sobre las armas estratégicas defensivas, como sobre las ofensivas. Hacerlo solamente sobre uno de estos tipos de armas equivalía a dejar una vía abierta hacia la catástrofe.

     El 9 de abril de 1970 el Senado americano votó una resolución en la que se afirmaba que la competición entre las dos superpotencias había llegado a una fase «nueva y peligrosa» y se pedía que se abrieran inmediatamente conversaciones con los soviéticos para buscar un acuerdo sobre armas estratégicas. Los comunicados ruso-americanos de 20 de mayo y 24 de septiembre de 1971 respectivamente confirmaron este punto de vista.

     Este proceso en la evolución de las ideas estratégicas de las dos superpotencias se había iniciado ya en Helsinki en los últimos días del año 69. En las negociaciones para la limitación de armas estratégicas realizado entre los años 69 y 79 se distinguen netamente dos partes. La primera de ellas se desarrolla desde noviembre de 1969 hasta mayo de 1971, culminando en el tratado SALT-1. La segunda, que pudo ser más importante aún que la primera, quedará prácticamente inutilizada con la intervención soviética en Afganistán, a fines de 1979 y con la «doble decisión» de la OTAN sobre los euromisiles producida casi simultáneamente con aquélla.

     Las negociaciones SALT se inician el 17 de noviembre de 1969 en Helsinki. Esta primera tanda dura poco más de un mes, tiene carácter preparatorio y se celebra sin ninguna publicidad, casi en secreto.

     Las conversaciones se reanudan en Viena el 16 de abril de 1970. Esta segunda fase acaba el 14 de agosto del mismo año y en ella se obtienen, al parecer, acuerdos de principio bastante sustanciales.

     La tercera etapa de este proceso negociador tiene lugar a partir de noviembre de 1970 y termina con la firma del tratado antes citado entre el presidente Nixon y el jefe del Gobierno soviético Leónidas Brezhnev en Moscú, el 26 de mayo de 1972.

     Este hecho histórico fue acogido con gran optimismo y euforia en todo el mundo. Se habló entonces de «la negociación del siglo» y se concibieron las mayores esperanzas sobre el futuro de paz internacional.

     Una prueba de ello es, por ejemplo, el lenguaje empleado por Claude Delmas, un año más tarde, al comentar el éxito de la negociación SALT: «Ha empezado un nuevo tiempo y, dada la importancia que no han dejado de tener las armas nucleares, este período puede ser definido como la 'segunda edad nuclear'».

     Muchos suponían entonces —en efecto— que en esta «segunda edad» la amenaza de guerra nuclear quedaría completamente dominada. El tiempo dirá después, sin embargo, que estas esperanzas eran en gran parte ilusorias.

     El traslado SALT del 72 consta de dos grandes partes. La primera de ellas —que suele a veces llamarse «Tratado ABM»— estipula la limitación de las armas defensivas o armas antimisiles. La segunda parte es un acuerdo provisional, con duración de cinco años, en el cual se limitan las armas estratégicas ofensivas. Finalmente, al tratado y al acuerdo citados se une un protocolo adicional, relativo a las armas atómicas instaladas en submarinos.

     La distinción entre las «armas estratégicas» y el resto de las armas o «armas tácticas» es de importancia capital para la comprensión de las negociaciones SALT.

     Si esta distinción presentaba ya algunas dificultades en la terminología clásica, la existencia de armas nucleares la hace todavía más problemática. Parece ser que criterios de diferenciación utilizados hasta ahora no resultan ya claros ni suficientemente decisorios a los ojos de los expertos de la ciencia militar.

     Según Dieter S. Lutz la noción de «arma estratégica» se aplicaba tradicionalmente a los «sistemas de armas que permiten romper la capacidad y la voluntad de resistencia del enemigo, mediante la destrucción de algunos de sus más importantes centros neurálgicos, sean políticos, económicos o militares, o de sus centros urbanos». En cambio eran consideradas como «armas tácticas» las destinadas a la «realización de un objetivo de guerra preciso, por medio de la destrucción o neutralización de la capacidad de combate del enemigo».

     Actualmente, el carácter no discriminatorio de los explosivos nucleares hace casi imposible el querer mantener la línea de separación entre esas dos clases de objetivo. No hay, pues, una diferencia «esencial» entre misiles nucleares estratégicos y misiles nucleares tácticos.

     Por ejemplo, el criterio del «alcance» de un misil nuclear resulta por completo insuficiente cuando se trata de clasificar el mismo en uno de estos dos grupos. Armas de «alcance medio», es decir, inferior a 5.000 kilómetros, pueden ser tan estratégicas como otras de largo alcance. Así ocurre en este momento en la realidad de la situación europea; dada la proximidad de las bases europeas de la OTAN al territorio de la URSS, algunos euromisiles de alcance inferior a los 3.000 kilómetros, como, por ejemplo, los Pershing-2 (alcance: 1.800 kilómetros), deben ser considerados como armas estratégicas, ya que su campo de tiro alcanza el «santuario» soviético, incluyendo en éste la propia capital de la URSS y otros territorios rusos todavía más alejados hacia el Este.

     Se produce así una ambigüedad que da lugar a interminables polémicas. En efecto, partiendo precisamente del criterio imperfecto del «alcance» de los misiles para definir las armas estratégicas, el SALT-1 identifica «misil estratégico» con «misil intercontinental». De esta manera, y a pesar de que sus efectos estratégicos son evidentes para todo el mundo, el «Pershing-2» queda excluido de las limitaciones del tratado.

     Tampoco la «potencia» de la cabeza nuclear de un misil puede servir como norma para la diferenciación del concepto del arma estratégica.

     Se da la paradoja de que las llamadas «armas de teatro» (armas destinadas a actuar sobre un campo de batalla concreto o en la retaguardia inmediata del mismo) son indiscutiblemente consideradas como armas tácticas. Sin embargo, en el caso de Europa, algunas de esas «armas de teatro» alcanzan potencias próximas al megatón, es decir, que son cincuenta veces más potentes que la propia bomba de Hiroshima.

     Para obviar, al menos en parte, esta confusión, Dieter S. Lutz propone una lista de armas evidentemente estratégicas, es decir, armas que «son normalmente contabilizadas como estratégicas» en todas las negociaciones.

     Las armas son las siguientes: ISBM (Misiles intercontinentales), LRHB (bombarderos pesados de radio de acción superior a 6.000 kilómetro), SLBM (misiles balísticos embarcados en submarinos), FOBS (armas nucleares instaladas en satélites), ABM (sistemas antimisiles), CM («cruise missile», «misiles crucero» o aviones sin piloto de una gran precisión, cargados nuclearmente).

     Nadie duda de que todas estas clases de armas deben ser incluidas entre las estratégicas. Pero esto no significa, claro está, que la lista anterior sea exhaustiva. Fuera de ella existen otras armas no incluidas en el SALT-1, cuyo carácter táctico o estratégico puede ser sometido a discusión.

