Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El diálogo

 

Espiritualidad Seglar, 34 zk., 1956-02

 

      El diálogo es necesario para la inteligencia social. Bien concebido sirve, o debe servir, para el mutuo enriquecimiento de los interlocutores, la mutua comunicación de experiencias y de conocimientos de todas clases y el contraste de puntos de vista y de perspectivas personales.

      El diálogo debe ser un instrumento para la difusión de la verdad y la realización del bien; pero en el estado actual del hombre no puede, desgraciadamente, evitarse que el error y el mal sean también propagados por medio de él.

      De hecho el diálogo, que debiera servir para engrandecer a los hombres, se utiliza también para encanallarlos. En tal caso se convierte en un instrumento de escándalo y de maldición, mil veces reprobable, en el que se pierde mucho y apenas puede ganarse nada.

      Llevada a su extremo la admiración por el diálogo puede conducir además al agnosticismo, admitiéndose tácitamente que toda opinión puede ser buena, con tal de que encuentre alguien que la defienda con brillantez.

      El diálogo constituía la máxima habilidad de los sofistas griegos y era, en verdad, un rte admirable desde ciertos puntos de vista. Pero San Agustín arroja desdeñosamente la retórica cuando descubre la existencia de la Verdad única, siempre deseada y siempre presentida.

      Quizás el agnosticismo larvado, que hoy trabaja interiormente a nuestra civilización, es una de las causas de la importancia que ésta concede al diálogo; si bien yo creo que este fenómeno reconoce también otras causas más nobles y elevadas que ésta.

      Se explica el recelo de algunas personas hacia el diálogo: en él ven una esencial diversidad de verbos, de lenguajes y de actitudes mentales, inconciliable con la unidad de la verdad y del ser. El diálogo —dicen— siembra la confusión y desorienta a las gentes: convendría reducirlo al mínimo indispensable y reemplazarlo por una enseñanza dirigida, impuesta, que marcase el camino de la razón a ese loco mundo, que ha perdido el rumbo y no sabe a dónde va.

      En cierto modo, quienes así piensan y se expresan, tienen razón: la misma etimología de la palabra «diá-logo» nos está hablando de una dualidad de logos de lenguas o de principios, pero el mundo es la obra de un solo Creador y toda concepción dialéctica o «dialógica» termina fatalmente en el maniqueísmo.

      En el orden religioso la actitud docente se impone, porque la verdad revelada nos es enseñada, viene de arriba y no es el producto de una elaboración dialéctica de humanas inteligencias.

      En otros terrenos veo mucho menos clara la imposición del monólogo enseñante. Sin el diálogo, sin la mutua y libre fecundación de los espíritus —por peligrosa que esto pueda resultar a veces— no cabe un progreso intelectual ni social.

      Son riesgos estos que van unidos a la vida misma y que son una necesidad de nuestro mismo psiquismo, eminentemente social, y de su actual debilidad, por causa del pecado.

      Notemos que la misma vida espiritual no debe ser considerada, en modo alguno, como un monólogo inflexible y abrumador, en el que al alma sólo le quedase la misión de escuchar. La oración es un genuino diálogo espiritual entre el hombre y Dios.

      Sólo una criatura libre puede realizar ese misterioso comercio, entre tanto que los seres materiales, sujetos al determinismo físico, son como el eco, que repite al pie de la letra, sin matiz ni timbre alguno, la voz generadora.

      Dios no se contenta con esa triste y monótona repetición: en su misma esencia es conversación trinitaria y además ha querido rodearse de inmensidad de seres libres, para que le hablen y le canten y dialoguen con El en sus escondrijos.

      El diálogo entre el hombre y Dios tiene, en efecto, lugar en el secreto, en la soledad del alma, pero no en una «soledad solitaria», sino en la más abierta y poblada soledad que imaginarse pueda. Cuanto mayor es la caridad tanto más suele el alma abrirse a otras. El alma habitada y poblada por la caridad, en nada pierde las ventajas de su recogimiento. Su fidelidad es perfecta, su seguridad mayor que nunca.

      El aislamiento, el miedo al diálogo no es pues, en todos los casos, un síntoma favorable: muchas veces indica una espiritualidad retraída, replegada sobre sí misma, puramente defensiva, insuficientemente alimentada por la Caridad.

