Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Año y tiempo

 

El Diario Vasco, 1956-12-30

 

      El calendario se acaba. Pronto arrancaremos su última hoja y la echaremos a la papelera con un gesto banal.

      Pondremos en su lugar un nuevo mazo de hojas relucientes, recién traídas de la librería, la tinta fresca de imprenta.

      Volveremos a empezar a contar uno, dos, tres... Al cabo de unas cuantas semanas nos parecerá natural estar en el año cincuenta y siete.

      Nos parecerá tan natural como si hubiésemos estado siempre en él y nunca hubiéramos de dejar de estar en él.

      Se desvanecerán poco a poco en el olvido las fechas que se fueron con el año. Las espinas de los días venideros volverán a pincharnos el alma inquieta.

      Cada hoja reluciente del nuevo calendario es una espina de inquietud, el aguijón de una abeja.

      Pero cuando se clava el aguijón muere la abeja del cuidado: los días que pasaron ya no son días de preocupación.

      Enjambre de abejas son los días venideros que no dejan dormir al hombre: no le dejan descansar.

      Pero los que pasaron son crisálidas de eternidad que acarician el alma con su pelusa. Dentro, la ninfa del recuerdo vive y espera también la hora de su resurrección.

      ¡Quién pudiera vivir sin calendario, libre de este tirano que el hombre ha inventado para tortura de si mismo!

      Que los días de la vida se confundiesen y se fundiesen todos en uno.

      Que hubiera un solo día en la vida del hombre y no tantos, tan parecidos, que nos aburren, y tan distintos, que nos abruman.

      Un solo día es la eternidad y no hay allí calendarios para pasarles las hojas. Sólo que la eternidad es un misterio y ningún mortal sabe, en el fondo, lo que quiere decir cuando pronuncia esta enorme palabra.

      Pero, ¿qué tiene esto de extraño si tampoco sabe nadie lo que es el tiempo, y eso que todos vivimos sumergidos en él?

      Los hombres más sabios de todos los siglos se ocuparon de este tema, pero no arrojaron sobre él ninguna luz.

      Leucipo, Democrites y Kant nos dijeron que el tiempo es una apariencia desprovista de realidad; pero esto no arrojó ninguna luz.

      Arquitas nos enseñó que el tiempo es «la extensión de la naturaleza entera identificada con la esfera que le envuelve»; pero esto no arrojó ninguna luz... Platón, Plotino y Procio vieron al tiempo como imagen móvil de la eternidad; pero esto no arrojó ninguna luz... Al-Kindi, Avicena, Al-Gazali, Aberroes se ocuparon del tiempo y no arrojaron tampoco ninguna luz... Aristóteles, Filón, Hipona, Aquina, Descartes, Spinoza, Newton, Clarke, Locke... neoplatónicos, peripatéticos y escolásticos, trataron de esclarecer el misterio del tiempo; pero tampoco arrojaron, en definitiva, demasiada luz sobre él.

      Minkowski y Einstein han utilizado el tiempo en sus cálculos como cuarta dimensión del espacio. Pero eso no me dice nada.

      Nada. Absolutamente nada, me dice.

      No me evita el tener que pasar la última hoja del calendario.

      ¡Ea! Ya arrojé la hoja fatal. La arranqué anticipadamente, para hacerme la ilusión de dominar el tiempo. Pero al tiempo no hay quien le mande. El sigue siempre a su paso.

      En realidad, el calendario no está sobre la mesa, sino en el alma de cada hombre. De nada sirve haber traído de la librería un mazo nuevo de hojas, si éstas se acabaron en el calendario del alma.

      ¡Qué trabajo cuesta arrancar las hojas de este calendario!

      Algunas veces pienso —aunque la metáfora no sea muy bella— que mi espíritu tiene forma de alcachofa y que alguien, que no soy yo, va poco a poco levantando las hojas hasta dejar el cogollo al descubierto.

 

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