     En su primera parte, el tratado introduce importantes limitaciones para los misiles antimisiles, es decir, capaces de interceptar en pleno vuelo a los cohetes intercontinentales del enemigo potencial. A primera vista no parece clara la peligrosidad de estas armas. ¿Por qué habría de ser peligrosa un arma puramente defensiva?

     La razón de esta presunta peligrosidad va estrechamente ligada a la teoría misma de la disuasión. Si la defensa fuera tan eficaz como parece que puede serlo, esto permitiría a cualquiera de las dos superpotencias encasillarse en su propio santuario, haciendo de éste una fortaleza absolutamente inexpugnable para el enemigo.

     Â¿Sería esto favorable para la paz? Al contrario —dicen los teóricos de la disuasión— una acción de este género desestabilizaría notablemente la situación. Por ejemplo, si los americanos estableciesen un muro enteramente infranqueable para los misiles rusos, la URSS quedaría impotente y en condiciones de absoluta inferioridad, al no estar ya en condiciones de represaliar a los americanos. Estos, por su parte, no tendrían que preocuparse de nada y podrían lanzar su primer golpe en el momento que les pareciese conveniente. Las armas antimisiles son, pues, una provocación a la guerra atómica.

     El profesor soviético Guennady Zhukov sostiene esta misma teoría en un artículo publicado en 1984, afirmando que el despliegue del armamento antimisil «está llamado a contribuir a la creación del potencial necesario para asestar el primer golpe». Buena prueba de ello, según Zhukov, es que los EE.UU. «no han querido aceptar el compromiso de no ser el primer país en utilizar el arma nuclear». El montaje de un sistema defensivo antimisil por los EE.UU. es uno de los medios que éste tiene para asegurarse la realización efectiva de un primer golpe nuclear. En conclusión —dice el profesor ruso— semejante montaje estaría en contradicción con el tratado de 1972.

     De hecho, el tratado limita los sistemas de armas antibalísticas (ABM) a dos conjuntos por cada parte: uno de ellos destinado a la defensa estricta del «santuario» y el otro a la protección del territorio base donde se sitúan los nidos y las plataformas de lanzamiento de los propios antimisiles. Lo que se suele llamar «santuario» queda reducido en este tratado a las capitales de los estados en las cuales radican los Gobiernos, los Estados mayores centrales, etc... El tratado permite la defensa de estos territorios esenciales, por medios antimisiles. A este efecto, cada capital será protegida por un complejo nuclear de radio 150 kilómetros, conteniendo 100 misiles y 100 plataformas de lanzamiento. El segundo complejo —cuya finalidad no es otra, en definitiva, que la «defensa de la propia defensa» dispondrá, según el tratado, de análogos efectivos nucleares antimisiles.

     El tratado prohíbe la proliferación de las armas balísticas antimisiles hacia otros estados y limita, asimismo, la realización de pruebas para el perfeccionamiento de las mismas. A este fin, cada parte podrá disponer solamente de un campo de experimentación, en el cual no podrá situar en ningún momento más de 15 misiles.

     Las citadas cláusulas hubieran exigido, evidentemente, un medio de comprobación de su correcto cumplimiento.

     El tratado no establece un procedimiento inmediato para ello, pero ambas superpotencias se comprometen a arbitrarlo en el futuro.

     En lo que se refiere a las armas estratégicas ofensivas, el acuerdo provisional no considera una reducción de las mismas, pero frena la carrera de armamentos, ya que dispone la congelación de los misiles intercontinentales de ambas partes. El control y posible reducción de estas armas quedaría confiado a futuras negociaciones SALT.

     Algo parecido ocurre con las armas nucleares instaladas en submarinos que son objeto del protocolo del tratado SALT-1. A causa de la especial movilidad y difícil contabilidad de estas naves, tales armas deben ser consideradas siempre como armas estratégicas, independientemente de su mayor o menor potencia. El tratado congela los sistemas de armas nucleares instalados en submarinos a 710 misiles balísticos en 44 submarinos, por parte americana, y 950 misiles en 62 submarinos, por parte de la URSS. Esta aparente diferencia quedaba compensada por el hecho de que una parte de los misiles americanos respondían a la entonces nueva modalidad de los MIRV (misiles equipados con cabezas múltiples de dirección independiente). La utilización de los MIRV aumentaba obviamente el número de cabezas nucleares para un número limitado de misiles, y las cifras acordadas se aproximaban realmente a la igualdad numérica.

     En principio, el tratado de 1972 debía ser el comienzo de una serie de negociaciones encaminadas a una reducción efectiva de las armas nucleares y, en última instancia, a un desarme nuclear total, a tenor de las buenas disposiciones expresadas en el tratado de no-proliferación de 1968.

     La actividad diplomática no decae. En julio de 1974, los EE.UU., la URSS y la Gran Bretaña suscriben un acuerdo sobre la limitación de pruebas nucleares subterráneas, en el cual se fija un límite máximo para la potencia de estas experiencias, determinándolo en 150 kilotones (7,5 veces la potencia de Hiroshima).

     El tratado de Vladivostok, firmado en noviembre del mismo año por rusos y americanos, establecía un cuadro límite dentro del cual habían de desarrollarse las negociaciones ulteriores sobre armamentos nucleares.

     En realidad, las exigencias de este cuadro eran tan elevadas que las dos superpotencias podían continuar desarrollando sus planes armamentísticos sin temor a traspasar los topes fijados por el tratado. Estos eran de 2.400 vectores por cada parte, entendiéndose por vector todo móvil capaz de conducir una carga explosiva a su objetivo. (Los bombarderos con cargas nucleares eran, pues, tenidos en cuenta junto a los misiles).

     Asimismo, el número máximo de MIRV era de 1.300 por cada parte. Estas cifras resultaban demasiado altas en relación a los armamentos existentes y posibles en aquella época.

     Por otra parte, el tratado no tenía en cuenta diversos factores cualitativos que ejercen una importante influencia en la valoración de las armas, tales como el constante perfeccionamiento de éstas, la modernización de las armas ya desplegadas, el progreso de los bombarderos que, con los «cruisers», alcanza cotas de fiabilidad y de potencia de tiro comparables a las de los misiles balísticos y la eficacia de las «armas-antiarmas» preparadas para destruir los misiles adversarios en sus propios silos.

     El acuerdo era, pues, poco efectivo en la práctica, pero representaba una intención negociadora muy valiosa.

     Después de la firma del tratado de 1972, las negociaciones SALT continúan avanzando lentamente con el fin de solucionar algunas de las cuestiones que aquél había dejado pendientes. A mediados del 79, un nuevo tratado —que en Occidente recibiría el nombre de SALT-2— está ya a punto y será firmado con gran publicidad por Jimmy Carter y Leónidas Brezhnev el 18 de junio del citado año en el Palacio Hofburg de Viena.

