Carlos Santamaría y su obra escrita

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Unamuno, lo temporal y lo eterno

 

La Voz de España, 1948-07-02

 

      Un primer examen nos presentaría al tiempo como algo indefinible que huyese y se perdiera irremediablemente para nosotros. Algo así como un ritmo vital que se nos impone, cierta realidad incoercible que nos arrastra o que nosotros tenemos que arrastrar...

      Nuestra condición de criaturas, nuestra humana indigencia, no se revela mejor en cosa alguna que en esta permanente sumisión al tiempo, poder invisible que condiciona todos nuestros actos.

      Lo más terrible del tiempo es su enigmática naturaleza, que escapa a toda humana comprensión. El tiempo es un misterio, «el más terrible de los misterios todos, el padre de ellos», en frase de don Miguel de Unamuno. Y, en efecto, ¿qué es el tiempo? ¿Dónde se asienta, dónde se halla? ¿En el presente, esencial fugitivo? ¿En el pasado inexistente? ¿En el futuro hipotético?... ¡Hace siglos que los filósofos se lo preguntan inútilmente!

      Sin duda hay una realidad en eso que llamamos tiempo y aun se diría que vivimos sumergidos en ella sin conocerla. Hasta cuando queremos pensar en cosas absolutas, ajenas a toda efímera duración, nos vemos obligados a razonar «temporalmente», introduciendo nociones cronológicas a cada paso. Nuestro lenguaje se halla salpicado de vocablos de ese género, de «antes» y «después» que nada significan en el sobremundo de las realidades eternas.

      ¿Existe el tiempo fuera del alma? ¿Es una forma o al contrario un producto de la misma conciencia? Acaso el tiempo consiste, como enseña la Escolástica, en la procesión del ser y del no ser, en la caravana de las cosas que cambian y se suceden sobre un yo permanente e inmóvil. Bergson preferiría suponer que es el propio fluir del yo proteico la percepción de nuestro propio durar...

      Pero al hombre corriente, al homo qualunque, que no pretende hacer pinitos filosóficos sino llevar adelante la aventura de la vida, estas consideraciones no le sirven de nada. Tampoco le interesan. De la meditación el tiempo sólo acierta a extraer una vaga impresión de melancolía y la urgente necesidad de actuar, de llenar el tiempo de vida...

      ¡Llenar el tiempo de vida! ¡Someterse, en definitiva, al imperio de lo vital! Esta es la norma superior que expresa Ortega y Gasset en su ensayo sobre «Le Petit Pierre», de Anatole France. «Los años —dice—, los años y las meditaciones, al pasar sobre mi alma van aposando en ella la convicción de que la norma superior, la más delicada, es una profunda y religiosa docilidad a la vida». «Aprendamos, pues, a preferir lo corruptible a la esquemática y lívida eternidad, seamos de nuestros días mozos al tiempo debido y luego espectros o sombras en fuga. Lo decisivo es que llenemos hasta los bordes la hora caminante, que seamos en la ánfora grácil buen vino que rebosa».

      El vitalismo ecléctico nos invita, pues, a que renunciemos a dar a nuestra vida otra finalidad que la vida misma. ¡Puesto que se trata de vivir, vivamos! Es decir, comerciemos, pensemos, juguemos, riamos gustemos de las cosas bellas, investiguemos la realidad presente, seamos reflejo de toda luz y eco de todo color, siempre alertas a cualquier manifestación de la vida, la divina maestra...

      Y, sin embargo... ¡Algo se revuelve en el alma de todo hombre contra ese modo de pensar! Jamás nos consolaremos de ver como envejecen y mueren las cosas en nuestro derredor. Jamás podríamos resignarnos tampoco a morir substancialmente...

      El ansia de permanencia y de inmortalidad, sinceramente confesadas, la inquietud por lo eterno es, a mi juicio, el máximo atractivo del catedrático de Salamanca.

      ¡Con qué sarcasmo se burlaba de las ilusiones vitalistas! «¡Vivir, vivir lo más posible en extensión e intensidad; vivir ya que hemos de morir todos; vivir porque la vida es un fin en sí! Y, sobre todo, meter mucho ruido, que no se oigan las aguas profundas de las entrañas insondables del espíritu, la voz de la Eternidad. Reventar de cultura, como dice un progresista amigo mío».

      Unamuno tuvo el valor de declarar lo que muchos ocultan bajo una faz hierática. Anheló siempre lo eterno, lo genuinamente y auténticamente eterno. La Eternidad viva que ansiamos y presentimos, «la que es». No esa ficción «esquemática y lívida» de que nos habla Ortega, sino la Eternidad real, que no constituye el producto caprichoso de la mente de un hombre, sino una misteriosa trascendencia por la cual clama todo nuestro ser.

      Unamuno fue, antes que cosa alguna, el hombre sediento poseído de la anadipsia por excelencia, la sed de lo eterno. Para calmar su sed no encontró el agua... acaso porque la buscaba en los áridos desiertos de su espíritu, resecos por la soberbia ardiente. No le fue dado hallar la quietud, el remanso de la Fe verdadera —la Fe creída, no la fe creada— que ofrece auténticas promesas de vivir inmutable.

      Por eso el cristianismo de Unamuno es un cristianismo sin gozo, un cristianismo trágico. Construyó los muros de su templo con el barro de lo terrenal y en sus patios no mana la fuente viva de la alegría.

      Quienes sientan la divina impaciencia no busquen pues la Verdad por las veredas de sus páginas.

 

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