Karlos Santamaria eta haren idazlanak

Aurkibidea

Presentación

Algunas siglas usuales

I.‚ÄĒCuarenta a√Īos de no-utilizaci√≥n del arma at√≥mica

1. Una importante lección de la historia

2. Las guerras de Corea y del Vietnam

3. Crisis del canal de Suez y de los misiles de Cuba

4. El inicio de la distensión

II.‚ÄĒLa negociaci√≥n nuclear

1. Los primeros pasos

2. El periodo negociador: 1963-1979

3. Las negociaciones ¬ęSALT¬Ľ

4. La ¬ędoble decisi√≥n¬Ľ de la OTAN

5. Las negociaciones tras la ¬ędoble decisi√≥n¬Ľ

6. Las conversaciones sobre armas estratégicas

III.‚ÄĒEl progreso del arma nuclear

1. Las primeras etapas

2. Gigantismo y miniaturización.

3. La mutación balístico-nuclear

4. Las armas posnucleares

5. Las armas de alta tecnología

6. La guerra en el espacio

IV.‚ÄĒLa situaci√≥n actual

1. Bipolarización y bipolarismo

2. El duopolio ruso-americano

3. La situación de Europa

4. La amenaza soviética

5. ¬ęRecoupage¬Ľ y desconfianza trasatl√°ntica

6. La Europa europea

7. La fuerza francesa de disuasión nuclear

8. Espa√Īa ante la ¬ęsituaci√≥n nuclear¬Ľ

V.‚ÄĒPacifismo y razones √©ticas contra el arma nuclear

1. Pacifismo y militarismo en la Europa nuclear

2. Pacifismo físico y pacifismos éticos

3. No-violencia y desarme nuclear unilateral

4. La moral católica ante las armas nucleares

Glosario sobre palabras relativas al arma nuclear

Cronología

Bibliograf√≠a reducida en lengua espa√Īola

 

III. El progreso del arma nuclear

 

1. Las primeras etapas

 

     Las primeras bombas at√≥micas eran todav√≠a muy rudimentarias. Planeadas a base de unos esquemas todav√≠a primarios, presentaban numerosos fallos y deficiencias que hac√≠an dif√≠cil su utilizaci√≥n.

     En primer lugar, su rendimiento era muy bajo. S√≥lo un peque√Īo porcentaje de la carga de que era portadora una de aquellas bombas at√≥micas llegaba a explotar, el resto de los materiales radiactivos de la misma se desparramaba por las zonas circundantes. Polvo de rocas volatilizadas por la explosi√≥n cubr√≠a grandes extensiones de terreno o era proyectado a decenas de kil√≥metros de altitud y transportado despu√©s por los vientos en direcciones imprevisibles y a grandes distancias.

     En estas condiciones, la utilizaci√≥n militar propiamente dicha de la bomba resultaba muy problem√°tica. Una vez lanzada una bomba at√≥mica, las fuerzas del propio ej√©rcito pod√≠an verse envueltas en la contaminaci√≥n producida por ella y no era posible proyectar un avance sobre el territorio bombardeado. La bomba pod√≠a servir para intimidar a las poblaciones, pero no para obtener una aut√©ntica victoria en el campo de batalla.

     Los cient√≠ficos que investigaban al servicio del ej√©rcito americano tuvieron, pues, que ponerse de nuevo al trabajo para obviar esos y otros inconvenientes de las primeras bombas. Trataron de transformar la ¬ębomba sucia¬Ľ de los primeros lanzamientos en una ¬ębomba limpia¬Ľ, es decir, de alto rendimiento y reducida contaminaci√≥n. Puede decirse que √©sta fue la primera etapa del progreso del arma nuclear.

     Como es bien conocido, la bomba de Hiroshima se basaba en la ruptura o ¬ęfisi√≥n¬Ľ de √°tomos. Desde las primeras investigaciones sobre la radioactividad se sab√≠a que esta ruptura de √°tomos se produce de modo natural en determinados elementos, como por ejemplo el radio. Se sab√≠a tambi√©n que la ruptura va acompa√Īada de un importante desprendimiento de energ√≠a, debido a la transformaci√≥n de una porci√≥n de materia en energ√≠a.

     As√≠, por ejemplo, un √°tomo de uranio se puede escindir en dos, uno de kripton y otro de bario; pero la suma de las masas de estos dos √°tomos no es igual, sino inferior, a la masa del √°tomo escindido. La masa restante se ha convertido en energ√≠a, de acuerdo con un notabil√≠simo principio te√≥rico previsto ya por Einstein, treinta a√Īos antes.

     En el proceso natural, esta transformaci√≥n tardaba mucho tiempo en realizarse —20.000 a√Īos en el caso de una part√≠cula de radio— y en ella se produc√≠a una enorme cantidad de energ√≠a calor√≠fica y el√©ctrica y radiaciones de muy diverso tipo. La idea de los inventores de la bomba fue sumamente sencilla, como suelen serlo casi siempre las de todos los grandes inventos.

     Lo que hab√≠a que hacer para lograr la explosi√≥n era concentrar toda la energ√≠a en un √ļnico y brev√≠simo momento. Para ello hab√≠a que acelerar el proceso natural, haciendo que sus efectos se produjeran dentro de un proceso de desintegraci√≥n artificial infinitamente m√°s r√°pido que el normal. Esto se consigui√≥ por el bombardeo del √°tomo de uranio o de plutonio por haces de neutrones. Como quiera que los primeros √°tomos bombardeados, no s√≥lo se escinden, sino que emiten, a su vez, nuevos haces de neutrones, los mismos se convierten en centros de reactivaci√≥n del fen√≥meno con lo cual la reacci√≥n nuclear se extiende a toda la masa fisible. Este proceso, que se llamar√° la ¬ęreacci√≥n en cadena¬Ľ, es lo que en realidad hace posible el funcionamiento de la bomba.

     Pero la reacci√≥n en cadena s√≥lo puede tener lugar cuando se ponga en juego una masa fisible suficientemente grande para que d√© p√°bulo a la explosi√≥n total.

     Dicha masa m√≠nima es la que se llama ¬ęmasa cr√≠tica¬Ľ. Ahora bien, la exigencia de que la carga at√≥mica del proyectil sobrepase a la citada masa cr√≠tica impide que se puedan fabricar bombas at√≥micas de tama√Īo m√°s reducido.

     El ¬ęgigantismo¬Ľ de las primeras bombas no fue, pues, solamente un efecto buscado para aterrorizar a la poblaci√≥n adversaria, sino algo impuesto por las condiciones mismas de la experiencia.

     Tampoco se pod√≠an acrecentar ilimitadamente las masas de los distintos componentes de la bomba, ya que se corr√≠a el peligro de que la explosi√≥n se produjera anticipadamente, en el curso del transporte. Por lo tanto, adem√°s de una masa cr√≠tica m√≠nima, exist√≠a tambi√©n una masa cr√≠tica m√°xima que la bomba no pod√≠a sobrepasar.

     A pesar de estas dificultades, la bomba de fisi√≥n hizo progresos en un primer per√≠odo. En 1951 los americanos lograron hacer explotar en Eniwetok —un atol√≥n de las islas Marshall— una bomba de fisi√≥n de 500 kilotones, es decir, veinticinco veces m√°s potente que la de Hiroshima, lo que era un aut√©ntico record para ese tipo de bombas.

     Pero estaba claro que el procedimiento de fisi√≥n no era el m√°s adecuado para conseguir los resultados apetecidos. Esta consideraci√≥n llevar√≠a a los investigadores a intentar un nuevo tipo de arma: la bomba de fusi√≥n, bomba H o bomba termonuclear. El paso de la bomba A a la bomba H ser√° el segundo episodio de esta historia.

     En la bomba H no se trabaja ya con los grandes √°tomos pesados, uranianos y transuranianos, sino, al contrario, con los m√°s ligeros, con los is√≥topos del hidr√≥geno, los cuales pueden ser artificialmente fundidos entre s√≠ para formar elementos de mayor peso at√≥mico. Este tipo de operaci√≥n, caracter√≠stica de la bomba de fusi√≥n, desprende tambi√©n una gran cantidad de energ√≠a, mucho mayor que la que se produce en la fisi√≥n, y tiene sobre √©sta la ventaja de que es m√°s manejable y que no est√° sometida a las limitaciones de masa cr√≠tica a que nos hemos referido anteriormente.

     Al pasar de la bomba A a la bomba H, o bomba termonuclear, se da, pues, un paso trascendental, que hab√≠a de tener tr√°gicas consecuencias para la Humanidad. Pero ¬Ņqui√©n podr√≠a haber impedido entonces que, en el supuesto de que los americanos renunciasen a avanzar en esa direcci√≥n, los rusos no lo hicieran poco despu√©s? Comienza as√≠ la larga historia de la competici√≥n armament√≠stica nuclear, en la que los avances realizados por cada parte son justificados por la necesidad de anticiparse o compensar los de la parte contraria.

     En el caso concreto de la bomba H, las cosas ocurrieron de la siguiente manera. En 1949, los rusos hab√≠an ya logrado una primera explosi√≥n nuclear por fisi√≥n del plutonio, cinco o seis veces m√°s potente que la de Alamogordo. Este hecho, que los dirigentes americanos hab√≠an considerado como imposible o, por lo menos, como algo todav√≠a muy lejano, impresion√≥ enormemente a la opini√≥n p√ļblica estadounidense. Algunos expertos afirmaban la necesidad de sacar ventaja a los sovi√©ticos, impidiendo a toda costa que √©stos pudieran colocarse en posici√≥n de igualdad. Teller propuso lisa y llanamente la r√°pida puesta a punto de la bomba termonuclear. Oppenheimer, en cambio, y otros cient√≠ficos importantes, se opusieron a esa idea, fund√°ndose en las tremendas consecuencias que tendr√≠a para el g√©nero humano la aplicaci√≥n de semejante invento.

     La cuesti√≥n fue minuciosamente estudiada en los centros pol√≠ticos y militares. El presidente Truman fue informado al detalle sobre las consecuencias que se producir√≠an, tanto en el caso de que se llevase adelante el proyecto de bomba termonuclear, como en el de que la realizaci√≥n del mismo fuese aplazada hasta que se conociera el ulterior desarrollo del arma rusa.

     Finalmente, el 31 de enero de 1950, el presidente americano tom√≥ la hist√≥rica y temida decisi√≥n: Truman dio la orden de que se iniciaran inmediatamente los trabajos para la definitiva puesta a punto de la bomba H.

     Una parte de la opini√≥n americana qued√≥ manifiestamente intranquila ante esta decisi√≥n. Los mismos cient√≠ficos que hab√≠an recomendado la medida se echaron atr√°s una vez que √©sta fue adoptada, pretendiendo cargar la responsabilidad sobre los pol√≠ticos. As√≠, por ejemplo, el propio Edward Teller escrib√≠a poco despu√©s: ¬ęel presidente Truman ha anunciado que vamos a fabricar una bomba de hidr√≥geno. Ninguno de los que estamos en relaci√≥n con este trabajo puede escapar al sentimiento de una grave responsabilidad... Pero el trabajo del hombre de ciencia consiste en descubrir las leyes de la naturaleza y en ponerlas al servicio de la voluntad del hombre. No le corresponde a √©l determinar si la bomba de hidr√≥geno deber√° o no ser construida; si, una vez fabricada, habr√° o no de ser utilizada, ni de qu√© manera habr√° de serlo, en su caso. Esta responsabilidad corresponde al pueblo americano y a los representantes pol√≠ticos elegidos por √©ste¬Ľ.

     La verdad es que nadie quiso cargar con la tremenda responsabilidad y que nadie pod√≠a hacerlo realmente. Se sab√≠a ya que la bomba termonuclear era f√≠sicamente posible: si no eran unos hombres, ser√≠an otros los que alguna vez llevasen la idea a la pr√°ctica. Era como una fatalidad; como si el hombre estuviese hipnotizado por la ¬ęgrandeza¬Ľ del nuevo invento b√©lico. Hab√≠a que ir adelante, pasase lo que pasase.

     Y fue el trig√©simo tercer presidente de los Estados Unidos, el ponderado Harry S. Truman, quien tuvo que asumir la realizaci√≥n hist√≥rica de este hecho, en nombre del pueblo americano.

     En noviembre de 1952, los americanos pusieron ya en funcionamiento su primera bomba H. El primer gran lanzamiento ¬ęp√ļblico¬Ľ de la misma tuvo lugar el 1 de mayo de 1954. Se realiz√≥ en el islote de Bikini y ser√° siempre recordado por la gran lluvia radioactiva que produjo y que caus√≥ la muerte de pescadores japoneses que faenaban a cientos de kil√≥metros de distancia del lugar de la explosi√≥n.

     Comentando la explosi√≥n de Bikini, el general Gallois escrib√≠a: ¬ęLa energ√≠a liberada en una fracci√≥n de segundo en esta experiencia ha sobrepasado a toda la que fue utilizada en el curso de la segunda guerra mundial, para exterminar a m√°s de treinta millones de seres humanos¬Ľ.

     Hab√≠a, pues, ¬ęprogreso¬Ľ. ¬°Ciertamente, lo hab√≠a!

     ¬ŅPod√≠an los rusos permanecer inm√≥viles ante este desaf√≠o? Parece que no; la fatalidad se impon√≠a una vez m√°s. Nadie pod√≠a detener el avance inexorable de la bomba. Poco despu√©s de las primeras pruebas americanas de la misma, el 9 de agosto de 1953, Malenkov anunci√≥ que, unos d√≠as antes, la bomba de hidr√≥geno sovi√©ticas hab√≠a sido experimentada con √©xito en alg√ļn lugar de la Rusia asi√°tica.

     No hab√≠a a√ļn igualdad; los americanos iban, todav√≠a, adelantados en la fabricaci√≥n de las armas nucleares, pero los rusos les pisaban los talones y todo hac√≠a suponer que, un d√≠a no lejano, les dar√≠an alcance.

     En realidad, la bomba H distaba todav√≠a mucho de ser tan ¬ęperfecta¬Ľ como hubieran querido sus promotores. Segu√≠a siendo una ¬ębomba sucia¬Ľ, altamente contaminante, como se pudo comprobar en Bikini. La causa de este hecho es que, en ella, no se prescind√≠a del todo de la fisi√≥n. Esta era necesaria para poner en marcha el proceso de fusi√≥n y —por otra parte— la bomba llevaba una envolvente de uranio natural que era fisionada por los neutrones escapados del anterior proceso.

     Tal es la raz√≥n por la cual la primera bomba H fue llamada tambi√©n bomba 3 F, lo que recordaba que su proceso de explosi√≥n era triple: fisi√≥n, fusi√≥n, fisi√≥n.

