Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El dolor y el yo

 

El Diario Vasco, 1958-02-09

 

      Â¿Cual es la relación del hombre con su dolor? ¿Dónde y de qué manera se asienta el ser del dolor en el ser del hombre?

      A menudo puedo objetivar el dolor: separarlo de mi mismo, como si no fuese mío, como si fuera el dolor de otro, de un amigo muy íntimo, muy parecido a mí.

      Se opera entonces en mi una especie de desdoblamiento: mi «yo» por una parte y mi dolor, por otra.

      Observo mi propio dolor: lo examino, lo analizo como un objeto raro y desagradable. «¿Por qué está ahí dolor; por qué no te vas de una vez y me dejas en paz?».

      De los rincones de mi ser acuden mil sensaciones agitadas a rondar al dolor: lo contemplan con extrañeza como a un inoportuno habitante de Marte recién llegado a la Tierra. En algunos momentos hasta adquiere peso y volumen, forma y color. Es un ruido que no cesa. Es una fusta que chasquea. Un mazo muy pesado.

      Â«Â¿Eres redondo o cuadrado? ¿Eres macizo o hueco? ¿Eres sordo o punzante? Seas como seas, no eres yo mismo. Me fastidias, pero te tengo. sin mí no podrías ser. ¿No lo sabías? Los escolásticos dicen que eres un «accidente», es decir, que no existes «per te». Necesitas un soporte —alguien que te soporte— y ése soy yo. Pero vete ya y déjame de una vez».

      Así en el dolor adjetivado mi yo no llega a confundirse con mi dolor.

      Pero otras veces el propio yo se hace dolor. Ya no puede decir lo mismo. No me duele esto ni aquello; es el alma lo que me duele. Es el alma misma y la conciencia del existir lo que me duele.

      Ya no puedo «objetivar» el dolor, separarlo de mí, ni mirarlo por fuera como una cosa exterior. Ya no tiene forma: mi dolor se ha confundido con mi universo interior. Antes me dolía la periferia del ser; ahora me duele el cogollo del ser. Exactamente eso: es el ser lo que me duele.

      Como diría Gabriel Marcel, ya no puedo decir que «tenga» un dolor, sino que «soy» dolor.

      Pero, ¿cómo podría yo saber que me duele, ni conocer mi dolor, si no hubiese algo en mí que se dedica a observar lo que pasa?

      Algo queda, pues, en mí que no es angustia ni dolor. Un ángulo de mi conciencia existencial aún se halla en libertad dispuesto a comprobar fríamente lo que ocurre en mi mundo interior. Un ojo vigilante domina el territorio invadido.

      Â¿Qué raro conocimiento de mí mismo me proporciona esta situación de dolor?

      El dolor es conocimiento o fuente de conocimiento de mí mismo. La mayor parte de las cosas importantes sólo pueden ser aprendidas en ese estado.

      Todo dolor es, o puede ser, dolor de parto.

      Â«Pero vete ya, dolor. Ya me has enseñado bastante. Vete y déjame en paz de una vez».

 

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