Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Escapismo

 

La Voz de España, 1949-05-27

 

      ¿Qué es el escapismo? El escapismo, querido lector, es un fenómeno social muy importante, muy generalizado en la actualidad. No es que en otros tiempos no haya habido «escapistas»: existen desde que el mundo es mundo, sencillamente porque el «escapismo» responde a una características de nuestra débil naturaleza. Pero hoy, más que nunca, todos sentimos la necesidad de ser —por lo menos a ratos— «escapistas».

      Reconozcamos, antes de seguir adelante, que el vocablo «escapismo» y su derivado «escapista» constituyen dos neologismos horrendos. Pero ¿qué hacer cuando el lenguaje ordinario no nos basta para representar nuestras ideas? Hacen falta palabras nuevas. Es cierto que algunos se empeñan en sostener que todo puede expresarse con el vocabulario clásico; pero esto equivale a querer encerrar el genio del hombre entre las dos tapas del diccionario de la Academia de la Lengua.

      Hecha esta aclaración indispensable volvamos al «escapismo».

      El «escapismo» es la actitud sistemática que adopta un hombre frente a la perentoria necesidad de evadirse, de huir de la realidad.

      La realidad desgasta peligrosamente nuestra naturaleza, porque la vida —toda vida— es algo así como una lucha, un combate permanente. Ahora bien, en ocasiones el desgaste llega a ser tan importante que no puede ser soslayado más que con la fuga. Pero no se trata, evidentemente, de fugarse de un trozo de vida para refugiarse en otro, sino de una fuga radical: se trata, nada menos, que de escapar de la propia vida. Transportarse a un mundo imaginativo en el que los menos vestigios de la realidad hayan sido barridos.

      Esta necesidad la satisface cada hombre de modo muy diverso, según su propio temperamento y sus hábitos intelectuales.

      ¿Qué hace el que duerme? Inhibirse del todo. El dormilón es el rey de los «escapistas». Es decir, lo sería si no existiese otro tipo de hombre que, de un modo aún más definitivo y total, tratase de sustraerse al enorme trabajo de «seguir siendo»: me refiero al suicida, escapista trágico, que es el auténtico prófugo de la milicia de la vida.

      Pero sin llegar a esos casos extremos podemos señalar una gran variedad de sutiles e ingeniosos matices del escapismo. ¿Qué es la poesía sino puro y esencial escapismo? Hay también música escapista, literatura escapista y hasta ciencia escapista.

      Señores que parecen entregados a ocupaciones serias e importantes no son, en el fondo, sino simples «escapistas» que rehuyen el contacto con los problemas domésticos de su intimidad pensante. Un ejemplo de esto la constituye el erudito histórico. «Se sume un hombre —dice Unamuno— en la rebusca de curiosas noticias de pasados y luengos tiempos por no encontrarse cara a cara con su conciencia que le pregunta por su propio destino y por su origen». Chapuzarse en el pasado es un buen truco para desentenderse del presente y del futuro. Debemos desconfiar pues de los investigadores históricos, removedores de archivos y desenterradores de osamentas. Son auténticos «escapistas». ¿No es, en efecto, mucho más grato investigar las cuentas del mayordomo de doña Juana la Loca que las que, con notoria tenacidad, nos presentan nuestros propios proveedores?

      También el género biográfico —tan en boga actualmente— es un excelente medio para sumergirse provisionalmente en una vida ajena e interesante, algo que encierra toda la emoción de la existencia real y ninguno de sus inconvenientes. Con el protagonista, nacemos sin molestia, luchamos sin esfuerzo y morimos sin agonía. Cerrado el libro o terminada la película nos reintegramos a nuestro yo auténtico del que habíamos llegado a olvidarnos.

      Estos ejemplos y otros infinitos más que pudieran ponerse, demuestran que el «escapismo» es, como decíamos al principio, un fenómeno muy extendido, lo cual se debe, evidentemente, al ambiente saturado de ocupaciones y de preocupaciones en que hoy se vive. Todos son problemas en nuestro tiempo agitado. El intelecto humano se ha convertido en un aparato receptor de tan largo alcance que hemos de vivir en permanente inquietud y de ello tienen, en gran parte, la culpa el tren y el avión, el telégrafo y las ondas hertzianas.

      Independientemente de su actualidad, este hecho del «escapismo» nos permitiría plantearnos cuestiones muy interesantes sobre la ontología del hombre. Porque, en definitiva, ¿qué extraña clase de ser es, la nuestra que nos exige, de cuando en cuando, el dejar de ser? Un ser que necesita darse a sí mismo vacaciones de ser, porque le invade un aburrimiento infinito de sí mismo, es evidentemente un ser extraño. En una existencia perfecta no se concibe el «escapismo». Pero el hombre dista mucho de poseer una naturaleza perfecta. ¿Por qué sentimos esta profunda necesidad de entreverar nuestra vida con retazos fantásticos robados a otras existencias reales o imaginarias? Es que la realidad que nos rodea y nos acosa es incapaz de colmar nuestra propia capacidad de ser. Estamos hartos de ella y necesitamos escaparnos.

      Pero, ¿a dónde?

 

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