     Desde el punto de vista de la contaminaci√≥n radiactiva, todav√≠a fue peor la bomba de cobalto experimentada poco despu√©s. En ella la cubierta de uranio era reemplazada por una capa de cobalto, que no aumentaba la potencia de la bomba, pero que se hac√≠a radiactiva por la acci√≥n de los neutrones fugitivos. El cobalto radiactivizado ten√≠a la ¬ęventaja¬Ľ de conservar m√°s tiempo la fuerza explosiva de la bomba, lo que hac√≠a sus efectos particularmente terribles.

     En resumen, en poco m√°s de diez a√Īos los avances de la bomba hab√≠an sido espectaculares. Se hab√≠an perfeccionado el proceso de explosi√≥n de la bomba, aumentando enormemente su rendimiento energ√©tico; la potencia de la misma hab√≠a sido multiplicada por mil respecto a las bombas de la primera generaci√≥n; su radio de acci√≥n se hab√≠a hecho ciento cincuenta veces mayor y los arsenales de bombas hab√≠an crecido en doscientas o trescientas unidades.

     Los defensores de la nueva arma podr√≠an, pues, sentirse satisfechos de la capacidad inventiva de sus investigadores. Pero, en realidad, la espiral tecnol√≥gica hab√≠a jugado una nueva mala pasada al g√©nero humano. El camino del apocalipsis nuclear estaba abierto.

 

2. Gigantismo y miniaturización

 

     Vencidas las primeras dificultades t√©cnicas, la bomba pod√≠a evolucionar en dos direcciones. Su carga pod√≠a ser aumentada casi ilimitadamente, a voluntad de los armeros, y, al contrario, era tambi√©n posible reducirla muy por debajo de lo que antes hab√≠a sido considerado como masa cr√≠tica, dando origen a ¬ębombas at√≥micas de bolsillo¬Ľ, m√°s manejables y de mayor utilidad t√°ctica que las bombas gigantes de la primera √©poca.

     En suma, cab√≠a orientar las investigaciones, tanto hacia la ¬ęgigantizaci√≥n¬Ľ de la bomba como hacia su ¬ęminiaturizaci√≥n¬Ľ, no siendo incompatibles entre s√≠ ambas direcciones, ya que los fines estrat√©gicos perseguidos en cada caso pod√≠an ser distintos y complementarios.

     En un primer tiempo, los armeros americanos tendieron a aumentar la potencia de sus bombas at√≥micas, la cual no se medir√≠a ya en kilotones —o miles de toneladas de trilita— sino en megatones —millones de toneladas de trilita— o en decenas y centenas de megatones.

     Los sovi√©ticos siguieron este ejemplo y, durante varios a√Īos, mantuvieron su inter√©s hacia la fabricaci√≥n de bombas gigantes.

     As√≠, en el verano de 1961, Khruschev amenaz√≥ a los occidentales con una ¬ęsuperbomba¬Ľ, cuyos efectos destructivos sobrepasaron, al decir del jefe sovi√©tico, todo lo conocido hasta entonces en materia de bombas.

     Esta amenaza y la declaraci√≥n del mariscal Malinovski, en la que √©ste asegur√≥ que un solo ejemplar de la nueva bomba podr√≠a desertizar superficies equivalentes a la mitad del territorio franc√©s, impresionaron notablemente a la opini√≥n p√ļblica occidental.

     Se habl√≥ entonces de la necesidad de responder a los sovi√©ticos en su propio lenguaje y se presentaron nuevos modelos de bombas, algunas de las cuales —como la bomba Tit√°n 3— hab√≠an de alcanzar potencias de cien o m√°s megatones.

     Pero esta tendencia no prosper√≥ en Occidente. Tras algunos intentos espectaculares, los americanos renunciaron a mantener la competencia con los rusos en el terreno del gigantismo y dirigieron sus investigaciones preferentemente a lo que se llamar√≠a la banalizaci√≥n o miniaturizaci√≥n de las bombas.

     Los sovi√©ticos no tardar√≠an mucho en seguir a los americanos por este mismo camino, abandonando las bombas espectaculares y dando la preferencia a la fabricaci√≥n de armas at√≥micas de dimensi√≥n reducida.

     Las primeras armas at√≥micas miniaturizadas fueron los obuses at√≥micos, piezas de artiller√≠a de tipo cl√°sico adaptadas para el lanzamiento de proyectiles nucleares.

     As√≠, hacia 1953, se anunci√≥ por parte americana la puesta en funcionamiento de un ca√Ī√≥n de 280 mm., capaz de lanzar bombas de diez kilotones.

     Un curioso artefacto de los a√Īos 60 fue el ¬ęDavy Crockett¬Ľ americano, lanzador de proyectiles at√≥micos con un alcance de dos kil√≥metros, pero cuya utilizaci√≥n resultaba casi tan peligrosa para el atacante como para el atacado, raz√≥n por la cual fue retirado del servicio en 1980.

     Nuevos modelos de ca√Īones at√≥micos se han seguido produciendo en a√Īos sucesivos, y algunos de ellos est√°n todav√≠a en servicio. Ejemplo: el M-115 de 203 mm., con cargas nucleares de 2 kilotones lanzables a 16 kms. de distancia y el S-23 ruso de 180 mm., alcance 30 kms. y bombas de la misma potencia que el anterior.

     En 1957 se obtienen las primeras minibombas o bombas sub-kilot√≥nicas, es decir, de menos de un kilot√≥n, cuya potencia es inferior a la de algunas de las √ļltimas bombas convencionales empleadas en los grandes bombardeos de la pasada guerra mundial (Tokio 1'667 kilotones).

     En este orden de cosas, por lo que a minibombas se refiere, se ha hablado mucho en los primeros meses del a√Īo 85 de las famosas ¬ęmochilas at√≥micas¬Ľ almacenadas, al parecer, por los americanos en sus dep√≥sitos de armas en la R.F.A. Esta miniarma podr√≠a ser transportable por un soldado, ya que su peso no sobrepasa los 20 kilos, y utilizada en determinadas condiciones y por determinadas unidades en el campo de batalla.

     Pero, aparte de los nuevos aspectos t√°cticos que pueda presentar la ¬ęmochila at√≥mica¬Ľ, caso de que exista realmente, la misma no representa ninguna novedad en el dominio de la miniaturizaci√≥n, puesto que este tipo de bombas enanas exist√≠a ya desde hace muchos a√Īos, como hemos indicado anteriormente.

     El empleo de mini-cargas nucleares ha permitido la invenci√≥n de armas de especial inter√©s t√°ctico y de muy diversos tipos, como por ejemplo, las ¬ęgranadas at√≥micas antisubmarinos¬Ľ y las ¬ęminas at√≥micas¬Ľ.

     Las primeras granadas at√≥micas contra submarinos aparecen en los EE.UU. en la segunda mitad de los a√Īos cincuenta y son conocidas con el nombre ¬ęBetty¬Ľ. En un principio, fueron consideradas como una respuesta definitiva para detener la amenaza de sumergibles sovi√©ticos de largo radio de acci√≥n sobre las costas americanas. Pero no existen en realidad armas que puedan ser consideradas como absolutas o decisivas en ning√ļn dominio armament√≠stico, y los rusos no tardaron en montar submarinos at√≥micos ¬ęperfectamente dotados para burlar los efectos de los Betty¬Ľ.

     Los submarinos lanzadores son sistemas de armas particularmente importantes, en los cuales se combina el submarino con los misiles y con las cargas nucleares. Su movilidad y el hecho de que sean muy dif√≠ciles de descubrir, hacen de estas naves at√≥micas las bases m√°s eficaces y seguras para la instalaci√≥n de misiles nucleares, en condiciones superiores a las de los misiles instalados en tierra.

     Las ¬ęminas nucleares de demolici√≥n¬Ľ (ADM) fueron concebidas por los americanos, a mediados de los a√Īos sesenta, como armas defensivas contra ataques convencionales. Su misi√≥n es la de remover y destruir el terreno, colinas, puertos, vaguadas, as√≠ como carreteras, aeropuertos, ferrocarriles, etc., de tal manera que se haga imposible el avance, por tierra, de un ej√©rcito atacante. Se habl√≥ entonces de la existencia de una cintura de minas nucleares, una especie de l√≠nea Maginot, la cual har√≠a de la R.F.A. una fortaleza inexpugnable en lo que a guerra convencional se refiere. Al parecer, la potencia de estas minas demoledoras es muy grande, pudiendo llegar desde medio kilot√≥n hasta quince kilotones. Dichas m√°quinas de guerra trabajan a 10 √≥ 15 metros de profundidad y pueden ser dirigidas por medios inform√°ticos hacia sus objetivos con incre√≠ble precisi√≥n. Este √ļltimo perfeccionamiento convierte a las minas at√≥micas en armas inteligentes, particularmente temibles y eficaces. Sus tremendos efectos pueden cambiar totalmente el aspecto de una batalla convencional.

     Por lo que venimos diciendo se comprender√° la gran importancia que la banalizaci√≥n de las armas at√≥micas ha tenido para el conjunto del proceso que tratamos de presentar aqu√≠. La finalidad de la misma estaba bastante clara, desde un principio, en el √°nimo de los investigadores militares.

     El tremendismo de las primeras generaciones de bombas at√≥micas las hac√≠a in√ļtiles para todo lo que no fuese la ¬ęrepresalia masiva¬Ľ. Con bombas at√≥micas se pod√≠a destruir el mundo, pero no se pod√≠a hacer una guerra. Militarmente hablando, la estrategia ¬ęsuperb√≥mbica¬Ľ ten√≠a una aplicaci√≥n muy relativa. Se impon√≠a, pues, la necesidad de construir una gama de armas nucleares suficientemente variada y especializada para que √©stas pudieran ser empleadas en fines militares propiamente dichos. Hab√≠a que sustraer el arma at√≥mica del car√°cter apocal√≠ptico y hacerla apropiada para su aplicaci√≥n propiamente militar. Con las armas miniaturizadas se trataba de reconstruir la ¬ęcontinuidad de la panoplia¬Ľ, es decir, de devolver a las mismas su verdadera condici√≥n de armas, seg√ļn la interpretaci√≥n cl√°sica de este precepto.

     El general Poirier afirma que la miniaturizaci√≥n de las armas at√≥micas fue tan importante para la evoluci√≥n de las ideas estrat√©gicas como lo hab√≠a sido la de la bomba termonuclear. Las armas nucleares t√°cticas produjeron, en realidad una verdadera revoluci√≥n en el dominio de la estrategia nuclear. Permitieron introducir el ambiguo concepto de ¬ęguerra nuclear limitada¬Ľ y reemplazar la doctrina de la ¬ędisuasi√≥n total¬Ľ por la de una ¬ędisuasi√≥n gradual o diferenciada¬Ľ.

     Sin embargo, se produce en este caso una paradoja que volveremos a encontrar repetidas veces en la historia del arma nuclear: lo que a primera vista puede parecer una moderaci√≥n del peligro nuclear favorece, en realidad, el aumento de la inestabilidad y el riesgo de guerra at√≥mica. Para citar un solo ejemplo, algo de esto ocurre con los sistemas de defensa en el espacio, actualmente proyectados por los americanos. Aunque, en un primer an√°lisis, dichos sistemas puedan ser presentados como una contribuci√≥n eficaz a la seguridad colectiva, son muchos los especialistas que piensan, por el contrario, que la defensa ¬ęgal√°ctica¬Ľ constituye una importante causa de inestabilidad y podr√≠a, incluso, traer en un futuro pr√≥ximo una guerra nuclear ¬ępreentiva¬Ľ. En efecto, la ¬ęexcesiva¬Ľ seguridad de un Estado contra la posibilidad de un ataque nuclear le coloca en situaci√≥n privilegiada para dar, en cualquier momento, un ¬ęprimer golpe¬Ľ contra un adversario insuficientemente defendido. He aqu√≠ la paradoja: la excesiva defensa se convierte en una mayor posibilidad de ataque.

     Esto es tambi√©n lo que ocurre en el caso de las armas nucleares t√°cticas. Lejos de ser √©stas un medio de moderar o reducir los tremendos riesgos de una guerra nuclear, como se pretende, las mismas la facilitan en gran medida. Intentando hacer m√°s ¬ędigerible¬Ľ el armamento at√≥mico, aumentan de hecho la probabilidad de que √©ste sea utilizado a fondo. En efecto, tras el empleo de armas nucleares t√°cticas, la escalada de lo t√°ctico o lo estrat√©gico es, en t√©rminos generales, algo muy probable. Nada podr√≠a impedir que cualquiera de las dos grandes superpotencias recurrieran al empleo de los grandes medios nucleares, una vez que una guerra convencional-nuclear hubiese tomado un giro desfavorable para ella.

     As√≠, la guerra nuclear a fondo, que en un principio hubiese sido imposible, a causa del temor que la misma inspira en todas partes, podr√≠a ser introducida indirectamente, y de modo mucho m√°s peligroso, por la v√≠a de las ANT. El pretendido efecto de ¬ęmoderaci√≥n¬Ľ resulta, pues, contraproducente y en este sentido puede afirmarse que la miniaturizaci√≥n de las armas at√≥micas constituye actualmente un riesgo complementario para la seguridad mundial colectiva.

     Por otra parte, algunas de las ANT, consideradas en s√≠ mismas, tienen un enorme poder destructivo, muy superior al de la propia bomba at√≥mica. Este hecho fue ya denunciado en 1957 en una declaraci√≥n formulada en Gotinga por dieciocho sabios at√≥micos.

     En resumen, el tr√°nsito de la gigantizaci√≥n a la miniaturizaci√≥n, no s√≥lo no evitaba el peligro de guerra nuclear, sino que lo acrecentaba extraordinariamente.

 

3. La mutación balístico-nuclear

 

     La invenci√≥n de la bomba at√≥mica de fisi√≥n en 1945, y m√°s a√ļn, la de la bomba termonuclear en 1957, plantearon a los especialistas de la ciencia estrat√©gica la necesidad absoluta de superar sus conceptos frente a un tipo de guerra enteramente nuevo desde varios puntos de vista esenciales: la guerra nuclear.

     Lo que pudiera llamarse estrategia ¬ęmoderna¬Ľ, inspirada en Clausewitz y ampliamente experimentada en el curso de las dos guerras mundiales, no serv√≠a ya ante las enormes posibilidades b√©licas abiertas por las nuevas armas. Se hizo, pues, preciso inventar una nueva ciencia estrat√©gica, una estrategia ¬ęposmoderna¬Ľ. Es lo que algunos llamar√≠an la ¬ęEstrategia de la era nuclear¬Ľ o, simplemente, la ¬ęEstrategia nuclear¬Ľ.

