Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Aturdidos e insensatos

 

Espiritualidad Seglar, 37 zk., 1956-05

 

      El Antiguo Testamento se refiere en muchos pasajes a dos tipos de hombres bien diferenciados: el insensato y el necio. Una tercera categoría es puesta de relieve en el Evangelio: el hipócrita, suma o síntesis de las dos anteriores.

      Insensatos, necios e hipócritas.

      No os preguntéis dónde están ni quiénes son: están dentro de cada uno de nosotros. Somos nosotros mismos en lo que tenemos de hombres viejos. Tal vez lo somos sin saberlo, en forma que escapa a nuestra propia consciencia.

      Una leve introspección basta quizá para descubrir en la propia interioridad los síntomas de estas mismas deformaciones espirituales. Muchos somos insensatos, necios e hipócritas o, al menos, solemos serlo a ratos.

      «Para el insensato, la ciencia de las cosas espirituales es palabra ininteligible. No sólo ignora a Dios, sino que quiere pasar ignorado de El. Entre tantos pasaré por desconocido. ¿Qué soy yo en medio de todos? Me esconderé del Señor. Allí en las alturas, ¿quién se acordará de mí?»[1].

      A fuerza de querer desentenderse de Dios y de las cosas espirituales, el insensato acaba por creer que Dios no existe, que el espíritu es pura mitología. «No hay Dios», se dice en su corazón. Y si, en algún momento quiere aún volverse a Él, ya no le encuentra, cae en la desesperación, porque Dios —que es el Dios escondido, a quien nadie ha visto jamás, el Señor de la oscuridad, el Rey del salón oscuro— se esconde. Se esconde, sobre todo, de los que quieren esconderse de Él.

      El insensato se hace, pues, impío e incrédulo. Desprecia al creyente, cuyos actos no tienen sentido para él. «Toda la vida del justo por locura y su fin por deshonra»[2].

      Dios le despertará violentamente. Un mal día «afilará su fuerte cólera y todo el universo luchará contra él». «En la noche le pedirá el alma», y no se sabe para quién será todo lo que él haya acumulado»[3].

      La insensatez salpica la existencia de la mayor parte de los hombres. ¿Quién no se ha dicho a sí mismo alguna vez: «Dios no se ocupa de mí; ni le veo, ni me ve; si existe, es para mí como si no existiese. me daré a las cosas que se ven y que se palpan; todo lo demás me tiene sin cuidado».

      Las raíces de la insensatez se enroscan en nuestro corazón. No se conoce mejor a un insensato que conociéndose a sí mismo.

      El necio es el aturdido que habla y habla de cosas espirituales fuera de su verdadero sentido. El beato o la beata acostumbrados a manejar con familiaridad «las cosas de Dios», que se expresan acerca de ellas con desenvoltura sacristanesca, parlan de estas cosas como si fuesen los íntimos de Jesucristo, aunque sin percibir nada de su significado real. «Hablan de Dios con los labios, pero su corazón está lejos de Él». Es también el erudito que sabe mucho de sutilezas teológicas, que disputa de altas cuestiones y se apacienta del viento de su propia sabiduría, incapaz de sentir aquello que define. Es el «imbécil» de Péguy y de Bernanos, el a-espiritual de Kierkegaard[4].

      «Puede, hasta cierto punto, poseer todo el contenido del espíritu, pero no como tal —notadlo bien—, sino como historias de aparecidos, galimatías, tonterías, etc. Puede poseer la verdad, pero no como tal —notadlo bien—, sino como rumores y comadreos. Puede decir exactamente la misma cosa que el espíritu más rico, la diferencia consiste en que no la dice en virtud del espíritu. La orientación a-espiritual, hace del hombre una máquina de hablar: puede incluso aprender de memoria un Kirie filosófico, lo mismo que una confesión de fe o que un rollo político»[5].