     El SALT-2 fija un plazo de tres años para la reducción de los armamentos nucleares a unos límites que, en líneas generales, son los siguientes: 820 misiles intercontinentales, 1.200 misiles de alcance intermedio y 1.100 bombarderos dotados de MIRV, pudiéndose combinar estos armamentos, pero sin sobrepasar un total de 2.550 por cada parte, cifra que, en realidad, no diferirá mucho de la manejada por Vladivostok.

     El cumplimiento de este acuerdo exigía a la URSS la destrucción de 250 misiles o bombarderos, con lo que, al parecer, se restablecía el equilibrio numérico entre las dos superpotencias.

     La satisfacción producida por este nuevo tratado, que suponía, en todo caso, un pequeño paso hacia el desarme nuclear, no duró mucho tiempo, ya que el Senado americano se negó a ratificarlo a causa de la invasión a Afganistán por los soviéticos.

     En efecto, el 24 de diciembre de 1979, varios miles de paracaidistas soviéticos descendían sobre los aeropuertos afganos con el fin de ayudar al Gobierno de aquel país a contener la rebelión producida en abril del 78. Esta operación militar causó una tremenda impresión en la opinión americana, muy afectada ya por otros fracasos. Cinco años después, Ronald Reagan compara la intervención rusa en Afganistán con el ataque japonés a Pearl Harbor, calificándola como un «día de infamia» para los Estados Unidos. Dicha intervención fue presentada por la URSS como una simple operación de ayuda provisional, sin transcendencia política o militar alguna. Sin embargo, este hecho contribuyó a destruir el espíritu diplomático y conciliador que había reinado desde el 63.

     En este sentido, la «doble decisión» de la OTAN, en diciembre de 1979, tuvo aún mayor importancia para acabar con las negociaciones sobre armas estratégicas. A partir de ese momento, la atención diplomática será atraída por otro tema de gran envergadura y de importancia inmediata: el problema de los euromisiles o armas nucleares tácticas de alcance medio en Europa.

 

4. La «doble decisión» de la O.T.A.N.

 

     El 12 de diciembre de 1979, se hizo público un acuerdo adoptado por los ministros de Defensa y Asuntos exteriores de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, en relación con la seguridad militar de Europa Occidental.

     Los dirigentes de la OTAN partían de hecho —presentado como cierto— de que los soviéticos estaban acumulando misiles de corto y medio alcance en su territorio y en el de algunos países del Pacto de Varsovia, creando así una grave amenaza contra el resto de Europa. Tras haber analizado esta situación, los ministros reunidos habían llegado a la conclusión de que era necesario hacer frente a tal amenaza, sin lo cual la credibilidad de la OTAN se vería notablemente deteriorada. Como reacción concreta en el sentido señalado, los ministros habían tomado una decisión compuesta de dos partes, la primera de ellas de tipo militar y la segunda de carácter negociador.

     Hans Dietrich Genscher, ministro de Asuntos Exteriores de la RFA, que es uno de los más decididos partidarios de la doble decisión, ha explicado la situación de aquel momento en los siguientes términos: la Alianza no podía seguir tolerando la amenaza que, para la Europa libre y democrática, representaban los misiles soviéticos, agravada aún más por el despliegue de los nuevos misiles soviéticos SS-20, de tres cabezas nucleares, dotados de una gran movilidad y precisión, y de los bombarderos de respuesta inmediata y alcance intermedio. Frente a los 600 misiles y las 900 cabezas nucleares de los soviéticos, en permanente modernización y ampliación, Occidente se encontraba en franca inferioridad. De no producirse una reacción por parte de la Alianza —añade Genscher— «la estrategia de Europa Occidental perdería credibilidad y, por consiguiente, efectividad». Existía «el peligro de que Europa Occidental fuera cada vez más vulnerable al chantaje político ejercido por la Unión Soviética».

     Se lanzaba, pues, sobre la URSS toda la responsabilidad de la situación creada en Europa. La OTAN —se decía— no había adoptado hasta entonces ninguna medida ofensiva y se limitaba a reaccionar frente a la acción emprendida por la URSS.

     Ante esta situación, la doble decisión hacía dos planteamientos paralelos. El primero de ellos consistía en la modernización de las armas de la OTAN, ya estacionadas en Europa, a cuyo efecto se realizaría un despliegue de nuevos sistemas nucleares, al mismo tiempo que se llevaba a cabo la retirada de los misiles obsoletos. El nuevo armamento se componía de 108 rampas de lanzamiento para Pershing-2 y 464 misiles de crucero lanzables desde tierra. De no modificarse la situación, estas armas serían desplegadas tras un plazo de espera de cuatro años.

     El segundo planteamiento, complementario del anterior, proponía la realización de negociaciones para la limitación de armamento en Europa. La declaración establecía las directrices básicas para estas negociaciones: toda limitación de los sistemas de armas norteamericanas exigiría análogas medidas por parte de los soviéticos, partiendo del principio de igualdad y de verificabilidad. Si en el curso de estas negociaciones, se llegaba a acuerdos de desarme nuclear, total o parcial, en Europa, las medidas citadas se adaptarían a tales acuerdos. Pero si, a finales de 1983, no se habían conseguido todavía resultados positivos a este respecto, la OTAN procedería a la instalación de los nuevos armamentos sin necesidad de nuevas decisiones.

     Los hechos aducidos por la OTAN como base de la «doble decisión» han sido objeto de muchas discusiones, que todavía prosiguen.

     Entre las numerosas opiniones adversas a la justificabilidad de dicha decisión, recogemos —a título de ejemplo— la del diputado laborista Fred Halliday, en declaraciones hechas en 1983. Halliday rechaza la tesis de la superioridad soviética, e incluso la tesis de la paridad. En su opinión, no puede hablarse de superioridad soviética más que en el campo de las armas convencionales, o, incluso en este caso, la presunta superioridad se equilibra con la mayor precisión de las armas de la OTAN.

     Â«Todo el argumento sobre la supuesta superioridad soviética de armas nucleares de alcance medio en Europa —dice Halliday— se basa en la omisión de la flota norteamericana de submarinos, dotada de 400 cabezas nucleares y destinada a la defensa de europea. Los americanos tienen la mitad de sus cabezas en submarinos que la URSS no puede detectar, mientras que el 70% de las cabezas nucleares soviéticas está en tierra y es fácilmente detectable». Además, «las fuerzas del Reino Unido y Francia y las bombas norteamericanas trasportadas en aviones dan a los países de la OTAN la paridad con la URSS en armas de alcance medio en Europa». Con sus SS-20, los soviéticos no han conseguido otra cosa que «empezar a adquirir la igualdad en armas de alcance medio» con los occidentales.

     En resumen, desde el punto de vista de Fred Halliday, «no hay razón para justificar la instalación de los misiles de crucero y los Pershing-2 en Europa».

     Muy distinta de esta opinión es, por ejemplo, la del ruso pro-occidental André Sajarov. Sajarov echa en cara a los pacifistas el haber desconocido la verdad inicial de la doble decisión, es decir, «la ventaja en favor de la URSS de la paridad estratégica durante el decenio de los años setenta». Estos pacifistas echan toda la culpa a los occidentales y, en cambio —dice Sajarov—, «cuando protestan contra los planes de la OTAN, no plantean ninguna demanda sobre la URSS».