     A esta primera ¬ęmutaci√≥n¬Ľ sucedi√≥ otra todav√≠a m√°s importante, debido a la aparici√≥n, en los a√Īos 57-58, de los primeros misiles intercontinentales. Es lo que el general franc√©s Lucien Poirier denomina la ¬ęmutaci√≥n bal√≠stico-nuclear¬Ľ.

     El misil intercontinental no era en realidad una nueva arma, sino un nuevo sistema de armas, es decir, un ingenio de guerra fundado en la aproximaci√≥n o combinaci√≥n de elementos armament√≠sticos ya conocidos anteriormente, pero cuya conjunci√≥n los hac√≠a mucho m√°s eficaces desde el punto de vista estrat√©gico.

     Actualmente, la noci√≥n de ¬ęsistema de armas¬Ľ se ha generalizado extraordinariamente, suplantando, en cierto modo, a la noci√≥n cl√°sica de arma.

     Un modelo de sistema de armas nos lo proporciona, por ejemplo, el SSBN (¬ęBalistic Missile Submarine Nuclear¬Ľ). En √©l se combina el propio submarino, adoptado como base de lanzamiento, con las ¬ęcargas¬Ľ u ¬ęojivas¬Ľ nucleares, transportadas por el mismo, y los ¬ęvectores¬Ľ o misiles, capaces de conducir √©stas a sus objetivos. Si a esto se unen los complej√≠simos medios de orientaci√≥n y las bases terrestres con las que se halla conectado en todo momento el submarino nuclear, se comprende que √©ste no pueda ser considerado como una simple arma, sino, como acabamos de decir, como un aut√©ntico sistema de armas.

     Dicha noci√≥n se aplica igualmente al misil intercontinental. Asocia √©ste en un √ļnico sistema las dos invenciones armament√≠sticas m√°s espectaculares —si no las m√°s eficaces— realizadas en el curso de la segunda guerra mundial: la bomba at√≥mica por una parte, y la ¬ębomba volante¬Ľ o proyectil de propulsi√≥n a chorro, por otra.

     En el misil intercontinental estos dos terribles ingenios b√©licos act√ļan conjuntamente, sumando sus efectos de modo perfectamente coherente, gracias a la intervenci√≥n de un tercero de la mayor importancia: los sistemas de autodirecci√≥n programada de los veh√≠culos o vectores y de los propios proyectiles hacia sus objetivos.

     Es precisamente la coherencia interna entre sus elementos lo que determina el ¬ęvalor a√Īadido¬Ľ de un sistema de armas. As√≠ ocurre manifiestamente en el caso del misil intercontinental.

     Las primeras bombas at√≥micas eran conducidas por bombarderos de tipo ordinario, los cuales hab√≠an servido, hasta entonces, para el transporte y lanzamiento de proyectiles ¬ęconvencionales¬Ľ y eran adaptados a su nueva misi√≥n.

     A causa de su relativa lentitud e inseguridad, este medio de vehiculaci√≥n no estaba, sin embargo, en consonancia con la potencia de los nuevos explosivos. La idea de asociar los nuevos explosivos con vectores much√≠simos m√°s r√°pidos y seguros que los aviones, como lo eran los cohetes ¬ęV¬Ľ, utilizados por los alemanes al final de la guerra, resultaba, pues, una idea genial bajo el aspecto estrat√©gico: los dos elementos asociados en el misil nuclear intercontinental se adecuaban perfectamente el uno al otro y la acci√≥n del conjunto se multiplicaba de un modo extraordinario.

     Fueron los rusos los primeros que realizaron el nuevo sistema de armas. Dispon√≠an para ello de una larga experiencia en el dominio de los cohetes bal√≠sticos, intensificada en los √ļltimos a√Īos por los trabajos de un notable especialista del tema: el ¬ęconstructor¬Ľ Serg√©i Korolew. Pero, m√°s importante a√ļn que esto para decidir a los estrategas rusos en favor de la aplicaci√≥n de los misiles, fue, sin duda, el hecho de que una gran parte de los elementos utilizados por el ej√©rcito germ√°nico para la fabricaci√≥n de los V-2 cayera en sus manos en el curso de la retirada germ√°nica.

     Con ello, los rusos recogieron una gran parte de los descubrimientos bal√≠sticos realizados por los armeros alemanes. El ej√©rcito alem√°n se hab√≠a interesado ya por los cohetes, a partir del a√Īo 30, como medio para compensar algunas de las limitaciones que le impon√≠a el Tratado de Versalles en materia artillera.

     Hab√≠an puesto a punto una serie de cohetes bal√≠sticos designados con la letra A y numerados del 1 al 5, a los cuales sucedieron los famosos V. La V-2 no fue en realidad otra cosa que una actualizaci√≥n del A-4.

     Las primeras bombas V-2 fueron lanzadas el 8 de septiembre de 1944, sobre un barrio de la capital brit√°nica, causando el terror de sus habitantes. Desde esa fecha hasta el 27 de marzo de 1945, la aviaci√≥n germ√°nica continu√≥ arrojando sobre Londres sus ¬ębombas volantes¬Ľ, como se les llam√≥ entonces. Algo m√°s de mil V-2 fueron lanzadas sobre la capital, causando 2.754 muertos y 6.500 heridos entre la poblaci√≥n civil, aparte de un gran n√ļmero de destrucciones urbanas.

     Hitler esperaba que la moral de los londinenses se derrumbara ante aquellos bombardeos y que, como consecuencia de ello, Inglaterra aceptase una paz por separado. Pero la guerra evolucion√≥ m√°s r√°pidamente de lo que √©l hab√≠a supuesto, y no dio tiempo a que ese tipo de acci√≥n psicol√≥gica diese el resultado apetecido por el F√ľhrer.

     Como acabamos de indicar, al final de la guerra cayeron en manos de los sovi√©ticos los talleres y laboratorios que los alemanes ten√≠an montados en Peesmonde, en la costa del B√°ltico, para la investigaci√≥n y fabricaci√≥n de las bombas volantes. All√≠ hab√≠a ido a parar, adem√°s, una buena parte de los lanzadores retirados por los germ√°nicos ante el avance aliado hacia el Este. Aunque, muy deteriorado, todo este material era una excelente fuente de informaci√≥n sobre los logros conseguidos por los alemanes en materia de cohetes bal√≠sticos.

     En 1946, Serg√©i Korolew se hizo cargo del material capturado y orden√≥ su traslado a Baikonur, centro de las investigaciones bal√≠sticas rusas, cerca de Stalingrado, a fin de utilizarlo y perfeccionarlo.

     Partiendo de esta base, los rusos lograron montar entre 1946 y 1957 una serie de prototipos de misiles nucleares, que implicaban una verdadera revoluci√≥n de la artiller√≠a estrat√©gica. El resultado de este esfuerzo se hizo patente en el verano de 1957, con la aparici√≥n de los primeros misiles intercontinentales rusos, capaces de cubrir distancias superiores a los 6.000 kil√≥metros, es decir, de alcanzar pr√°cticamente el territorio americano desde el continente euroasi√°tico. Teniendo en cuenta que, para entonces, los sovi√©ticos pose√≠an ya la bomba termonuclear, la noticia de que tales vuelos hab√≠an sido detectados por los servicios americanos de observaci√≥n caus√≥ una enorme preocupaci√≥n en la opini√≥n estadounidense.

     De hecho, la citada noticia se vio pronto superada por otra, todav√≠a m√°s impresionante, como fue la del lanzamiento del Sputnik en la tarde del 4 de octubre de 1957: una ¬ępeque√Īa luna¬Ľ de fabricaci√≥n sovi√©tica, que todo el mundo pudo ver pase√°ndose ¬ędescaradamente¬Ľ alrededor de la Tierra. El segundo Sputnik fue puesto en √≥rbita poco despu√©s —el 3 de noviembre del mismo a√Īo—, viniendo a confirmar la gran importancia de los adelantos realizados por los sovi√©ticos.

     El lanzamiento de los Sputnik fue causa de una gran desmoralizaci√≥n en la poblaci√≥n americana, incluso entre sus dirigentes, hasta el punto de que se lleg√≥ a hablar en aquellos d√≠as de un nuevo Pearl Harbor, esta vez de car√°cter cient√≠fico. En todo caso, hab√≠a en el despliegue de los sat√©lites rusos algo muy inquietante para los estrategas americanos: era evidente que, para poder poner en √≥rbita masas de aquella magnitud, los rusos hab√≠an necesitado utilizar cohetes mucho m√°s potentes que los que el ej√©rcito americano pose√≠a en aquel momento. Este era el verdadero problema que los dirigentes americanos no pod√≠an ocultarse a s√≠ mismos.

     De hecho, Khruschev hab√≠a anunciado ya un par de meses antes del lanzamiento del Sputnik, la fabricaci√≥n de un gran cohete, con alcance de 10.000 kil√≥metros y fuerza de empuje de 400 toneladas, cuyas caracter√≠sticas superaban a todo lo conocido hasta entonces.

     En los a√Īos siguientes, el progreso de los cohetes ir√° unido no s√≥lo al de las armas nucleares, sino tambi√©n al de los sat√©lites, ya que la puesta en √≥rbita de √©stos exig√≠a medios bal√≠sticos cada vez m√°s potentes y afinados.

     Los sovi√©ticos mantuvieron la delantera sobre los americanos en este terreno durante bastante tiempo, pr√°cticamente hasta 1967. Realizaron pruebas de gran valor propagand√≠stico, como el primer impacto sobre la Luna, en septiembre de 1959; la primera fotograf√≠a de la cara oculta del sat√©lite terrestre de 1960; el primer lanzamiento de un hombre al espacio —Youri Gagarin— el 12 de abril de 1961; el viaje de tres cosmonautas sovi√©ticos en la nave espacial Vostok, en 1964, etc.

     Ante estos indiscutibles √©xitos rusos, los americanos no tardaron mucho tiempo en reaccionar. Pusieron en juego sus abundantes recursos cient√≠ficos y tecnol√≥gicos y se prepararon para batir las marcas sovi√©ticas. El 25 de mayo de 1961, Kennedy lanz√≥ su hist√≥rico desaf√≠o: seremos los primeros en desembarcar en la Luna y lo haremos antes de diez a√Īos —dijo—. De hecho, esta promesa tardar√≠a s√≥lo siete a√Īos en cumplirse: el 21 de julio de 1969 los cosmonautas americanos Armstrong, Collins y Aldrin pusieron pie en la luna para volver luego a la tierra sanos y salvos: la m√°s atrevida aventura que el hombre haya realizado jam√°s.

     Pero, sin esperar siquiera a este resultado, que el propio presidente no ver√≠a realizado, el desaf√≠o de Kennedy tuvo un gran √©xito publicitario: sirvi√≥ para galvanizar la moral y la voluntad de los ciudadanos y para poner en pie, una vez m√°s, la famosa ¬ęfe americana¬Ľ.

     Los actuales defensores de la I.D.S. mencionan con frecuencia el desaf√≠o de Kennedy para justificar su apoyo a los planes de Reagan: se tardar√° diez o m√°s a√Īos, pero el √©xito de la cosa est√° asegurado —dicen.

     De cualquier manera, la competencia ruso-americana continu√≥: los misiles intercontinentales (ICBM) pasaron a formar parte de las panoplias bal√≠sticas de las dos superpotencias y cada una de √©stas se dedic√≥ a introducir perfeccionamientos cada vez mayores en el funcionamiento de los mismos.

     El general Poirier, en su citada obra ¬ęDes Strat√©gies nucl√©aires¬Ľ, hace un an√°lisis sobre la novedad radical que, desde el punto de vista estrat√©gico, aportan los ICBM.

     El primer dato es, evidentemente, el del alcance de los nuevos proyectores: el hecho de que sea posible hacer un blanco con suficiente precisi√≥n a trece mil kil√≥metros de distancia, modifica esencialmente los supuestos estrat√©gicos de una futura guerra.

     Desde el momento en que un proyectil puede cubrir casi las tres cuartas partes de la distancia desde el punto de lanzamiento a los ant√≠podas del mismo, ya no puede hablarse de un teatro de guerra concreto; la tierra entera se convierte en un campo de batalla √ļnico. Una guerra nuclear entre las dos superpotencias llevada hasta su pleno desarrollo, responder√≠a a un modelo estrat√©gico totalmente distinto de los del pasado.

     Intercambi√°ndose sus misiles nucleares por encima del Atl√°ntico o del √Ārtico, la URSS y los EE.UU. ser√≠an como dos escuadras inm√≥viles que se ca√Īoneasen a una gran distancia, desde un extremo al otro del oc√©ano. El √°mbito de esta gigantesca batalla naval ser√≠a el mundo entero.

     Esto explica la afirmaci√≥n de que el misil intercontinental convierte la estrategia de la guerra mundial en una ¬ęgeoestrategia insular¬Ľ.

     En este caso, la distancia y los obst√°culos geogr√°ficos intermedios pierden una gran parte de su importancia. En cierto modo, el espacio, que ha sido siempre considerado como uno de los dos factores esenciales del c√°lculo estrat√©gico, deja de serlo o queda profundamente modificado. Y otro tanto ocurre con el tiempo, que es el otro factor fundamental de la concepci√≥n estrat√©gica cl√°sica.

     Se ha de tener en cuenta que, para recorrer una distancia de trece mil kil√≥metros, el misil intercontinental necesita poco m√°s de cuarenta minutos. En este brev√≠simo lapso de tiempo, una de las dos superpotencias puede encontrarse con un ataque ¬ętumbativo¬Ľ de sus adversarios.

     El misil intercontinental consagra, pues, el concepto de ¬ęprimer golpe¬Ľ. Alrededor de este concepto giran actualmente todas las preocupaciones estrat√©gicas de los Estados Mayores. Puede, pues, afirmarse que la aparici√≥n de los misiles intercontinentales en los √ļltimos cincuenta a√Īos exigi√≥ un cambio copernicano con respecto a las ideas de Clausewitz en que se hab√≠a fundado hasta entonces la estrategia moderna. A partir de entonces, podr√°, pues, hablarse con toda propiedad de una estrategia ¬ęposmoderna¬Ľ.

     Ahora bien, la cosa no termina ah√≠: la invenci√≥n de los MIRV o misiles de cabezas m√ļltiples independientes produce una nueva mutaci√≥n dentro de la propia mutaci√≥n bal√≠stico-nuclear.

     Los MIRV (¬ęMultiple Independently-targetable Re-entry Vehicle¬Ľ o ¬ęVeh√≠culos de retorno m√ļltiple independientemente programables¬Ľ) hacen su aparici√≥n en 1970, como sucesores de los MRV (¬ęMultiple Re-entry Vehicle¬Ľ o ¬ęVeh√≠culos de retorno m√ļltiple¬Ľ) que hab√≠an empezado a ser introducidos por los americanos en 1964 y por los rusos hacia 1969.