      «Si al menos callase, podría pasar por sabio». Pero «es imprudente y charlatán», «se deshace en palabras». Sus retahilas de moral y de ciencia eclesiástica no convencerán a nadie porque su conducta dista mucho de ser la de un hombre verdaderamente sabio. «Mejor es oír el reproche de un sabio que escuchar las cantinelas de los necios». «Atiende la palabra evangélica y hasta la repite, mas no la entiende ni la pone en obra, por lo cual es semejante al que edificó su casa sobre la arena». «No funde sino vanidades, que no tienen vida nada, obra ridícula»[6].

      En esta descripción del necio, uno se reconoce también fácilmente a sí mismo: es imbécil y supernecio dedicarse a escrutar la necedad de los demás cuando se puede experimentar la necedad en sí propio.

      El necio no admira la verdadera grandeza de Dios. Se fabrica un dios pequeño para su uso particular, un diosezuelo a su medida. No es capaz de gozarse a oscuras en la magnificencia y la inmensidad de Dios. «No conoce esto el hombre necio, no entiende esto el insipiente». Baraja frases, fórmulas, conceptos, ideas y dogmas cristianos sin alcanzar ni remotamente su sentido vital ni tocar siquiera el misterio de la vida cristiana. «Tiene ojos y no ve, oídos y no oye»[7].

      Busca, como los mosquitos, las claridades artificiales. Pretende explicarlo todo, sin haber entendido nada; se va a lo intrascendente y accesorio, con mengua de lo esencial e importante. Incapaz de percibir lo inmutable, «muda como la luna». Por eso, «enseñar a un necio es como componer un cacharro roto; despertar a un dormilón que duerme profundo sueño. Hablar con un necio es hablar con un dormido... Hay que guardarse del necio si se quiere evitar el fastidio, apartarse de él para tener descanso, porque es más pesado que el plomo y ¿cómo llamarle, sino necio? La carga de arena, de sal, de hierro, son más fáciles de sobrellevar que un necio»[8].

      Y en efecto, lo que hay en nosotros de necedad, de imbecilidad, de memez espiritual, es una pesada carga que llega a hacerse insoportable a nosotros mismos.

      La hipocresía es, en fin, una combinación de a-espiritualidad y de insensatez, de maldad y de mentecatez. El hipócrita es también incapaz de penetrar en las realidades espirituales; pero si sigue manejando conceptos y palabras correspondientes a las mismas, no lo hace por simple estupidez, sino por conveniencia, por interés. Se relaciona con Dios, se aproxima a El, para tratar de engañarle. «Se llega a El con corazón doble».

      Lo espiritual es para él moneda con la que se compran muchas cosas. La fama de hombre religioso proporciona la consideración de las gentes y ayuda a hacer buenos negocios, y el olor a incienso es, en los medios píos, un excelente perfume social. Su piedad es equívoca y se agarra a todo lo formal y exterior, a todo lo que puede servir de espectáculo.

      Por eso hace limosna en las sinagogas y en las calles y va tocando la trompeta para ser alabado de los hombres. Y ora en los templos y en las plazas para ser visto, y habla mucho para rezar, como si Dios le fuese a escuchar por su mucho hablar y El no viera en lo escondido y en los secretos de las almas. Y cuando ayuna se muestra triste, demudado el rostro, para que todos observemos que ayuna. Todas sus obras las hace para ser visto de los hombres. En su comportamiento hace padecer a los otros la injusticia: ve la paja en el ojo ajeno, no la viga en el propio. Ata pesadas cargas y las pone en los hombros de los demás, sin ayudarles a moverlas ni con un solo dedo; da el diezmo de la menta, el anís y el comino y no se cuida de lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la buena fe. Cuela el mosquito y se traga el camello. Cuanto más justo parece por de fuera, más lleno de iniquidad está por dentro[9].

      Mas no indaguemos la hipocresía de los otros, sino la propia, porque todos estamos llenos de tretas y artilugios. Es fácil sorprenderse a sí mismo cayendo en la teatralidad y en el protagonismo.

      A cada paso, pretende uno engañar a Dios.

 

Cristianismos falsificados

 

      Sólo la Iglesia posee un cristianismo puro y vivo, es decir, no corrompido en su doctrina y plenamente operante y eficaz. Los separados se alimentan de cristianismos empobrecidos en su misma esencia y en su misma raíz, si bien Dios puede, sin duda, sobrealimentarlos de un modo invisible con gracias y favores personales.