     Opiniones como las que acabamos de citar se inspiran ciertamente en criterios de parcialidad ideológica mucho más que en razones técnicas. No menos parcial parece ser la interpretación que Ronald Reagan daba a finales de 1984, en vísperas de la iniciación de las nuevas conversaciones de Ginebra, sobre la situación creada tras el tratado SALT-1. La explicación dada por el presidente americano se resume en los siguientes términos: en 1972, en el momento de la firma del SALT-1, los EE.UU. habían considerado conveniente acortar sus armamentos de acuerdo con el espíritu y los términos de este tratado. De hecho, redujeron sus armas nucleares en un 30% y su megatonaje en un 75%. Muy al contrario, los soviéticos no han cesado de aumentar regularmente, a lo largo de todos estos años, su parque nuclear, en contradicción con el tratado que les obligaba expresamente a reducir su arsenal ofensivo. En cuanto a las armas defensivas, los EE.UU. renunciaron drásticamente a la protección aérea que habían montado en los años 50 contra los bombarderos rusos, e incluso al proyecto de red antimisil que el tratado les autorizaba a establecer. En suma, el programa de defensa americano ha permanecido en un estado embrionario, mientras que la URSS, por su parte, dispone de 1.000 plataformas de lanzamiento de cohetes antiaéreos SAM, una red de antimisiles en torno a Moscú, etc. Los Estados Unidos no han dejado, pues, de estar en situación de inferioridad desde 1972, tanto en armas ofensivas, como en armas defensivas. Con ello, no sólo la «doble decisión», sino la política actual de defensa antimisiles (DAM) están plenamente justificadas y nadie puede culpar a los EE.UU. de belicismo.

     La teoría justificativa de la doble decisión —según la cual, los occidentales van a la zaga y en el curso de estos años no han hecho más que reaccionar a la ofensiva armamentística soviética— es sostenida con ardor por los americanos y sus más fieles aliados europeos.

     Para designar la política de rearme nuclear en Europa —el despliegue de misiles y cruceros, consecuencia de la doble decisión— H.D. Genscher inventó una palabra muy significativa que, en cierto modo, presenta la clave de la justificación occidental. Se trata de la palabra «Nachrüstungmassnahme», la cual sólo puede traducirse por una perífrasis: «un rearme que se realiza después de que los otros se han rearmado ya».

     Los franceses la han traducido por «rattrapage», lo que en español podía quizás significarse por «contrarrearme» o «rearme compensatorio».

     La impresión que producen los informes más dignos de crédito es que el despliegue no ha sido un simple «rearme compensatorio», sino una operación destinada a consolidar y perfeccionar una situación de superioridad occidental en Europa.

     Dieter S. Lutz ha estudiado las cifras y los datos de que se puede disponer en torno a la cuestión de los euromisiles. Bajo el título: «Rattrapage ou aspiration à la superiorité?» se pregunta[7] si es cierto que la Organización del Pacto de Varsovia posee efectivamente en el terreno de las armas nucleares del teatro europeo una peligrosa superioridad militar que haya hecho necesaria la decisión tomada por la OTAN en 1979.

     Su respuesta es negativa y se puede resumir en los cinco puntos siguientes, cada uno de los cuales viene apoyado, en el texto por un análisis de carácter técnico:

     1) Los datos recogidos de diversas fuentes, americanas, soviéticas y neutrales —una vez despejados y depurados— prueban que es falso que en el momento de la «doble decisión» existiese en Europa una superioridad numérica del Pacto de Varsovia sobre la OTAN, en lo referente a armas nucleares de corto alcance.

     2) En lo que concierne a las armas nucleares de alcance superior a mil kilómetros en el teatro europeo —habida cuenta del número de cabezas nucleares basadas en tierra y en mar, así como del número total de aviones con capacidad nuclear— puede afirmarse que en los años 79/80 había equilibrio entre los dos bloques.

     3) Las medidas sucesivas de modernización adoptadas hasta la «doble decisión» no prueban un avance cualitativo del bloque del Pacto de Varsovia.

     4) Incluso en el caso más desfavorable para la OTAN —comparación de fuerzas «anti-fuerza» y «anti-valores»— la URSS sigue estando obligada a estimar como inaceptables los riesgos que tendría que afrontar en caso de lanzarse a un ataque contra Europa occidental.

     5) La URSS podría realizar contra Occidente un «primer golpe nuclear», pero no estaría en condiciones de llevar a cabo un «primer golpe nuclear desarmante».

     Todas estas consideraciones dejan en el aire la hipótesis de que la «doble decisión» fuese una simple «reacción compensatoria» de los EE.UU. Parece más bien que puede afirmarse que en la misma habría algo más que un simple «rattrapage».

     Henry Kissinger formuló en enero de 1984 una crítica importante contra la «doble decisión». La OTAN —dijo Kissinger— cometió un error al plantear su decisión en términos políticos y no estrictamente militares. Condicionar el despliegue de los euromisiles occidentales al fracaso de las negociaciones de Ginebra era —según Kissinger— un mal camino: «la experiencia en negociaciones de control de armamentos y la táctica de la diplomacia soviética debería haber advertido de que era casi seguro que las negociaciones diesen un resultado ambiguo». Hubiera sido, pues, preferible que una postura militar se contrastase directamente con la otra sin interferencia del tema político con el militar, es decir, que el despliegue hubiese quedado condicionado únicamente a la retirada de los SS-20, y no al resultado de las negociaciones.

 

5. Las negociaciones tras la «doble decisión»

 

     Como hemos expuesto anteriormente, la «doble decisión» se componía de dos partes: una amenaza militar y una oferta política. Kissinger parece tener razón al afirmar que estas dos alternativas no debían haber ido nunca juntas, sino que cada una de ellas tendría que haber seguido su propio camino, con total independencia la una de la otra. En realidad, la primera parte de la «doble decisión» destruía o inutilizaba a la segunda, ya que no se puede negociar eficazmente bajo el peso de un ultimátum, como prácticamente lo era el anuncio del despliegue de los euromisiles.

     Parece que en 1979 los EE.UU. y la OTAN estaban ya completamente decididos a llevar a adelante este despliegue y que la oferta de diálogo no era sino una cuestión de forma, destinada principalmente a edulcorar la decisión militar y a tranquilizar a la opinión pública mundial. La verdad es que los mandos occidentales no ponían excesiva confianza en el éxito de las negociaciones y que su interés se centraba sobre todo en la seguridad militar y el reforzamiento de los armamentos nucleares.

     De cualquier manera, la oferta política estaba ahí y a partir de ella se inició un nuevo período negociador, con características muy particulares, como veremos enseguida.