     La diferencia entre unos y otros es, sin embargo, de importancia esencial a los efectos de la historia del progreso del arma nuclear que estamos tratando de resumir aqu√≠. Como vamos a ver en seguida, el salto de los MRV a los MIRV es, precisamente, lo que determina la nueva mutaci√≥n estrat√©gica a la que acabamos de aludir.

     Un misil intercontinental hace su recorrido en cuatro fases. La primera de ellas, que es la de lanzamiento, dura apenas cinco minutos y su finalidad es la de colocar el misil a la altura necesaria para que pueda ser encaminado hacia su objetivo.

     La segunda etapa es la de orientaci√≥n y aceleraci√≥n del misil. En ella recibe √©ste un impulso directivo y una nueva propulsi√≥n que le permite alcanzar la velocidad del vuelo necesaria para efectuar su viaje. Este se realiza a una velocidad pr√≥xima a los 8 kms. por segundo, es decir, 24 veces superior a la velocidad del sonido, y a una altitud que puede alcanzar los 1.200 kil√≥metros sobre la superficie.

     A lo largo de la tercera etapa, o fase de recorrido propiamente dicho, el misil no s√≥lo sobrepasa la tropopausa (capa superior de la atm√≥sfera meteorol√≥gica estrictamente interpretada, a unos 12 kms. de altitud), sino que atraviesa toda la estratosfera y penetra en la llamada ionosfera, constituida por aire muy ionizado y rarificado, de densidad cien mil millones de veces menor que la del aire normal que los terrestres respiramos ordinariamente. Esta enorme rarificaci√≥n hace que el aire no ponga ya pr√°cticamente ninguna resistencia al avance del misil y que la velocidad de √©ste pueda ser mantenida a lo largo de todo el viaje sin necesidad de nuevos impulsos, de acuerdo con la ley de la inercia.

     Finalmente se produce el retorno (¬ęre-entry¬Ľ o ¬ęrentr√©e¬Ľ), es decir, el regreso del misil a la troposfera. La operaci√≥n tiene lugar a unos doce kil√≥metros de altura, a nivel de la tropopausa, y es precisamente en ese momento cuando el misil lanza sus ojivas hacia el objetivo al que van destinadas. De este hecho surge la denominaci√≥n ¬ęretorno m√ļltiple¬Ľ a la cual se alude en la sigla MRV y, m√°s tarde, en la MIRV.

     Lo que caracteriza a los MRV y justifica el nombre de ¬ęveh√≠culos de retorno m√ļltiple¬Ľ, aplicado a los mismos, es la particularidad de que, a diferencia de lo que ocurr√≠a en los antiguos misiles de cabeza √ļnica, los de este nuevo tipo lanzan, en el momento de retorno, no una, sino varias ojivas nucleares.

     En principio, esta caracter√≠stica aumenta notablemente el poder letal o capacidad de un misil para ¬ęmatar¬Ľ los misiles adversarios en sus propios ¬ęsilos¬Ľ.

     Se ha de tener en cuenta que la letalidad no var√≠a en proporci√≥n directa a la carga nuclear arrojada por el misil, sino a la potencia dos tercios de √©sta. Es decir que si, por ejemplo, la carga del misil se hace 8 veces menor, la letalidad del mismo no queda dividida por 8 sino por 82/3, esto es, por la ra√≠z c√ļbica de 8 elevado al cuadrado, o sea por 4. En resumidas cuentas, al disminuir la carga en la proporci√≥n de 8 a 1 el poder letal de aqu√©lla se hace solamente cuatro veces menor.

     A partir de esta observaci√≥n se comprende f√°cilmente la ventaja que se obtiene, desde el punto de vista del poder letal, al diversificar la carga nuclear del misil manteni√©ndose, sin embargo, el valor total de la misma. Si comparamos, por ejemplo, la letalidad de un misil ordinario, portador de una √ļnica carga de 8 megatones, con la de un MRV que lleva ocho cargas de un megat√≥n cada una, nos encontramos con el resultado de que el poder letal del segundo es el duplo del primero, a pesar de que la carga total de ambos es la misma. En efecto, cada carga de un megat√≥n (ocho veces m√°s peque√Īa que las del primer misil) produce, como acabamos de ver, un poder mort√≠fero 4 veces menor que el de √©ste. Pero, como quiera que el segundo misil es portador de 8 cargas, su letalidad queda, asimismo, multiplicada por 8. En definitiva, queda dividida por 4 y multiplicada por 8, es decir duplicada.

     Ahora bien, la ventaja no es tan grande como pueda parecer en un primer examen: el hecho de que todas las ojivas vayan a parar a un mismo blanco y accedan a √©ste con breves intervalos de tiempo, como ocurre en los MRV, da lugar a un llamado ¬ęefecto de interferencia¬Ľ que reduce notablemente la efectividad del misil. Consiste este fen√≥meno en que la explosi√≥n de una bomba nuclear sobre un determinado punto impide la de una segunda lanzada poco despu√©s sobre el mismo.

     Esto se debe al hecho de que la radioactividad, la enorme turbulencia atmosf√©rica y el potente haz de ondas electromagn√©ticas producido por la primera explosi√≥n, impiden que la segunda pueda realizarse con normalidad. En el lenguaje usual se dice que la primera bomba ¬ęmata¬Ľ a la segunda y √©sta es la raz√≥n de que efecto de interferencia sea llamado tambi√©n ¬ęefecto fratricida¬Ľ. Como es obvio, mientras no se utilizaban m√°s que misiles de una sola cabeza, para destruir un misil enemigo hac√≠a falta sacrificar uno propio, y, de esta manera, una operaci√≥n anti-misil carec√≠a de ¬ęrentabilidad¬Ľ estrat√©gica.

     Pero, debido al efecto fratricida, este mismo inconveniente subsist√≠a, pr√°cticamente, para los MRV, como acabamos de indicar.

     La verdadera novedad estrat√©gica la introducen los MIRV o ¬ęveh√≠culos de retorno m√ļltiple independientemente programables¬Ľ. A diferencia de lo que ocurr√≠a con los MRV, en este nuevo tipo de misiles las ojivas portadas por el vector se separan en el momento del retorno y se dirigen a sus respectivos blancos con total independencia unas de otras. Lo hacen, adem√°s, con intervalos de tiempo previamente programados y desde distintos puntos de la trayectoria del veh√≠culo, ya que √©ste contin√ļa evidentemente su viaje al mismo tiempo que va lanzando sus ojivas.

     La ¬ęindependencia¬Ľ de los retornos, tanto en el espacio como en el tiempo, permite evitar el efecto fratricida y conseguir, adem√°s, una precisi√≥n de tiro mucho mayor.

     Pero, lo m√°s importante de los MIRV son las consecuencias que el modo de operar de estos misiles tiene, desde el punto de vista estrat√©gico, cuando se trata de una operaci√≥n anti-armas de gran envergadura. En el caso de los MIRV el coste de la operaci√≥n no se calcula ya a base de la regla: ¬ęuno a cambio de otro¬Ľ. Al contrario un MIRV de n cabezas puede matar n misiles adversarios en un solo viaje o, dicho de otro modo, el atacante sacrifica un √ļnico misil a cambio de la destrucci√≥n de n misiles enemigos.

     De esta manera los MIRV se convierten en el arma ideal para un primer golpe desarmante. Un ataque de esta naturaleza, realizado a base de estos nuevos ingenios, puede realizar una tremenda destrucci√≥n en el arsenal nuclear adversario a costa de unas p√©rdidas muy reducidas en el propio.

     Ahora bien, las anteriores consideraciones ponen tambi√©n de manifiesto el car√°cter altamente desestabilizador de los MIRV por la ventaja que estos sistemas de armas proporcionan al atacante para iniciar s√ļbitamente una guerra nuclear. A esta raz√≥n se debe el hecho de que la utilizaci√≥n de los MIRV fuese severamente limitada por el tratado SALT-2.

     En el momento de aquellas conversaciones, las cifras reales de tales armamentos eran de 1.045 MIRV para los EE.UU. y 500 para la URSS. A principios de 1984 estas cifras ascend√≠an a 1.142 y 1.100 respectivamente y se preve√≠a un aumento por ambas partes.

     La realidad puede haber sobrepasado ya el l√≠mite fijado por el tratado, de suerte que en Ginebra, en el curso de las nuevas conversaciones que ahora se van a iniciar, las dos superpotencias tendr√°n que adoptar nuevos acuerdos sobre el particular.

     Mientras no se llegue a una prohibici√≥n completa de estos ¬ęmonstruos¬Ľ bal√≠sticos, cosa que por el momento parece casi imposible, los mismos seguir√°n perfeccion√°ndose como lo han hecho hasta ahora.

     As√≠, por ejemplo, la √ļltima palabra en este orden de cosas la tienen los MARV —misiles de ojivas m√ļltiples con sistema de fijaci√≥n de objetivos al final del recorrido— a punto de aparecer o aparecidos ya en el momento que se escriben esta l√≠neas, en 1985. En estos nuevos misiles, cada ojiva, una vez desprendida del vector, goza de autonom√≠a para cambiar su propio programa, en funci√≥n de los datos recibidos y almacenados en su memoria, a fin de hacer frente a las medidas defensivas que en el curso de la operaci√≥n haya podido adoptar el adversario.

     Actualmente son ya muchos los tipos de misiles a los que se ha aplicado el ¬ęmirvaje¬Ľ —b√°rbara palabra adoptada a partir de la ra√≠z ¬ęMIRV¬Ľ. Uno de los m√°s potentes es el ¬ęPoseidon¬Ľ americano, instalado en submarinos, que es capaz de atacar simult√°neamente a 14 objetivos diferentes, con cargas de 50 kilotones, a una distancia de m√°s de 4.600 kil√≥metros. El radio de su ECP o ¬ęc√≠rculo de error probable¬Ľ es de 450 metros, lo cual equivale a decir que el 50% de sus ojivas hacen impacto a una distancia del centro del blanco inferior a 450 metros.

     Un notable perfeccionamiento del ¬ęPoseidon¬Ľ lo ser√°, bajo diversos aspectos, el futuro ¬ęTrident D-5¬Ľ. Este nuevo misil ser√° portador de catorce cargas de 150 kilotones, es decir, tres veces m√°s potente que las de su predecesor. Su alcance ser√° de 11.000 kil√≥metros, m√°s del doble que el del Poseidon y su ECP de s√≥lo 300 metros.

     El ¬ęSS-18¬Ľ, ruso, instalado en tierra, es, al parecer, el misil mirvado m√°s grande del mundo. Se caracteriza sobre todo por el gigantismo de su carga, que en algunos de sus modelos de carga √ļnica llega a alcanzar los 50 megatones, es decir, m√°s de 2.500 bombas de Hiroshima.

     Ya en la √©poca de Carter, los armeros americanos se propusieron superar todos los modelos de MIRV existentes hasta entonces. Proyectaron un misil ¬ęexperimental¬Ľ que, por esta obvia raz√≥n, fue designado con la sigla ¬ęMX¬Ľ y que luego ha sido conocido tambi√©n con el nombre de ¬ęPacekeeper¬Ľ o ¬ęguardi√°n de la paz¬Ľ.

     En 1982 Reagan ha dado nueva vida al proyecto y se ha propuesto fabricar 100 ejemplares del mismo antes de 1990. Para ello ha tenido —y tiene— que librar grandes batallas, a fin de hacerlo aceptar por el Parlamento y el Senado norteamericano, los cuales se resisten a ello a causa del enorme costo del MX, de su vulnerabilidad y de su car√°cter altamente desestabilizador, como arma de primer golpe que es.

     Los MX ser√°n portadores de 10 cabezas independientemente programadas, e incluso autoprogramables, de 350 kilotones cada una (siete veces m√°s potentes que las del Poseidon), adem√°s de un cierto n√ļmero de ¬ętrampas¬Ľ o de falsas ojivas destinadas a burlar las defensas del adversario confundiendo sus tiros. Su ECP ser√° de 150 metros, o, seg√ļn otros informes m√°s optimistas, de 100 metros, con notable ventaja sobre todos los anteriores modelos. La mitad de sus impactos se producir√°n, pues, a menos de 100 √≥ 500 metros de la ¬ędiana¬Ľ, y su alcance ser√° de trece o catorce mil kil√≥metros.

     Uno de los problemas m√°s preocupantes, ya desde la √©poca de Carter, en relaci√≥n con los MX era el car√°cter de objetivo prioritario que los mismos tendr√≠an necesariamente para los sovi√©ticos. Sin duda alguna, √©stos se sentir√≠an incentivados por la idea de destruir unos misiles tan perfectos y sofisticados, y aplicar√≠an, a este fin, todos los medios antimisiles que les fuera posible inventar. Hab√≠a, pues, que proteger los MX con medios excepcionalmente ingeniosos contra un golpe desarmante de los rusos.

     En el proyecto primitivo esta protecci√≥n se lograba dando a los ¬ęPeacekeeper¬Ľ una movilidad extraordinaria, con objeto de hacerlos absolutamente ilocalizables para la vigilancia adversaria. A tal efecto se har√≠a que los MX viajasen constantemente entre cuatro mil seiscientos refugios construidos, al objeto, en los desiertos de Utah y de Nevada. Pero el coste de la red de comunicaciones exigida por este fant√°stico proyecto era sumamente grande, del orden —seg√ļn se dice— de los cien mil millones de d√≥lares, raz√≥n por la cual las C√°maras norteamericanas se mostraban muy remisas a aceptarlo.

     La administraci√≥n Reagan ha presentado un nuevo plan para la protecci√≥n de los MX: se trata del ¬ędense park¬Ľ, concentraci√≥n de los misiles en una estrecha franja de 72 kil√≥metros cuadrados en el Estado de Wyoming. De esta manera el ¬ęefecto fratricida¬Ľ har√≠a imposible la destrucci√≥n de los mismos en una proporci√≥n apreciable, tal como hemos indicado anteriormente. Podr√≠an caer unos pocos; pero la inmensa mayor√≠a se salvar√≠an del ataque, protegidos por los efectos colaterales de las primeras explosiones ¬ęmatadoras¬Ľ. Este nuevo proyecto es mucho m√°s barato que el anterior; pero no parece haber despertado tampoco el entusiasmo de los representantes, los cuales no se f√≠an de que la elevada densidad del ¬ęaparcamiento¬Ľ y el efecto de interferencia sean suficientes para proteger a los preciosos y car√≠simos MX.