      Aun dentro de la Iglesia católica puede uno hallarse instalado en un falso cristianismo subjetivo, una concepción deforme del cristianismo que uno se haya hecho o haya recibido de otros, y esto suele ocurrirnos a todos sin que nos demos cuenta de ello. Al cristianismo de Cristo quiero yo siempre oponer mi propio cristianismo.

      Los cristianismos falsificados se interponen entre Dios y el alma y desvían el esfuerzo ascético de modo que una gran parte de él se pierde o se esteriliza, quizá sin culpa personal.

      El mensaje evangélico puede llegar a nuestros oídos, es decir, a nuestro conocimiento, tan descaecido y deformado que no tenga casi sentido, y entones nuestra vida se empobrecerá y caeremos en una semivida cristiana, sin grandeza ni profundidad y hasta sin sentido.

      Las realidades espirituales acceden muchas veces —no siempre— a nuestro espíritu, a través del conocimiento ordinario y son filtradas a través de él. «La fe entra por el oído». Aquel que ha recibido una falsa doctrina se encuentra como el peregrino que ha sido mal informado y ha confundido su camino. Anda y anda, sin llegar a ninguna parte. Esto explica la actitud de la Iglesia sobre los «maestros». ¡Ay del ciego que se deje guiar por otro ciego!.

      Hay errores radicales que conducen a despeñaderos esenciales. Los hay también menos graves, que llevan a eriales y rastrojeras donde el alma se reseca y se consume en balde.

      Asociándose en dañinas familias, estos errores pueden inclinarnos a posturas o actitudes inauténticas. Una postura inauténtica da casi siempre lugar a multitud de actos imbéciles.

      El catálogo de los cristianismos falsificados es amplísimo. Sus especies y géneros se enredan y nos enredan hasta el infinito. Basten para nuestro objeto algunas muestras.

      Ahí está, en primer término, porque es el más visible, cierto cristianismo «protagonista» que se derrama en gestos y actitudes y hace consistir la piedad en genuflexiones, reverencias, hábitos, escapularios, cordones, suspiros, besuqueo de estampas y medallas, en todo lo que sea espectacular y contribuya a ocultarnos a nosotros mismos el propio vacío con un «ir y venir» y un «hacer y se hace» y un entretenerse y divertirse para no tener que encarar la esfinge de la nada interior.

      San Juan de la Cruz describe a maravilla a rezadores y rezadoras que «se cargan de imágenes y rosarios bien curiosos; ahora dejan unos, ya toman otros; ahora truecan, ahora destruecan; ya los quieren de esta manera, ya de esotra, aficionándose más a esta cruz que a aquélla, por ser más curiosa. Y veréis a toros arreados de «agnus dei» y reliquias y nóminas como los niños con dijes».

      Esta forma vulgar de protagonismo es superada por otra más sutil y masculina, que es una especie de narcisismo espiritual en el que uno se prenda de sí mismo: el sujeto se ve como en un escenario, en actitud orante y recogida, ora caminando por la buena senda, ora haciendo el bien, ora dando limosna y cumpliendo los mandamientos. Se cree santo y experimenta una alegría equívoca que bien pudiera proceder de ciertas raíces misteriosas del egocentrismo vital.

      Junto a esta deformación hay que colocar cierta religiosidad extrovertida, que necesita volcarse en obras, en un darse a los demás con celo ardiente, pero sin que esta acción sea alimentada interiormente por la caridad ni por motivos o causas genuinamente sobrenaturales, sino por la necesidad instintiva de afirmar el propio yo. Generosidad antojadiza que abandona el deber por el capricho y se forja imaginarias empresas apostólicas donde uno se busca sólo a sí mismo. Dios lo remedia a veces echando sobre ellas la ceniza del fracaso y es entonces cuando se tornan buenas.

      Una forma especial de extroversión es la socialización del sentimiento religioso, la cual hace consistir la vida religiosa en un aspecto importante y si se quiere, primordial de la conducta social del hombre, que contribuye a reforzar la estabilidad social, algo así como un conjunto de tradiciones más o menos pintorescas y decorativas que sirven para fortalecer el concepto jerárquico de la vida social y puede ser utilizado, cuando es menester, como lenitivo.