     La negociación se desarrolló entre 1980 y 1983 y sus marcos más importantes fueron las conversaciones INF («Intermediate Range Nuclear Force» = Fuerzas nucleares de alcance intermedio) y las START («Strategic Arms Reduction Talks» = Conversaciones para la reducción de armas estratégicas).

     A lo largo de estas conversaciones, las dos superpotencias negociaron en condiciones perentorias, teniendo siempre a la vista el anunciado «contrarrearme» europeo de la OTAN para el caso de que el diálogo político fracasase. Si para diciembre de 1983 no se había llegado a acuerdos sustanciales, la Organización del Atlántico Norte procedería a la instalación de sus nuevas armas, algunas de las cuales alcanzarían al propio territorio soviético.

     Por otra parte, las conversaciones tenían que realizarse bajo la presión de la opinión pública, tanto europea como americana, fuertemente alarmada por el riesgo de una posible guerra atómica. pesaba también sobre ellas, y no poco, la protesta de los pacifistas cada vez más fuertes y activos en ambos continentes.

     En tales circunstancias, no podía existir un clima propicio para el diálogo y esto se echó de ver claramente a lo largo del cuatrienio.

     Sin embargo, hay que decir que en aquel momento reinaba todavía una especie de «confianza desesperada». Las cosas habían llegado a un punto tan crítico y la amenaza de un conflicto nuclear parecía algo tan verosímil, que la misma gravedad de la situación llegaba a constituir un factor positivo.

     Como se había podido comprobar en anteriores circunstancias, los momentos más difíciles son, a veces, los más adecuados para una negociación eficaz. Así había sucedido en Suez y en la crisis de los misiles de Cuba. Tras la «doble decisión», podría ocurrir lo mismo: que las superpotencias se pusieran a negociar a marchas forzadas y consiguieran alcanzar unos acuerdos válidos para sacar a Europa y al mundo de la crisis político-militar en que se encontraba metido.

     El objetivo de las conversaciones INF de Ginebra, que los soviéticos denominan conversaciones G-1, era el control de las armas nucleares de alcance medio, instaladas, o a punto de instalarse, en Europa. Había que reducir y poner de acuerdo estos armamentos, a fin de evitar que el desequilibrio entre la potencia militar de las dos Alianzas en el continente europeo pudiera conducir a una tercera guerra mundial.

     En las INF se realiza un enorme esfuerzo diplomático y técnico, pero la eficacia del mismo es prácticamente nula: en la mayor parte de los casos se trata de un «tejer y destejer» que, en definitiva, no lleva a ninguna parte.

     En el curso de las INF se celebran nada menos que 111 sesiones de trabajo repartidas en seis «rounds». El primero de éstos dará comienzo en noviembre de 1981. La sexta y última ronda tendrá lugar entre el 17 de mayo de 1983 y el 24 de noviembre del mismo año.

     Simultáneamente a las conversaciones propiamente dichas, se produce una serie de manifestaciones o declaraciones públicas de los dirigentes soviéticos y americanos, ampliamente difundidas por la prensa, a través de las cuales se revelan las principales líneas o jalones de la negociación.

     El primero de estos posicionamientos es la famosa «opción cero» de Reagan, en noviembre de 1981, coincidiendo con el inicio del primer «round» de las conversaciones. Esta misma propuesta fue simultáneamente presentada y discutida en las sesiones de trabajo de Ginebra. Su contenido esencial es el siguiente: «que los soviéticos retiren sus SS-20 del teatro europeo y los americanos renunciaremos al despliegue de nuestros 572 euromisiles y aviones de crucero».

     La «opción cero» será posteriormente considerada como algo irrealizable, es decir, como una meta teórica a la que no se puede llegar por el momento. Sin embargo, la propuesta de Reagan constituirá, en lo sucesivo, un punto de referencia teórica al que frecuentemente apelarán los negociadores de una y otra parte en el curso de sus conversaciones.

     Los soviéticos rechazaron la «opción cero» como una oferta meramente publicitaria. Pocos meses después, iniciada ya la segunda ronda de negociaciones, Brezhnev hacía una contrapropuesta a la misma, que constituye un segundo punto de referencia importante para ordenar la maraña negociadora de las G-1. El contenido de la contrapropuesta Brezhnev es, en síntesis, el siguiente: 1º) Prohibición de nuevos sistemas de armas nucleares en Europa y, en particular, del proyecto de despliegue de la OTAN y de cualquier ampliación de formas nucleares de alcance intermedio por los países del Este. 2º) Congelación del número y también de la capacidad de las armas de una y otra parte ya desplegadas en el continente. 3º) Una vez aplicadas las anteriores medidas, reducción cuantitativa de las INF de ambos bloques, limitándolas a 600 sistemas de armas por cada parte en 1985 y 300 en 1990.

     Esta fórmula podía haber servido de base a un diálogo constructivo en Ginebra; pero los americanos la eludieron con argumentos de carácter general, separándose de las cifras concretas en las que los soviéticos la habían basado. Alegaron que los rusos pretendían centrar la negociación exclusivamente en el teatro europeo, a fin de poder reforzar, a cambio, sus armamentos nucleares en el teatro asiático. «De esta manera —decían los americanos—, si los misiles del continente son trasladados al Este, no se adelantará nada en cuanto a la estrategia general. Se hace necesario encajar la negociación europea en otra de carácter más amplio».

     Notemos que la contrapropuesta Brezhnev no establecía distinción entre las armas nucleares americanas y las francesas y británicas, dispuestas también a funcionar en el teatro europeo. Se planteaba así la famosa cuestión de la «contabilización», la cual había de dar mucho juego en el curso de las futuras negociaciones. ¿Qué fuerzas nucleares se trataba de equilibrar? ¿Las rusas y las americanas exclusivamente —quedando al margen las de los aliados occidentales— o bien las rusas y las occidentales, consideradas éstas en su conjunto, es decir, con inclusión de las francesas y británicas?

     En el primer caso, el bloque occidental saldría beneficiado ya que, en caso de conflicto, los americanos dispondrían en Europa de la ayuda de las fuerzas aliadas. En el segundo caso los Estados Unidos quedarían en situación de inferioridad numérica ante la URSS en el teatro europeo, cosa que «la primera nación del mundo» no podría aceptar.

     En 1985 no se ha terminado aún de discutir en torno a esta famosa cuestión de la contabilidad.

     Entre el 20 de mayo y el 20 de julio del mismo año 82, se habló ampliamente de los SS-20. Los occidentales partían del hecho de que el alcance de estos misiles cubría toda Europa occidental, cosa que era cierta —incluso en el caso de que los mismos fueran instalados algo más allá de los Urales— pero que los soviéticos trataron de relegar en esta segunda ronda.

