Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Cuando la casa se hundía

 

El Ciervo, 260 zk., 1975-05-15

 

    El día veintidós de marzo de mil novecientos cincuenta moría súbitamente Emmanuel Mounier. Hacer memoria de él en este aniversario es casi un deber para los que fuimos una especie de hijos espirituales suyos, e hijos también de la esperanza cristiana que él proclamaba.

    En la España de los años cuarenta —aquella España que nos pesaba como una losa sobre la espalda y de la que parecía definitivamente desterrada la libertad de ser persona— la lectura de algunos escritos de Mounier, como por ejemplo, su Manifiesto al servicio del personalismo, nos ayudó a permanecer erguidos, espiritualmente erguidos, negándonos a inclinar la cerviz del espíritu bajo las horcas caudinas que se nos imponían. En pleno escándalo césaro-papista, Mounier nos mostró que aun se podía seguir siendo cristiano sin sonrojo y sin complicidad; sin dejarse planchar el alma por el aparato eclesio-político.

    Esto es un poco difícil de explicar a los jóvenes cristianos de hoy, aparte de que —según parece— ya no quedan muchos jóvenes cristianos. Pero algunos de los hombres de mi tiempo me entenderán y reconocerán lo mucho que significó para nosotros aquel pensamiento, considerado como semi-herético, que nos llegaba del otro lado de la frontera pirenaica.

 

Protagonista del acontecimiento inmediato

 

    Hoy Mounier está pasado de moda.

    Este hecho lo confiesan incluso los que fueron sus primeros compañeros de lucha intelectual en las páginas de «Esprit». Mounier no dejó una obra filosófica, ni una doctrina o un pensamiento duradero que pudiera servirnos para hacer frente a los problemas de ahora. Gran parte de su fraseología está por completo fuera de uso. Falta sobre todo, una teoría coherente que pueda ser aplicada con eficacia al mundo y a la iglesia actuales.

    Algunos atribuyen esta carencia al hecho de que Mounier muriese relativamente joven, antes de acabar su obra, sin tiempo para completarla y adaptarla al nuevo período histórico que se avecinaba. Pero yo no lo creo así. Si la obra intelectual de Mounier no ha perdurado es porque no respondía a una voluntad de perduración y de construcción intelectual, sino a las exigencias de la acción combativa, en un momento de convulsión, que no era sino el principio de la gran crisis que hoy estamos viviendo.

    Se ha hecho notar, con razón, que Mounier fue un protagonista del acontecimiento inmediato. Casi todas sus actitudes se definen, en efecto, en función del momento político y social. El lucha constantemente con lo episódico; no tiene tiempo para filosofar ni pretende hacerlo. Su pensamiento se define en la acción, sobre la marcha, más como actitud que como sistema.

    Cuando los tiempos que se viven son terriblemente inestables y movedizos, cuando se siente que todo empieza a hundirse alrededor de uno, no es momento apropiado para ponerse a construir obra imperecedera. Nadie empieza a poner los cimientos de su casa en pleno terremoto. Y Mounier vive precisamente con la sensación de que la casa que se llamó cristiana se hunde, sin que se vea aun el modo de construir otra nueva. Lo importante es para él, salvar al «constructor», es decir salvar al hombre, salvar a la persona. Tal era el objetivo central de Mounier y hoy debe seguir siendo el nuestro, en medio de la presente confusión. En eso si coincidimos con Mounier y su pensamiento sigue siendo actual para nosotros.

    Un pensamiento dedicado a hacer frente a lo episódico tiene la ventaja de su vitalidad; pero tiene también el inconveniente de su fugacidad. Está condenado de antemano a ser un pensamiento efímero. Por eso, porque Mounier quiere ser un servidor del acontecimiento inmediato, su obra fue viva y alentó vivencias a un momento dado, pero no podía ser perdurable sino en lo esencial. Lo esencial de Mounier es el espíritu, el talante, la esperanza y la fe de un cristiano que intenta a toda costa debatirse con la historia real.

    Mounier cultivó una virtud muy importante y que los cristianos tendemos casi siempre a olvidar: la virtud de presencia.

    A la mayor parte de los dirigentes cristianos les gusta colocarse en fuera de juego, por encima de la «mêlée», rehuyendo o esquivando el encuentro con los problemas reales, que es donde se reparten los estacazos. Pero Mounier era de la raza de los luchadores, de los que no esquivan el combate, como lo fue, también, aunque de otro modo, nuestro Unamuno que tampoco dejó obra filosófica construida.

 

La persona es indefinible

 

    Las posturas de Mounier pueden parecernos hoy radicalmente insuficientes. Pero nadie puede saber cual hubiese sido su proceso a través de los acontecimientos que ocurrieron después de su muerte. Mounier no conoció el final del stalinismo, ni las primaveras del 68, ni el hundimiento de la Argelia francesa, ni la guerra americana del Vietnam, ni la crisis de los curas obreros, ni el concilio Vaticano II... Ante estos hechos hubiera seguido definiéndose a sí mismo y hoy tendríamos un Mounier distinto, más efectivo y más próximo a nosotros.

    En cualquier caso, Mounier pretendía ser un revolucionario.

    Si es cierto que hay dos clases de cristianos, los cristianos «apocalípticos», para los cuales el Evangelio es un fermento revolucionario, y los cristianos «constantinianos», que ven en la religión el principal muro sostenedor del orden constituido, Mounier fue, sin duda, de los primeros.