     Realmente, el progreso realizado por las armas nucleares en estos cuarenta a√Īos es tan grande que las primeras bombas at√≥micas de Hiroshima y Nagasaki parecen hoy un simple juego de ni√Īos, unos insignificantes petardos, comparados con las √ļltimas realizaciones de la era bal√≠stico-nuclear.

 

4. Las armas posnucleares

 

     La utilizaci√≥n del prefijo ¬ępos¬Ľ para formar neologismos —como, por ejemplo, ¬ęposmoderno¬Ľ y ¬ęposmodernismo¬Ľ— es un recurso ling√ľ√≠stico bastante generalizado actualmente. Esta especie de moda tiene una explicaci√≥n ya que la misma parece obedecer a una exigencia o una necesidad de nuestra ¬ęcultura del instante¬Ľ.

     En el mundo de hoy las cosas se suceden, en efecto, con tal celeridad que a menudo nos encontramos a falta de t√©rminos para poder nombrarlas adecuadamente. A este respecto, el prefijo en cuesti√≥n, aunque no sea por s√≠ mismo demasiado significativo, nos facilita en algunos casos la tarea de dar nombres a las ideas o a los hechos.

     Hablar de ¬ęarmas posnucleares¬Ľ, como lo hacemos aqu√≠, es, pues, un recurso o un modo de salir del paso ante la complejidad de los nuevos tipos de armas que ahora se anuncian o que est√°n ya en condiciones de funcionar.

     A partir de los a√Īos ochenta empiezan a aparecer, aunque no sea m√°s que como proyecto, ciertas armas que tienen, sin duda, relaci√≥n con la f√≠sica nuclear y con las armas nucleares, pero que deben ser netamente distinguidas de √©stas.

     Las armas de energ√≠a dirigida de las que tanto se habla actualmente se encuentran, evidentemente, en este caso: son tambi√©n armas nucleares, ciertamente, pero lo son de un modo muy distinto de todas las que se han conocido hasta ahora. Ser√≠a, pues, un error seguir denomin√°ndolas con la misma palabra.

     Nos encontramos, por tanto, en una disyuntiva terminol√≥gica: o bien empleamos un t√©rmino nuevo para designar a algunas de las nuevas armas, como puede serlo, por ejemplo, el de ¬ęposnucleares¬Ľ, que proponemos aqu√≠, o bien continuamos llam√°ndolas nucleares, con lo cual se inducir√≠a a la opini√≥n p√ļblica a una notable confusi√≥n haci√©ndola creer que el laser o el lanzador de part√≠culas subat√≥micas son armas de la misma naturaleza que la bomba de Hiroshima o que cualquier otra de las bombas nucleares que han sido fabricadas despu√©s de √©sta.

     En cierto modo, las bombas nucleares de todo tipo coinciden en su forma de operar con las bombas ¬ętradicionales¬Ľ o convencionales: lo mismo que √©stas, producen en un punto determinado una elevaci√≥n s√ļbita de la temperatura y de la presi√≥n, la cual provoca, a su vez, la onda explosiva —t√©rmica y mec√°nica— que destruye el objetivo visado. La diferencia est√° en que, mientras las bombas convencionales recurren para producir este efecto a una reacci√≥n qu√≠mica —intercambios de √°tomos entre las mol√©culas— las bombas nucleares lo consiguen por medio de una reacci√≥n nuclear —con ruptura de √°tomos— mucho m√°s ¬ęrentable¬Ľ desde el punto de vista energ√©tico que la simple ruptura de mol√©culas.

     Como veremos un poco m√°s adelante, no es este el modo de trabajar de las nuevas armas posnucleares: √©stas tienen capacidad para atacar directamente a la estructura at√≥mica interna del ¬ęobjeto enemigo¬Ľ, es decir del objeto que se trata de inutilizar, como puede ser, por ejemplo, el cerebro electr√≥nico de un misil adversario. Se trata, pues, de un tipo de acci√≥n mucho m√°s sutil, aunque menos espectacular que el de las bombas de explosi√≥n, incluyendo entre √©stas, claro est√°, a las que desde 1945 se vienen llamando bombas at√≥micas o nucleares.

     Bien miradas las cosas, las armas posnucleares no debieran figurar en la historia del progreso del arma nuclear. Se salen manifiestamente del dominio de √©sta. Su novedad es radical. En este caso, no se trata ya de una mutaci√≥n dentro de la estrategia nuclear —como las que hemos contemplado en las p√°ginas anteriores— sino de un salto a una estrategia nueva, que transciende a la estrategia nuclear y que bien podr√≠a ser llamada ¬ęestrategia posnuclear¬Ľ.

     El tipo de guerra al que este nuevo g√©nero de armas conducir√° en el futuro ser√°, en efecto, completamente distinto de una guerra nuclear, tal como entendemos ahora esta expresi√≥n.

     En el campo de las armas posnucleares aparecen, ante todo, dos tipos o familias de armas: el laser y los haces de part√≠culas.

     Ambos grupos tienen una caracter√≠sticas com√ļn: la concentraci√≥n de energ√≠a, es decir, la utilizaci√≥n de energ√≠a de alta densidad energ√©tica. La cantidad total de energ√≠a puesta en acci√≥n por un arma es cosa muy distinta que la ¬ędensidad de energ√≠a¬Ľ, es decir, el cociente de dividir la cantidad total de energ√≠a por la superficie, el volumen o la masa a la que se aplica.

     Un ejemplo trivial basta para aclarar esta idea. La energ√≠a desplegada por una pulga para dar un salto de diez cent√≠metros es evidentemente √≠nfima. Pero ¬Ņqu√© ocurrir√≠a si la misma se aplicase a una masa equivalente a la de un electr√≥n? El resultado ser√≠a extraordinario. Se producir√≠a una densidad de unos 24.10[20] julios por gramo de materia, cifra impensable en el mundo macrosc√≥pico.

     El secreto de las nuevas armas est√° precisamente en la elevad√≠sima condensaci√≥n energ√©tica que las mismas utilizan, aunque sea en vol√ļmenes infinitesimales. En su caso no se trata de movilizar grandes cantidades de energ√≠a, sino de aplicar cantidades relativamente peque√Īas de energ√≠a sobre objetivos ultramicrosc√≥picos.

     Esta consideraci√≥n no tiene ning√ļn inter√©s cuando se habla de armas ordinarias, como las que los militares de todos los tiempos han utilizado, desde las m√°s primitivas hasta los misiles nucleares intercontinentales. Pero s√≠ lo tienen cuando se trata de la guerra de alta tecnolog√≠a, que es la guerra del futuro: cuando se trata, por ejemplo, de paralizar los motores de un barco, de un submarino, de un avi√≥n, de un tanque; de desbaratar el √≥rgano de mando de un misil; de interrumpir el suministro el√©ctrico de una ciudad; de inmovilizar la maquinaria de una f√°brica, etc. etc...

     En todos estos casos hay un punto neur√°lgico, un objetivo casi microsc√≥pico que basta tocar para lograr el efecto previsto.

     Se comprende, pues la gran diferencia que hay entre una guerra en la que se utilicen todas estas posibilidades y la guerra nuclear tal como la conciben los actuales estrategas.

     Sobre las armas de alta condensaci√≥n energ√©tica se puede presentar un ejemplo sugestivo siguiendo una idea del profesor Marceau Felden.

     El laser SHIVA es capaz de movilizar una potencia de m√°s de 9,3 billones de watios, lo que viene a ser nada menos que la d√©cima parte del consumo medio de energ√≠a de todo el planeta, para toda clase de usos industriales, comerciales, urban√≠sticos etc... Este dato puede parecer incre√≠ble, pero hay que tener en cuenta que ese despliegue de potencia energ√©tica se realiza solamente durante una fracci√≥n infinitesimal de tiempo, evaluada en una mil millon√©sima de segundo, y que, por tanto, el total de energ√≠a aplicada ascender√≠a solamente a 9.300 julios, cantidad insignificante y que s√≥lo podr√≠a servir, por ejemplo, para hacer hervir cuatro gramos escasos de agua. Ahora bien: aplicada esta misma energ√≠a a un volumen de una millon√©sima de mil√≠metro c√ļbico el efecto destructor y desorganizador puede ser enorme.

     El efecto del laser, como el de las armas de part√≠culas dirigidas, es el de un latigazo energ√©tico que act√ļa sobre un espacio microsc√≥pico, pero que para las armas de alta tecnolog√≠a puede ser esencial.

     Un misil es, por esta raz√≥n, un arma sumamente fr√°gil que puede ser f√°cilmente inutilizada en sus √≥rganos m√°s sensibles por una simple descarga del tipo de la que hemos expuesto.

     Las armas posnucleares son, pues, particularmente apropiadas para la defensa antimisil.

     Desde que fueron inventadas las armas nucleares, los cient√≠ficos militares se vieron acosados por el problema de montar una defensa adecuada contra las mismas. Es la vieja historia de la espada y el escudo: cada vez que se ha afilado la espada el escudo se ha hecho m√°s resistente. Pero en este caso, el problema no ha sido resuelto todav√≠a.

     La √ļnica posibilidad de defensa era la de enfrentar al arma nuclear consigo misma; fabricar un arma nuclear que sirviese para oponerse al arma nuclear o, dicho de otra manera, un arma nuclear antinuclear. Pero este sistema de defensa ten√≠a muchas dificultades e inconvenientes y su aplicaci√≥n resultaba casi imposible.

     Por de pronto, era un sistema sucio de defensa, pod√≠a volverse f√°cilmente contra el que lo empleara. El lanzamiento de peque√Īos cohetes nucleares contra un misil atacante —que es en lo que se pens√≥ en un principio— ten√≠a, entre otros, el inconveniente de envolver tambi√©n en sus efectos al defensor y estaba lleno de complicaciones, aparte de ser poco eficaz.

     Volvi√≥ a presentarse la dial√©ctica entre la bomba sucia y la bomba limpia de los primeros a√Īos de la historia del arma at√≥mica. En este caso hab√≠a que inventar una defensa limpia en sustituci√≥n de la defensa sucia que se intentaba realizar por medio de armas nucleares.

     La invenci√≥n de las armas posnucleares ha introducido nuevas posibilidades en relaci√≥n con ese asunto. No es que la misma haya solucionado el problema, pero al menos ha mostrado un camino posible hacia la soluci√≥n.

     La idea de utilizar las armas posnucleares para hacer frente a las nucleares no es ning√ļn disparate, sino una idea completamente natural y obvia. En ella consistir√° la SID (¬ęStrategic Defense Initiative¬Ľ) que, en este momento, es el gran caballo de batalla entre las dos superpotencias. Volveremos despu√©s sobre este plan.

     Anticip√°ndose al tratado SALT-1 los rusos crearon, ya en 1968, una zona protegida por antimisiles nucleares en torno a Mosc√ļ, empleando para ello el misil ABM-IB Galosh que est√° todav√≠a en activo. Los americanos, por el contrario, renunciaron pronto a desarrollar un proyecto an√°logo —a lo que ten√≠an derecho por el tratado— por estimar que los resultados del mismo hab√≠an de ser muy poco satisfactorios.

     Seg√ļn fuentes americanas, los sovi√©ticos han montado un sistema de defensa a base de ¬ęsat√©lites matadores¬Ľ capaces de destruir sat√©lites enemigos y desde los cuales se podr√≠a detectar y aniquilar cualquier misil que se acercase a su zona. Pero la eficacia de este g√©nero de defensa sigue siendo problem√°tica por las razones antes aludidas. En suma, no se ha encontrado todav√≠a la manera de que las armas nucleares detengan a las armas nucleares, es decir, de que se detengan a s√≠ mismas.

     Como hemos indicado unas l√≠neas m√°s arriba, la verdadera novedad en este terreno la han aportado las armas posnucleares. El laser y las ametralladoras de corp√ļsculos podr√°n ser, quiz√°s, un medio eficaz para defenderse de los misiles nucleares y algunos sue√Īan, incluso, con la idea de que lleguen a arrinconar a √©stos, releg√°ndolos a los cementerios de armas obsoletas.

     Pero todo esto es algo que est√° a√ļn por ver. Har√°n falta diez, quince o veinte a√Īos de investigaciones para que llegue a obtenerse alg√ļn resultado seguro en esas direcciones.

     La finalidad espec√≠fica de la SDI —o IDS— es impedir que los misiles del oponente puedan llegar al propio territorio, es decir, en este caso, al territorio americano. Para ello se montar√°n acciones de defensa a distintos niveles y en las diferentes fases del vuelo de los misiles enemigos, los cuales ser√°n inutilizados en su totalidad antes de que puedan llegar a los EE.UU.

     La IDS no s√≥lo actuar√° contra los misiles bal√≠sticos, sino tambi√©n contra los bombarderos y aviones de crucero que son m√°s dif√≠ciles de detectar.

     En realidad, los americanos hab√≠an ya manejado esa misma idea hace diez a√Īos; pero Schlesinger se vio obligado a renunciar a ella, seg√ļn se dijo entonces, porque resultaba demasiado cara, y tambi√©n, probablemente, porque no ofrec√≠a suficientes garant√≠as como medio seguro para detener a los misiles. Si ahora Reagan ha resucitado el plan es porque sus asesores le han convencido de que las armas de energ√≠a dirigida ser√°n capaces de hacerlo, una vez que se las haya perfeccionado lo bastante.

     De todos modos, el plan SDI ha levantado grandes cr√≠ticas.

     No se conseguir√° —dicen algunos— la globalidad de la defensa, es decir, no se lograr√° destruir la totalidad de los misiles y aviones atacantes: quiz√°s un 5 o un 8 por ciento de los mismos lograr√° atravesar la red, y en tal caso, √©sta apenas servir√° para nada, ya que las p√©rdidas podr√°n ser colmadas por el enemigo mediante el env√≠o de grandes oleadas de misiles que saturen el sistema defensivo americano.

     Los sovi√©ticos, por su parte, aseguran que tienen o tendr√°n los medios adecuados para alcanzar esos resultados y que su contradefensa ser√° adem√°s mucho m√°s barata que la defensa americana.

     Pero nadie est√° en condiciones de confirmar estos razonamientos y los norteamericanos parecen completamente decididos a llevar adelante sus planes.

     Por otra parte, se barajan tambi√©n los argumentos cl√°sicos contra las armas defensivas a las que, no sin raz√≥n, se les atribuye el car√°cter de desestabilizadoras.

     Los sovi√©ticos afirman que la IDS es el medio que los americanos se han buscado —haciendo caso omiso de los tratados ABS (sistemas de misiles antibal√≠sticos)— para asegurarse de la posibilidad de dar ellos mismos el primer golpe, a lo cual responden Reagan y sus colaboradores inmediatos que las URSS no tiene nada que temer de la IDS, que todo ser√° para bien y que todo el mundo debe colaborar en las investigaciones destinadas a hacer de ella una realidad.