     En el curso de la tercera ronda de las INF se produjeron dos hechos importantes: la propuesta Andropov de diciembre de 1982 —de la cual nos ocuparemos un poco más adelante— y la proposición de los países del Pacto de Varsovia de enero de 1983. Este fue un intento bastante bien calculado para atraer a los países de Europa occidental y tratar de separarlos de sus presuntos protectores usamericanos. Los países del Pacto proponían a los occidentales la firma de un «tratado de no agresión», el cual debía conducir a una amplia coexistencia en Europa y, consiguientemente, a la supresión de todas las armas nucleares en el continente. Sin embargo, los países del Pacto de Varsovia no adquirían en este tratado ningún compromiso relativo a los SS-20, con lo cual la seguridad de Europa Occidental quedaba completamente a la deriva.

     La cuestión de la posible retirada de los misiles rusos ubicados en Europa al «teatro asiático» —a la que hemos aludido anteriormente— fue objeto de un minucioso estudio en el tercer «round» de las conversaciones, con muy escasos resultados. En cambio, al término del mismo surgió una nueva propuesta que, a pesar de su carácter extraoficial, mereció una amplia atención de la opinión mundial.

     Nos referimos al llamado «compromiso del bosque» el cual fue fruto de una conversación privada entre los jefes de las delegaciones americana y soviética, Paul Nitze y Juli Kvitsinsky. El «paseo del bosque» en el que se «coció», al parecer, la nueva fórmula, tuvo lugar el 18 de julio de 1982. Ambos interlocutores lograron ponerse de acuerdo sobre una base o programa común de discusión que había de ser sometido a la consideración de la Conferencia.

     Los principales elementos de esta propuesta eran los siguientes: americanos y soviéticos reducirían sus armamentos en Europa a 75 misiles por cada parte (75 SS-20, con tres cabezas cada uno por parte rusa y 75 misiles de crucero, con 4 cabezas cada uno por parte americana) además de 150 bombarderos de alcance medio dotados de cargas nucleares por cada parte. Los americanos renunciarían, por tanto, al despliegue de los temibles Pershing-2, mientras que los soviéticos tendrían que destruir los SS-20 sobrantes, renunciando al proyecto de trasladarlos al este de los Urales.

     La propuesta no tuvo éxito, ya que fue desautorizada por la Administración americana y, poco después, por el Gobierno soviético, por lo cual no puede pasar a ser discutida en el seno de la Conferencia.

     Sin embargo, el «compromiso del bosque» no fue olvidado y volvería a cobrar actualidad un año más tarde gracias al interés que llegó a despertar en los medios de la República Federal Alemana. Ciertos políticos de la R.F.A. veían en él una posible vía de salida del «impasse» a que se había llegado en la INF. Así, en un artículo publicado en el «Washington Post» del 22 de mayo de 1983, el anterior canciller de la República Federal, Helmut Schmidt, decía que el programa del bosque era totalmente aceptable y culpaba a las dos superpotencias de haberlo repudiado sin consultar con los Estados europeos implicados en el tema.

     Un par de meses después, el ministro de Asuntos Exteriores de Bonn, Hans Dietrich Genscher, en unas declaraciones formuladas en una rueda de prensa ante la emisora «La Voz de Alemania», dijo que «los negociadores soviéticos tenían motivos suficientes para pensar que el resultado logrado por los jefes de las dos delegaciones en su conversación privada era aceptable para ellos, puesto que en dicho «compromiso» se consideraban, tanto los intereses de la seguridad soviética, como los de la seguridad americana».

     Más aún, el gobierno de Bonn hizo pública en la capital alemana una declaración oficial en la que se afirmaba que «el llamado compromiso del bosque era una prueba de que la Unión Soviética estaba en condiciones de reflexionar de una manera flexible en dirección de la propuesta», y se insistía sobre la idea de que el citado programa dejaba a los negociadores americanos un margen suficiente de maniobra para llegar a una fórmula equilibrada.

     Por su parte, el prestigioso experto Edmond Bahr confirmó, a su regreso de un viaje a la URSS donde se había entrevistado con altos funcionarios de la administración soviética, que el gobierno ruso estaría dispuesto a aceptar un acuerdo sobre la base de la conversación del bosque.

     En el verano o en el otoño de 1983 estuvo a punto de llegarse a un consenso, siguiendo estos sensatos consejos. La cuestión de los euromisiles pudo haber quedado zanjada, con lo cual se hubiese dado un gran paso hacia una futura desnuclearización del continente.

     Pero, desgraciadamente, las cosas no fueron por este camino. En el mismo gabinete alemán hubo contradicciones que saltaron a la prensa y se habló de confusión y de malestar dentro de las esferas gubernamentales y en los medios demócrata-cristianos.

     La iniciativa alemana en favor del «compromiso del bosque» tuvo pronto fin: ni Kohl ni el ministro de Exteriores, Genscher, fueron capaces de sostener sus posturas que, sin embargo, hubiesen evitado a Alemania el tener que aceptar algo más tarde la instalación de los Pershing-2 en su propio territorio.

     Entre los dos momentos a que acabamos de referirnos, es decir, julio del 82 y mayo del 83, se produjo un hecho importante, que fue la propuesta Andropov del 2 de diciembre de 1982, antes aludida. Esta nueva oferta soviética tuvo lugar en el curso de la cuarta ronda de las conversaciones de Ginebra, que había dado comienzo el 30 de septiembre de 1982.

     La propuesta Andropov se basaba en dos puntos. Los misiles rusos SS-20, cuyo número era teóricamente de 250 unidades, serían reducidos a 162, con lo cual se equilibrarían a los misiles franco-británicos estimados precisamente en esta cifra. A cambio de esto, la OTAN renunciaría totalmente al despliegue de los euromisiles y de los aviones de crucero destinados al teatro europeo. En resumen, en Europa se nivelaban las fuerzas nucleares soviéticas con las franco-británicas y los americanos quedarían al margen.

     La propuesta Andropov tuvo una acogida relativamente buena en algunos medios occidentales; pero finalmente fue rechazada, no sólo por los americanos, que se veían eliminados de la «competición», sino también por franceses y británicos, no dispuestos a aceptar que sus propias fuerzas entrasen en confrontación con las de los soviéticos.

     Por otra parte, con la propuesta Andropov, resurgía la cuestión de la «retirada asiática». ¿Qué harían los soviéticos con los 98 SS-20 restantes? ¿Los destruirían, o los trasladarían al otro lado de los montes Urales? Este punto, no aclarado en un principio por Andropov, contribuyó a aumentar las reticencias, que no eran pocas, de los norteamericanos.

     Esta duda subsistió en los meses siguientes a causa de las posturas ambiguas adoptadas por los dirigentes soviéticos.

     En primer lugar, Andrei Gromiko hizo, en marzo de 1983, unas declaraciones en las que precisó que la utilización de los misiles sobrantes era una cuestión puramente interna del Estado soviético. Se expresó en los siguientes términos: «En caso de que lleguemos a un acuerdo, podemos desplazar esos misiles hacia el Este; pero esto es asunto nuestro, y es nuestro derecho. La Administración americana razona como si estos cohetes debieran ser liquidados y esta sola exigencia excluye la posibilidad de un entendimiento».

