Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Filosofía de vacaciones

 

El Diario Vasco, 1956-08-19

 

      El tema de las vacaciones no es en modo alguno un tema intrascendente. Partiendo del mismo se pueden realizar importantes excursiones metafísicas y descubrimientos sorprendentes acerca del ser del hombre.

      Como es sabido, el término «vacación» viene de «vacare», estar libre, desocupado. De la misma raíz proceden otras muchas palabras de significados muy diferentes, pero que hacen referencia común a la inocupación, tales como «vacante», «vacancia» y «vagancia».

      Vivir plenamente el ocio, la completa inacción, no es, sin embargo, tan fácil como parece. La preocupación, que es un sentirse esclavo de las cosas, corroe nuestras almas de hombres occidentales que nos apuñala en nuestra propia esencia. El marxismo no hace sino acentuar este gesto asesino.

      La sabiduría oriental enseñaba al hombre a liberarse de la inquietud, empezando por deshacerse del deseo, ese duende siempre insatisfecho que constantemente nos empuja.

      Cristo nos dice por su parte: «No tengáis inquietud por el mañana: el mañana se basta a sí mismo. No os preocupéis por la comida o por la bebida o por el vestido. Mirad los pájaros: ni siembran, ni recogen, ni amasan pan en los graneros y vuestro Padre del cielo les alimenta... No os hagáis, pues, la vida imposible a fuerza de inquietaros por estas cosas como hacen los paganos». Pero nosotros nos impacientamos, nos agitamos por aquellas y otras muchas cosas y nunca podemos sentirnos libres de ellas.

      «La vida es quehacer», se nos dice, y parece que esta frase no nos deja descansar ni un momento. Todo es quehacer, incluso el no hacer nada. ¡Despiadada filosofía! Acuciados más o menos visiblemente por él, somos como esclavos conducidos a latigazos por un negrero de pesadilla.

      El hombre de hoy se «divierte», pero no «vaca», porque —subrayémoslo— divertirse es cosa muy distinta de vaguear.

      Divertirse, di-verterse, verterse en otra cosa; en suma, cambiar de ocupación. La diversión necesita un programa, una organización, y a veces da mucho más trabajo que el no hacer nada.

      El «dolce fare niente», en cambio, ha sido siempre gustado por los sabios que en el mundo han sido, hombres a los que nadie se atrevería a calificar de «divertidos».

      Hay en la vagancia una profunda filosofía. El vago, cuando es perfecto, es un tipo admirable y envidiable. ¡Quién pudiera serlo al menos a ratos! Pero la mecánica de la vida nos lo impide. Necesitamos preocuparnos, agitarnos, sentirnos llenos de actividad. Siempre llenos, es decir, nunca desocupados.

      ¿Cómo es posible de esta manera hablar de «vacaciones»?

      No hay mayor paradoja que la de nuestras vacaciones. Los intelectuales organizan congresos, universidades y cursos de verano para seguir estudiando, pensando y discutiendo. Los deportistas sustituyen los deportes de invierno por los estivales, pero no decaen tampoco en su actividad. Los políticos, los financieros siguen hablando de sus problemas en las playas y en las fiestas veraniegas. Nadie descansa.

      Quién pudiera ser un vago, un vago perfecto, y disfrutar así de las verdaderas vacaciones. Libre, desocupado, vacante de este quehacer indeclinable que, según nos dicen, es la vida.

 

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