      Por desgracia, en nuestra sociedad, hay poco diálogo. Hay, sí, una sucesión de monólogos independientes, que nada tienen que ver unos con otros y que no constituyen un diálogo auténtico.

      Necesitamos aprender a conversar, aunque esto sea difícil en un pueblo como el nuestro, pueblo de grandes afirmaciones y de actitudes absolutas.

      El momento exige, hoy más que nunca, esta conversación, que nosotros quisiéramos estimular: diálogo entre generaciones, entre familias de espíritus, entre creyentes e incrédulos...

      Â¿Podrá «Espiritualidad Seglar» dentro de su propio y bien delimitado campo, lograr algo de esto?

      La nueva sección que hoy se inicia, «Notas para el diálogo», tiene precisamente este fin. Nace para el diálogo: lo espera, lo busca, lo prepara.

 

Espiritualidad y civilizaciones

 

      La espiritualidad cristiana no es, sin duda, ajena a la mutualización de los tiempos. Si no en su ausencia, sí en sus formas y maneras accidentales, ha cambiado y sigue cambiando a través de los siglos.

      Así vemos transformarse el lenguaje de los espirituales y su manera de vivir, aunque no dejen de alimentarse de un mismo principio y de una misma realidad vital.

      La Semana de los Intelectuales Católicos franceses, celebrada, este año bajo el título «La Iglesia y las civilizaciones», ha provocado en Francia y fuera de ella comentarios y reacciones diversas.

      El tema no es ajeno al de la posible mutualización histórica de la espiritualidad cristiana, al que hace poco aludíamos.

      Hay dos actitudes extremas en el campo cristiano. Dos mentalidades que han ido dibujándose en el curso de la Historia y que, incluso, han adquirido, a veces, configuraciones heterodoxas bien conocidas.

      Para la primera las civilizaciones no son sino formas perecederas, obras del mundo, impregnadas, por tanto, de pecado, frente a las cuales se alza la única legítima civilización: la civilización cristiana, tal como nos la muestra la Historia, proyección temporal del mensaje evangélico y fruto segundero, pero grandioso, de la Revelación.

      Consecuencia de esta concepción es una espiritualidad excluyente, que rechaza toda posible asimilación, toda aportación de la cultura, del arte y del pensamiento moderno. Una espiritualidad en espiral, de ahondamiento y de profundización, que se basta con la tradición para seguir viviendo.

      Nada habría que oponer a esta actitud si quienes la adoptaran no corriesen el riesgo de incurrir en arcaísmos, hasta el punto de hacerse casi ininteligibles a sus coetáneos y, por tanto, estériles desde el punto de vista del apostolado y de la mutua edificación. Y quién sabe si, al mismo tiempo, no se privarían a sí mismos de estímulos y de posibilidades fecundas. No se puede impunemente traicionar a la Historia.

      Frente a aquella primera actitud se manifiesta otra, demasiado inclinada quizás a la asimilación de los valores históricos y siempre deseosa de vestirse con nuevos paramentos, extraídos del aporte cultural de nuestro tiempo. Espiritualidad abierta, despierta, expectante a toda novedad, decidida a incorporarse cuantos elementos puedan proporcionarle el desarrollo cultural y la multiforme evolución de la humanidad, pero que acaso olvida con harta facilidad que los materiales adicionales que ella puede recibir del mundo exterior, nunca deberán traspasar las capas superficiales ni adulterar la sustancia o la médula teologal de la vida interior.

      Â¿Comprensivos o excluyentes, en el dominio de la espiritualidad?

      Yo diría que ni lo uno ni lo otro o acaso ambas cosas a la vez. Porque, al menos en la que hace a nuestro problema, estas dos actitudes se reclaman y se refuerzan mutuamente.

      Un mayor afán de autenticidad y de vida real obliga al espiritual cristiano a ser más avaro de sus tesoros, evitando o rechazando todo aquello que pueda transmutarlos o alterarlos.