     Sin embargo, cuatro meses más tarde el propio Andropov desmintió a su ministro de Asuntos Exteriores, afirmando que su propuesta de diciembre había de ser entendida en el sentido de que los misiles retirados de Europa serían «liquidados» y no «trasladados». Con esto parecía que la cosa volvía a quedar clara.

     Pero la confusión no terminó con esto. Al contrario, volvió a presentarse cuando el negociador soviético Rvitsinsky dijo en Ginebra que sí, que habría «destrucción o liquidación», pero no de misiles, sino de «lanzadores», con lo cual la propuesta Andropov volvía a perder sentido, ya que nada impediría que las plataformas de lanzamiento destruidas en el continente europeo fueran rápidamente reconstruidas en Asia.

     Hubo que esperar hasta el 14 de septiembre para que las cosas quedasen definitivamente en su punto. En efecto, en dicha fecha se celebró una rueda de prensa, en la que comparecieron el general Kornienko, segundo hombre del Ministerio de Asuntos Exteriores soviético, y el mariscal Akhromeev, vice-ministro del Ejército, los cuales aseguraron, en una declaración oficial, que la oferta realizada por Andropov implicaba real y verdaderamente la destrucción completa de los SS-20 sobrantes en Europa, y sin ninguna posibilidad de utilización ulterior de los mismos.

     La propuesta Andropov recobraba así su sustancia inicial y las principales dudas en torno a ella se desvanecían. Sin embargo, los episodios que acabamos de relatar muestran la enorme ambigüedad que caracterizó a las IFN desde el principio hasta el fin, así como la oposición interna existe, tanto en la parte soviética, como en la americana, entre negociadores duros y negociadores conciliantes.

     En el curso del quinto «round», se produjo una cierta flexibilización de las posiciones americanas. En su nueva postura reconocían éstos que la «opción cero» de noviembre del 81 era demasiado ambiciosa y que la misma no podía ser realmente considerada como un objetivo viable a corto plazo. A cambio de ella, proponían una cuestión de reducciones parciales que fuesen llevando gradualmente al resultado total apetecido, es decir, a la verdadera «opción cero».

     En la sesión del 29 de marzo del 83, la representación americana propuso la negociación de un «acuerdo transitorio» como primer paso hacia la completa renuncia mutua a las armas nucleares de alcance intermedio con base en tierra.

     Según esta propuesta, los SS-20 serían sucesivamente desmantelados al mismo tiempo que se desplegaban los nuevos euromisiles, es decir, de modo que estas dos operaciones fuesen a converger en un punto de equilibrio, cuya cifra se establecería oportunamente. Los soviéticos reducían, los americanos desplegaban, aunque moderadamente, y era así cómo se había de llegar al deseado equilibrio, aunque todavía no fuese al nivel cero.

     Según Genscher, los países de la alianza fueron previamente consultados por los EE.UU. sobre esta nueva proposición. De cualquier manera, los europeos, especialmente los alemanes, presionaron mucho para que se llegase a un acuerdo inmediato, aunque fuera solamente de carácter provisional.

     Poco después, en la sesión del 3 de mayo, la URSS aceptó por primera vez que el cálculo de equilibrio se hiciese sobre el número de cabezas nucleares, y no sobre el de misiles, como se había hecho hasta entonces, lo que, en cierto modo, podía suponer una mayor reducción de los SS-20. Pero la idea sugerida por los americanos de un primer acuerdo parcial no llegó a ser aceptada por los rusos y quedó para la siguiente ronda, que había de ser la última de las INF.

     Este sexto «round» comenzó el 17 de mayo de 1983, en medio de un cierto escepticismo, a causa del muy escaso resultado que las reuniones anteriores habían dado. El diario «Pravda» escribía, a este propósito, que en el transcurso de año y medio las posiciones de ambas partes habían permanecido muy distanciadas y no se habían aproximado «ni siquiera un milímetro».

     La nueva postura «flexibilizadora» de los EE.UU. fue solemnemente anunciada por Reagan en su famoso discurso, ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, el 26 de septiembre de 1983. Es lo que luego se llamará la «nueva opción cero» o «propuesta intermedia» de Reagan.

     En realidad, la propuesta estaba ya presentada formalmente en Ginebra desde la semana anterior, y Reagan no hizo más que dar publicidad a la misma con su discurso. El presidente dijo que los EE.UU. deseaban y aceptarían cualquier acuerdo bien asentado que estabilizase las fuerzas nucleares de alcance medio a niveles inferiores a los existentes en aquel momento.

     La Casa Blanca, afirmó Reagan, deseaba llegar a un compromiso con los soviéticos sobre la base de una reducción recíproca equilibrada y verificable. A este efecto hizo consistir su propuesta en tres puntos.

     En primer lugar, el acuerdo debía ser establecido sobre la base de una concepción global de la limitación de armamentos. Dicho más claramente: para los soviéticos, desarmar en Europa no debía significar rearmar en Asia o en otra parte del mundo.

     En segundo término, los EE.UU. aceptaban, por primera vez, el deseo soviético de que el acuerdo alcanzase también a los bombarderos preparados para transportar armas nucleares, los cuales serían contabilizados junto a los misiles.

     Finalmente, en cuanto a las dimensiones de la reducción, Reagan manifestó que, en el contexto de una negociación a «niveles iguales», estaba dispuesto a renunciar a la parte que fuese necesaria de los 572 Pershing y aviones de crucero preparados para el despliegue. En el curso de su declaración, Reagan dijo —aludiendo a la «opción cero»— que él mismo había propuesto anteriormente la eliminación de todas las armas nucleares, pero que, como solución intermedia, aceptaría cualquier cifra comprendida entre cero y 572, aunque él recomendaba el nivel más bajo posible.

     Â«Estamos decididos a no agotar ningún esfuerzo para llegar a un acuerdo sano, equitativo y verificable. Por esta razón, he dado nuevas instrucciones al embajador Nitze en Ginebra, ordenándole que proponga un conjunto de medidas destinadas a hacer que las negociaciones progresen tan rápidamente como sea posible».

     Moscú consideró inaceptables las proposiciones de Reagan, ya que las mismas «no contenían nada nuevo» y debían ser vistas como «simple propaganda». Así lo manifestó el ministro soviético de Asuntos Exteriores, Andréi Gromiko, que, por cierto, ni siquiera había asistido a la Asamblea General, alegando como disculpa que las autoridades estadounidenses no le habían permitido desembarcar en un aeropuerto civil.

     El propio Andropov, en una declaración difundida por la Agencia Tass y por la Televisión rusa, calificó de «nueva superchería» y de «desvergonzadas y cínicas» las propuestas de Reagan y afirmó que el mundo se hallaba al borde de la guerra si éste no cambiaba de actitud.

     Con todo esto, las INF parecían condenadas a un fracaso inmediato. Pese al sigilo observado por los medios oficiales americanos, se consideraba ya como inminente la llegada de los primeros elementos de los Pershing-2 a la base norteamericana de Ramstein, en la R.F.A., y todo estaba preparado para que el despliegue continuase en el sector controlado por el ejército americano en el aeropuerto de Francfort y en otras bases estadounidenses en Europa.