 

5. Las armas de alta tecnología

 

     Si todo se limitase a la ¬ęiniciativa de defensa estrat√©gica¬Ľ la cosa ser√≠a relativamente sencilla y f√°cil de interpretar; pero hay otras muchas y m√°s importantes tecnolog√≠as que intervienen —o intervendr√≠an— en lo que hemos llamado la ¬ęguerra posnuclear¬Ľ.

     La aplicaci√≥n de nov√≠simas tecnolog√≠as, de las que algunas de las m√°s importantes est√°n a√ļn en sus comienzos o son simple posibilidad, no s√≥lo va a cambiar la estrategia, sino que va a transformar el ¬ęser¬Ľ mismo de la guerra.

     El objeto de √©sta seguir√° siendo el mismo: imponer la voluntad pol√≠tica de un pueblo sobre la de otro, seg√ļn la conocida definici√≥n de Clausewitz: ¬ęla guerra es un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario¬Ľ. Pero con los nuevos medios tecnol√≥gicos podr√° cambiar de manera copernicana el ¬ęmodo¬Ľ de la guerra, el modo de realizar esa ¬ęimposici√≥n¬Ľ. Y aqu√≠ nos referimos, claro est√°, al ¬ęmodo f√≠sico¬Ľ, no al modo pol√≠tico o a cosas parecidas a la guerra psicol√≥gica.

     Desde este punto de vista, conviene establecer una distinci√≥n previa entre las armas de alta tecnolog√≠a, por una parte, y las armas nucleares, por otra. Estas se hallan estrechamente conectadas —qu√© duda cabe— con las nuevas tecnolog√≠as a que nos referimos aqu√≠; pero su modo de operar corresponde, o va a corresponder, pronto, al pasado.

     En efecto, lo que actualmente se atisba en un horizonte de futuro no demasiado lejano, seguramente es un nuevo tipo de guerra: la ¬ęguerra de alta tecnolog√≠a¬Ľ.

     Hasta ahora, y m√°s a√ļn en los √ļltimos tiempos, el modo de realizar esa ¬ęimposici√≥n¬Ľ a la que hemos aludido, y que est√° en la esencia de la guerra, ha consistido en matar y destruir. La bomba de Hiroshima, y todo lo que ha seguido a √©sta, opera, precisamente, en dicha l√≠nea: actualmente el poder mort√≠fero y destructivo de las armas se expresa ya en cifras astron√≥micas. Al contrario de esto, la guerra tecnol√≥gica consistir√° m√°s bien en detectar, paralizar, inmovilizar, inutilizar, interferir, desactivar, dejar fuera de juego todos los medios militares, industriales, sociales, etc., del adversario.

     Ser√° —si se quiere— una guerra fundamentalmente defensiva pero que tendr√°, al mismo tiempo, una enorme efectividad ofensiva. El aforismo: ¬ęla mejor defensa es el ataque¬Ľ se trocar√° en cierto modo, por uno nuevo: ¬ęel mejor ataque es la defensa¬Ľ.

     Seg√ļn esta nueva idea, la guerra no consistir√° ya en matar muchedumbres, ni siquiera grupos numerosos de personas —civiles o militares—. Ser√° mucho m√°s f√°cil adue√Īarse de los centros de decisi√≥n del enemigo, una vez reducido √©ste a la inoperatividad.

     Lo que venimos diciendo no quiere significar, en modo alguno, una apolog√≠a de la guerra. Esta seguir√° siendo un mal, y un mal terrible, porque la ¬ęimposici√≥n a la fuerza¬Ľ es siempre brutal e inhumana. Frente a ese nuevo tipo de guerra, los pacifistas seguiremos teniendo raz√≥n y quiz√°s una raz√≥n m√°s profunda que ahora.

     Conviene, sin embargo, considerar las posibilidades de transformaci√≥n de la guerra que aportan las nuevas tecnolog√≠as. Gracias a √©stas, la guerra va a hacerse m√°s exacta, mejor calculada, m√°s precisa, mejor dirigida a sus fines, m√°s econ√≥mica en vidas y bienes materiales.

     Cada civilizaci√≥n t√©cnica incluye una manera propia de hacer la guerra. As√≠, las guerras del 14 y del 39 se corresponden con la era industrial. La guerra nuclear y la posnuclear son un producto de la era posindustrial. La guerra tecnol√≥gica coincidir√≠a, en cambio, con la aparici√≥n de una nueva edad a la que algunos llaman ya la edad tecnol√≥gica.

     No hablamos aqu√≠ el lenguaje de la ciencia ficci√≥n, sino un lenguaje t√©cnico posibilista. Nuestros razonamientos pueden ser f√°cilmente ubicados en lo que podr√≠amos llamar nuestro ¬ęhorizonte hist√≥rico concreto¬Ľ, es decir, el campo de posibilidades que las t√©cnicas modernas nos est√°n ofreciendo ya y que nos es dado conocer con cierta aproximaci√≥n desde ahora.

     La tecnolog√≠a militar de punta es el resultado de la convergencia de una amplia gama de ciencias y t√©cnicas de reciente invenci√≥n o que se est√°n inventando ahora. Entre ellas figuran, por ejemplo, la Microelectr√≥nica, la √ďptica avanzada, la T√©cnica de los nuevos materiales, la Inform√°tica, la Cibern√©tica y la Rob√≥tica.

     En una guerra como la que ahora se perfila, y desde el punto de vista de una estrategia de defensa, la detecci√≥n de ¬ęobjetos enemigos¬Ľ es una de las actividades militares m√°s importantes.

     Dada la enorme rapidez con la que operan las armas modernas, la primera necesidad consiste en descubrir esos ¬ęobjetos¬Ľ —misiles, ojivas, aviones de crucero, sat√©lites de informaci√≥n, submarinos nucleares, etc.—. Saber con absoluta precisi√≥n d√≥nde est√°n situados y d√≥nde pueden estarlo dentro de unas horas, de unos minutos, de unos segundos o, incluso en algunos casos, de unas d√©cimas de segundo, para poder reaccionar con suficiente rapidez y de modo coherente.

     Todo signo, toda alteraci√≥n, todo ¬ęruido¬Ľ —entendiendo aqu√≠ esta palabra en sentido muy amplio, no s√≥lo ac√ļstico, sino tambi√©n el√©ctrico, magn√©tico o t√©rmico— que sea producido por el ¬ęobjeto enemigo¬Ľ debe ser captado para deducir los posibles movimientos del mismo.

     La ¬ę√≥ptica multiespectral¬Ľ, que opera no s√≥lo en las zonas visibles, sino tambi√©n en las invisibles del espectro —infrarrojos y ultravioletas—, es un medio preciso para realizar esta vigilancia.

     Por medio del telescopio infrarrojo se puede descubrir la presencia de un misil en el espacio a miles de kil√≥metros de distancia, desde el momento mismo de su partida, y conocer incluso sus caracter√≠sticas, sus medios electr√≥nicos y la carga de la que es portadora.

     La posibilidad de obtener fotograf√≠as con rayos infrarrojos desde gran distancia permite explorar, no s√≥lo la superficie, sino tambi√©n determinados espacios subacu√°ticos o subterr√°neos del territorio adversario.

     En cuanto a la capacidad de observaci√≥n de los aparatos instalados en los llamados ¬ęsat√©lites esp√≠as¬Ľ, puede decirse que la misma sobrepasa a todo lo imaginable hasta ahora, tanto por el n√ļmero y extensi√≥n de las fotograf√≠as realizadas por tales aparatos, como por el enorme poder separador conseguido en ellos.

     Felden[8] afirma que un sat√©lite de informaci√≥n, volando a una velocidad de decenas de miles de kil√≥metros por hora, y a una altitud de cien o doscientos kil√≥metros, puede obtener fotograf√≠as en las que se distingan puntos situados a unos dec√≠metros e, incluso en algunos casos, a menos de dec√≠metro y medio de distancia.

     En estas condiciones un misil, un silo, un veh√≠culo y hasta la antena de un submarino sumergido, pueden ser detectadas y fotografiados. Efectuadas estas fotograf√≠as con rayos infrarrojos, se pueden obtener vistas nocturnas, como si estuviesen hechas en pleno d√≠a y cabe asimismo que en ellas se reproduzcan objetos ocultos debajo de tierra o del mar.

     Es evidente que, desde el momento en que existen estas posibilidades de control mutuo, la actividad militar debe ser modificada profundamente. Ya no caben efectos sorpresa, como el de un nuevo Pearl Harbor. Todo se ha de hacer a plena luz y en cierto modo los posibles contendientes se inmovilizan mutuamente al estar cada uno de ellos al corriente de lo que est√° pasando en el campo adversario.

     Pero, en ciencia estrat√©gica, no se trata s√≥lo de conocer una situaci√≥n militar, sino de saber interpretarla y reaccionar ante ella del modo m√°s r√°pido y eficaz posible.

     Entre la ¬ędetecci√≥n¬Ľ y la ¬ęreacci√≥n¬Ľ hay que situar obviamente, la ¬ętransmisi√≥n¬Ľ. ¬ęDetector-efector-reactor¬Ľ es precisamente la terna operativa que caracteriza al tratamiento cibern√©tico de una situaci√≥n. Para la cibern√©tica, el ¬ęefector¬Ľ es el √≥rgano encargado de comunicar al centro de decisi√≥n o ¬ęreactor¬Ľ, los datos captados por el ¬ędetector¬Ľ, una vez ordenados y organizados √©stos de modo adecuado.

     La verdadera novedad de la cibern√©tica en relaci√≥n con el ¬ęarte¬Ľ de la guerra consiste precisamente en que, en bastantes casos, las decisiones militares ser√°n adoptadas, no ya por hombres, sino por m√°quinas, las cuales podr√°n hacerlo seguramente mejor que los propios seres humanos.

     As√≠, por ejemplo, cuando nos hemos referido unas l√≠neas m√°s arriba a determinadas reacciones que deber√°n producirse en intervalos de d√©cimas de segundo, no pens√°bamos ciertamente en una posibilidad humana. S√≥lo una m√°quina es capaz de decidir y actuar a esa velocidad.

     Es cierto que el programa introducido en el ordenador ha sido previamente establecido por cerebros humanos; pero, en el momento de la ejecuci√≥n del mismo, es mejor confiar en la m√°quina, con la seguridad de que √©sta podr√° realizarlo de modo m√°s r√°pido y m√°s exacto que los propios inventores del programa.

     Las nuevas generaciones de ordenadores electr√≥nicos —seg√ļn parece estamos ya en la quinta— han aumentado espectacularmente la capacidad de acci√≥n de los mismos, haci√©ndolos incomparablemente superiores a los primeros aparecidos en los a√Īos sesenta.

     No solamente se ha reducido notablemente su volumen —cientos de transistores pueden ser instalados en el espacio de un mil√≠metro c√ļbico— sino que se ha incrementado de modo incre√≠ble su capacidad de memoria y, sobre todo, se ha intensificado, multiplic√°ndola quiz√°s por billones, la velocidad con que operan. Operaciones que antes requer√≠an decenas de segundos son hoy realizadas en nano-segundos, o sea, en mil millon√©simas de segundo.

     Por otra parte, los ordenadores m√°s modernos tienen la posibilidad de trabajar simult√°neamente con programas diversos y van a tener, asimismo, la de autoprogramarse, reformando la acci√≥n primeramente planeada en funci√≥n de un metaprograma m√°s amplio que deja en mucha mayor ¬ęlibertad¬Ľ al ordenador.

     Como ejemplo del ¬ęarma inteligente¬Ľ puede servirnos entre otros muchos el del avi√≥n o misil de crucero (CM: ¬ęCruise Missile¬Ľ) que los americanos est√°n instalando ahora en Europa. Se trata de un arma muy sofisticada, de una precisi√≥n incre√≠ble, dotada de un ordenador altamente perfeccionado y muy dif√≠cil de localizar porque vuela muy bajo, peg√°ndose al terreno, como quien dice, y cambiando de trayectoria de modo imprevisible a cada momento.

     El CM responde al sistema de conducci√≥n llamado inercial que actualmente se utiliza de modo generalizado para el autopilotaje de naves a√©reas y espaciales. El ¬ęcruise¬Ľ lleva a este efecto una plataforma estabilizada por medio de gir√≥scopos, cuya inclinaci√≥n no depende, por tanto, de la del aparato. Las aceleraciones o ¬ętirones¬Ľ que esta placa recibe a lo largo del vuelo permiten al ordenador de a bordo deducir con toda exactitud la trayectoria real del mismo y compararla despu√©s con la programada en el momento del lanzamiento que va grabada en su memoria. Por otra parte, el aparato obtiene fotograf√≠as detallad√≠simas y muy numerosas del terreno que sobrevuela, de su relieve orogr√°fico y de los edificios, v√≠as de comunicaci√≥n, etc., que se encuentran en √©l, y las contrasta con el mapa memorizado.

     De todos estos datos y contrastes, el ordenador deduce la altitud y la direcci√≥n a las que debe volar el misil en cada momento y el instante preciso en que ha de depositar su carga sobre el objetivo. El resultado que se obtiene es asombroso: partiendo de una distancia de 2.500 kil√≥metros, es capaz de situar el 50% de sus tiros a menos de treinta metros de desviaci√≥n del centro del blanco.

     El avi√≥n de crucero es un exponente de las posibilidades actuales de la Avi√≥nica, tecnolog√≠a derivada de la Cibern√©tica y de la Electr√≥nica, que se aplica directamente al manejo de gobierno de los aviones y otros tipos de naves espaciales.

     La idea central, tanto del avi√≥n de crucero como de cualquier otro ingenio cibern√©tico es la del ¬ęfeed-back¬Ľ o sistema de ¬ęcorrecci√≥n reactiva¬Ľ. El ejemplo m√°s antiguo de esta idea nos lo da el regulador de Watt de la m√°quina de vapor. Cuando la presi√≥n en la caldera es demasiado alta, las bolas del regulador giran muy de prisa y como consecuencia de ello producen una fuerza centr√≠fuga que, transmitida a las v√°lvulas, obliga a √©stas a dejar escapar el vapor suficiente para ralentizar el movimiento y devolver la presi√≥n de la caldera al nivel conveniente.

     En el ¬ęfeed-back¬Ľ, el efecto modifica, pues, a la causa. Act√ļa sobre ella de manera que la idea, o programa inicial de la m√°quina, sea perfectamente realizada. En esencia, esto mismo es lo que ocurre en el avi√≥n de crucero.