      Un mayor deseo de ensanchamiento y de engrandecimiento espiritual, un más acendrado propósito apostólico y un conocimiento más perfecto de la naturaleza humana, en la que lo accidental y lo sustancial tan profundamente se interaccionan, le invitan, al contrario, a aprovechar toda suerte de estímulos culturales y a elegir entre ellos los mejores, en razón de una más perfecta adecuación histórica a su propio modo de ser.

      El ambicioso deseo de sobrenaturalizar o de sublimar todo lo sublimable que en el orden de la cultura natural puede haber en una época, no podría ser extraño a la empresa del espiritual cristiano.

 

Espiritualidad y novela

 

      Â¿La novela es un instrumento adecuado para describir los fenómenos de la vida espiritual, para ayudarnos a ahondar en ella?

      Cuestión no fácil, a mi entender, pero que yo me inclinaría a resolver afirmativamente. Desde la novela caballeresca hasta el relato policíaco, desde Raimundo Lulio hasta Chesterton, la novela ha sido bastantes veces un medio de expresión de íntimas experiencias religiosas, o al menos un intento más o menos logrado de lo mismo. No creo, pues, que deba considerarse cerrada esta puerta a los problemas que aquí nos interesan.

      La «novela de espiritualidad» sería un caso particular, más afilado y penetrante, de la «novela religiosa», expresión, también confusa y que se presta a equívocas interpretaciones.

      Muchos nos lamentamos de la ausencia actual de la novela religiosa en España.

      José Luis Aranguren se ha ocupado recientemente de este tema y, según veo en su artículo de «La vie Intelectuelle», no está dispuesto a aceptar a la ligera la afirmación demasiado fácil de que no haya en España una novela religiosa.

      En efecto, viene a decir Aranguren, no puede separarse tan alegremente el pasado del presente. El «presente», que hoy vivimos, está tejido de multitud de fibras animadas, apenas extraídas del reciente vivir y es prácticamente inseparable de él. No cabe, por tanto, desdeñar como algo ya pretérito la novela religiosa de Alarcón o de Coloma, ni siquiera la de Galdós y Unamuno; literatura religiosa, porque con un criterio más o menos ortodoxo se abordan en ella temas religiosas para profundizarlos, sin limitarse a la realización de objetivos puramente estéticos.

      Incluso en lo que estrictamente llamaríamos el instante histórico, Aranguren piensa que no hay tampoco una carencia absoluta y cita como ejemplo «La vida nueva de Pedrito de Andía», la novela de Rafael Sánchez Mazas, haciendo, asimismo, conjeturas sobre las posibilidades de un próximo instante, de un futuro inmediato que se está ahora gestando.

      Yo no creo tampoco que pueda hablarse de una carencia total de literatura religiosa en España. Pero sí tengo la impresión de que la inmensa mayor parte de nuestros escritores contemporáneos rehuyen el tema espiritual, quizá porque su formación y su concepción de la vida cristiana, aun siendo respetuosas con el dogma, no son lo suficientemente profundas para excavar por medio de éste los soterraños de la interioridad.

      Algunos de nuestros escritores se mueven prácticamente en ese plano intermedio, pero un poco artificial, que es del amoral. Plantear y resolver un tema moral, como ha hecho Calvo Sotelo, en otro dominio literario distinto del de la novela, lo cual no importa para el caso equivale, sin embargo, a rasguear mecánica y superficialmente las cuerdas de un arpa, ignorando por completo el mágico pneuma que el instrumento encierra. El arpa de la espiritualidad merece algo más que el simple rasgueo moralista.

      A mi entender, la presente novela española —dando aquí a la palabra presente un sentido amplio como quiere Aranguren— en nada apenas puede enriquecerse nuestra espiritualidad.

      Quizás la única excepción es Unamuno, quien indiscutiblemente alcanza las tierras muelles y jugosas del profundo yo espiritual.

      Pero, por desgracia, la desesperación esperanzada, nota característica del pensamiento unamuniano y kierkegaardiano, encierra una raíz luterana, como el propio Aranguren ha demostrado alguna vez, y es difícilmente conciliable con una sana y equilibrada espiritualidad católica.

      Â¿Podríamos alguna vez gustar de una literatura, y en especial de una novela, que dejando de lado el puro estetismo, y sobrepasando también la fría actitud moralista, llegue a calar en la mina interior de nuestra espiritualidad?

 

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