     Â¿Cómo se podía seguir negociando en tales condiciones, dada la radical oposición de la URSS al despliegue de los nuevos euromisiles?

     En el otoño de 1983, y aunque sus preocupaciones fuesen distintas, tanto los rusos como los americanos estaban obsesionados por el inminente despliegue de los euromisiles. Es cierto que, bajo el aspecto técnico, se habían entrevisto soluciones aceptables para ambas partes; pero ninguna de éstas tenía ya verdadera voluntad negociadora. Casi terminado el plazo de la «doble decisión», la cuestión del prestigio ante la opinión mundial se presentaba como la más importante. Ninguna de las dos superpotencias quería ya llegar a un compromiso que pareciese una cesión a la arrogancia del contrario. Al final, un acuerdo hubiese sido posible, porque, pese a lo que decía Pravda, las posiciones se habían aproximado mucho hasta llegar a confundirse o invertirse en algunos momentos.

     Así, como ejemplo de esto, puede citarse lo ocurrido el 13 de noviembre. El negociador soviético Kvitsinsky propuso a un homólogo americano una nueva fórmula basada en una reducción lineal de 572 sistemas de armas por cada parte. La cosa era tan aceptable para los americanos, que enseguida corrió el rumor de que la propuesta había sido hecha por los propios americanos, lo cual hubiera sido, por cierto, bastante verosímil. Pero el portavoz americano se apresuró a desmentir el rumor diciendo que no veía «ningún interés en querer convertir una propuesta soviética en una propuesta americana». En efecto, parece ser que, en aquel momento, semejante aproximación era vista casi como un deshonor para el patriotismo americano.

     No tardó, pues, en presentarse el final que todos esperaban o temían. El 23 de noviembre, en una sesión de la Comisión, que duró menos de treinta minutos, la representación soviética manifestó su decisión de interrumpir las negociaciones. Kvitsinsky declaró a la salida: «las negociaciones quedan interrumpidas y no se fija fecha para continuarlas».

     De hecho, esta sesión de las INF significaría el final de las mismas. En cuanto a las negociaciones START sobre reducción de armas estratégicas, de las cuales nos ocuparemos en seguida, fueron también aplazadas por iniciativa del Kremlin el 8 de diciembre.

     Unas semanas después, el 15 de diciembre, la Conferencia de Viena sobre reducción de tropas convencionales en Europa se interrumpió, asimismo, al retirarse de la misma la representación del Pacto de Varsovia, sin fijación de nueva fecha para su convocatoria.

     De esta suerte, puede decirse que quedaron rotos todos los puentes. El año terminó en un «suspense» diplomático como no se había conocido hacía mucho tiempo.

 

6. Las conversaciones sobre armas estratégicas

 

     Las conversaciones START para la reducción de armas estratégicas tuvieron lugar entre junio de 1982 y diciembre de 1983. Su desarrollo fue menos complicado y más esperanzador, desde un principio, que el de las INF, pero, a fin de cuentas, tampoco dieron ningún resultado útil. Esto ocurrió, sin duda, por la razón fundamental antes apuntada, es decir, la falta de voluntad real de llegar a acuerdos que superasen la tensión existente entre las dos fuerzas.

     Retrasadas en varias ocasiones por causa de incidentes en Polonia y en Oriente próximo, las conversaciones START dieron comienzo el 30 de junio del 82, pero fueron precedidas por un período de preparación muy interesante, a lo largo del cual se formularon declaraciones y propuestas de ambas partes.

     La más importante de ellas es seguramente la del presidente Reagan del 9 de mayo. El presidente americano propuso que ambas partes redujeran sus armas estratégicas al nivel que había sido establecido por el tratado SALT-2 que, como es sabido, nunca fue puesto en ejecución. En lo que concierne a armas intercontinentales, Reagan fue todavía más lejos que el SALT-2, proponiendo que el número de misiles intercontinentales se redujera a 2.500 cabezas por cada parte. Propuso, asimismo, que la capacidad de peso transportable por cada avión fuese reducida a un límite inferior al alcanzado por los americanos, lo que al parecer resultaba beneficioso para éstos, ya que la capacidad de los aviones soviéticos era superior, por el momento, a la de los americanos. Finalmente, señaló la conveniencia de que se entablasen negociaciones sobre los misiles de crucero de largo alcance, armas particularmente temidas de los soviéticos.

     Bastante después de iniciadas las conversaciones START, Reagan hizo unas nuevas propuestas relativas a las armas estratégicas intercontinentales, el 4 de septiembre de 1983.

     La primera de ellas fue la que se llamó «build dong» («construcción-destrucción»). Tenía por objeto el evitar que siguieran acumulándose armas indefinidamente y consistía concretamente en que, al mismo tiempo que se iban construyendo nuevas armas, se fuesen destruyendo las antiguas, pero aprovechándose la ocasión para producir una cierta reducción, por lo menos numérica, de las mismas. Al mismo tiempo que ponía en servicio una nueva cabeza nuclear, cada parte destruiría un mínimo de dos de tipo antiguo. De esta suerte, los EE.UU. desplegarían 100 nuevos MX con diez cabezas cada uno, a cambio de desmantelar 2.000 cabezas nucleares de los tipos anteriormente existentes. Algo análogo se haría con los misiles instalados en submarinos, pero con una proporción todavía más favorable: dos cabezas nuevas por cada tres deberían ser destruidas. Con ello, los americanos decían servir a un principio de desestabilización, ya que se tendía a dar menos facilidades a las fuerzas de primer golpe instaladas principalmente en submarinos.

     Al igual que otras veces, el plan fue descalificado por los soviéticos, como una «superchería», haciéndose notar su carácter parcial, ya que, según dijo el Kremlin, favorecería a los americanos y perjudicaba a los soviéticos.

     Los partidarios del «build dong» presentaron, por el contrario, esta fórmula como un modo de aproximarse al deshielo que pretendían los pacifistas. Empezando por destruir, aunque se construyera en menor escala, siempre se adelantaba algo —decían— y podía ser que se iniciasen de esta manera unas disposiciones favorables para el futuro desarme.

     Nada de esto se hizo, sin embargo. Habría que esperar a que se abriese, una vez iniciado el despliegue de los euromisiles por la OTAN, un período de mayor sensatez y realismo en los dirigentes de las dos superpotencias, al darse cuenta del abismo en que se estaban metiendo. Pero esto no tendrá ya lugar hasta la primavera de 1985, con todas las características de una nueva era negociadora.

 

 

[Notas]

 

[5] «La guerre mondiale malgré nous?», Trad. del alemán, La Découverte-Maspero.

[6] «Le second âge nucléaire», Presses Universitaires de France, 1974.

[7] Dieter S. Lutz, «La guerra mondiale malgré nous?», pág. 192.

 

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