     Un avi√≥n de crucero debe ser considerado como un ¬ęrobot¬Ľ, o un sistema de ¬ęservomecanismos¬Ľ combinados entre s√≠, para la realizaci√≥n del fin que no es otro que la colocaci√≥n de la carga nuclear en el objetivo.

     El concepto de ¬ęrobot¬Ľ puede ser generalizado a otras muchas finalidades que no son puramente mec√°nicas sino, por ejemplo, t√°cticas o incluso estrat√©gicas. No ser√≠a imposible que un ¬ęrobot militar¬Ľ fuese capaz de interpretar y dar salida a una situaci√≥n f√°ctica dentro de un campo de posibilidades previamente estudiado por los expertos y memorizado despu√©s en el programa del ¬ęrobot¬Ľ, haci√©ndolo incluso con mayor seguridad y rapidez que un mando propiamente humano.

     La Rob√≥tica generalizada abre, pues, nuevos horizontes a la guerra, pero no necesariamente de un modo perjudicial para el hombre: una guerra entre m√°quinas podr√≠a ser, en definitiva, mucho menos cruel y b√°rbara que una guerra entre hombres.

     Pero cuando se habla de guerra de alta tecnolog√≠a, la cosa no se reduce a las t√©cnicas que hemos citado: hay otras a las que no podemos siquiera aludir aqu√≠.

     En el plan ¬ęEureka¬Ľ que Fran√ßois Mitterrand lanz√≥ a la circulaci√≥n en abril de 1985 como alternativa al plan americano de investigaci√≥n SDI, se retiene, por ejemplo, la Optr√≥nica —ciencia h√≠brida entre la √≥ptica y la electr√≥nica, dirigida hacia la utilizaci√≥n complementaria de la luz y de la electricidad, como fuentes energ√©ticas transformables entre s√≠ e incluso fusionables, en determinados procesos— y la ¬ęInvestigaci√≥n de nuevos materiales¬Ľ, nuevas materias artificiales con caracter√≠sticas perfectamente adaptadas a las necesidades de cada tecnolog√≠a, civil o militar. (Se empieza a hablar ahora, por ejemplo, de ca√Īones de ¬ęplasma¬Ľ o materia ionizada).

     Ahora bien, se plantea la cuesti√≥n de la ¬ęservidumbre¬Ľ de la ¬ęalta tecnolog√≠a¬Ľ con relaci√≥n a las armas. Evidentemente la llamada ¬ęalta tecnolog√≠a¬Ľ no es en s√≠ misma un arma, aunque puede estar eventualmente al servicio de las armas. ¬ŅPero de qu√© armas?

     Como acabamos de ver, el ¬ęavi√≥n de crucero¬Ľ —que es el ejemplo que hemos elegido aqu√≠— est√° al servicio de la guerra nuclear. Constituye en realidad un paso adelante en la mutaci√≥n bal√≠stico-nuclear: se trata de un nuevo sistema de armas, esta vez triple: el sistema ¬ęmisil-robot-arma nuclear¬Ľ, d√°ndose a la palabra ¬ęrobot¬Ľ un √©nfasis mayor que en las realizaciones anteriores.

     En la concepci√≥n de los sistemas de armas hay, sin embargo, una regla preciosa que no puede ser olvidada: para que un sistema de armas pueda ser considerado como ¬ęcorrecto¬Ľ hace falta que haya una proporci√≥n o una adecuaci√≥n perfecta entre las diversas armas que lo constituyen.

     Un ejemplo al que nos hemos referido ya en otro pasaje de este libro, es el de sistema de armas ¬ębombardero-bomba nuclear¬Ľ, el cual no estaba bien proporcionado porque el bombardero cl√°sico no era el medio adecuado para el transporte de la bomba nuclear, no estaba, por decirlo as√≠, a la altura de √©sta.

     El misil s√≠ lo era: la asociaci√≥n ¬ęmisil-arma nuclear¬Ľ resultaba ¬ęperfecta¬Ľ (¬ęperfectamente horrible¬Ľ, debi√©ramos decir, claro est√°).

     Algo de esto podr√≠a repetirse respecto a la asociaci√≥n de la ¬ęalta tecnolog√≠a¬Ľ con el arma nuclear. La primera es mucho m√°s importante y prometedora que la segunda. No hay adecuaci√≥n en este sistema de armas. La ¬ęalta tecnolog√≠a¬Ľ exige un nuevo tipo de armas y hasta un nuevo tipo de guerra —como hemos dicho antes— con caracter√≠sticas nuevas y probablemente mucho m√°s racional, inteligente y humano que el de las guerras del pasado... y del presente.

     En la idea propuesta por Reagan hay, pues, un fondo de verdad. Dentro de unas d√©cadas la SID podr√≠a significar un gran paso en el camino de la racionalidad, aunque no fuese todav√≠a el fin total de la guerra.

     Pero la actitud de superioridad y de dominio en que los americanos siguen coloc√°ndose; la desconfianza sobre las verdaderas intenciones de los EE.UU.; la pretensi√≥n de √©stos, de querer conservar para s√≠ mismos el secreto de las nuevas armas defensivas, como intentaron hacerlo antes con las primeras bombas at√≥micas; el car√°cter altamente desestabilizador que, por el momento, tienen dichas armas; la carrera econ√≥mica que las nuevas investigaciones plantean y que, seg√ļn algunos, no es m√°s que un medio de hundir a los sovi√©ticos y de reafirmar la superioridad americana sobre todos los dem√°s estados, y otras motivaciones parecidas a √©stas, hacen temer que el sue√Īo de la guerra tecnol√≥gica —una ¬ęguerra de laboratorio¬Ľ, sin hecatombes ni apocalipsis— se convierta en una nueva y tremenda pesadilla para la Humanidad.

 

6. La guerra en el espacio

 

     En relaci√≥n con la ¬ęguerra en el espacio¬Ľ se viene empleando √ļltimamente una terminolog√≠a tremendista que carece por completo de verosimilitud. Esta tendencia, que se inici√≥ ya en la √©poca de Foster Dulles, se ha agudizado √ļltimamente y ha llegado a constituir un obst√°culo para la distensi√≥n de los esp√≠ritus.

     Se habla, por ejemplo, de la ¬ęguerra de las estrellas¬Ľ y de ¬ęguerra de las galaxias¬Ľ. Pero ¬Ņqu√© significado real tienen tales expresiones? Evidentemente ninguno.

     Las sondas espaciales que han sido lanzadas hasta ahora —como, por ejemplo, la ¬ęVoyager-2¬Ľ que se situar√° en las proximidades del misterioso planeta Neptuno en agosto de 1989, tras catorce a√Īos de viaje— s√≥lo pueden alcanzar distancias del orden de los 9.000 millones de kil√≥metros, es decir, el camino que recorre la luz en 8 horas, mientras que la estrella m√°s pr√≥xima a la Tierra se encuentra a 4 a√Īos luz de nosotros, el l√≠mite de nuestra galaxia a 80.000 a√Īos luz y otras galaxias conocidas a 5.000 millones de a√Īos luz!

     La denominaci√≥n ¬ęguerra de las galaxias¬Ľ que hasta los m√°s altos dirigentes de la Administraci√≥n norteamericana —incluido el propio Presidente— suelen utilizar con cierta frecuencia, resulta, pues, absolutamente fant√°stica.

     En un art√≠culo reciente, relativo a los gastos de defensa en el presupuesto norteamericano, Henry Kissinger critica vivamente el ¬ęlenguaje apocal√≠ptico¬Ľ y esa ¬ęvisi√≥n aterrorizante¬Ľ que —seg√ļn √©l— est√°n produciendo ¬ęefectos demoledores¬Ľ en la moral de las sociedades occidentales, pero que sin embargo ayudan —dig√°moslo claramente— para obtener los cr√©ditos destinados a fines militares.

     Kissinger hace notar que la terminolog√≠a en cuesti√≥n no es una simple moda, sino un instrumento o un aspecto necesario de la doctrina de la disuasi√≥n, actualmente imperante. La falta de alternativas serias a √©sta nos ha conducido —dice Kissinger— a una ¬ępar√°lisis intelectual¬Ľ que los historiadores del futuro no podr√°n explicarse sin dificultad ya que la discusi√≥n tiene una dimensi√≥n ¬ępsicol√≥gico-esot√©rica¬Ľ que se manifiesta precisamente en el lenguaje aterrorizante.

     En el lenguaje de la disuasi√≥n no hace falta que las palabras que se empleen respondan a hechos reales o posibles; lo importante es que tales palabras sean capaces de inspirar terror. Est√° acertado Kissinger al afirmar que el ¬ęlenguaje apocal√≠ptico¬Ľ es una parte esencial de la estrategia de disuasi√≥n.

     Convendr√°, pues, revisar y dejar reducido a sus verdaderos t√©rminos el nuevo tipo de guerra que ahora se presenta como posible. La denominaci√≥n m√°s adecuada para el mismo puede ser la de ¬ęguerra en el espacio¬Ľ que no tiene el car√°cter tremebundo de las anteriores. Pero habr√° tambi√©n que fijar su sentido con alguna precisi√≥n. ¬ŅQu√© entendemos por ¬ęguerra en el espacio¬Ľ? ¬ŅA qu√© ¬ęespacio¬Ľ nos referimos con esta expresi√≥n?

     Aunque la cosa es sumamente compleja, puede afirmarse obviamente que el hecho m√°s caracter√≠stico de la guerra en el espacio es la ampliaci√≥n del ¬ęespacio b√©lico¬Ľ a la atm√≥sfera exterior y al √°mbito sublunar.

     Notemos que este fen√≥meno de la extensi√≥n del espacio b√©lico ha venido produci√©ndose en todos los tiempos, a medida que avanzaban la t√©cnica y la civilizaci√≥n humanas.

     El mar no perteneci√≥ al espacio de la guerra hasta que se inventaron las grandes armadas, cosa que ya hab√≠a ocurrido en la √©poca de las guerras m√©dicas y, probablemente, varios siglos antes. A partir de ese momento hubo que empezar a hablar de la ¬ęguerra por tierra y mar¬Ľ.

     Pero la invenci√≥n del avi√≥n militar hizo que la atm√≥sfera —al menos la baja atm√≥sfera— se incorporase a su vez al espacio b√©lico. Se habl√≥, pues, de la ¬ęguerra por tierra, mar y aire¬Ľ. M√°s a√ļn, la aparici√≥n de los sumergibles dio lugar a que las aguas submarinas fuesen tambi√©n incluidas, sin g√©nero alguno de duda, en el escenario de la guerra.

     Hagamos tambi√©n notar que hasta el siglo XX no hab√≠a habido verdaderas guerras mundiales o planetarias. Las guerras del 14 y del 39 s√≠ lo fueron en buena medida: desde el fondo de los mares hasta la troposfera, el planeta entero fue un aut√©ntico escenario de guerra.

     En el momento actual, el hecho de que los misiles intercontinentales est√©n volando ya por encima de la estratosfera, nos obliga a reconocer que el escenario de una guerra posible debe ser ampliado a la atm√≥sfera exterior o ionosfera, e incluso hasta niveles de orden de los ciento cincuenta mil kil√≥metros, sin que en esto haya exageraci√≥n alguna. Una batalla entre misiles en esa zona sublunar es perfectamente concebible en el estado actual de cosas y podr√≠a tener lugar en el contexto de una guerra entre las dos superpotencias que estallase en este momento.

     A partir de ahora podr√°, pues, hablarse con cierta verosimilitud de ¬ęguerra en tierra, mar, aire... y espacio¬Ľ.

     Actualmente se especula mucho sobre una presunta ¬ęmilitarizaci√≥n del espacio¬Ľ, pero nadie sabe en realidad lo que esta expresi√≥n quiere decir exactamente. ¬ŅEn qu√© va a consistir esa pretendida militarizaci√≥n? Y, por otra parte, ¬Ņqu√© derecho tiene ning√ļn estado para realizar un acto de esta naturaleza y para invadir el ¬ęespacio¬Ľ sin el consentimiento de los dem√°s?

     La militarizaci√≥n del espacio y la guerra en el espacio, si es que alguna vez llegan a producirse, no deber√≠an escapar al √°mbito del Derecho y de lo que llamamos la ¬ęcivilizaci√≥n¬Ľ.

     Ahora bien, no existe todav√≠a una definici√≥n estrictamente jur√≠dica del ¬ęespacio¬Ľ. Desde el punto de vista del Derecho internacional, ¬Ņqu√© es el espacio? ¬ŅD√≥nde comienza y hasta d√≥nde llega? Habr√° alg√ļn d√≠a que establecer una frontera jur√≠dica entre el ¬ęaire¬Ľ y el ¬ęespacio¬Ľ e incluso entre los distintos espacios ¬ęionosf√©rico¬Ľ, ¬ęsublunar¬Ľ, ¬ęlunar¬Ľ y ¬ęplanetario¬Ľ.

     A partir de 1957, es decir, del lanzamiento del Sputnik, los Estados y la Organizaci√≥n de las Naciones Unidas, se han preocupado del ¬ęespacio¬Ľ en acuerdos y decisiones de desigual valor coercitivo[9].

     El 14 de noviembre del citado a√Īo la ONU vot√≥ una resoluci√≥n recomendando un sistema de inspecci√≥n del ¬ęespacio¬Ľ para evitar que el lanzamiento de sat√©lites desbordase el campo puramente cient√≠fico y pac√≠fico.

     En una nueva resoluci√≥n, adoptada cuatro a√Īos m√°s tarde, la Organizaci√≥n de Naciones Unidas plante√≥ tres principios sobre el espacio extra-atmosf√©rico: el Derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas tienen aplicaci√≥n fuera de la atm√≥sfera; ese dominio puede ser libremente explorado y explotado pero —tercer principio— no puede ser objeto de apropiaci√≥n por parte de ning√ļn Estado.

     Mucho m√°s minucioso que esta resoluci√≥n y, sobre todo, con aut√©ntico valor obligante, es el Tratado del 27 de enero de 1967, el cual hab√≠a sido ya firmado por 91 estados a fines de 1983. En las cl√°usulas de este tratado se garantiza ¬ęla libre exploraci√≥n y utilizaci√≥n del espacio atmosf√©rico, de la Luna y de los dem√°s cuerpos celestes¬Ľ, si bien se establece que √©stos ¬ęno pueden ser objeto de apropiaci√≥n, por proclamaci√≥n de soberan√≠a, por v√≠a de ocupaci√≥n o de utilizaci√≥n o por cualquier otro medio¬Ľ.