    Su idea de defender a la persona como centro de la historia es esencialmente revolucionario, porque ninguna verdadera revolución puede ser producida sin este motor esencial que es la persona. Todo lo que no parta de ella es pura física. Quienes nos hablan de la revolución sin persona y de la historia sin sujeto se meten en un callejón de insalvables contradicciones.

    Ahora bien, si buscamos en las obras de Mounier una construcción, una doctrina coherente, sistemática y, por decirlo así, científica, de la persona, no la encontraremos por ninguna parte. La persona es científicamente indefinible.

    El personalismo de Mounier, como todo auténtico personalismo, es más bien una fe. Yo entiendo que la persona es una realidad indemostrable y que hay que «creer» en ella como se cree en las afirmaciones religiosas. Al fin y al cabo, la existencia del hombre como persona, es también un dogma del cristianismo, revelado por Cristo.

    Pero esto no significa en modo alguno que el personalismo deba ser situado en el campo del irracionalismo, es decir, en ese confuso territorio ideológico que Lukács describe y vitupera en «El asalto a la razón».

    La fe en la persona es fe en la razón. Y la fe en la razón nunca pude ser fruto del irracionalismo. «Creer es rechazar el absurdo», ha escrito Jean Lacroix.

    Mounier combate el fascismo desde sus comienzos porque ve en él una explosión del irracionalismo; pero combate también el anarquismo que es la segunda cabeza del mismo monstruo. Hoy el anarquismo cobra en todas partes una enorme y trágica actualidad y es la manifestación más temible y desesperada de las sociedades modernas.

    Frente al fascismo y frente al anarquismo Mounier defendió lo que él llamaba la «revolución personalista y comunitaria».

    Estoy persuadido de que la aplicación del nombre de revolución a su programa político y social no es en Mounier un simple alarde de ese género de «izquierdismo verbal» que tanto les gusta a cierta especie de conservadores pseudo-demócratas.

    Es un hecho históricamente comprobable que en la persona humana hay una enorme fuerza de resistencia contra todo aquello que pretenda oprimirla y que esta fuerza juega un papel muy importante en la historia, aunque no baste, por sí misma, para explicarla.

    En los países dominados por Hitler surgió la rebelión de la persona, sin distinción de ideologías y llegó a alcanzar una fuerza enorme. Comunistas y cristianos lucharon juntos y Mounier vivió aquellas batallas comunes.

    Conducidos por su inmenso poder económico y militar, los Estados Unidos, que entonces jugaron en favor de la libertad, parece que van situándose cada vez más en el campo del antihumanismo. Como ha ocurrido en el Vietnam, los americanos pueden encontrarse mañana con una reacción parecida en gran parte del mundo.

 

Nuevas opresiones, nuevas luchas

 

    Frente a la opresión de la persona surge siempre la revolución; pero la opresión revista hoy nuevas formas y nuevas dimensiones, lo que exige nuevas luchas personalistas. Así, por ejemplo, la lucha contra las fuerzas nucleares y los poderes que intentan manejarlas es una lucha nueva que acabara por reunir a muchos hombres de ideologías distintas.

    En las sociedades comunistas, o por lo menos en algunas de ellas, como Checoslovaquia, el estado socialista funciona como una fuerza de opresión frente a él empieza a levantarse con energía una forma de rebelión que no es sino la revolución personalista.

    El éxito histórico del marxismo, que hoy nadie puede negar, se explica también en gran parte por este mismo motivo. Muchos consideran la obra de Marx fundamentalmente como una obra científica. Sin embargo lo que tuvo más fuerza en Marx fue su pasión, su potencia de indignación. No fue la ciencia lo que le condujo a la revolución sino su pasión revolucionaria lo que le condujo a la ciencia.

    En este sentido podría decirse «mutatis mutandis» que la revolución marxista es también una revolución personalista.

    La diferencia entre los revolucionarios utópicos y los revolucionarios científicos podría consistir quizás en el hecho de que en este segundo caso la pasión es canalizada a través de una teoría o ciencia.

    Sea de esto lo que quiera, cuando la pasión de la indignación se apodera del espíritu de los hombres estos pueden verse conducidos a las mayores atrocidades. Y yo lo estoy comprobando, ahora, cerca de mí, en mi propio país vasco.

    En resumen, cada tiempo, cada situación o forma de opresión, conoce la posibilidad de su propia revolución personalista. Pero las situaciones en que Mounier combatió están ya bastante lejos de nosotros y no tienen mucho que ver con las nuestras.

    Por estas razones, releer hoy las obras de Mounier me parece una tarea poco eficaz. En realidad esta relectura, sin dejar de ser interesante, no produce en nosotros un entusiasmo excesivo. Nos da, bajo ciertos aspectos, la medida de nuestras propias ingenuidades de otros tiempos, porque el pasado siempre parece ingenuo respecto al presente.

    Sin embargo, la lección de Mounier no puede ser olvidada: su espíritu, su vocación esencial, tal como los hemos descrito, no están anticuados. Por el contrario, son hoy más actuales que nunca y los necesitamos, quizás, más que nunca. Estamos entrando, en efecto, en una época ferozmente antihumanista de la historia, contra la cual nos revolvemos.

    He aquí la clave de nuestro personalismo.

 

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