      Un culto que no se distingue demasiado de un ritualismo deísta, sin intimidad, ni calor, ni sinceridad, ni autenticidad. una especie de piedad oficial o de gestomanía mundana, que ignora la intimidad del alma y de su comercio con Dios. Esta socialización de la vida religiosa nada tiene que ver con la comunión de los santos, ni con la gran realidad del Cuerpo místico de Cristo, ni con las prácticas de piedad comunitarias, inspiradas y promovidas por la Iglesia.

      Existe también un cristianismo introvertido que hace de la salvación personal el problema único de la vida religiosa, como si no existiera el resto de la humanidad ni hubiera grandes quehaceres aquí en el tiempo y en el espacio, y todo fuese cuestión de un moralismo formalista y ridículo, algo así como si Dios se jugara las almas a los dados y la eterna condenación sólo dependiera de minucias y cominerías. Cristianismo de escrúpulos, sin hondura, ni proyección sobre el mundo, ignorante de la justicia, inspirado en un sentido equívoco y timorato de la prudencia y que desconoce la grandeza de la vida cristiana y la dimensión ascética y mística de la existencia.

      El cristianismo de sinagoga confunde la Iglesia con una secta o una cofradía de santos y de predestinados, de elegidos que se entregan a la práctica de unos ritos salvadores, con exclusión de los demás hombres, como si Jesús no hubiera muerto para todos y no pudiese trabajar misteriosamente con su gracia las almas de los que El quiera por caminos ignorados para nosotros. Cristianismo mesiánico y maniqueo, que habla siempre de «nosotros los buenos», «los que estamos en la verdad» y de «los pecadores», refiriéndose, claro está, a los de la acera de enfrente.

      Podríamos también referirnos a un cristianismo racionalista, intelectual, que se afana en explicar y criticar y en razonar dogmas, doctrinas, métodos y actividades, despreciando la ignorancia, como si la fe más viva no pudiera brillar en las almas más sencillas y en los hombres más rudos. Un cristianismo de libros, de frases, de sutilezas y exquisiteces, y que a la postre resulta tan formalista, o más que la piedad rutinaria y popular.

      El tema es inagotable: habíamos de hablar también de un cristianismo consolante —«credo quia consolans», como decía Unamuno—, que ignora el desconsuelo de la Fe desnuda y la tragedia misma de la existencia. Y de un «cristianismo angustiado», que desconoce que la Paz es el fruto de la vida espiritual y que existe el gozo de la Caridad y el gozo de la Esperanza, y se empeña en que vivamos desencajados y como en permanente contradicción con nosotros mismos. De un cristianismo fideísta —el del «credo quia absurdum»—, que es hoy, en nuestro Occidente, el de muchos intelectuales debatiéndose en una noche oscura que no es necesariamente la de los místicos. De un cristianismo «instalado» y de un cristianismo «inconformista». De un cristianismo «capitalista» y de un cristianismo «obrerista», de un cristianismo conservador y de un cristianismo revolucionario...

      ¡Qué de cristianismos para un solo cristianismo!

      Con simplicidad hemos de pedir a Dios que nos haga simples. Simples «como niños recién nacidos, pero ya con uso de razón y sin falsía», y nos dé a beber de su «leche espiritual y sin mezcla».

 

 

[Notas]

 

[1] Ecli. 21, 21; 16,16.

[2] Sap. 5, 21.

[3] Sap. 5, 20. Lucas 12-21.

[4] Is. 29, 13. Mat. 15, 8. Kempis I.I.

[5] Kierkegaard, «El concepto de la Angustia», Ed. Gallimard, página 138.

[6] Prov. 17-18, 18-2. Ecles. 10, 14; 7, 5. Mat. 7, 26, Jeremías 10, 14.

[7] Psal. 91, 7. Jerem. 5, 21.

[8] Ecli. 27-13; 22, 7 ss.

[9] Ecl. 1. 37. Mateo 6, 7 y 23.

 

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