     El tratado del 67 proh√≠be la instalaci√≥n en el ¬ęespacio¬Ľ de armas nucleares o de cualquier otro tipo de destrucci√≥n y el establecimiento de ning√ļn tipo de instalaciones militares sobre los ¬ęcuerpos celestes¬Ľ. Los estados adheridos a este tratado se comprometen a prestar ayuda a todo astronauta en situaci√≥n dif√≠cil y a devolver prontamente a su pa√≠s a cualquiera de esos exploradores del espacio que se hayan visto en la necesidad de efectuar un aterrizaje forzoso en algunos de los citados estados.

     Finalmente, el tratado afirma la responsabilidad internacional de cualquier estado que efect√ļe un lanzamiento espacial o ayude a otro a realizarlo, en lo que se refiere a los da√Īos que el objeto lanzado pueda causar a otro estado o a personas f√≠sicas y morales representadas por √©ste.

     Seg√ļn la referencia que acabamos de citar, posteriormente al tratado del 67 y como consecuencia del mismo, se han firmado otros varios acuerdos importantes sobre el retorno y salvamento de astronautas (1968), la responsabilidad por da√Īos causados por objetos espaciales (1972) y la matriculaci√≥n obligatoria de todo objeto lanzado al espacio (1975).

     El Tratado SALT de 1972 proh√≠be expresamente la instalaci√≥n de armas anti-misiles en el espacio.

     Ahora bien: ¬Ņrespetar√°n las dos superpotencias estos acuerdos? ¬ŅPodr√° ser frenado por medio de ellos la militarizaci√≥n del espacio? He aqu√≠ algo que parece m√°s dudoso, por diversas razones y, en especial, por el hecho de que existe una evidente ambig√ľedad, en lo que a actividades espaciales se refiere, entre las investigaciones puramente cient√≠ficas y las que apuntan directamente a la utilizaci√≥n b√©lica del espacio exterior.

     Resulta dif√≠cilmente cre√≠ble que las Administraciones sovi√©ticas y norteamericanas realicen gastos tan grandes como los que la investigaci√≥n espacial origina, si no es a causa del inter√©s militar de la misma. Extender la guerra al espacio es, sin duda alguna, el objetivo prioritario que ambos estados mayores persiguen, aunque no se m√°s que como hip√≥tesis estrat√©gica para el futuro.

     Debemos interrogarnos, sin embargo, sobre la efectividad de la pretendida militarizaci√≥n del espacio. ¬ŅQu√© hay de cierto en todo ello? El montaje de plataformas, sat√©lites ¬ęmatadores¬Ľ de misiles, naves espaciales, aviones orbitales, etc., ¬Ņpuede tener una utilidad militar efectiva?

     De toda la ¬ęmaquinaria¬Ľ espacial, las plataformas permanentes son, sin duda, el proyecto que m√°s impresiona a la opini√≥n p√ļblica y, por tanto, el m√°s rentable desde el punto de vista propagand√≠stico. La idea de que estas plataformas puedan convertirse en un futuro pr√≥ximo en bases militares o verdaderos castillos volantes, desde los cuales las poblaciones terrestres podr√≠an ser bombardeadas a mansalva, obsesiona en este momento a millones de personas.

     Tras haber fracasado en su apuesta con los americanos sobre el viaje a la Luna, los sovi√©ticos renunciaron —al menos por el momento— al proyecto de viaje espacial y los sustituyeron por otro, no menos ambicioso que el anterior: la orbitalizaci√≥n de grandes plataformas orbitales a una altura de varios cientos de kil√≥metros, que pudieran estar en permanente comunicaci√≥n con la Tierra.

     La primera experiencia de este g√©nero fue realizada por los rusos en 1971 y consisti√≥ en el lanzamiento de la plataforma Saliut, la cual ha ido perfeccion√°ndose a trav√©s de nuevas generaciones hasta llegar a las Saliut 6 y 7, puestas en √≥rbita en los a√Īos 77 y 82 respectivamente.

     La idea central de este proyecto consiste en que la plataforma permanezca inm√≥vil, es decir, en ¬ę√≥rbita geosincronizada¬Ľ —girando alrededor de la Tierra al mismo tiempo que √©sta— pero manteni√©ndose su comunicaci√≥n con la superficie terrestre por medio de dos navecillas, en constantes viajes de ida y vuelta, destinada una de ellas al transporte de viajeros y la otra al aprovisionamiento de v√≠veres y materiales. Esto es lo que se ha llamado el ¬ętransbordador espacial¬Ľ.

     La plataforma comporta, pues, todo un sistema complicado, en el que los sovi√©ticos parecen haber llegado ya a excelentes resultados. A la primera asociaci√≥n Saliut-Soiuz, dotada de una sola nave auxiliar, la Soiuz, se agreg√≥ en 1977 una segunda nave, la Progress, formando as√≠ el complejo Saliut-Soiuz-Progress.

     El acoplamiento, en pleno vuelo, de unas navecillas con otras, o de las mismas con la propia plataforma, ha debido de plantear serios problemas, pero parece estar ya plenamente resuelto.

     En 1983 empieza a utilizarse una nueva nave auxiliar, la Cosmos-1443, de dos compartimentos, de la que los sovi√©ticos se muestran, al parecer, muy orgullosos. Tambi√©n se han producido sucesivas generaciones de Soiuz, que alcanzan actualmente la Soiuz-10.

     En un principio, los viajes fueron realizados por dos cosmonautas, pero este n√ļmero se ha ido ampliando hasta la cifra de seis, que es el record de permanencia simult√°nea de tripulantes sobre la plataforma. El n√ļmero de ¬ęvisitantes¬Ľ y de tripulaciones rotatorias es mucho mayor: once tripulaciones internacionales, por lo menos, han pasado por la Saliut, efectuando, sin mayor novedad, los viajes de ida y vuelta desde la Tierra.

     La URSS ha experimentado especialmente las permanencias espaciales de larga duraci√≥n. El record correspondiente lo tienen los sovi√©ticos Berezovoi y Lebedev, con una estancia de 211 d√≠as sobre la plataforma.

     Los americanos empezaron a interesarse en este g√©nero de proyectos en 1970. Comenzaron entones a planear la construcci√≥n de la nave de enlace para el transbordador, que era la pieza esencial del proyecto y que ofrec√≠a m√°s dificultades que la propia plataforma habitable. Fabricar √©sta y situarla en √≥rbita era, en efecto, m√°s sencillo que poner en acci√≥n un veh√≠culo capaz de efectuar viajes de ida y retorno de modo continuado, como si se tratase de un medio banal de transporte. La decisi√≥n definitiva de construirla fue adoptada por la Administraci√≥n americana en 1972 y su primer viaje tard√≥ casi diez a√Īos en realizarse.

     Dada su misi√≥n, la nueva navecilla fue designada con el nombre de Shuttle (lanzadera) siendo su denominaci√≥n completa la de la sigla SSTS (¬ęSpace Shuttle Transportation System¬Ľ). Se trata de un veh√≠culo muy manejable y muy dotado, capaz de transportar hasta siete viajeros del espacio en recorridos de ida y retorno a la plataforma.

     La plataforma o estaci√≥n orbital americana Skylab fue puesta en funcionamiento en 1973, dos a√Īos m√°s tarde que la primera plataforma rusa, Saliut. Era m√°s grande que √©sta y estaba concebida de diferente manera, ya que los fines inmediatos que persegu√≠an los americanos en estas primeras experiencias de plataforma espacial eran distintos que las de los sovi√©ticos. Estos insist√≠an, sobre todo, en someter a prueba la posibilidad de permanencias de larga duraci√≥n del hombre en el espacio, es decir, las condiciones biol√≥gicas y m√©dicas de habitabilidad de √©sta para la especie humana. Los americanos, por el contrario, se han interesado m√°s en la realizaci√≥n de experimentos cient√≠ficos de todo tipo que los astronautas deben llevar a cabo durante su estancia en la plataforma.

     El par Skylab-Shuttle es, pues, sim√©trico u hom√≥logo del Saliut-Soiuz. La concepci√≥n de base de ambas experiencias es la misma.

     El 25 de enero de 1984, en su discurso sobre el estado de la Uni√≥n, el presidente Reagan anunci√≥ la decisi√≥n de construir y poner en √≥rbita una nueva plataforma espacial. La novedad importante de esta nueva estaci√≥n orbital consist√≠a en que la misma estar√° acondicionada para albergar a una tripulaci√≥n permanente, a diferencia de la experiencia rusa que se ha limitado a la realizaci√≥n de estancias pasajeras, de seis meses como m√°ximo.

     La idea de esta estaci√≥n orbital permanente, que costar√° nueve mil millones de d√≥lares a la Administraci√≥n americana, fue muy discutida en aquel momento. ¬ŅQu√© utilidad puede tener el hacer vivir a un hombre en el espacio?, se dijo. Una vez experimentadas las condiciones biol√≥gicas de la ingravidez, la presencia continuada de seres humanos en la estaci√≥n orbital no servir√° apenas para nada. Los experimentos que ellos puedan hacer y las observaciones que realicen desde la plataforma las llevar√≠an a cabo de modo mucho m√°s perfecto y seguro unos robots dise√Īados al efecto. La presencia del hombre deber√° ser, incluso, evitada en las futuras ¬ęf√°bricas espaciales¬Ľ ya que, seg√ļn algunos, los menores movimientos del mismo pueden introducir aceleraciones que alteren en muchos casos el proceso intentado.

     Parece ser que al proyectar estas espectaculares actividades los rusos, al igual que los americanos buscan, sobre todo, el efecto pol√≠tico. Es evidente que entre todas las realizaciones espaciales los viajes astron√°uticos y la instalaci√≥n de hombres en el espacio son las que mayor impresi√≥n causan en la opini√≥n p√ļblica de todo el mundo, incluso en la de la Uni√≥n Sovi√©tica, cuya superioridad cient√≠fico-t√©cnica sobre el resto de la Humanidad es una de las claves de la ideolog√≠a rusa actual. Y algo parecido puede decirse de la Am√©rica de Ronald Reagan.

     La raz√≥n de prestigio es, sin duda, la que m√°s cuenta para que se siga llevando adelante este g√©nero de proyectos cuyo futuro parece m√°s que problem√°tico.

     En cuanto a la utilidad militar de las plataformas espaciales, es algo que no tardar√° mucho en ser desmentido, si no lo ha sido ya en suficiente medida. La fragilidad y vulnerabilidad de las plataformas es conocida y, en caso de guerra espacial, las mismas tendr√≠an que ser r√°pidamente retiradas por constituir un blanco demasiado f√°cil para el enemigo. Estos sistemas distan mucho de poder constituir un arma viable y, en alg√ļn aspecto, recuerdan a los grandullones e impotentes ¬ęzepelines¬Ľ de principios de siglo, desaparecidos ya tras su fracaso en la guerra del 14.

     Otra cosa ocurre con los sat√©lites artificiales, la mayor parte de los cuales tienen una finalidad y una utilidad t√©cnicas bien definidas.

     M√°s de tres mil sat√©lites giran en este momento alrededor de nuestro planeta, el 75% de ellos dedicados a actividades de car√°cter militar o pre-militar, si bien la ambig√ľedad y la confusi√≥n existente entre los dos campos de investigaci√≥n, pac√≠fico y b√©lico, hacen casi imposible esta distinci√≥n en la mayor parte de los casos.

     Determinados tipos de sat√©lites —como los dedicados a la comunicaci√≥n, el enlace radiof√≥nico y televisivo a grandes distancias, las observaciones geod√©sicas y astrof√≠sicas, la meteorolog√≠a, etc√©tera— tienen predominantemente una utilidad pr√°ctica o cient√≠fica; pero esto no excluye la posibilidad de que los mismos presten tambi√©n servicios de aplicaci√≥n militar inmediata.

     Entre los sat√©lites propiamente militares, hay que destacar los de observaci√≥n y reconocimiento, ¬ęsat√©lites esp√≠as¬Ľ; los sat√©lites armados o que pueden estarlo a corto plazo, como los antimisiles, e incluso, dentro de poco, quiz√°s, los sat√©lites antisat√©lites. Son los sat√©lites ¬ęanti-fuerzas¬Ľ o ¬ęanti-armas¬Ľ los que podr√≠an servir de excusa para provocar —¬Ņqui√©n sabe cu√°ndo?— una guerra en el espacio.

     Entre toda esa fauna b√©lica espacial, los √ļnicos ejemplares que tienen plena realidad, y que est√°n actuando ya de modo efectivo, son los sat√©lites de reconocimiento y los de ¬ęalerta avanzada¬Ľ, capaces de informar a sus correspondientes mandos de los m√°s ligeros movimientos del posible adversario.

     Del enorme poder captador de estos sat√©lites esp√≠as hemos dicho ya algo al referirnos a las armas de alta tecnolog√≠a. Hay que hacer notar, sin embargo, que este g√©nero de actividad es fundamentalmente estabilizador. El hecho de que ambos oponentes puedan estar al tanto de los m√°s leves ¬ęruidos¬Ľ del presunto enemigo impide que la guerra pueda estallar por sorpresa y asegura la posibilidad de tomar medidas para hacer frente a toda situaci√≥n peligrosa que se presente.

     Pero a pesar del espionaje de alta tecnolog√≠a, seguir√°n existiendo secretos. Y la existencia de secretos en determinados campos podr√° ser, por s√≠ misma, una invitaci√≥n al primer golpe.

     Mientras la desconfianza no desaparezca —y esto es pr√°cticamente imposible por ahora— no existe otro medio para impedir la guerra que el terror de la guerra.

     El progreso de las armas nucleares ha llevado este terror hasta sus m√°s altas cotas conocidas. Es el terror lo que nos ha protegido hasta ahora y lo que nos sigue protegiendo.

     Esto o significa, en modo alguno, una apolog√≠a de la disuasi√≥n, sino todo lo contrario: la necesidad absoluta de buscar una alternativa inteligente a √©sta.

     ¬ŅSon quiz√°s las armas posnucleares, los medios de alta tecnolog√≠a y los sat√©lites estabilizadores el medio m√°s adecuado para realizar esta alternativa? Nuestra opini√≥n no puede menos de ser pesimista. Si, como hemos visto, las armas nucleares no han cesado de progresar hasta ahora, este hecho no se ha producido como consecuencia de una motivaci√≥n racional, sino como resultado de la convergencia de una serie de fatalidades de diversos tipos, a la que Thompson ha aplicado la denominaci√≥n —generalmente mal entendida— de exterminismo.

     Al parecer no son las t√©cnicas las que nos pueden dar una soluci√≥n de estos problemas.

 

 

[Notas]

 

[8] Marceau Felden, ¬ęLa guerre dans l'espace¬Ľ, p. 164 s.

[9] ¬ęUn droit nouveau encore en gestation¬Ľ, en ¬ęLe Monde, dossiers et documents¬Ľ, febrero 1985.

 

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